San Salvador, 08 - 14 octubre de 2007
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Plática con Florentín Meléndez, segundo vicepresidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA

“Excepcionalmente estoy de acuerdo con privarle la vida a una persona”

Vela porque en las cárceles de América se respeten los derechos humanos de los convictos. Pero, irónicamente, desde que fue asesinado monseñor Romero y dejó de trabajar en el socorro jurídico del Arzobispado de San Salvador, no visita una celda en El Salvador. Su cargo se lo impide. Fue en el despacho del Arzobispado donde comenzó a conocer las violaciones a los derechos humanos que se cometían al inicio del conflicto armado. Cuando estudiaba en la Universidad de El Salvador el tema no le interesaba; prefería jugar al fútbol. Pero ahora viaja por todo el continente, como vicepresidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA), con la pretensión de que se respete los derechos fundamentales de los presos.

Florentín, un oriundo del municipio de San Francisco Gotera, en Morazán, trabaja ad honorem en la Comisión y dice vivir de los libros que vende. En esta plática critica duramente el retraso que tiene la Constitución salvadoreña en materia de derechos humanos y responsabiliza a los partidos políticos de la debilidad en las instituciones del Estado. Muestra su desaprobación a la pena de muerte como condena a un ser humano. Revela su relación con monseñor Oscar Romero, bebe café expresso y ríe – como pocas veces lo hace, pues llega como un hombre implacablemente serio – cuando recuerda que de niño su nombre no le era amigable.

Por: Sergio Arauz y Alexis Henríquez / Fotos: Gracia Rodríguez
[email protected]
Publicada el 15 de enero - El Faro

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¿Y de dónde viene Florentín?
El origen del nombre viene de Iglaterra. Al menos eso es lo que le venden a uno cuando es turista. Se dice que alguien de apellido Melendo se trasladó al principado de Asturias, y ahí se creó el apellido Meléndez, que luego se trasladó a América. Eso es lo que he investigado. El Florentín proviene de Florencia, en Italia. Pero ahí no he investigado mucho.

¿No le gustaba?
No me gustaba para nada el nombre. Ahora me siento orgulloso de él. Era de mi abuelo, una persona muy conocida en oriente. Fue diputado constituyente de 1945. Era un oriundo de Morazán, de dónde yo soy. Además, no tengo otra escapatoria porque fue el único nombre que me pusieron. Ja, ja, ja, ja…

¿Es hereditario también lo del derecho?
No, no, no. Yo soy el único abogado. Tuve un primo que murió, que él era abogado. Fue juez de (San Francisco) Gotera. Los tribunales de mi pueblo llevan su nombre: Orlando Meléndez. Pero de la edad mía para arriba no hay abogados.

Entonces, ¿de dónde viene la idea de estudiar derecho?
Mi padre quiso estudiar derecho. Mi padre se llamaba Fernando Meléndez. Él era un químico. Mi abuelo tenía una farmacia y quería que su hijo estudiara química. Ya viejo mi padre, en la década de los 60, se matriculó en el primer año. Yo ya estudiaba derecho en la Universidad de El Salvador. Pero luego cayó en una enfermedad que lo postró y ya no pudo seguir. Quería básicamente culminar su aspiración, pero también alentarme a mí. Probablemente desconfiaba que no llegara a ser abogado. Probablemente porque para esa época yo jugaba mucho al fútbol. Incluso juego todavía.

¿Jugó en algún equipo grande?
En el Fuerte San Francisco, cuando estaba en la liga B – que ahora es la de asenso. En la facultad de derecho jugué también. Ahora juego en la liga de oro, a nivel profesional, de la tercera edad. Ja, ja, ja, ja…

¿En qué posición?
De portero. Es un lindo deporte. Siempre me ha gustado.

¿Cómo veía esa época dentro de la Universidad, cuando se estaba fraguando la guerra?
Yo tuve un giro dramático. Cuando estaba en los primeros años, yo no me metía en nada. No me interesaba lo que pasaba en el país. Andaba jugando fútbol. Mucho fútbol, con mucha disciplina. Fuimos a jugar hasta México. No obstante que en el país estaba cobrando mucha efervescencia política y social. Luego comencé a trabajar en lo tribunales, como estudiante. Los militares se habían tomado la universidad. Mientras trabajaba comencé a ejercer la defensoría. A mí me gustaba el derecho penal. Comencé a darme cuenta de la realidad política del país en esa área. Me di cuenta como los militares llevaban camionada de presos, obreros, campesinos; los trataban como animales. Esta gente no tenía defensor. Era ahí por 1975. Fue en ese entonces que fui reclutado por el socorro jurídico del Arzobispado, que creó monseñor Romero. Todavía no me había graduado. Pero ahí me nació la conciencia.

