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Plática con Rubén Martínez, escultor, pintor y arquitecto salvadoreño

"Me han machacado que hice la estatua de D´Aubuisson. ¡También les puedo hacer la de Schafik!"

Rubén Martínez ha estampado su firma dentro y fuera de las fronteras salvadoreñas con decenas de obras de arte. Algunas han resultado tan ostentosas y controversiales como la construcción de una iglesia de 23 metros de alto y con forma de media luna, en tiempos en que lo habitual eran naves en formas de cruces. O como el busto que creó para adornar el mausoleo del mayor Roberto d’Aubuisson. Sus detractores le han llamado brillante y loco, pero el paso del tiempo y lo impecable de sus obras han sabido callarle la boca a aquellos que decían que su trabajo era una excentricidad.

Por Diego Murcia, Mauro Arias y Rodrigo Baires / Fotos: Mauro Arias
[email protected]
Publicada el 30 de octubre de 2009 - El Faro

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Inició su carrera recolectado desperdicios metálicos en las construcciones donde trabajó con su padre. Ahora es uno de los grandes referentes artísticos de El Salvador. Él, admirador de su propio trabajo, no niega que su obra sea de lo mejor del país, pero deja que sean las decenas de artículos, reportajes y reseñas que guarda en un álbum las que hablen de su arte, de su vida. “Vivo del arte”, dice, y su casa es una muestra de ello. Vitrales que se iluminan cuando el sol llega al punto exacto; esculturas de vainillas de fusil G3 y M16; hierros retorcidos que forman las curvas de mujeres que no conocieron modelos; esculturas de chatarra que se convierten en sillas, mesas y lámparas... esa es su casa, que es su hogar, su taller, su estudio, su santuario.

Si uno llega ahí, Rubén Martínez lo recibe con una taza de café y mil historias. A cambio, el artista solo pide una firma en la agenda que sirve de diario de visitas. Ahí, uno a uno, están los nombres de estudiantes de arquitectura y arte, periodistas, amigos... admiradores instantáneos de las piezas que adornan su casa. Hasta ahí fuimos para platicar con este escultor, arquitecto y pintor que dice que, quizá, la única obra de arte que le falta hacer es un tatuaje en algún lugar de su cuerpo... “pero ya estoy viejo para eso”. Y se ríe y ríe...

¿Cuándo descubrió que la escultura era su pasión?
¡Desde que nací!

¿Cómo así?
Desde que tenía pocos años andaba dibujando siempre y me gustaban los volúmenes… si encontraba un trozo de madera tirado, le miraba qué podía hacer con ella. Una vez encontré uno que se parecía al tanque de una moto, y terminé haciendo la moto entera. Eso me ayudó mucho a la hora de trabajar con chatarra. Yo agarro los pedazos de chatarra, los pego y sale algo.

Desde pequeño le gusta. ¿Y pensó que podía dedicarse a la escultura?
Yo quería ser arquitecto, pero estudié ingeniería… mi papá era ingeniero civil… claro que los arquitectos no le gustaban.

Será porque hacían la broma de que son manita caída.
Ja, ja, ja.

¿O “ingenieros de segunda”, como dicen los ingenieros civiles?
Ja, ja, ja. Pero en los proyectos, los jefes son los arquitectos. Quien diseña y supervisa es el arquitecto, y el ingeniero recibe órdenes de lo que va a construir. Eso es así aunque le duela a los ingenieros.

¡Palabras graves para un hijo de ingeniero civil!
Sí, pero así son las cosas. Pero un día, platicando con un arquitecto, me dijo: “Mira, si hay otra forma de hacer cosas, ¿por qué no haces escultura?” Pero para hacer escultura había que fundir metal y no tenía cómo. Vi a los obreros soldar y me dije, “¡aquí está el camino!”. Y me iba a platicar con los soldadores, me quedaba platicando con ellos hasta las 7 u 8 de la noche, me les pegué y empecé a soldar. Así empecé a pegar piezas y a hacer cosas. Así hice una pieza, que quizás es la que más relevancia ha tenido, un torero de 1.10 metros con un toro de dos toneladas que estaba en el restorán Hidalgo, y que hice de chatarra que había recogido. Al final me lo robaron y apareció que lo había comprado don Luis Henríquez, el dueño del almacén Henríquez.

¿Y qué hizo?
Un día me lo encontré y le dije: “Ese torero es mío. Y como sólo lo hice punteado, se te va a deshacer. Llévalo a mi casa, te lo voy a soldar bien y te lo voy a regalar”.

¿Regalar? ¿Por qué no se lo vendió?
No, él era un caballero. Me lo trajo, lo soldé y se lo regalé.

