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Plática con Rubén Flamenco, músico salvadoreño

“La alegría más grande es haber tocado con Willie Colón”

A los 26 años su nombre ya estaba asociado al de célebres como Rey Ruiz, la orquesta Billo´s Caracas Boys, el grupo Niche y Jerry Rivera. Un salvadoreño que se inició en la música desde la orquesta del  colegio Don Bosco, ahora es uno de los nacidos en El Salvador que más alto han volado dentro de la música popular.
Aunque aprendió a tocar un sinfín de instrumentos, su pasión son los teclados. Y como tecladista es que logró acompañar a esas leyendas de la música tropical, como Willie Colón y Celia Cruz.
Ahora, a los 30, parece anclado en El Salvador después de años en el extranjero. Ahora, a los 30, está concentrado en su propio proyecto -Corporación Flamenco-, siempre fiel a su pasión.

Por Diego Murcia y Rodrigo Baires/ Fotos: Frederick Meza
[email protected]
Publicada el 09 de febrero de 2009 - El Faro

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 ¡Salsa! ¿Por qué salsa?
Porque aquí todo es cumbia. Es bien contradictorio. Al inicio, mi papá tuvo una academia de música y yo, de pequeño, a recibir clases. No me gustaba la salsa. Ni la había escuchado, solo la cumbia. Con ella me apasioné de un ritmo, de un género.

O sea que vos eras de: ¡Bailamela suavecita!
¡Eh...! De Amanecer Tropical, Variedades del Seis... de madrugar a ver eso programas y ponerme a alucinar y soñar que quería tocar con los Hermanos Flores. Te estoy hablando de cuando estudiaba en el Colegio Champagnat, allá por los 90s... no, 85. De ahí viene que mi papá me regañaba, porque él quería que estudiara música clásica y que fuera un niño más centrado para estudiar la música. Luego vino Luis Enrique, nació la Scan en aquellos años, cuando comenzó Willie Colón a sonar “El Gran Varón”, a sonar “Idilio”... Así, mi sueño era siempre tocar con los Flores y no llegar a tocar con los grandes de la salsa. Cuando comencé a oír este género, me gustó tanto que no quería terminar el colegio, porque lo que quería era ser músico. Eso lo tenía bien definido y claro.

¿Tocabas en algún grupo para ese entonces?
Fijate que en el colegio Champagnat tocaba trompeta, porque comencé tocando ese instrumento y no piano. Luego me puse a tocar saxofón, trombón de vara... del colegio me llamaron para suplir a un músico en un colegio salesiano, donde mi papá había recibido su educación. A él le habían dicho que lo necesitaban porque se les había ido de la orquesta y tenían en camino una gira. Me llevaron al colegio Don Bosco. Ahí fue donde me pasé al trombón.

¿Formaste parte de la orquesta entonces?
Si. Esos fueron los primeros grandes cambios en mi vida, de tocar una trompeta en la banda del colegio a tocar en la orquesta del Don Bosco. Luego, se fue el pianista y fue como que si la orquesta se desintegrara, porque hay mara acá que no deja legado ni les importa, y entonces preguntaron quien podía tocar el piano y me llamaron. Y ahí fue que comencé a tocar el piano, a los 16 años.

¿Porqué querías ser cumbiero y no roquero, como todo mundo, con chicas, banda...?
Mirá, yo creo que, apartando el género, yo creo que eso se vive en todos los grupos musicales. Eso es un espejismo para el cual uno no está preparado.

Sí, porque también era la época en que el pop rock salvadoreño estaba teniendo auge... con todo eso al lado, ¿por qué te vas con los Hermanos Flores?
Porque me apasioné de la cumbia de ellos y de la Sonora Dinamita, de Colombia. Y mi tata me regañaba, me decía que escuchara cualquier otra cosa, menos esa mierda. Pero en esos días, también le salío este señor que se llama Francisco Arteaga, que es el director de la orquesta de Bailando por un Sueño. Él era el hijo que mi papá quería. Entonces, fue como que si lo adoptó, hablando musicalmente. Y ahí andaba yo, cargándole el piano, “marañoneando”, jodiendo... nada que ver con sentarme a estudiar. Mi familia decía de mí: es un tiro al aire, porque yo solo me quería dedicar a la música. De ahí que comencé a tocar con el colegio Don Bosco, también llegaron las cheras: del María Auxiliadora, que de este, que de otro... todas las bichas detrás mío. Ahí fue cuando llevé la primera botella al colegio también. Fue la primera botella, de Finlandia, que entró a ese bus de la Don Bosco. Cuando salí del colegio en 1994, salió una oportunidad de ser segunda trompeta de la Orquesta Zona Prohibida, que era de salsa y merengue. Por esos días le dije a mi papá que yo no iba a perder el tiempo estudiando en la universidad. Es más, cuando me llamó el director del Don Bosco... a mí me pasaron por la orquesta. No compré libros. Mi tercer año lo hice sin libros, no estudiaba absolutamente nada y salía a la hora que quería. Era el niño bonito del Colegio Don Bosco. Me robaba los exámenes, los vendía, pero como era yo el que se los robaba, no me decían nada.  Era un blindaje, pese a que había padres que me querían echar.

