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OPINION

Las Maras como sombras del pasado: los niños de la calle veinte anos después

Emilio García Méndez *
cartas@elfaro.net
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Un fantasma recorre Centro América, es el fantasma de las Maras. Hace ya varios años que en algunos países más que en otros, el tema de las Maras aparece y desaparece del centro de la escena política. Los ciclos electorales y una concepción de la política como espectáculo, no resultan, sin duda, ajenos a estos movimientos. Pero su consagración como tema emblemático tiene fecha precisa. El 15 de enero de este año cuatro presidentes de Centro América (El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua) firmaron en Guatemala una declaración conjunta reafirmando la preocupación y la intención de mutua cooperación.

Más aun, en dicha declaración conjunta, Guatemala y Nicaragua apoyan explícitamente la creación en el 2003, de leyes antimaras en El Salvador y Honduras. Leyes que, desprovistas de toda originalidad y siguiendo rigurosamente el modelo de la ley fuijimorista de "Pandillaje Pernicioso" de 1998, han tenido como efecto la practica eliminación de leyes de Responsabilidad Penal Juvenil que, aprobadas con intenso debate público por los respectivos parlamentos, articulan la severidad y la justicia necesarias, no para la solución ya que para eso están las políticas sociales básicas, sino para la administración democrática y racional del problema. En otras palabras, para sancionar penalmente las violaciones a la ley penal cometidas por los adolescentes. Desgraciadamente, sobran ejemplos en la región para ilustrarnos sobre las consecuencias catastróficas, todavía treinta anos después, de la degradación del Estado en el combate a situaciones que amenazaban su existencia y la convivencia social.

En el campo de lo social, a diferencia del campo de los fenómenos naturales que existen independientemente de mi percepción, la forma de ver un problema resulta un elemento co/constitutivo de ese problema. No es lo mismo, por ejemplo, definir el SIDA como un problema de salud pública, que como un problema de seguridad nacional.

En este contexto me interesa sobre todo debatir y problematizar la percepción del fenómeno de las Maras de la cual son portadores, personas e instituciones de bien que se oponen por las mejores razones a las burdas políticas represivas de quienes pretenden apagar el fuego con gasolina. ¿Qué son las Maras? Para quien no ha perdido la capacidad de percibir lo obvio, la respuesta debería ser relativamente simple. En países donde sólo el 30 % de los adolescentes están en la escuela (El Salvador) y en otros donde solo están menos del 15 % como en Guatemala y Honduras (contra el 64 y el 70 % en Costa Rica y Panamá respectivamente), las Maras constituyen una embrionaria forma de asociación (la palabra organización les queda grande) de los adolescentes pobres.

No es esto último, sin embargo, lo que surge de la enorme cantidad de estudios sobre las Maras. En ellos, predominan abrumadoramente enfoques de corte "cultural/antropológico" que insisten obsesiva y exhaustivamente en la descripción minuciosa y detallada de historias de vida. La historia critica del funcionamiento de las políticas e instituciones que producen esas historias de vida, en general, brillan por su ausencia. Resulta imposible no percibir un profundo paralelismo entre estos enfoques y la inmensa cantidad de estudios que hace más de veinte años invadieron la región para el diagnóstico de los "niños de la calle". Jamás, una única conclusión seria en material de política social fue posible extraer de dichos estudios. Mas allá del perverso despilfarro de millones en programas piloto, nada queda de aquellos estudios, que no pocas veces, concluían en visiones apologéticas de los niños de la calle. Los niños de la calle como "manifestación de las contradicciones de sistema capitalista", en la versión laica progresista. Los niños de la calle como "pequeños Cristos que anuncian la llegada de un nuevo mundo", en su versión religiosa.

Hace veinte anos, la primera víctima (además de los propios niños obviamente) de estas concepciones "heroicas" de la marginalidad fue la escuela. Hoy, tal vez, invirtiendo la secuencia clásica, las farsas de hace veinte años puedan repetirse como tragedias. Esta vez, sin embargo, la víctima, puede ir mas allá de la política social y ser la propia democracia.


* Profesor de Criminología, Universidad de Buenos Aires

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