Carlos Cañas decía en una entrevista que en este país se ha marginado mucho a los artistas. Al final hasta les sugería que no se dedicaran al arte porque iban a aguantar hambre. Su caso es lo contrario…
Es igual que el de él: él ha vivido del arte. Si no hubiera estudiado arte no hubiera ido a estudiar con sus becas a Europa... Luego, él ha tenido muchas prebendas: el gobierno le ha ayudado mucho, ha estado de empleado de gobierno y tiene una buena pensión, ha asegurado su vida. Mi caso es diferente. Nunca he sido agraciado por el gobierno, siempre he trabajado solo. Lo que pasa es que el arte ha sido mi vida. Así he hecho arquitectura, escultura, ingeniería civil, jardinería y pintura. Me he buscado la manera. Hay que ser bueno en la rama en la que uno quiere desarrollarse. Si uno es zapatero, pues hay que ser un buen zapatero. Yo conozco a un zapatero que es millonario, que tiene sus zapatos por todo el mundo. Se llama Roberto Palomo, el dueño de Adoc, y trabaja desde las 7e de la mañana hasta las 8 de la noche, almorzando en su oficina. Si usted es médico y es malo, le irá mal. Si usted es el mejor en su rama y si trabaja bien, le irá bien.

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¿Se puede vivir de vender esculturas en El Salvador?
Se puede vivir de cualquier rama de las especialidades de la vida, media vez que sea bueno. German Cáceres decía que los artistas nos íbamos a morir de hambre porque el gobierno no nos ayuda. ¡No es necesario si usted trabaja! Ahorita estoy aquí sentado porque ustedes han venido, pero este tiempo lo repondré después y puede ser que trabaje hasta las 7 u 8 de la noche. Estoy dedicado a mi trabajo y eso es lo que me hace vivir. Si no fuera así, estaría gordo...

Ja, ja, ja.
Pero tengo mis problemas de salud por la edad. Tengo problemas con mis manos, mis pies y con mi columna vertebral, pero ahí estoy. Pero no crea, estoy bien necesitado. Uno invierte dinero en obras que te encargan y al final no te pagan. Con el gobierno, por ejemplo, siempre falta una firma o falta el que tiene que firmar. Eso es triste. A veces uno termina su trabajo satisfactoriamente y uno está sin dinero porque lo ha invertido en hacer una obra. Eso son los días tristes del artista.

¿Cuántos años tiene?
No le voy a decir para que no lo pongan.

Ja, ja, ja.
80 años.

Y con este trajín, ¿cómo le hace para dedicarle tiempo a la familia?
Ellos son los que me buscan. Vivo solo con mi esposa, y ellos son los que vienen a verme. Tengo una hija, que tiene dos hijas, y otra, con una hija. Además, tengo un hijo que vivió con nosotros hasta hace poco, pero ya hizo su casa porque ya no cabía aquí. Acuérdese de que los jóvenes necesitan espacio para sus cosas y él tenía aquí todo lo que ocupa en su trabajo de ingeniero.

Rubén disfruta la plática. Hace comentarios de las piezas regadas por toda su casa, se compone la faja terapéutica que rodea su cintura, aprueba los encuadres que Mauro Arias hace con la cámara fotográfica y lanza más de una risotada. Por ahí hace un silencio ceremonioso, como cuando empezamos a hablar de la iglesia El Rosario, que diseñó y cuya construcción supervisó a finales de los años 60s. “Me adelanté mucho a la época”, dice. “Tenía 30 años y muchos decían que era un trabajo demasiado grande para un muchacho”.

Es una iglesia de diseño tan diferente la de El Rosario.
Nooo, es que siguen haciendo las iglesias de siempre. Ahorita han terminado una, no les voy a decir cuál es, que es un rectángulo que al final están poniendo las bancas al fondo y está siendo subutilizada. En cambio, en El Rosario, todo el espacio es comunitario. Es más, estas personas que hacen iglesias no saben que la luz genera calor y sus edificaciones son calientes. En cambio, en El Rosario se tienen tres o cuatro grados menos porque la luz es filtrada a través de los vitrales y la ventilación está hecha de una manera tal que no deja que entren los rayos solares. Esa luz filtrada es la que nos da esa frescura.

En El Rosario se puede ver en el suelo el reflejo de los vitrales dibujando un arcoiris. Camina del azul al verde, en un lado, y del rojo al amarillo, en el otro.
Es toda la puesta del sol… la construcción está echa de tal manera que la luz se refleja en el Cristo resucitado en las horas de la tarde.

¿En la escultura abstracta de hierro forjado?
Sí, yo tenía miedo en hacerla más abstracta.

