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Hasta siempre, Tareq

Julio Marenco *
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Era octubre de 2000 y la televisión sueca transmitía imágenes de helicópteros israelíes bombardeando zonas residenciales en Ramallah. Se producía el inicio de una ola de violencia que todavía continúa.

Nunca he podido olvidar ese evento sobre todo por un hombre en particular. Se llamaba Tareq Ayyoub, el periodista de la cadena catarí Al Jazeera, asesinado la semana pasada en Bagdad por el fuego aéreo del ejército de los Estados Unidos. Nunca he podido olvidad la cara de Tareq frente a las escenas que la televisión sueca nos escupía directo a la cara. Esa mezcla de tristeza, frustración y cólera que vi en su rostro me impresionó.

Conocí a Tareq en octubre de 2000. El marco para encontrarnos no podía ser mejor: Estocolmo, capital del país donde la libertad de expresión es tan fundamental como el derecho a comer. Asistíamos los dos a un seminario sobre periodismo y democracia, junto con periodistas de diversas partes del mundo.

Por entonces Tareq era el productor para Jordania de APTN, la versión televisiva de la agencia noticiosa estadounidense AP. Me llamó poderosamente la atención su agudeza intelectual y su experiencia como reportero en zonas de conflicto.

El Tareq que conocí era un hombre jovial y simpático, un reportero de zapatos gastados y risa fácil, musulmán observante y periodista innato, que insistía en aprender a decir en español: “Hola, me llamo Tareq Ayyoub, mucho gusto”, cosa que no logró. Lo que sí logró, casi tres años después y con mucho éxito, fue describir el sufrimiento de los iraquíes comunes y corrientes, esos que el Pentágono esperaba que recibieran a las tropas estadounidenses con los brazos abiertos. Eso le costó la vida. Al Jazeera le ha resultado al Pentágono tan molesta como el mismo Hussein. En una guerra como esta, se busca acallar la voz del contrario a como de lugar. En este caso, el contrario es todo el que no está a favor.

La última vez que tuve contacto con Tareq fue en enero. Me contaba de su niña recién nacida y de su trabajo en la cadena, considerada la CNN del mundo árabe: ciudadanos de diferentes países, la gran mayoría con experiencia como reporteros para cadenas occidentales, como la BBC de Londres, o en el caso de Tareq, AP, con la lengua y la cultura árabe en común. Para hacer un paralelismo, Al Jazeera es un equivalente a las cadenas latinas en los Estados Unidos (Univision o Telemundo), con periodistas de diferentes acentos, pero todos con una lengua y una cultura en común.

Tareq estaba feliz en Al Jazeera, por fin el mundo árabe tenía su propia voz, sin depender de la visión de editores afincados en Atlanta o Londres. Esa independencia es sumamente molesta. Al Jazeera probablemente es tan subjetiva como lo es CNN, CBS o cualquier medio estadounidense. Pero nadie piensa en bombardearlos con tropas regulares por decir su versión de las cosas.

A Tareq lo asesinaron. En tiempos de guerra, una cámara y un periodista dispuesto a hacer su trabajo son, ahora, tan peligrosos como un fedayín, leal a Saddam hasta la muerte. Disparar contra periodistas, civiles desarmados, es un acto de lesa humanidad y como tal debe investigarse a sus autores y castigarlos acorde a las leyes internacionales, si es que el sentido mismo de leyes internacionales tendrá validez después de esta guerra.
La muerte de Tareq y de los otros periodistas asesinados por el ejército estadounidense nos ha puesto a todos en la mira. Si las tropas de un gobierno regular hacen eso, ¿qué se puede esperar de un terrorista?

Hasta siempre Tareq.

* Periodista salvadoreño. Actualmente reside en San Francisco, California.

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