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Plática con Rubén Martínez, escultor, pintor y arquitecto salvadoreño

"Me han machacado que hice la estatua de D´Aubuisson. ¡También les puedo hacer la de Schafik!"

Por Diego Murcia, Mauro Arias y Rodrigo Baires / Fotos: Mauro Arias
[email protected]
Publicada el 30 de octubre de 2009 - El Faro

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Ja, ja, ja.

Es que era bien bromista. No sé cómo se dio cuenta la gente, pero el día que llevamos la estatua había un gentío. Llegamos como a las 7 de la noche porque quería ponerla sin que nade se diera cuenta. Además, esas maniobras son muy delicadas… Se podía caer y no quería que le pasara algo a alguien. Salimos de aquí como a las 6:30 de la noche. La llevábamos envuelta a la estatua pero iba parada, y mide 2.80 metros, y por eso la espada topaba en los alambres, y nos tardamos en llegar. Ahí la levantó una grúa, porque pesa unas mil 500 libras porque es hueca, y la puso en el pedestal. La gente aplaudiendo. Cuando le quitamos lo que la envolvía, alguien gritó: ¡la Chulona!

¡Y ya no le quitaron el nombre!
No, pero yo estaba muy preocupado porque pensaba en qué podría pasar cuando la vieran. A los artistas nos gusta hacer cosas en las que nadie va a creer, pero después somos criticados… Pero ahí se escuchó el aplauso de la gente. Yo estaba en medio y vi esa alegría… Y fue “la Chulona”, y como ya teníamos un “Chulón”, pues así le quedó. A mí no me molesta que le digan “la Chulona”.  Y  es interesante porque la gente dice que vive allá por “la Chulona”.

Hay algo que me llama la atención: ¿por qué dice que el monumento al Salvador del Mundo está mal hecho?
El problema es la proporción. La escultura tiene que estar hecha en proporción a la altura del pedestal. Puede ser que la figura del Cristo que tenemos allá arriba no sea tan pequeña, pero por la proporción se ve como un muñequito. Además, la proporción de la plaza lo hace más pequeño. Necesitamos una figura grande para que en la dimensión urbana no se anule. Eso es diferente.

¿El pedestal y la estatua de “la Chulona” son proporcionales?
Sí… pero el pedestal es otra historia, porque muchos no lo veían bien. Yo escribí que dejaba una ventana en el pedestal porque atrapaba un pedazo del cielo y se veía cómo la ciudad continuaba hacia adelante. Ahora, muchos se han inspirado con ello.

¿Y quién fue la musa en la que se inspiró para hacer “la Chulona”?
Mire, no tengo modelos. Pero en mi casa hay mujeres, las veo a ellas y las copio. No tengo exactamente una modelo. Roberto d’Aubuisson me preguntó: “Mirá, ¿quién es la modelo?” “Son varias”, le dije. “Entonces, hagamos una fiesta con todas las modelos”, me dijo, ja, ja, ja...

El haber hecho las estatuas del mayor Roberto d'Aubuisson, la de su mausoleo y la que se encuentra en la sede central del partido, le valieron para que fuera vinculado políticamente con el partido Arena. No fue lo único que hizo. Entre sus obras está también la estatua del batallón de reacción inmediata Atlacatl, una pieza que hizo durante la guerra. “Pero yo no me meto en política... lo mío es el arte”, dice.

¿Se llevaba bien con el mayor d'Aubuisson?
Éramos amigos pero siempre que nos veíamos chocábamos.

¿Por qué?
Porque él quería que yo trabajara en pro de lo que él estaba haciendo. Pero yo siempre le dije que cada quien hacia las cosas a su manera. “Yo lo hago a través del arte; vos, así”, le decía.

¡Y terminó haciendo las estatuas del mayor!
Eso me lo encargaron. Mi esposa me vio trabajar en la estatua del mayor Roberto d’Aubuisson toda una semana de 7 de la mañana a las 10 de la noche. Trabajaba y trabajaba, y no me salía. Hice tres cabezas a la vez… al final, un día a las 8:30 de la mañana me di cuenta de que ya lo tenía terminado.

¿Una semana para modelarlo?
Sí, lo que pasa es que el mayor Roberto d’Aubuisson no tenía la cara igual. Uno hace la mitad y luego la pasa para el otro lado. Pero con él no salió así… Lo hacía y me daba cuenta de que estaba bien, pero no estaba bien. Es que hay que ser autocrítico. Estaba bien, pero no estaba bien… Y es que de él decían que tenía un ojito pícaro, un ojo gacho. Su esposa decía que mejor se hiciera una pintura porque no se podría hacer una estatua. Pero lo hice exactamente igual, al caso que cuando vio la estatua empezó a llorar. Los guardias de seguridad dijeron que ahí estaba su mayor d'Aubuisson.