Pero La Resurrección, en El Rosario, es abstracta hasta decir ya no.
Es figurativa, es neofigurativa. Es un remolino, medio etéreo, y tiene las manos que demuestran mucha fortaleza. Esa la hice con los hierros que sobraban de la construcción… Es la chatarra de la iglesia. Los padres me dejaron hacer lo que quería en El Rosario, pero a mí me dio miedo hacer ese Cristo más abstracto.

¿Los padres le dieron carta blanca? ¿Nunca se peleó con ellos?
Nunca, para nada. A ellos les gustaba mucho lo que hacía, pero con lo de hacerlo más abstracta la escultura me daba un poco de miedo.

Yo supongo que el sueño de cualquier arquitecto es hacer un edificio así de grande, pero usted era ingeniero. ¿Cómo fue que terminó diseñando la iglesia?
Yo había estudiado ingeniería civil, pero me había dedicado a la arquitectura. Había tenido varios aciertos como arquitecto cuando contrataron a mi empresa, donde estábamos con el ingeniero Luis Emilio Cuéllar. Cuéllar siempre decía: “Si no está Rubén, pues no hacemos nada”. Él se esperaba a que yo diera las órdenes. Y yo fui el que dijo vamos a hacer esta iglesia de esta manera.

¿Y hubo licitación?
No, los padres nos buscaron. Les había hecho un colegio en la esquina, ahí mismo. Y los padres me dejaban hacer lo que yo quería. Fue tanto así que mis compañeros, arquitectos e ingenieros, llegaron a decirles que yo era brillante pero que la losa de la entrada principal, como era tan larga, con la vibración de los buses se iba a caer… Les dijeron: “Mire, él es brillante pero está loco. Esa iglesia se va a caer”. Era por el arco, por los muros tan altos, por todo…

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¿Y nunca se peleó con la arquidiócesis? Porque el diseño de las iglesias siempre pasa por ellos y no creo que fueran tan adelantados…
Pues el padre superior Alejandro Peinador, que era muy serio, dijo que el diseño tenía que ir al Vaticano y que si allá era aceptada, pues se hacía. En una semana, trabajando día y noche, dibujé los proyectos, se los di y él los llevó personalmente al Vaticano. Cabal un mes después llegaron los planos aprobados por el Santo Padre, así que no había problema. Entonces, el padre Peinador me dejó hacer lo que quería. Incluso, entra más me enchabetaba, más cuerda me daba el padre. Bueno, en esa iglesia tenían un sagrario que se veía todo desvalido y yo lo cambié por el que está allá. Hoy me están pidiendo que haga uno parecido, sostenido por unas manos de bronce. ¡Una idea que hace 40 años ya la tenía!

Si uno llega por la tarde a la iglesia y hace el recorrido de todo el Vía Crucis, iniciando con las manos de Poncio Pilatos y terminando con la resurrección de Cristo, la luz de los vitrales es parte de un todo…
Sí, así estaba diseñado para que las luces dieran la sensación de la resurrección. Eso fue pensado desde el inicio.

El vidrio que cubre el sagrario de El Rosario está quebrado.
Los hierros que sostienen el sagrario salen de la misma estructura de la iglesia, la luz es natural y el vidrio quebrado…

Dicen que fue un balazo durante los años 70s u 80s.
No, lo que pasó es que en la feria vinieron a demostrar unas metralletas. Entonces le tiraron a un vidrio blindado. Cuando vi ese vidrio, lo quise. Terminó la feria y, aunque quería comprarlo, me lo regalaron. Entonces pensaba que el vidrio roto representaba una forma de detener la violencia que se viviría en El Salvador. Además, lo coloqué a un lado, no al centro como se hacía antes, como parte de una composición. Ese vidrio es una coraza que protege al sagrario, una metáfora de una protección al pueblo salvadoreño.

A propósito de metáforas y entrando a los nombres populares, ¿qué le parece “El volskwagen de concreto” que algunos le dan a El Rosario?
La escalera al cielo”, “la media rueda”… ¡Tantos epítetos que le pusieron a El Rosario! Yo no me titulé, pero en las graduaciones de mis amigos siempre estuve invitado y siempre había arquitectos que se reían de mí. Me molestaban… De ahí salió lo de la escalera al cielo, por la forma de las vigas del techo, pero ellos no sabían que eso fue lo máximo que se podía hacer desde el funcionalismo: me dio el espacio y la entrada de luz para los vitrales. La Iglesia El Rosario está bien lograda. Mire el espacio interno que se logró obtener en El Rosario y compárelo con el de Catedral Metropolitana. Además, ¿cuánto vale la catedral? No sé si 24 ó 30 millones de dólares. El Rosario se hizo en 600 mil colones de los de antes.

       
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