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OPINION / LA BUHARDILLA

La libertad y sus encrucijadas
(Una reacción liberal al artículo “Liberalismo y homosexualidad”)

Federico Hernández Aguilar*
[email protected]
Publicada el 14 de agosto - El Faro
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Una de las encrucijadas más valiosas que propone la doctrina liberal es la de admitir que todo concepto de libertad, en su aplicación política, económica o legal, es precario o podría llegar a serlo. Sin embargo, cuando el liberalismo clásico renuncia a comprometerse, teóricamente, con alguna aplicación particular de la libertad, no significa que en la práctica personal nos esté obligando a apoyar como válida, desde nuestra perspectiva axiológica, toda concepción de mundo que encontremos al paso. De hecho, y con mayor énfasis en lo que atañe a la dimensión de la fe, el debate contemporáneo se ha decantado por una tímida sugerencia a hacer prevalecer las tradiciones conservadoras en perjuicio de experimentos con resultados discutibles. Incluso me atrevo a sostener que John Stuart Mill —contrario a lo que plantean muchos «libertarios moderados»— dejó suficiente evidencia escrita de la simpatía que esta sugerencia liberal le provocaría si estuviera vivo.

Pero vayamos por partes…

Es una simplificación audaz asegurar que ante disyuntivas de orden moral y jurídico como el matrimonio homosexual se vea el católico en la irremediable necesidad de abandonar sus convicciones religiosas o su coherencia al ideario liberal. Lo cierto es que el liberalismo, por el contrario, está recurriendo a análisis que no solo confirman el carácter siempre paradójico de la decisión colectiva, sino que admiten la estabilidad de algunas convenciones morales y sociales —y el matrimonio es una de ellas— como condición indispensable para la supervivencia humana. Lo paradójico más bien es que se busque amparo en el individualismo de J. S. Mill —ya de por sí bastante discutible como figura principal del utilitarismo— para sostener determinadas luchas reivindicativas.

Es necesario traer a cuento que Mill no destaca precisamente entre los pensadores que favorecieron la práctica del liberalismo clásico. Si bien su ensayo de 1859, Sobre la libertad, entraña valiosos postulados, su individualismo condujo a que muchos negaran (por discriminatoria, por ineficaz o por lo que fuera) toda realización humana objetiva, lo que terminó derivando en un “todo vale” bastante ajeno a la tradición liberal.

Es ya muy conocida, por otra parte, la abundante contradicción que existe entre los análisis antropológicos y las propuestas económicas de Mill. Pocos autores de raigambre liberal han sido tan ampliamente refutados por la evolución misma del liberalismo, en la teoría y en la práctica. Citaré, para ilustrarnos mejor, a John Gray:

“En su importante obra Principios de economía política (1848), Mill establece tal distinción, entre producción y distribución en la vida económica, que los arreglos distributivos son vistos como un asunto sujeto a la elección social, lo cual suprime la lógica liberal sobre el carácter de la vida económica como algo que contiene todo un sistema de relaciones, entre las cuales las actividades productivas y distributivas se encuentran inextricablemente mezcladas. Es esta distinción errónea, más que las excepciones de Mill a la regla del laissez-faire o sus flirteos ocasionales con esquemas socialistas, la que marca su alejamiento del liberalismo clásico”.

En efecto, el economista y filósofo británico no acometió el esfuerzo de imaginar que algún día los problemas del Estado providencia —como sucede hoy en los países escandinavos— se concentrarían en una realidad decisiva: la mutua influencia de los modos de producción y distribución. Mucho menos concibió que esta influencia llegaría a ser tan protagónica, que a la larga resultaría muy cercana al ideario socialista (y no al liberal) su idea de separar las leyes que rigen a las actividades productivas y distributivas.

En este y otros sentidos, el también autor de El utilitarismo (1863) marcó una especie de regresión doctrinal, siguiendo los pasos de su maestro, Jeremy Bentham, y de su padre, James —quien, dicho sea de paso, abonó el terreno para que las reingenierías sociales del stalinismo tuvieran, muchos años más tarde, una vergonzosa defensa intelectual.

