La soledad de labrador
 
 
 

La soledad de Labrador

Por Carlos Martínez / Fotos de Frederick Meza
Publicada el 28 de septiembre de 2009 - El Faro


Le ponía la mano en el dintel de la puerta, con la ternura callosa de los campesinos, y le decía: “Cuidate, casa, no te vayás a quemar”. Y cada vez que volvía, la casa se había quemado, y a lo lejos se escuchaba todavía el sonido que hace el fuego cuando come. Y ella no se preguntaba por qué, ni por qué a ella. Solo comenzaba otra vez.

Tres veces levantó todo de la nada y tres veces tuvo que despedirse: “Cuidate, casa, no te vayás a quemar” y la casa no le podía cumplir la promesa, porque se quedaba sola y le temblaban los cimientos cuando llegaba la tropa con sus quema-casas y lo arrasaban todo, todito. Cuando Isabel volvía, la miraba en el piso, chamuscada.

Durante la guerra civil, Isabel y su esposo Vicente Orellana vivían en El Junquillo, cantón de San Isidro Labrador, y decidieron quedarse ahí pese a las bombas y a la manía pirómana del ejército salvadoreño, que en sus incursiones quemaba todo lo que quedara a su paso, para que no hubiera refugio posible, para que nada ofreciera escondite a los enemigos. Pues resulta que en el paso de la tropa quedaba el hogar de la familia Orellana. Cuando la tierra temblaba bajo las botas militares, todos los vecinos huían con lo que tenían puesto hacia los cerros, que abundan en el paisaje chalateco. Ya Isabel y Vicente habían perfeccionado su técnica para cargar a seis niños en la huída y correr con ellos a cuestas para salvar la vida. Así tocaba: noches enteras por veredas oscuras, con los talones pisados, haciendo malabares con media docena de crías. Comiendo lo que comería un animal. Tarde o temprano el operativo terminaba y la tierra dejaba de temblar. Entonces, de entre los montes salían personas, a ver si esa vez había suerte y se había salvado algo. Nunca había suerte.

En 1986, los Orellana andaban por los montes, huyendo de la ofensiva de turno, cuando se enteraron de que el arzobispo Arturo Rivera y Damas había organizado la repoblación de un sitio donde llegarían muchos refugiados acompañados por la iglesia y varias ONG. San José Las Flores sería el nuevo hogar. La tierra prometida. Ahí no tendrían que huir más y tal vez ocurriría incluso la fortuna impensable de que nadie les quemara su casa jamás. Pero esa vez tampoco hubo suerte.

Antes de que el grupo de refugiados del que era parte Isabel consiguiera reunirse con los repobladores de Las Flores, los atrapó el ejército y los obligó a subir a helicópteros artillados para ser trasladados como si fueran delincuentes. La primera vez que Isabel vio la capital de su país, llegó volando dentro de una máquina tenebrosa que le escupía fuego desde el aire a todo lo que ella conocía. Estuvo en San Salvador unas semanas, junto con otro puñado de harapientos, sin saber exáctamente dónde. Y ella no se preguntaba por qué, ni por qué a ella. Sólo rezaba y veía pasar los días.

Un día, un militar les contó que los dejarían ir y preguntó dónde debían soltarlos. Los Orellana dijeron que en Nueva Concepción... porque sí, porque cuando el mundo es un lugar de mierda todos los sitios son iguales. Exactamente iguales. Y ahí fueron a dar con sus huesos. Un tiempo en esta chabolita, un tiempo corriendo en la ribera del Lempa, unos días en el monte. Quién sabe cómo pasó el tiempo sin que terminaran chamuscados como aquella casita que dejaron. La cosa es que que terminó la guerra y ya no había razones para ser nómadas. ¿Dónde establecerse? Tal vez en aquel pueblo que alguna vez fue el propio. La idea sonó tentadora: ¿Y si volvemos y lo rehacemos todo y levantamos ahora una casa que nadie va a convertir en polvo hirviente; y si ahí recuperamos el tiempo y hacemos como si todo fue una pesadilla oscura, siniestra y si llamamos a ese lugar, otra vez, hogar? Pero esa vez tampoco hubo suerte.

***

Los padres de Vicente Orellana recordaban mucho. Añoraban la cima de aquel cerro gordo que se llama el Cicahuital. Ahí vivieron su idilio hasta que la guerra los sacó por la fuerza. El viejo Toño se había empecinado y no habría demonio capaz de sacarle de la cabeza que él se treparía al cerro y ahí comenzaría todo otra vez. Como discutir con las piedras. Ni modo: todos para el cerro. No había ni agua, ni electricidad. En realidad no había nada cuando llegaron. De las viviendas de antaño no quedaban ni las raíces. Pero la memoria del viejo lo tenía todo dentro. Y además quedaban los pozos, que son una bendición para los animalitos y para las gargantas desoladas de las gentes que suben a la cima de un cerro. Aquí estaba la granja. Aquí la huerta. Por allá el trabajadero donde se siembra la milpa. Y poco a poco, de aquel terreno lleno de penas nacieron casitas y a su alrededor había pollos y unos cerdos rosados que andaban libres como perros. Tomó tiempo hacer una vida ahí. Había que ser como hormigas: subir ora este pedazo de aluminio, ora esta cosa que parece una silla, algún tanate lleno de ropa, este montón de huacales... El viejo Toño lo miraba todo y sabía que estaba bueno, que gobernaba el cerro y que había pastoreado a su prole de regreso a un pasado alumbrado, quizá, por la felicidad.