¿Y quién se lo encargó?
El partido. Lo que pasa es que unos muchachos dijeron que lo querían hacer y me recomendaron. Saqué mis cuentas, presenté mi presupuesto y me escogieron.

¿Es usted de derecha?
Yo no soy artista de izquierda o de derecha, porque le arte no tiene bandera política. Pero estoy en desacuerdo con los disturbios, con matar a gente… Además, el arte es para hacer y no para deshacer. No soy un hombre de derecha. “Me han machacado mucho porque hice la estatua de d’Aubuisson. ¡Pero también les hago a Schafik Hándal! Pero no para ponerlo en una plaza. Se los hago para ponerlo en un cementerio o en la sede de un partido político, como lo hice con el mayor. Sé que le han encargado a varios artistas de izquierda la estatua de Hándal y que no lo han podido hacer. Si me encargan que haga a Schafik, ¡lo hago!

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Su arte es revolucionario…
Sí, revolucionario, pero no tiene una tendencia política ni regional. No quiero limitarme a hacer arte de mi país. Si me dijeran que quieren que haga algo en la luna, ¡que me inviten a la luna! Quisiera que vieran a mi arte como algo universal.

Le digo revolucionario porque, por ejemplo, la construcción de la iglesia de El Rosario seguía la tendencia del Concilio Vaticano II…
Es que siempre he sido un hombre de avanzada. Me han tachado de clásico, porque cuando quieren la estatua de un señor siempre la hago igual a él. Con eso no se trata de ir a poner un ojo por aquí y el otro por el otro lado.

Ja, ja, ja.
Imagínese que me encarga que haga a su papá y le salgo con una chancleta. No, eso no puede ser. Entonces, por como hago a los personajes, dicen que soy clásico. Tanto Cristo que he hecho y siempre ha sido con el respeto que se merece él. He hecho creo que cinco estatuas de Cristo grandes: San José de la Montaña, Cristo de la Paz, uno que está en Costa Rica… y no recuerdo los otros dos, ja, ja, ja...

Otra de sus obras famosas es la del padre Cañas...
Eso fue algo interesante. El arquitecto Francisco Ferri me vino a invitar a mi casa para participar en la construcción del monumento. Él venía bolo con un amigo, Zamora y les escuché y escuché, pero no les estaba poniendo atención. Se hizo noche, no encendí las luces para que se fueran... No quería hacer el monumento porque no quería que este fuera una pirámide. Les dije que si los mayas hubieran tenido el concreto, hubieran hecho otras cosas. Pero él seguía con que iba a hacer una pirámide. Pero me dijo que iba a haber una losa de concreto que significaba un rompimiento y que ahí quería poner unos vitrales míos. Entonces fue cuando estuve de acuerdo. Yo iba a hacer la escultura de hierro, también, y los murales de cerámica eran de César Sermeño. La escultura mide 4.5 metros y hasta el brazo que tiene alzado, si mal no recuerdo, tiene 2.30 metros. Estuvo mucho tiempo abandonada y ahora está en el Museo de Arte Moderno (Marte).

¿Es la estatua más grande que ha hecho?
No, “El Cristo de la Paz”, si tomás en cuenta el pegue con el pedestal, mide como cinco metros o un poco más. Y un Cristo que está en Costa Rica, que es de puro hierro, es un poco más grande. Ahí hay dos piezas mías: una virgen de Fátima, que mide 2.40 metros, y ese Cristo.

¿Una virgen de hierro?
No, de puros centavos de los de antes. En ese tiempo no podía fundir, entonces se me ocurrió comprar centavos y soldarlos. Primero compré 100 colones en centavos y empecé a soldar. El problema fue cuando ya estaba terminada: vino un hombre y me dijo: “Fíjese que ha hecho algo que no puede hacer. La moneda no se puede utilizar para nada más que como moneda. Eso es un delito”. Y como la estatua se iba para Costa Rica, ¿cómo declaraba la salida de ese dinero?

¿Y cómo hizo?
La forré de polietileno y luego con mezcla de cemento. Entonces la declaré virgen de Fátima de concreto armado. No estaba mintiendo. Pasó la aduana y llegó a Costa Rica, de donde me escribió el padre. Me decía que el Cristo les parecía formidable, pero que tenía dudas de la virgen. Yo viajé después, llevando la cabeza y las manos en una maleta. También llevaba una bolsada de centavos, que dije que eran para regalar. Cuando llegué, tenía a todos los padres enfrente, pedí un cincel y le quité la capa que la forraba. Brilló aquella estatua, porque la había pulido y dado un barniz especial. ¡Les encantó!

 

       
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