John Stuart Mill fluctuó con demasiadas ansiedades entre el individualismo de Sobre la libertad y la legitimación colectivista de El utilitarismo como para recomendar la lectura de su obra como si se tratara de un paradigma liberal. Y aunque se aceptara que su principio de utilidad debe entenderse como una propuesta netamente axiológica —opción forzada pero plausible—, sus postulados sobre la libertad terminarían enfrentándose, invariablemente, a la necesidad de establecer un concepto de daño, misión compleja que sus textos nunca rozaron.

No obstante sus evidentes contradicciones, tenerle cariño a Mill como teórico no es ninguna barbaridad. En mi caso, cuando vuelvo a las páginas de Sobre la libertad encuentro allí una honesta y apasionada búsqueda de la verdad que me encantaría ver replicada en muchos pretendidos liberales de hoy. Y fue esa honestidad intelectual la que hizo a Mill capaz de intuir, no sin dolorosas aprensiones —muy ligadas a crisis que él mismo consideró “espirituales” en su Autobiografía—, que la fuerza de las convicciones religiosas evidenciaba realidades trascendentes imposibles de juzgar a través del uso exclusivo de la razón.

El 11 de enero de 1854, en ese delicioso compendio de ideas que conforman su Diario, Mill nos heredó un apunte francamente conmovedor, que revela cuán genuino era su interés en la naturaleza multidimensional humana. Lo transcribo completo:

“Aquellos que piensan que han sido llamados, en nombre de la verdad, a hacer la guerra contra las ilusiones, no perciben la distinción entre una ilusión y una alucinación. Una alucinación es una opinión errónea —es creer en una cosa que no existe. Una ilusión, por el contrario, es asunto exclusivo del sentimiento, y puede existir separada por completo de la alucinación. Consiste en extraer de un concepto que se sabe que no es verdadero, pero que es mejor que la verdad, el mismo beneficio para los sentimientos que se derivaría de dicha concepción si ésta fuera una realidad”.

Frente a la religión, a Mill le ocurrió lo que a muchos escépticos a lo largo de la historia: conoció y sufrió muy temprano la rigidez de alguna aplicación religiosa y luego convirtió en opiniones intelectuales sus rebeliones internas. Mill, sin embargo, evitó las trampas del simplismo cínico —hoy tan orgullosamente personificadas por un Saramago— y no llegó a la presunción desinformada que caracteriza a un Vargas Llosa (aunque a veces sí le superó en rispidez).

El artículo “Liberalismo y homosexualidad” parece indicar que John Stuart Mill se comportaría, ante las disyuntivas doctrinales que plantea el tema de la unión legal de personas del mismo sexo, como un “liberal de verdad”; en otras palabras, que inequívocamente estaría a favor de garantizar una legislación que reconociera a una “minoría discriminada” y rechazara por consiguiente la “imposición” de una forma tradicional de concebir el funcionamiento social.

Siento mucho diferir con esta respetable apreciación. En primer lugar, es sumamente debatible que el más importante de los filósofos utilitaristas estuviera hoy del lado de la comunidad homosexual. Y digo que es debatible porque la lectura atenta del propio Mill lo sugiere así —lectura atenta de la totalidad de su obra, claro, y no sólo de uno de sus ensayos, por muy fundamental que parezca.

Permítaseme reproducir el siguiente texto:
“El utilitarista de la norma, y Mill lo es en buena medida, considera que el legado moral de la humanidad es una riqueza que no podemos tirar por la borda sin más. No somos esclavos de las normas, pero tampoco salimos al mar de la vida, utilizando la metáfora de Mill, desprovistos de toda suerte de orientación, ni intentamos inventar por nosotros mismos lo que la experiencia de la humanidad ha ido acumulando como un tesoro de sabiduría práctica”.

