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OPINION / DESDE LA ACADEMIA

EL SIGLO XX:
su delimitación y su significado.
Parte IV

Ricardo Ribera
[email protected]
Publicada el 14 de agosto - El Faro
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IV.- Las objeciones a las tesis de Hobsbawm

Lo primero es señalar una inconsistencia en la propuesta de periodización que plantea el historiador británico: no hay correspondencia entre las fechas de final y de inicio del siglo que propone. Si se plantea que el siglo termina al concluir la guerra fría por el colapso del “socialismo real” debería consecuentemente postularse 1917 como inicio del mismo, o sea, el triunfo de la revolución rusa, porque representa el comienzo del socialismo como una realidad histórica y ya no una simple construcción teórica. Con lo cual el historiador daría coherencia a una cronología adecuada al contenido, que ha centrado en la confrontación entre los sistemas. Resulta esencial para la noción de “siglo histórico” que ya explicamos: la periodización depende del significado que atribuyamos al período, de sus contenidos y de su interpretación. La forma se ajusta entonces al contenido. No se ajusta al postular el inicio de la Gran Guerra, 1914, que no guarda relación con el final ni con la “lectura” que se hace del siglo.

La “solución” de sustituir 1914 por 1917 presenta, sin embargo, varios inconvenientes. En primer lugar porque, aunque la revolución rusa en parte se inscribe en la historia mundial o por lo menos en la política internacional, pues es inseparable del marco de la Gran Guerra en que el zarismo inmiscuyó a Rusia, por el otro lado es incomprensible fuera de la historia rusa. Los antecedentes nacionales y clasistas, en especial la historia del marxismo ruso y de la socialdemocracia rusa, son tan determinantes o más que la especial coyuntura que se perfiló a nivel internacional con la primera guerra mundial. Desde esta perspectiva de la historia nacional 1917 remite inmediatamente hacia atrás. A 1905, la primera revolución de masas sin cuyo antecedente difícilmente es imaginable el derrocamiento del zar en febrero de 1917 ni el triunfo de la revolución proletario-socialista en octubre del mismo año. Por su parte, 1905 implica 1903, la fundación del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, POSDR, en el segundo Congreso y su inmediata escisión en mencheviques y bolcheviques. Para fijar finalmente en 1898, el año del primer Congreso del POSDR, el verdadero arranque del proceso de revolución en Rusia, según Hobsbawm tan decisiva para interpretar el siglo.

Si se renuncia a esta línea cronológica de antecedentes para quedarnos con la fecha de 1917 como inicio del siglo, se agrava el problema de la “cortedad” del mismo. El cual es de por sí un problema, el segundo de los que queremos examinar. En efecto, aunque la idea de “siglo histórico” implica que éste no se ajusta del todo, ni a la cronología calendárica, ni exactamente a los cien años de la definición de la centuria, debe al menos aproximársele. No resulta aceptable el proceder de Hobsbawm, que no sólo usa, sino que abusa de este concepto de tiempo histórico. Lo ha hecho con el siglo XIX al delimitarlo entre 1789 y 1914 con lo que lo convierte en un siglo de, nada menos que… ¡ciento veinticinco años! Vuelve a hacerlo al atribuir al siglo XX tan sólo setenta y siete años, los que van de 1914 a 1991. Es decir, le está escamoteando veintitrés años, ¡casi la cuarta parte! Que el siglo histórico no tenga los cien años exactos del siglo calendario tampoco debe significar el agregarle o quitarle tanto que deje ya de corresponder a la definición que identifica siglo con centuria.

Todavía se nos acortaría más el siglo si analizamos el final verdadero de la guerra fría, es decir, el fin de la confrontación Este/Oeste y de la competencia socialismo/capitalismo. Ha de situarse en 1985 -1986, cuando Mijail Gorbachov enunció la perestroika y los principios para una cooperación entre ambos sistemas. Ante la existencia de “problemas globales” el líder soviético proclamaba que antes de plantearse la cuestión de si la humanidad en un futuro vivirá en socialismo o en capitalismo, había una pregunta previa y más fundamental: la de si habrá humanidad. La gravedad de los problemas ecológicos, de armamentismo, de los accidentes nucleares, etc., hacían que el tema de la supervivencia de la humanidad fuese real y urgente. Lo más importante: todos los problemas “globales” lo son para ambos sistemas, no respetan fronteras ni distinguen ideologías. La política de cooperación ponía de hecho fin a la guerra fría. Tuvo credibilidad, al punto que el Presidente Reagan renunció al programa de defensa espacial que amenazaba con relanzar la carrera armamentista. La perestroika llegó tarde para salvar al socialismo soviético y éste se derrumbó, dando la falsa imagen de un “triunfo” de Estados Unidos y de ser éste el final de la guerra fría.

