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Memorias de paz

Carlos Dada
[email protected]
Publicada el 22 de enero - El Faro
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La semana pasada escuché muchos comentarios sobre la celebración de los tres lustros de paz.  Algunos cuestionaban qué estamos celebrando en un país con más de tres mil quinientos muertos al año, con una polarización paralizante, con una inseguridad que crea una sensación de mayor indefensión que durante la década de los ochentas, con una inequidad que en nada se vio mermada por el fin de una guerra que nos costó más de 70 mil muertos.

Rodeado por esa inseguridad, la inoperancia del Estado, el abuso corrupto de algunos grupos de poder y el actuar de las extremas políticas basado en la sospecha y la zancadilla, cualquiera se siente tentado a darles la razón.   

Pero basta escudriñar apenas superficialmente en la memoria para percatarse de que lo que vivió este país en los ochentas hoy nos es tan ajeno que parece aún más absurdo.

Un amigo recordaba que su mamá quedó atrapada en medio de un operativo militar, y que estando en el suelo se aferró a la bota de un soldado y le dijo que tenía tres hijos. La dejaron irse, y se fue de ahí en su automóvil, esquivando cuerpos en la calle e intentando salir de la zona rápidamente antes de que el cuilio se arrepintiera. Eso, en los ochentas, era normal. Como que estallara una bomba y se contara la explosión entre risas media hora después. Como que en un enfrentamiento desaparecieran familias enteras. Como enterarse del asesinato de algún amigo o pariente. Como que un tipo con un M-16 abriera fuego contra los cuerpos de seguridad nacional.

El 5 de julio pasado, un tipo con un M-16 abrió fuego contra los cuerpos de seguridad nacional y el país entero se paralizó.  A tal grado, que nadie supo en un principio cómo reaccionar racionalmente ante un hecho que parecía inédito.

No lo era.  Pero el 5 de julio de 2006 estaba tan fuera de contexto, tan carente de sentido, tan gratuito y estúpido, que por sí mismo demostró cuánto hemos cambiado en quince años, y cuánto se nos escapan esos cambios en el nuevo país que surgió después del 16 de enero de 1992. 

El fin de la guerra requirió de grandes sacrificios y mucho valor de parte de los firmantes, y nos entregó a todos los salvadoreños la obligación de ejercer nuestra ciudadanía para velar por la construcción de un nuevo país.  Ambos bandos firmaron ese día un documento hostórico según el cual cerraban para siempre la posibilidad de dirimir sus diferencias con el fuego y la metralla. Ese día quemaron todas las naves.  Aquello que había sido su modo de vivir por más de una década era enterrado para siempre, asumiendo todas las incertidumbres del futuro y concientes de que no se podía volver atrás.

La paz no ha sido fácil. Pero es mucho mejor que la guerra. Este periódico, El Faro, probablemente no habría podido existir en los años ochentas, o hubiera vivido muy poco tiempo. Ciertamente falta mucho por hacer, y las cabezas calientes, los corruptos y los negligentes siguen amenazando el progreso y obstaculizando la solución a nuestros pcincipales problemas, que son hoy la inseguridad y la desigualdad.
Lejos de olvidar, es necesario recordar aquel jueves 16 de enero de 1992, y darnos cuenta de las grandes alturas que podemos alcanzar como nación cuando tenemos la voluntad para hacerlo. Y recordar lo felices que fuimos aquel 16 de enero, cuando todos, a una sola voz, pudimos gritar: ¡PAZ!

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