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OPINION / DESDE LA ACADEMIA

EL SIGLO XX:
su delimitación y su significado.
Parte II

Ricardo Ribera
[email protected]
Publicada el 31 de julio - El Faro
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II.- El siglo XX como siglo histórico

Para comenzar, una paradoja: el inicio del siglo XX fue festejado por la gente de la época el primero de enero de 1901; bastantes testimonios y documentos así lo acreditan. Pero las festividades por su final y por “el comienzo del nuevo siglo y del nuevo milenio” se realizaron el 31 de diciembre de 1999. Con múltiples discursos oficiales, felicitaciones de jefes de Estado e incluso una bendición expresa del Santo Padre. Personas acomodadas habían reservado vuelos y habitaciones de hotel para tal momento especial y la economía mundial experimentó un momento de auge, antes de precipitarse en la recesión que ya se anunciaba por los analistas económicos. Algunos columnistas advirtieron del error pero no se les hizo caso. Había demasiados intereses en juego y convenía promover el consumo antes de que la crisis económica mundial obligara a todo el mundo a apretarse el cinturón. Jamás se había producido un fenómeno de engaño mundial tan espectacular como éste. Por tanto, ha quedado un problema para la historia: oficialmente el siglo XX aparece como una centuria de tan sólo 99 años. El consumismo del sistema, que todo lo devora, se tragó incluso ese año que le falta al siglo XX: debería llamársele “el siglo incompleto”.

Y es que los abuelos y bisabuelos de 1901 tenían la razón: todos los siglos comienzan en un año terminado en uno, pues no ha existido en la cronología cristiano-occidental un año cero. Cristo nació el año uno de nuestra era, por definición, y ese primer siglo de nuestra era concluyó el año 100. Todos los siglos acaban en un año terminado en cero. Los nueve meses de gestación del Niño Jesús – el embarazo de la Virgen, del que pocas referencias hay en las Escrituras pero que tampoco está desmentido – transcurrieron en el año menos uno de nuestra era. Paradójico. No hubo año cero, porque en la época la humanidad desconocía la noción del cero. No sería sino hasta el siglo VII d. C. que fue descubierto (¿inventado?) en la India. Lo cual no deja de generar extrañeza para nuestra mentalidad moderna, acostumbrada como está a manejar una serie numérica positiva y negativa que arranca con el cero, y no con la unidad como había sido por siglos y milenios.

Pese a todo, Occidente impone su propia cronología y calendario en el mundo, símbolo de su supremacía, independientemente de las inexactitudes y confusiones que genera. Otras culturas tienen las suyas propias, con su propia lógica, que no necesariamente ha de ser inferior a la europeo-occidental. A mí, en lo personal, siempre me ha parecido superior el calendario maya. Lo veo más racional y sencillo, con sus 18 meses de veinte días exactos cada uno. Los cinco días que “sobran” no constituían un mes: significaban cinco días de fiesta y celebración por el final del año. ¡Una excelente sabiduría! Mucho mejor que ese galimatías de unos meses con 30 y otros con 31 días, intercalados. Excepto julio y agosto, que pese a ser consecutivos tienen ambos 31 días, lo mismo que diciembre y enero. ¡Sin mencionar febrero, con sus 28 días, siempre que no sea año bisiesto, pues entonces son 29 días! Pues, ¡menuda racionalidad y superioridad intelectual la de Occidente! Me declaro solidario con los nacidos en 29 de febrero, víctimas del calendario europeo-occidental, por todos los regalos y fiestas de cumpleaños que deben perderse, los pobres… Eso sí, han de mantenerse lo que se dice “eternamente jóvenes”, si se atienen a los cumpleaños “legítimos” que han ido celebrando en sus vidas. Valga la ironía para desenmascarar la falsedad en que nos mantienen, las mentiras que a fuerza de repetirse se convierten en “la verdad” (la astucia fascista de Goebels), la fragilidad con que “lo evidente” se sostiene. Y con ello, incitar a un pensamiento más crítico de las inconsistencias y más creativo en la necesaria imaginación para inventar alternativas y descubrir vías de solución. La falsedad del siglo XX, simbolizada en esta confusión inicial, no es sino la del poder que lo domina.