En tercer lugar, una objeción más sustancial y que procede de una constatación tan obvia que fácilmente puede pasar inadvertida, pues lo evidente a menudo resulta lo más difícil de ver. Se trata de lo siguiente: el final del siglo XX debe constituir el inicio del siglo XXI. Es tan lógico, que fácilmente puede olvidarse. Hobsbawm sostiene la tesis de que el siglo pasado concluyó en 1991 desde su interpretación del mismo, pero no hace por comprobar esa afirmación desde la otra cara de la moneda. Debería verificar si los acontecimientos a partir de esa fecha muestran los cambios cualitativos que permitan afirmar que la historia ha entrado a una nueva etapa, a un nuevo tiempo histórico, al nuevo siglo. No lo ha hecho por la misma precipitación en que incurrió, sin dejar transcurrir un tiempo prudencial y sin revisar las nuevas tendencias. Tenía prisa en publicar su libro y consiguió que éste fuera el primero sobre el conjunto del siglo XX en salir al mercado. Habrá ayudado en convertirlo en un éxito de ventas. Pero su valor historiográfico quedará sujeto al dictamen del tiempo. Es interesante constatar cómo el propio Hobsbawm, tan sólo cinco años después de publicar su libro, muestra muchas más dudas que al momento de redactarlo: “Fijar 1991 como el final del siglo “corto” fue una elección más personal que establecer su inicio en 1914 (…) aquélla no era la única posibilidad. En cierto sentido, escogí esa fecha por razones de conveniencia.” (…) “No es posible decir cuándo ha terminado un período sino mucho tiempo después.” (…) “Todo esto hace muy difícil decir si hemos salido ya del siglo XX corto.” Aunque poco más adelante pareciera contradecirse: “Y es cierto que en muchos aspectos ya podemos decir que vivimos en el nuevo siglo.” (“Entrevista del siglo XXI” (op. cit.), págs. 16 a 18; Antonio Polito realizó la entrevista en 1999).

A medida que el tiempo avanza, podría seguir siendo discutible si el siglo XX terminó o no en 1991, pero resulta cada vez menos creíble la idea de que el siglo XXI haya empezado con la desaparición de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría. Los grandes cambios en la escena mundial que fruto de dicho acontecimiento muchos esperaban no se produjeron. Ni el mundo se convirtió en un lugar más seguro, ni desapareció la carrera armamentista, ni acabaron las guerras. Al contrario. Tampoco significó que eliminada la bipolaridad que había dividido al planeta éste avanzara hacia un mundo multipolar. Lejos de atenuarse el imperialismo y la fiera competencia por la hegemonía, se ha recrudecido el problema ante la cruda realidad de un mundo unipolar, con una única superpotencia que lo domina. No es cierto tampoco que el fin de la guerra fría haya significado el triunfo de la democracia y de los valores occidentales en el mundo. Como no lo es que la desenfrenada globalización actual, que deriva de aquella lectura histórica de la derrota del socialismo, traiga solución a los problemas de desempleo, exclusión, hambre y desigualdad en el planeta.

Ciertamente no es que todas las consideraciones de Hobsbawm sean así de unilaterales o de optimistas, más bien advierte y previene de bastantes nubarrones en el horizonte. Pero su interpretación global da pie a esas elucubraciones, en consonancia con la propaganda de Francis Fukuyama de “el fin de la historia”. Y es frente a ellas que debe advertirse. Las calamidades políticas del siglo XX no han dado paso a un mundo más ordenado, pacífico y tranquilo, sino a un nuevo tipo de desorden, de agresión e incertidumbre. Por las mismas consideraciones que hacíamos al inicio de este artículo, la mirada sobre el siglo pasado ha de hacerse desde la perspectiva que nos impone el siglo XXI que hemos comenzado. Una lectura alternativa de la centuria pasada implica darle mayor relevancia a esta mirada que se sitúa desde el presente, que a aquélla que procede priorizando cómo fueron percibidos los hechos por los seres humanos que en su momento los vivieron y protagonizaron. Aquel pasado para ellos era presente. No lo es más. Y no puede ya volver a serlo. De ahora en adelante será desde el presente, desde los sucesivos presentes, que se valorarán aquellos tiempos del siglo XX. Los cuales requieren una renovada interpretación.

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