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OPINIÓN / LA BUHARDILLA

El santoral de la economía

Federico Hernández Aguilar
[email protected]
Publicada el 22 de enero - El Faro
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Un ilustrado caballero que me honra con la detenida lectura de mis artículos en EL FARO me pregunta, no sin vocación crítica, de dónde saco yo que el cristianismo haya hecho contribuciones importantes a la estructuración del liberalismo. Más concretamente, el estimadísimo lector desea que profundice en los aportes que la teología católica pudo hacerle a la doctrina económica liberal.

Debido sobre todo a que cierta línea de pensamiento “cristiano” ha sido bastante explícita en sus señalamientos a determinadas apuestas económicas del liberalismo —no son pocos, de hecho, los que pretenden descubrir en estas posturas “variantes teológicas” cercanas al marxismo, lo cual, por diversas razones, es una verdadera incongruencia—, tiendo a ser muy comprensivo ante las naturales inquietudes que el abordaje de estos temas causa en algunas personas. Los incendiarios idealismos de muy conocidos teólogos de la liberación, tanto en España como en Latinoamérica, han disfrazado de humanismo lo que muchas veces no es otra cosa que galopante ignorancia alrededor de las formulaciones económicas más simples, y es hasta cierto punto lógico que existan tantas confusiones esparcidas por nuestro planeta si su origen ha sido el resentimiento y no el estudio.

Tal vez sea conveniente estipular, de entrada, que el cristianismo es una doctrina que busca la redención humana, con énfasis especial en la trascendencia del alma cuando esta atraviese el umbral de la realidad netamente física. Ello constituye una expresión clara del carácter primordialmente espiritual del mensaje de Jesucristo, con independencia de las conjeturas materialistas o de las lecturas “de interés social” que pueda provocar.

La misma Iglesia Católica se ha permitido establecer, a través de su Doctrina Social, un compendio de actitudes y de acciones (incluidas las políticas) que cabe esperar en quienes entienden el cristianismo como un compromiso con el desarrollo integral de la persona humana. Y es precisamente a este conjunto de disposiciones del espíritu, junto a sus consecuentes aplicaciones prácticas, a las que se refiere la Iglesia cuando denomina “humanismo integral y solidario” a la posición ideal que el verdadero seguidor de Jesucristo debe asumir sobre esta tierra.

Por supuesto, todas las aproximaciones exclusivamente ideológicas o partidarias a estas verdades reveladas adolecerán del mismo interés momentáneo que llevó a los fariseos a interrogar al Señor sobre el tributo al César. Los intentos de compaginar el mensaje cristiano con una muy particular visión del mundo resultarán siempre paradójicos desde la óptica teológica, y, a condición que existan buenas intenciones, nuestros acercamientos a la figura de Jesús de Nazareth como referente no harán más por nuestras posturas políticas de lo que ellas deben hacer, por sí mismas, a partir de sus parciales enfoques de la realidad humana.

Es por esta razón que el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, aprobado en 2004, no se cansa de reiterar el carácter iluminador del mensaje cristiano ante la trayectoria ética del hombre. Ya en su décimo numeral, el documento se propone como “instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que caracterizan a nuestro tiempo; como una guía para inspirar, en el ámbito individual y colectivo, los comportamientos y opciones que permitan mirar al futuro con confianza y esperanza”. ¿Es que algo más trascendente, incluso desde la perspectiva histórica, nos compete pedirle a una doctrina espiritual que rehúsa empañar su lente con urgencias materialistas, mientras que por otra parte permanece claramente involucrada con el progreso humano en todos los órdenes pertinentes?

Cuando en sintonía con estos postulados algunos liberales nos atrevemos a sostener que nuestra mirada intelectual a la historia no puede rebatir la contribución del cristianismo a la libertad económica, en realidad estamos reconociendo aportes que son objetivamente comprobables, pero que en modo alguno son útiles para instrumentalizar políticamente la doctrina de Cristo o, en el otro extremo, negar la legítima aspiración cristiana de un mundo más justo, equitativo, solidario y próspero.

Dicho lo anterior, conviene ahora establecer que cierto revisionismo histórico tampoco ha sido exitoso en su afán de analizar objetivamente la trayectoria liberadora de la religión fundada por Jesús. Desde luego que existen pruebas contundentes de la intolerancia religiosa a que condujo la conversión del imperio romano a la fe cristiana, pero es ampulosamente injusto soslayar los énfasis individualistas y universalistas que desde los orígenes de la Iglesia Católica implicaba la idea de la salvación frente a la caducidad del mundo material.

Si el concepto de libertad que más arraigo tiene en el mundo de hoy se relaciona con la trascendencia espiritual, debemos estar seguros que en Occidente no existe mayor responsable que el cristianismo. Es fácil, en los albores del siglo XXI, acusar a la Iglesia medieval de oscurantista, pero basta echar un vistazo a la cotidianidad de la masa europea bajo el Imperio Romano para entender que el mensaje cristiano, en verdad, fue más luz que tinieblas para la mayoría de aquellos que se convirtieron a él. Lo que sucede con muchos enemigos de la Iglesia es que se la pasan leyendo febrilmente a Marx y olvidan que el devenir humano no sólo se explica por las contradicciones materialistas expuestas en “El Capital”, sino también por los deseos de renovación interior que han alentado el desarrollo del hombre desde siempre.

