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Plática con Christian Poveda, fotoperiodista y videodocumentalista

“Denunciar algo y poder difundirlo
es una forma de militancia”

En esta entrevista publicada en julio de 2007, Christian Poveda explicó a El Faro por qué decidió cambiar París por San Salvador y por qué estaba interesado en documentar sobre las pandillas en El Salvador. Dos años después de esa plática, sus reflexiones e inquietudes siguen tan vigentes como entonces. He aquí, de nuevo, Christian Poveda.

Edu Ponces, Edith Portillo y Daniel Valencia / Fotos: Jacqueline Lazo
[email protected]
Publicada el 02 de julio - El Faro

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Christian Poveda ha cubierto más conflictos de los que se pueden contar con los dedos de las dos manos. Uno de ellos fue la guerra civil salvadoreña, durante la cual pasó días enteros con Monseñor Romero, convivió con las FPL en el monte y siguió a la Fuerza Aérea, con la venia del Coronel Domingo Monterrosa. El vínculo que creó en esos días, y cierta disconformidad con los vientos políticos que soplan en Francia, lo han llevado a cambiar París por San Salvador, por tiempo indefinido.

Tras pasar los últimos tres años dedicado a cubrir el fenómeno de las pandillas, viviendo en La Campanera, califica la violencia en el país como ejemplo universal de una política social desastrosa y augura casi medio siglo de violencia más para los salvadoreños.

Vos llegaste a El Salvador a cubrir la guerra…
La primera vez yo llegué en enero de 1980 y me quedé hasta dos días antes de la muerte de Romero. En esa época no había guerra aún, la guerrilla tenía una parte clandestina urbana y muy pocos estaban en el monte. Se toman el monte alrededor de octubre del 80. Entonces, yo volví clandestinamente en el 81 durante la primera ofensiva. Estuve en Chalatenango con las FPL casi un mes y medio.

¿Ya venías a cubrir para Paris Match?
No la primera vez, vine para Time Magazine.

A buscar notas de ambiente de pre guerra.
No sólo ambiente, había una represión tremenda, manifestaciones diarias…matanzas diarias. Cada mañana nosotros nos levantábamos y la primera cosa que hacíamos durante tres horas era dar vueltas viendo todos los muertos de la ciudad. Y había montones. O muertos asesinados por los famosos escuadrones de la muerte, por la policía o por la propia guerrilla que hacía “juicios populares”, como ellos los llamaban.

¿No viviste el asesinato de Romero?
Yo hice casi las últimas fotos de él vivo. Yo estuve con él dos días y me fui para Nueva York y dos días más tarde lo mataron. Ahí me enteré. Y no pude estar para el entierro. Pero durante tres meses aquí, todos los domingos el trabajo consistía en ir a la misa de Monseñor y si teníamos la oportunidad, seguirlo. Lo mataron un lunes y yo el viernes anterior estuve con él en un pueblito, no recuerdo exactamente dónde está pero es aquí por la zona de San Salvador, donde hizo una boda en común, había como 7 u 8 parejas que se casaban al mismo tiempo y él hizo la misa y los casó a todos. Pasamos casi todo el día con él.

¿Lograste entablar alguna relación más o menos cercana con él?
Íbamos en su carro, en su Land Rover. Con él no había problema, ibas a la iglesia donde estaba y recibía a la gente. Podías entrar y tomar fotos, hablabas directamente con él. Era un hombre muy abierto, permitía acceso permanente a la prensa.

¿Y cuando volvés en el 81, con las FPL, como hacés el contacto?
El contacto lo hago directamente en Francia. Yo estuve con Roberto Armijo que era el representante del FMLN ahí. Roberto fue el primer salvadoreño que yo conocí y con él preparé todo. Me contactó con él gente del Frente Sandinista, en París. Fue antes del primer viaje. Yo ya estaba buscando contactos, pensaba venir a El Salvador y quería establecer contactos con la guerrilla urbana y me contactaron aquí con gente de las FPL. Eso me permitió estar aquí en una casa clandestina tomando fotos y entrevistando a gente que estaba encapuchada y no le pude ver el rostro.

¿Era la primera vez que cubrías un conflicto?
No, no.

¿Dónde más habías estado?
Yo estado cubriendo varios conflictos. He estado en Irán, Iraq, Líbano, en el Sahara Occidental varias veces… No era la primera vez.

El Sahara fue tu primer reportaje de conflicto, ¿no?
Si. Eso fue lo mismo. París es una ciudad donde tienes un montón de organizaciones, en esa época, guerrilleras y de izquierda. Tienen representantes ahí. Con esa gente hacés contactos y a partir de ahí se organizan los viajes.

