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El Julio A. Parrado que no conocí

Ana Bravo
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Yo quiero ser corresponsal de guerra. Afirmaciones como esta se escuchaban con frecuencia por los pasillos de la facultad en España. Por alguna extraña razón los periodistas nos sentimos atraídos por llegar a lugares inhóspitos donde nadie en su sano juicio iría. Yugoslavia, Somalia, Afganistán... y por qué no, Iraq.

No sé si él quería ser corresponsal de guerra, pero supongo que también tenía esa atracción.
Julio A. Parrado, Enviado Especial, decía su crédito. Coincidimos en El Mundo, él en Nueva York y yo en Madrid. Era feliz, optimista, con grandes planes y una gran compañía para una becaria con funciones limitadas.

Nunca lo conocí personalmente pero hacíamos planes y nos imaginábamos el día en el que nos veríamos por primera vez. Ese día ya nunca existirá, pero gracias a la guerra la pequeña imagen que aparecía junto a sus crónicas se ha ampliado en todos los medios de comunicación, e incluso alguna televisión la ha animado.

Julio ha sido uno de los periodistas que han perdido la vida para servir a los demás en una estúpida guerra. Me pregunto si vale la pena.

Admiración, rabia e indignación me produce este hecho. Admiración por la valentía que demuestran a diario los reporteros de todo el mundo que arriesgan sus vidas para mantenernos informados.

Lamentablemente y aunque muchos periodistas quieran cubrir una guerra en vivo, son los empresarios los que deciden cómo cubrirla y si enviarán a algún periodista intrépido al lugar del conflicto. Velar por la vida de estos periodistas en una obligación de todos, pero en primer lugar, de sus propias empresas.

Hemos perdido a Julio, un talentoso periodista, joven, con muchas promesas para el futuro, y con la pasión de darlo todo por informarnos lo que de verdad pasaba en Bagdad, más allá de los despachos del Pentágono o del Ministro de Información iraquí. A ese Julio, lo hemos perdido todos. Al otro, al amigo con el que compartía sueños, alegrías y compañía a la distancia, a ese lo he perdido yo. Y nunca, nunca pudimos vernos.

*Ana Bravo, periodista española, reside en San Salvador.

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