¿Lo escribe esto un alto jerarca de la Iglesia Católica o alguno de “sus discípulos liberal-conservadores”? No. Lo sostiene una de las más animosas defensoras de John Stuart Mill, Esperanza Guisán, en la reveladora introducción a El utilitarismo (Alianza Editorial, 1997). Y sigue diciendo esta brillante apologista:

“En las actuaciones ordinarias de la vida, el hombre debe confiar en el buen sentido que tradicionalmente ha ido seleccionando unas normas de conveniencia que han superado la prueba de los siglos… Las normas generales han de ser examinadas y el tribunal de la Utilidad ha de dictar su veredicto. La única cautela que exige Mill es que no se deje al mero arbitrio de un individuo particular en qué casos debe quedar en suspenso una norma generalmente admitida como útil”.

Por supuesto, Guisán no hace estos oportunos comentarios para luego superar necesariamente los equívocos de su admirado autor, pero sí que establece criterios muy atinados para, en mi opinión, corregirle la plana a los que se sirven de John Stuart Mill con el objetivo de llamar “intolerantes” a los liberales católicos. Otro tanto hace el precitado Gray en su magnífico libro Liberalismo:

“Ninguna sociedad libre puede sobrevivir por mucho tiempo (como el propio Mill ha reconocido en otros momentos) sin tradiciones morales y convenciones sociales estables: la alternativa a tales normas no es la individualidad, sino la coerción y la anomia. Una concepción de autonomía plausible y defendible no necesita estar impregnada de la animosidad hacia las convenciones y tradiciones que penetra algunos de los escritos de Mill. El ideal de autonomía, en términos de psicología social, alude no al hombre internamente movido que desatiende su entorno social, sino más bien al hombre crítico, y autocrítico, cuya lealtad a las normas de la sociedad está moldeada por el mejor ejercicio de sus facultades racionales. Tal concepción abierta de autonomía, que evita la metafísica racionalista del yo del tipo criticado por Berlin y que discierne sobre el papel de las convenciones y las tradiciones como condiciones de una libertad que le fue negada a Mill, parece estar en completa armonía con el liberalismo”.

En otras palabras, la supuesta contradicción liberal-conservadora que denuncia el señor Rivera en torno al homosexualismo no es real ni está doctrinalmente fundada.

Pero hay otra cuestión de fondo sobre la cual reflexionar, aprovechando la excusa que me ofrece el texto que comento, y es la siguiente: ¿Qué sugiere la doctrina liberal para resolver las inevitables paradojas de la decisión colectiva?

Desarrollar un tema tan complejo con la amplitud que merece rebasaría los propósitos de este artículo, pero me aventuraré a hacer algunas consideraciones que juzgo oportunas.

En primer lugar, creo importante señalar que existen efectos de la toma de decisiones fuera del mercado económico que, al declarar la inconveniencia de ciertas conductas o realidades humanas —y el caso llegará, inevitablemente—, exhibirán precariedades ya previstas doctrinalmente por el liberalismo. Para el caso, el matrimonio es una institución social de tan amplia raíz, que su alteración conceptual, así como la eventual estructuración legal que resulte de esta alteración, conlleva consecuencias dignas de muy lógicas y deseables inquietudes. Que estas consecuencias tengan lecturas morales de toda índole no debería escandalizarnos. A mí más bien me extrañaría lo contrario.

Ahora bien: ¿Ha presentado el liberalismo análisis teóricos que profundicen en este dilema? Sin duda. En 1951, el premio Nóbel Kenneth J. Arrow formuló un teorema de imposibilidad que demuestra, con nula posibilidad de refutación, que no existe criterio de elección pública que sea capaz de solucionar todos los conflictos sociales que resultan de su aplicación. Tal vez no sea esta la ocasión de explicar en detalle en qué consiste el teorema de imposibilidad de Arrow, pero sí considero pertinente adherirme a su desafiante conclusión: ni siquiera las nobles decisiones colectivas basadas en los llamados «criterios de unanimidad» —como el de Pareto en economía, por ofrecer un ejemplo conocido— mantienen su coherencia dentro de un marco liberal de relaciones humanas.