¿Conoció a monseñor Romero?
Trabajé a su lado. El director era Roberto Cuellar (ahora director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA), Boris Martínez, Dagoberto Campos, que ya murió, y yo. Éramos los cuatro abogados del socorro jurídico, que estaba en el externado San José. En esa época, a raíz de ver la injusticia en la justicia salvadoreña, y la brutalidad de los cuerpos de seguridad, me involucré directamente y fui dejando mi carrera. Ya tenía mi bufete, me gradué en el 78. Empecé en el 69.

Casi 10 años de estudio.
Es que primero estuvo la huelga de ANDES, como seis meses. Luego los militares se tomaron la universidad. Después la guerra de Honduras. Perdimos mucho tiempo. Pero lo importante es que me gradué y cumplí el compromiso con mi padre, que ya había muerto. Graduado fui contratado como profesor de la facultad, trabajaba como abogado del socorro jurídico y tenía mi bufete. Pero poco a poco fui dejando mi bufete, porque me dediqué de lleno al trabajo de derechos humanos hasta la muerte de monseñor Romero. A raíz de la muerte de él, Roberto Cuellar y yo tuvimos que salir del país.

¿Quién lo reclutó en el socorro jurídico?
Roberto Cuellar. Claro, monseñor Romero se nutría de la información que llegaba al socorro jurídico para las homilías, para la parte de los hechos de la semana y las denuncias. Nosotros recogíamos testimonios. A mí me tocaba como notario legalizar los testimonios; hacer visitas al terreno donde aparecían cadáveres; buscar en las cárceles a los desaparecidos de la UCA, de la Nacional o de los sindicatos; y defender a los presos políticos que eran dirigentes, a los cuales les acusaban de ser terroristas, de ser guerrilleros. La relación con monseñor fue institucional. Él alentaba a esta oficina y teníamos reuniones con él, algunas históricas.

¿Cómo cuál?
En una ocasión, cuando había muchos más detenidos que defensores en el país, llamó a varios abogados al arzobispado en San José de la Montaña para hacer un llamado de conciencia al gremio de abogados. Ahí llegó el doctor Lara Velado, el doctor Fernando Méndez, Francisco Díaz. Llamó gente no militante en los partidos políticos, a abogados civiles, para ver si se sumaban más abogados. Se sumaron unos tres o cuatro. La otra reunión histórica fue cuando se presentó el primer informe de 300 desaparecidos en el país. Ahí estuvo con monseñor el equipo de abogados del arzobispado. Presentó la denuncia ante la prensa internacional. Y luego, a raíz  de la muerte de él, me tocó como notario del arzobispado hacer el inventario de bienes de monseñor. Era un hombre que vivía en la pobreza.

¿Qué propiedades tenía monseñor?
No tenía nada. La propiedad más valiosa era el anillo arzobispal. En términos cuantitativos, si queremos medir la riqueza, se mediría en los libros que tenía. Lo que tenía era un radio muy potente, que captaba en onda corta las noticias de Holanda, de Alemania, para estar él al tanto de las noticias del mundo. También una mecedora muy cómoda, en la que leía. Las camitas de él eran de las que vendían en el mercado, de hierro, sencilla. Y el carrito Toyota mil color mostaza, en el que se movía con el chofer sin seguridad.

¿Cómo vivió su muerte?
Esta etapa de la muerte de él, que fue muy dolorosa para nosotros, nos obligó a salir del país a los meses después de la muerte, porque estuvimos dándole seguimiento al caso en el juzgado 4° de lo penal. Llegábamos todos los días al tribunal.

¿A presionar?
Claro, para que se citaran testigos, para que se hicieran inspecciones. De hecho, la madrugada del 25 de marzo (después del asesinato de monseñor Romero) estuvimos en la capilla de la Divina Providencia con el juez Atilio Ramírez Amaya, apoyándole a realizar la inspección en la capilla y a buscar alguna evidencia en el lugar, sin contaminar la escena de ese crimen de lesa humanidad. A raíz de estar de cerca de la escena de ese lugar, se dieron una serie de hechos que pudieron ser probablemente  casualidad o directamente dirigidos contra mi persona. Me buscaban en carros sin placas, con vidrios polarizados, gente muy rara, armadas.

Querían decirle algo.
Claro. Ametrallaron mi casa. En algún momento pareció que había sido un enfrentamiento en la esquina de la casa que alquilaba. Por poco matan a mi hija recién nacida. Mi familia me presionó para salir del país, evitando que me fueran a matar. Hasta ahí llegó mi estadía en El Salvador. Me fui por siete años.