¿Cuál fue tu motivación para empezar en esto del fotoperiodismo? Venías de estudiar periodismo, de movimientos de izquierdas…
Yo tengo 52 años y el mayo del 68 me agarro con apenas 13. Pero fue algo muy fuerte en Francia, así que yo llegué a los 15 años en un momento en que los movimientos izquierdistas son muy fuertes, estábamos en plena guerra del Vietnam… Y, además, yo soy hijo de refugiados políticos de España, en esa época aún está Franco, entonces me involucré naturalmente en movimientos de izquierda y organizaciones estudiantiles.

Te venía por herencia, vamos…
Sí. Más que todo trabajaba bastante en una asociación de lucha contra la guerra de Vietnam. En esa asociación tuve acceso a un montón de fotos de la guerra de Vietnam. Fotos de Larry Burrows, Don McCullin, esa gente. Ahí me entró la pasión. Viendo todas esas fotos ahí, me di cuenta que, realmente, a través de la foto hay una forma de denunciar. Decidí hacerlo mi profesión, y así fue.

¿Cuántos conflictos?
No sé… El Salvador, Guatemala, todo el problema de la contra en Nicaragua, Chile, Perú, Bolivia, Argentina, en África he estado en el Sahara Occidental, Sierra Leona, en el Líbano estuve bastante, la guerra Irán-Iraq, en Filipinas, Camboya… un montón. Jajaja.

¿Y nunca te costó no involucrarte con esos movimientos? ¿Cómo es la distancia que vos tomas como fotógrafo o video documentalista ante lo que cubrís?
A partir del momento que yo decidí hacer de esto mi profesión, eso no me hace olvidar mis pensamientos políticos, pero denunciar a través de mi profesión es una forma de militancia, me entiendes. No necesito involucrarme en los hechos, solamente denunciar algo y poder difundirlo y que la gente tenga acceso a esa información es una forma de militancia. Mi punto de vista como fotoperiodista y como documentalista es siempre denunciar algo. Agarrar un tema que tenga unas raíces sociales bastante fuertes y ver cuáles son realmente las causas. Revelar algo. Siempre con la idea de llevar a la gente a la reflexión.

¿Cómo escogés tus temas, como por ejemplo lo que estás trabajando ahora de las pandillas?
Las pandillas, para mí, es una prolongación de lo que hice en los 80 durante la guerra. El Salvador ha sido el país donde yo me involucré más, donde he guardado contactos y donde he estado pendiente siempre de lo que estaba pasando. Y el problema de las pandillas me pareció bien significante de lo que puede ser una política desastrosa a nivel social. Y, como europeo, me interesaba porque allá hay muchos problemas ahora con la inmigración. Muchos partidos de extrema derecha han crecido y han conseguido su fuerza a través de discursos contra la migración, algo que ha surgido, y eso es un hecho verdadero, porque la mayoría de delincuencia que tenemos en Europa viene de la inmigración. En Francia, el 80 por ciento de los delincuentes son inmigrantes o hijos de inmigrantes.

Y ¿Por qué? Es interesante saber porqué. Es bien simple. Una mala política de inmigración de los inmigrantes que trajimos en los 60 y 70 para que trabajaran de forma barata. No se ha hecho nada para integrar, no se ha hecho nada para darles una educación especial, mucha gente que llegaba eran analfabetos. Y hoy las consecuencias es que se han formado guetos, se han apartado. Y los hijos no tienen ganas de vivir la misma vida que los padres y se van a lo más fácil. La venta de drogas y esas cosas.

¿Pero cuál es la relación de eso con El Salvador?
Pues allá no hemos llegado al nivel de violencia que existe aquí, estamos muy lejos de eso, pero la violencia está incrementando bastante. Hace dos o tres años habían pocos homicidios pero ya, por ejemplo en el barrio donde yo crecí en París, un barrio popular con mucha inmigración, hoy día están empezando a aparecer muertos.

La relación que hago es tomar el tema de las maras aquí como un tema universal. Vamos a lo peor que puede existir, lo peor que se puede hacer en política social para terminar generando este tipo de cosas, y tomarlo como un ejemplo universal para que nosotros, por lo menos en Europa, podamos ver las consecuencias de un fenómeno así. Porque si no lo frenamos, dentro de 10 o 15 años podrá pasar exactamente lo mismo que está pasando aquí. Ahora ya van tres años que estoy trabajando con ellos.

¿Lo has trabajado regionalmente, o solo acá?
No, acá. Acá es suficiente.

Ja, ja, ja.
Como ejemplo universal es suficiente. Ir a Guatemala o a Honduras sería repetir lo que estoy haciendo acá, no tendría sentido.