El marxismo, al exponer los prejuicios de su principal autor como “dogmas de fe”, cayó en la trampa de ese parcialismo histórico al que la izquierda de hoy sigue siendo tan aficionada. Si Marx y sus seguidores hubieran leído, por ejemplo, a San Agustín de Hipona o a Santo Tomás de Aquino, habrían aprendido que las fuerzas motrices de la religión están demasiado afincadas en la naturaleza humana como para contrarrestarlas con fórmulas puramente económicas. Y, sin embargo, también en el ámbito económico encontramos huellas indelebles del pensamiento cristiano, comenzando con las perspicaces contribuciones de los llamados “Doctores de la Iglesia”.

A la luz de sus consecuencias exclusivamente políticas, la teología de Santo Tomás de Aquino es en realidad una defensa pionera de las separaciones que cabe hacer entre la realidad espiritual y aquella que compete a las decisiones de la colectividad organizada. La sindéresis (esa capacidad nuestra de hacer juicios certeros) conduce inevitablemente, según el planteamiento tomista, a la admisión de sistemas políticos en los que la práctica ciudadana está sujeta a principios morales que la razón, bien ejercida, termina imponiendo, sin que por ello debamos absolutizar ninguna concepción puramente racional de la sociedad. Los admirables equilibrios que Santo Tomás supo articular entre la doctrina revelada y la objetividad material —si bien abogara, como religioso que era, por la aceptación de verdades de fe muy concretas— constituyen el primer gran paso hacia la observancia del Estado como una misión terrena que no compete a las estructuras eclesiásticas dirigir, sino sólo iluminar. Muchos siglos después, los considerados “padres de la Europa moderna” —R. Schuman, K. Adenauer, A. De Gásperi— harán desde la función pública lo que el tomismo pretendió articular desde la teología.

Singular es el caso de San Bernardino de Siena (1380-1444), franciscano de noble ascendencia italiana que se convirtió en eficacísimo propagador del cristianismo, merced a una capacidad oratoria que todavía hoy resulta asombrosamente atractiva. Adelantado a su época, San Bernardino supo defender a los impopulares comerciantes que cobraban intereses justos por los préstamos que hacían, desmarcándolos de la acusación de inmoralidad que pesaba (allí sí con sobrada razón) sobre los usureros y los estafadores.

En efecto, si existe un santo al que los actuales estudiosos del mercado deberían encender velas agradecidos es a este discípulo de San Francisco, campeón del ascetismo persuasivo, que con inusual lucidez consiguió explicar a sus contemporáneos lo que hoy conocemos como “lucro cesante”. He aquí una contribución preciosa a la ciencia económica en una época de revoltijos conceptuales, gracias a un hombre que, sin renunciar a la objetividad trascendente que caracteriza a las enseñanzas de Jesús de Nazareth, supo “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Pero, se preguntará mi sagaz lector, ¿es posible hablar de aportes académicos que, ligados a la tradición cristiana, constituyan verdaderas hojas de ruta en algún ámbito de la economía? No sólo eso: existe una escuela —¡toda una escuela!— surgida de las entrañas mismas de la academia española, que hasta hace relativamente poco tiempo ha empezado a ser reconocida como se debe, incluso por el liberalismo. Me refiero, claro está, a la Escuela de Salamanca.

Empotrada en pleno siglo XVI, la Escuela de Salamanca fue cuna de pensadores que han sido justicieramente reivindicados (sobre todo por Joseph Schumpeter) como los verdaderos fundadores de la ciencia económica. Entre ellos destacan, por sus novedosos aportes, Francisco Suárez (también conocido como el “Doctor Eximius”), el primer gran teórico de la soberanía del pueblo; el jesuita Luis de Molina, que encontró valiosas analogías entre las naciones y las sociedades mercantiles, enalteciendo el individualismo frente a la tiranía; Francisco de Vitoria, el teólogo que dio luz verde moral a los comerciantes de su tiempo rechazando la condena que pesaba sobre ellos por el legítimo afán de lucro que les animaba; Diego de Covarrubias, el jurista antiesclavista que llegó a desarrollar una valiente apología de los precios que son determinados libremente entre un vendedor y un comprador; Martín de Azpilicueta, notable precursor de la teoría cuantitativa del dinero —varios años antes que Jean Bodin— y agudo expositor de las medidas de valor que asignamos a los bienes de acuerdo a su estatus temporal —fundamento doctrinal que serviría a la Escuela Austriaca de Economía para desarrollar, siglos después, el concepto moderno de interés—, y Tomás de Mercado, insigne observador de la realidad mercantil en las Indias y quien mejor que nadie formuló la distinción entre el valor nominal del dinero y su poder adquisitivo.

Hay, pues, incontables pruebas que nos llevan a admitir que la fe, desde su marco doctrinario espiritual, ha servido también para iluminar el camino hacia las conquistas económicas más apreciadas, incluyendo aquellas que el mismísimo Marx, enemigo declarado del teísmo, identificó como esenciales para lograr el tránsito de la humanidad al comunismo. Por eso, cuando alguno de los actuales políticos latinoamericanos —Daniel Ortega a la cabeza— abjura del escepticismo marxista y proclama su conversión al cristianismo, alguien debería informarle que, aparte de los muchos pecados que necesitan ser confesados, también existen razones económicas para aplaudir ese radical (y ojalá sincero) cambio de discurso.

*Escritor
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