Más complicado que el análisis del tiempo calendario será el del tiempo histórico. La historia tiene su propio ritmo, su “tempo”, como la música, el cual no se ajusta ni tiene por qué hacerlo, a los mojones que artificialmente señala el calendario. Pongamos un ejemplo cercano: el año 1992. Para la historia de El Salvador se trata de “el año de la paz”. En ello consiste su significado pues los acuerdos de paz y su inicial cumplimiento constituyen su contenido más señalado. Ese aspecto sustancial está conectado con la cronología, como el contenido se relaciona con la forma. De tal manera podríamos precisar que 1992, visto como año histórico, comenzó el 16 de enero al darse la firma del Acuerdo de Paz. De igual manera podemos considerar que concluyó el 15 de diciembre, fecha en que se realizó una ceremonia oficial con presencia del Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas celebrando el cumplimiento de los acuerdos más sustanciales del proceso de paz. En esa fecha límite el FMLN completaba la destrucción de su armamento, la disolución de sus últimas unidades militares y era inscrito como partido político legal. La Fuerza Armada, por su parte, procedía a la disolución de los últimos batallones de reacción inmediata y a la supresión de la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda. Las reformas constitucionales consensuadas en la negociación entraban en vigor. El país superaba el conflicto armado o guerra civil y entraba a una nueva etapa en su historia. En ello estriba indudablemente el significado del año histórico de 1992.

En este ejemplo puede advertirse la diferencia entre “año calendario” – del 1° de enero al 31 de diciembre – y “año histórico”, en este caso del 16 de enero al 15 de diciembre. Un año de exactamente once meses, a diferencia de los doce que define el calendario. La cronología histórica la determinan los hechos objetivos, los acontecimientos sustantivos que llenan de contenido y de significado un período histórico. No hay nada de subjetividad en ello, pues el historiador como sujeto no le añade nada a la objetividad fáctica. Se limita a interpretar y traducir en términos conceptuales lo que fácticamente está ahí, en los hechos objetivos. Lo que hemos realizado con un año histórico lo podemos hacer para la duración de un siglo. Nuevamente lo obvio: fuera demasiada casualidad que el 1° de enero acontezca algo tan sustantivo que marque una discontinuidad que inicie el año histórico y lo mismo cabrá decir con el año terminado en uno para dar inicio al siglo histórico. Así, contamos con el estudio de Wallerstein (“El moderno sistema mundial”; siglo XXI, México, 1984) como un buen ejemplo del concepto “siglo histórico”. Razona este historiador que el siglo XVI inició, no en 1501, sino en 1492, con el descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo. Será el siglo de la formación de los primeros imperios coloniales – el español y el portugués – y del despegue de Europa al capitalismo, a partir de la acumulación del oro y la plata que eran arrancados de las colonias americanas y del auge comercial por la ruta marítima abierta hacia Asia. Este siglo, que comenzó tempranamente, también concluía con antelación. En la última década, es decir, hacia 1590, cuando los Estados de la península ibérica ya no pueden sostener su hegemonía, ante el creciente poder de otras regiones de Europa que alcanzan su desarrollo financiero y manufacturero por el impacto global que la expansión imperial provoca en todo el continente.

Algo similar efectúa Eric Hobsbawm quien considera al XIX como “el siglo largo”, pues en su opinión comenzó en 1789 y no concluyó sino hasta 1914 (“La era de la revolución, 1789-1848”; “La era del capital, 1848-1875” y “La era del imperio, 1875-1914”; Crítica, Barcelona). Al momento de analizar el siglo XX lo considera “el siglo corto” pues habría empezado con la Gran Guerra, en 1914, para terminar anticipadamente en 1991, al derrumbarse la Unión Soviética y finalizar así la llamada guerra fría (“The Age of Extremes” que fue editado en español con el título “Historia del siglo XX”, Crítica, Barcelona, 1995). Esta interpretación, que ha sido muy difundida, bien amerita que le dediquemos mayor atención.

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