¿A qué te referís con lo peor que se puede hacer en política social?
Yo estoy muy consciente de que la represión no sirve para nada. Este país escogió la manera fuerte, la manera represiva de resolver el problema. Es claro que no se puede dejar a la gente delinquir en la calle, no se puede dejar a la gente matar y robar. Se tiene que aplicar la ley. El problema es que paralelamente a eso no hay ninguna política para resolver el problema. Hoy se considera que hay unos 13 mil pandilleros en el país juntando las dos maras. Esta gente, al 80 por ciento, es una generación quemada. Muy pocos se van a rehabilitar. La mayoría van a morir o van a terminar en las cárceles. El problema es que no se ha hecho ningún trabajo hacia los hijos de esta gente, o los niños que viven en estas zonas marginales y se están integrando a estas pandillas de forma muy regular. En vez de resolver el problema con una sola generación, considerando que eso son veinte años, este país va para dos generaciones, quizás tres si no cambian de política. Estamos hablando de cuarenta años. Pueden hacer todas las cárceles que quieran, no van a resolver el problema metiendo a la gente en la cárcel. Los asesinos y los ladrones tienen que ir a la cárcel, pero hay que pensar dentro de diez años. Y yo veo que en este país no se piensa, funcionan solo en el día a día.

Este gobierno actúa a través de la comunicación, Saca es muy fuerte en eso. Visita los medios sin parar, la radio, la televisión, los diarios. De esta forma quieren demostrar que están cumpliendo pero la realidad es distinta. Yo he estado un año y medio, a diario, en zonas marginales con pandilleros y con gente que no lo es, porque en las marginales no todos son pandilleros. En La Campanera (Soyapango) donde yo he estado trabajando son 50 pandilleros para 8 mil personas que viven ahí. Esa gente no ve absolutamente ningún cambio. Ve la policía, mucha policía, mucha actuación, pero las pandillas se adaptan muy rápidamente a las situaciones. La policía puede actuar en una zona y ser muy eficaz arrestando y poniendo en la cárcel a varios, pero rápidamente la pandilla se adapta a eso, y van a llegar nuevos, y las rentas van a seguir igual.

En La Campanera yo he visto pasar de 60 a 20 pandilleros y, en dos meses, los 60 ya estaban de nuevo y todas las actividades ya estaban de nuevo. De repente vuelve la policía, baja de nuevo porque ellos se van o los encarcelan… Es como cuando pateas un hormiguero, las hormigas se van, pero rápidamente lo van a reconstruir. Las pandillas tienen esta potencia. Porque son muy numerosos, y están súper bien organizados. Yo no le veo ninguna eficacia a la política que se está llevando en este país. Yo lo lamento por los salvadoreños pero se van para muchísimos años con una problemática de violencia terrible. Terrible para la gente que vive en esas zonas, terrible para la economía del país… y es terrible para esa propia juventud. Hay que entender por qué un niño de 12 o 13 años llega a involucrarse a una pandilla para darle su vida, porque estamos hablando de eso. Y no es solamente por el trabajo que hacen las pandillas de reclutamiento, como estamos leyendo últimamente en los medios. Yo lo he visto con mis propios ojos. Vienen solos. Las pandillas no necesitan ir a buscarlos. Los niños les vienen solos. Niños que están con problemas de familia terribles o de familias pobres que no tienen tiempo de ocuparse de sus hijos. Y como tampoco hay ninguna política familiar en el país, gente que esta trabajando duro se encuentra con 6, 7 hijos. Si vos ganas 100 dólares mensuales, ¿Cómo te vas a poder ocupar de tus hijos y darles educación?

Vos que estuviste en la guerra, ¿qué tanto crees que el problema de la violencia tiene origen en el conflicto?
Totalmente. Doce años de guerra en un país tan pequeño y con un potencial económico tan bajo como El Salvador, tiene que tener repercusiones socioeconómicas fuertes. Ha muerto mucha gente, mucha gente se ha ido. Se ha perdido un potencial de construcción del país para darle un nivel económico y social más alto. Una guerra te destroza un país más que te lo construye. Hoy, la situación económica en la que se encuentra esta gente de donde surgen las pandillas, es consecuencia de la guerra. De la guerra y de las malas políticas que hubo antes y que llevaron a la guerra.

Pero yo me refería a una cultura de la violencia. A normalizar la violencia.
¡Claro! Aquí la muerte es un espectáculo. Yo en los 80 cuando cubría muertos en la calle tenías alrededor a gente mirando, esperando a que vengan a tomar fotos. Si yo te muestro fotos que yo tomé en los años 80, la gente está posando. ¡Está el muerto y están posando! Y hoy es lo mismo. Hoy hay un muerto y ves a la gente que van con los niños. Eso viene también de 12 años de guerra y de muchísimos muertos. Y asesinados de forma muy violenta. Porque los muertos que dejaban los escuadrones de la muerte no eran muertos sólo de un balazo en la cabeza. Había torturas y eso era visible en los cadáveres que veías en la calle.

       
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