En otras palabras, el manido argumento según el cual existen ciertas cuestiones personales en las que cada individuo debería ser libre de decidir qué hacer, “siempre que no dañe a terceros”, no escaparía de tener resultados insostenibles en el ejercicio social. La ciencia política o constitucional —algo de lo que saben muy poco los legisladores latinoamericanos— se ha servido de los teoremas de imposibilidad, propios de las matemáticas, para establecer que las imperfecciones de los sistemas políticos son el reflejo de algo que Marx no calculó: la capacidad de optimización, medición y ocurrencia presente en la naturaleza humana.

Teoremas como los del profesor Amartya Sen, publicados hace más de treinta años, demuestran que incluso el interés de dejar en total libertad de elección a los individuos constituye la esencia de una contradicción, que inevitablemente conduce a la búsqueda de acuerdos mínimos entre los actores sociales, o, incluso, al establecimiento de instituciones o metanormativas que reduzcan al mínimo las consecuencias de las paradojas de una sociedad liberal.

Como se observa, esta cuestión requiere mucho más que simplemente asumir como “imposición” o “discriminación” la tentativa de la Iglesia Católica por elevar al rango constitucional el concepto de matrimonio que defiende —un señalamiento que encuentro semejante a sostener que el partido ARENA fue “impuesto” en el Gobierno, a partir de junio de 2004, a quienes no votaron por él. Y digo que requiere mucho más que suposiciones porque, en estos temas —uniones homosexuales, despenalización del aborto, derechos de minorías—, un liberal coherente tal vez prefiera conservar, junto a Constant, Ortega y Hayek (y ya podemos incluir sin temor a Mill), las tradiciones morales y culturales.

Por supuesto, aunque el liberalismo no establezca objeciones doctrinales para apoyar o rechazar los argumentos multidisciplinarios que ofrecen los partidarios de “blindar” constitucionalmente a la familia tradicional, resulta del todo evidente que las convicciones personales sí juegan un papel fundamental para tomar decisiones en este tema. Y es aquí donde me parece, francamente, que el pulso entre liberales conservadores y «libertarios moderados» lo terminará ganando, antes o después de reformas constitucionales, en El Salvador o en la Cochinchina, quien mejor resuelva el siguiente dilema: ¿Es posible probar que la alteración conceptual de una institución que garantiza la regeneración social no producirá a la larga un debilitamiento de las instituciones y un sentido de laissez-faire contrario a las regulaciones mínimas que han marcado el rumbo de lo que entendemos por civilización?

Tal vez era impropia mi intención de hacerle esta pregunta al Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando tuve oportunidad de saludarle en la Moncloa hace dos años. Aparte que no habría podido responderme —porque nadie puede—, ya un legislador del PSOE había pretendido zanjar una amigable discusión conmigo trayendo a cuento algunos párrafos del ensayo Sobre la libertad. Las lecturas interesadas son recursos de expansión retórica muy utilizados por el socialismo, pero esperaba mucho más de alguien que había levantado su mano para legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo.

En resumen, pues, lleva a espléndidos equívocos, y a muy aventuradas generalizaciones, suponer que el liberalismo ha cerrado el capítulo de las encrucijadas que entraña la defensa de la libertad. Que este debate dejó muy atrás a John Stuart Mill es apenas una anécdota si lo comparamos con la vitalidad doctrinal que reclama el serio abordaje de las encrucijadas que plantea la sociedad globalizada.

Me opongo, claro, a la irresponsable colocación de viñetas ideológicas a algunos movimientos reivindicativos. Estoy de acuerdo en prevenir a los partidos políticos sobre la necesidad de ser más coherentes con sus tradiciones doctrinarias. Pero también es justo someter a discusión que algunos movimientos reivindicativos no hacen mucho por desembarazarse de ciertos “patrocinios incómodos”, y que sólo el conocimiento más o menos abarcador de las grandes tradiciones filosóficas autoriza a usarlas para acusar de inconsecuentes a sus seguidores.

Finalmente, la sugerencia de que los liberales leamos a Mill me parece, más que oportuna, urgente. Y yo iría más lejos: advertiría sobre los peligros de leerlo de manera fragmentaria. Comparto, sin duda, los deseos de golpear algunas frentes… pero que sea con más de un libro, por favor.

*Escritor

Lea también:
  Liberalismo y homosexualidad
Álvaro Rivera Larios

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