¿Y te graduaste?
De físico-matemático. Es más, en una papeleta le puse al profesor: “No sé nada”. Y él me agarró hasta de ejemplo: “Miren: ¡sinceridad! No sabe nada”. ¿Cómo pasé? Los privados, cuando me los dieron, me los escondí en la bolsa y me fui. Como eran un montón de alumnos los que hacían eso. Yo los agarré, los doblé y en un basurero los eché. No hice el examen. Y el profesor luego me dijo: “Mire, Francisco, qué raro que solo el suyo me hace falta, nunca me había pasado aquí”. Y yo: “¡Profe: se le perdió!”

Ja, ja, ja.
Yo tenía otro chero, que es el Perico, que viene a la historia porque fue el que tocaba la trompeta, también en La Zona Prohibida. Ese me daba copia. Y me dejaban a la par de él, entonces aquel, yo le pasaba el examen completo y él me lo hacía completo, y a veces yo sacaba 10 y él sacaba 9. Le daba cólera.

Después de esta entrevista el Ministerio de Educación te va a…
Ja, ja, ja. No, ya qué importa. Si vuelvo a nacer, haría lo mismo o no iría ni siquiera al colegio, porque en realidad…

Pero sí estudiabas música. Sí te podías tu partitura…
No, lo que pasa es que mi papá tenía la escuela. Yo llegaba  a la escuela, un día como hoy, ¡y me daban ganas de estudiar guitarra! “Profe, mire…”, y me daban la guitarra. A veces cinco minutos, 10 minutos, 15; si estaba empilado, media hora, 45… lo que yo quisiera. Pero así, como llegar a disfrutar algo, y si ya no tenía ganas, me paraba. Igual, la clase se la pagaban al profesor. De ahí me iba al piano, a recibir una media de clase; de ahí a la guitarra, luego a la batería. Entonces, mi papá decía: “¡Puta, este niño va a ser el más vago, tal vez, de todo el mundo!”

¿Y tenías más hermanos?
Y mis dos hermanas que, ¡púchica, verdad!, pianistas clásicas. Y a la que él le apostó todo es mi hermana mayor.

¿Verónica?
No, Teresa. Teresa es la de comunicaciones, pues. Pero, sin embargo, bueno, nosotros tres creo que nunca hemos hecho otras cosas que no sean música. Bueno, mi hermana que estudió la licenciatura en comunicaciones, allá en la UCA, fue casi de los mejores promedios, pero ella lo que es, es maestra de kinder de música, en la Americana. Pero mi papá le apostaba a ellas dos, ¿y a Francisco Arteaga? Menos, puta nadie daba un peso. Nada. En el colegio, en el ’94, toqué en La Zona Prohibida, un 14 de febrero. De hecho, estamos en un mes para mí bien importante. Porque en febrero, el 21 de febrero, yo me fui del país por primera vez.

¿Cuando obtuviste la beca?
No, no. Yo todo lo he conseguido estando allá, las becas. O sea, aquí nada de becas, sino que, mi papá se fue, mi papá se fue en septiembre del ’94, que me terminé de graduar ese año, toqué en La Zona Prohibida ese año, por cierto me deben ese toque, no me lo pagaron. Y le dije al Perico: “Si vos me sacás de bachiller, yo te voy a llevar a Costa Rica”.