¿A dónde?
Me fui a Nicaragua y España.

¿Por qué Nicaragua? 
Porque mi cuñado tenía una hermana nicaragüense, y cuando fue el terremoto de nicaragua, toda su familia se vino a cobijarse a nuestras casas.

¿Nada que ver con el triunfo del sandinismo?
No, porque yo nunca estuve metido o relacionado con esto de organizaciones políticas o partidos políticos. Mi compromiso comenzó a ser de lleno con el tema de derechos humanos. Siempre he sostenido, en los más de 30 años que tengo de trabajar en esto, que es incompatible trabajar en derechos humanos si se está involucrado en actividades partidistas. No es que sea malo trabajar en actividades partidistas, pero sí creo que es malo mezclar el agua con el aceite.

¿Por qué cree, don Florentín…?
No me digas “don”, por favor. Dime Florentín. Ja, ja, ja, ja…

Ja, ja, ja, ja… ¿Por qué cree, Florentín, que los derechos humanos se han ligado como una bandera de la izquierda?
Es una visión parcializada. Son una construcción histórica de la humanidad, una lucha histórica de los pueblos. Es producto de distintas corrientes de pensamientos, no solo de la socialista, marxista o comunista. Está reconocido que se inició por la reivindicación del pensamiento liberal. Que se considere a los derechos humanos como un aporte de la izquierda es producto del desconocimiento de la gente de derecha, mal informada.

Repasando la historia de El Salvador, ¿cómo calificaría el papel del Estado sobre la protección a los derechos humanos?
Se ha caracterizado El Salvador por ser un Estado liberal, con una sociedad muy conservadora. Por lo tanto tiene una distorsión del desarrollo de los derechos humanos. En la educación formal del país no se ha enseñado los derechos humanos, sino hasta hace unos años. Esto me lleva a sostener que el tema de los derechos humano no es parte esencial de la agenda política, históricamente. Si revisamos la historia constitucional salvadoreña nos damos cuenta. Incluso la actual constitución salvadoreña es muy pobre en términos de derechos humanos, comparativamente con el constitucionalismo latinoamericano que tiene ejemplos de avanzada.

¿Por ejemplo?
La constitución de Argentina, con las reformas de 1994; la de Colombia, en el 91; la de Venezuela, del 99. Y sin ir tan lejos, la constitución de Nicaragua en 1986, y la de Guatemala, en el  85. Son más avanzadas que la salvadoreña.

Pero en concreto, ¿qué elementos tiene retrasada a la constitución salvadoreña?
No solo en cuanto a vacíos de reconocimientos de derechos humanos, que están reconocidos fuera pero que deberían de estar dentro.

¿Por ejemplo?
Algo que está relacionado a la labor de ustedes, que es la libertad de investigación.

¿Acceso a la información…?
Acceso a la información no está garantizado en la constitución. Se tiene que satisfacer ese vacío supletoriamente con el derecho internacional, que es visto por algunos sectores, por ignorancia o desinformación, como un derecho extranjero y no internacional, propio de nuestra cultura jurídica. Los derechos económicos y sociales por ejemplo, están planteados en la constitución como una mera plataforma normativa, como un simple ideal y no como un derecho fundamental que genera obligaciones en los poderes del Estado y la sociedad misma. Porque la sociedad también es responsable de ciertos derechos fundamentales en el ámbito económico. Derechos de la niñez que están fuera de la constitución, así como los derechos de la mujer; las garantías del debido proceso también. Hay un catálogo de garantías que ya hay en otras constituciones, reafirmadas, y que están  fuera en la constitución salvadoreña.

De las constituciones que ha tenido El Salvador, ¿cuál es la que le ha parecido más progresista?
Una es la de 1886, que es el ejemplo típico de la inserción del derecho natural en el constitucionalismo salvadoreño y del liberalismo. Es una constitución de avanzada desde la perspectiva de los derechos individuales. La constitución del 50, que es quizás la mejor constitución que hemos tenido, porque tiene el enfoque social. Es producto de la aportación que se dio al final de la Segunda Guerra Mundial, de la declaración universal de los derechos humanos del 48. Eso influyó, como  los movimientos que se dieron en el país, como el derrocamiento del dictador Martínez y la adopción de un nuevo modelo y forma de ver la conducción del país.

La peor constitución que se dio fue la de 1983, porque se da en el peor momento histórico político. Se da en plena guerra. Es el peor momento, más por los líderes de ese momento, muy cuestionados moralmente y por el presidente de la Asamblea Legislativa, el mayor Roberto d’Aubuisson, que dirigió el movimiento constituyente de 1983. La constitución amerita una revisión integral para ponerla a tono de la misma realidad del siglo 21.

       
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