Ja, ja, ja. ¿Por qué tu papá estaba allá?
Mi papá ya se había ido. Llego a Costa Rica un 21 de febrero; salí de acá, me fui para Nicaragua, estuve como 15 días en Nicaragua. Ese mismo día se muere un primo, ahogado, que estudiaba en el CENAR, y no me dijeron nada. O sea que el 21 de febrero pasaron un montón de cosas, siento yo, bien difíciles. Pero yo igual, seguí en la jodarria, y fui a Costa Rica, pero no creás que a estudiar ni nada que ver. En el ’96 me llevé al Perico y fue el otro hijo de mi tata, fijate. Porque le entendía, o sea, a mi papá le gusta que le escuchen y que vos te empilés y que te pongás a hacer un ejercicio. Y por él mi papá sacó un anuncio en el diario, que había un pianista disponible y llamó una orquesta de salsa, en Costa Rica, para que el Perico les acompañara. Y fue un desastre el Periquito. Y me dice mi papá: “Mirá, puta, la cagó. Fue un fracaso la audición. Mirá, ¿y vos creés que tocás?”, me dijo. “Yo puedo ir a ver, pero no me pongás a estudiar”, le dije yo. “Yo puedo ir a probar”. Dicho y hecho, pues. Llegué, y ni mi papá ni yo sabíamos qué tanta música podía leer yo a primera vista... comencé, toqué, ¡puta, y la mara fascinada!

¿Qué tocaste esa vez?
Piano.

¿Qué pieza?
Toqué “No me queda más”. Un arreglo de la canción de Selena, pero que fue el arreglo de Tito Nieves. Tito Nieves, que es el Pavarotti de la salsa, y de un solo, me entendés. Y yo leyendo y tocando, puta y la mara: “¡Hey!” Y me pusieron un merengue, de ahí me pusieron El Vardo y quedé…

¿Cómo se llamaba el grupo?
Sonován. Por cierto, el señor, dueño del mejor night club de Costa Rica. Entonces, mi papá, como que me llegaba a proteger, porque ensayábamos por allí. Que por cierto era el Hollywood, que es un night club 5 estrellas, me entendés. Chicas primer nivel, cuando vayamos allá los voy a levar a conocer.

Ja, ja, ja.
Siempre tenemos entrada free allí. Y mi tata ahí sí ya me apoyaba y se metió a una reunión a negociar. “Mirá, les voy a pagar 5 dólares”. “Ah, sí. Está bien, démosle”.
 
¿Entonces vos tenías allí?
17. Entonces llego a la Sonován, comencé a tocar y este señor traía a la Sonora Santanera, las Chicas del Can, era el que producía los eventos y nosotros alternábamos con todos ellos.

¿Eran teloneros?
Eran teloneros, porque era la orquesta del viejo, y nosotros éramos teloneros en toda la gira, andábamos con estos músicos. Llegó la Billo´s Caracas Boys, de Venezuela. Cuando llegó la Santanera, por cierto andaba un uniforme bien feo, blanco, y se fijó en mí una cipota, que fue miss teen en Costa Rica. Por ella fui a la universidad.

¿Siguiéndola?
No, para irla a ver. Conocí a esta chava, la llegaba a traer; entonces, tocando llegaban trompetistas de la universidad y me decía: “Hey, puya, vos sos bien ágil, ¿por qué no estudiás música?” “No, a mí esto es lo que me gusta, yo estudiar…” Llegué a recoger, a la universidad de Costa Rica, a esta chamaca y se atrasó y me fui a dar una vuelta. Y, de casualidad, un bicho que me había visto en el toque de la orquesta, estaba sentado recibiendo una clase y se levantó bien contento, y ya lo saludé. Luis Miguel Araya se llama. Y llamó al director de la escuela, y me dijo: él es pianista de los grupos, tiene una gran habilidad. ¿Querés ser pianista?, me dijo el director. Sí, le dije yo. Venite mañana, te vamos a hacer la audición, me dijo. Ahí comenzó la historia de la universidad. Llegué con Gerardo Duarte, con su maestría en Alemania... mara enferma pues. “Así no se sienta un pianista”, fue lo primero que dijo.

¡Juela... cosa seria!
¿Qué tal? Es que en El Salvador uno se la lleva que toca y se mete. Osaba yo tocar a Chopin, Mozart, pero no es así. Según yo a apantallar al viejo iba... pero ni sabía cómo sentarme.

Ja, ja.
Alucine, ¿verdad? Ahí me tenés haciendo un ejercicio casi tres meses, tipo la película de Karate Kid. Fue chivo a la vez, porque no sé nada, aquí voy a aprender bien, me van a enseñar bien cómo es la onda. Comencé en la Universidad de Costa Rica. Después de la Universidad vino la Sonora Santanera y después la Billo´s Caracas Boys de Venezuela. ¡Puuta, imaginate, nunca había tocado con la de los Flores, imaginate tocar con la nana de las orquestas del mundo de cumbia, la Billo´s Caracas Boys!, de Venezuela. Tocando con la Billos a los 17 años. Ahí comprendí que había un más allá.

Ja, ja.
Me pusieron a tocar a mí y hacer la gira con ellos.

 

       
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