Aquellas familias solas, en medio de la nada, donde sería ocioso gritar de espanto, donde nadie vería nada... eran tan apetitosas, tan fáciles. Y desde el otro lado del Lempa, unos ojos llenos de envidia se habían fijado en ellos y merodeaban el lugar con pensamientos llenos de sombras, esperando el momento. Se dice ahora que venían desde aquel pueblo que queda mucho después de cruzar el río: que eran de Maraña. Hasta que llegó el día y salieron de la breña, con sus armas, y arrasaron con el trabajo de las hormigas. Se lo llevaron todo.

Cuando el viejo Toño regresó, se encontró a su familia encerrada en un cuarto, todos llenos de miedo. ¡Hay que tomar al toro por los cuernos! Ya aprenderán esos marañitas de qué putas está hecho este cuero.

El viejo Toño era hombre de armas tomar. Literalmente. Así que se paseaba con su .38 al cinto y dejó saber que allá arriba, en el Cicahuital, había un viejo furioso esperando a la banda de Maraña. Ocho días después lo encontraron con la cabeza reventada a tiros. Si gritó fue ocioso, nadie vio nada.

Lo último que se supo es que el Viejo Toño venía de Ilobasco de cobrar algún dinero. Posiblemente venía con plata, o con los repuestos de alguna de las cosas que se habían robado. Lo que hubiese traído encima se lo llevaron desconocidos que eran, quizá, de Maraña. Casi setenta años tenía el viejo que quedó tirado, con la cabeza rota, en medio de un camino solo que llevaba a la punta de su cerro. Desde ese día, el Cicahuital está solo.

Los Orellana migraron de nuevo. Se apearon del cerro y se acomodaron como pudieron en el valle al que llaman San Isidro Labrador. La mujer del viejo Toño se perdió en su propio laberinto de recuerdos y jamás encontró la salida. En los ojos se le hamacaba la locura y el dolor. Para siempre volvió a la punta de un cerro donde no vivía nadie, ni ella misma. A veces, cuando sufría un ramalazo de cordura y se miraba tan lejos de su Toño, tan lejos de su cima, se ensimismaba y hablaba en susurros... hasta que se le iluminaba el rostro con una sonrisa. Entonces Isabel sabía que su suegra había vuelto al Cicahuital.

La del viejo Toño fue la última vez que alguien asesinó a otra persona en el municipio de San Isidro Labrador. Mediaba 1995.

* * *

El último evento demográfico relevante en el municipio de San Isidro Labrador, el hecho que más pobladores atrajo a este municipio, fue el censo del año pasado, que registra 2 mil 106 habitantes. Según este conteo, el cantón más poblado es aquel que se llama El Mojón. El dato le da un carácter sombrío a ese lugar, porque confirma que lo pueblan fantasmas.

En el lugar no hay nada más que un calor aplastante y un silencio que no interrumpe ni el viento. Es posible que los encuestadores se equivocaran, e incluyeran a la población de Guarjila, cantón de Chalatenango, en un cantón desierto de San Isidro Labrador. Esta hipótesis surge luego de verificar que, según el censo, en Guarjila sólo hay 18 personas.

El desaguisado del censo dejó a este municipio sin conocerse. Ellos saben que son pocos, muy pocos, pero no saben exactamente cuántos. El alcalde Antonio Serrano calcula que gobierna un municipio de 611 personas. El juez Óscar Morán no se atreve a ser tan concluyente. Él calcula “más de 500”.

Esta promotora de la salud, que está ahora apachurrada por el clima, solo está segura de que son “bien poquitos”.

  • Eso que anda usted averiguando es bien fácil de responder
  • ¿Ah, sí? Ayúdeme entonces
  • Aquí no hay gente que mate a nadie

Una de sus compañeras se ríe y me confirma el diagnóstico: vivos por soledad. La otra apenas consigue redirigir su globo ocular hacia mí y parpadea. El calor ha sido cruel con ellas y esta última ha perdido la batalla y está desparramada en una mesa, como si la hubieran derretido. Tomo el gesto como un “efectivamente, señor periodista, mi compañera tiene razón”, e intento espantar el bochorno con un abanico improvisado. Estamos en el comedor Perquín, donde venden -cuando se da el caso de que está abierto- bebidas frías. La conversación ha generado el interés de los propietarios del negocio.

Interviene José Orellana, para decirme que su familia es la octava. Con el tiempo aprenderé que aquí la gente se sabe numerar por orden de llegada. Cuando él llegó sólo había siete familias en el pueblo. Vino en 1995, el año en que unos vándalos le quitaron la vida al Viejo Toño. Va descalzo, con el torso descubierto y ha improvisado un cinturón con un trozo de cuerda que se ata en la cintura. Tiene una fisonomía muy similar a la de Trucutú y habla con afán sobrado, mientras se acaricia la panza, tensa, como el cuero de un tambor.

  • Yo a cualquiera le digo que aquí estamos en la goloria, que yo este pueblito no lo cambio por nada, aquí todo el mundo se lleva.
  • ¿No hay pandillas, o malhechores?
  • ¡No, nu'ay! Asaltos se han dado. Antes, como hace cinco años, asaltaron varias veces el bus. Lo paraban y lo asaltaban. Pero parece que los agarraron.
  • ¿Y la última vez que hubo un muerto?
  • Bueno, varias, pero no matados, sino cuando ya les tocaba el llamado. Y no muchas, no crea, quizá porque somos poquitos.

Hace como un año, recuerda este señor, vino un muchacho de allá (señala hacia los cerros) y quedó prendado de una san isidrina, que en las tardes se asomaba a la cancha de fútbol a transformar el ambiente, a hacer que los hombres sacaran pecho. El forastero inició el cortejo: “le hablaba” y ella lo escuchaba. Los lugareños no iban a permitir que este desconocido les robara una flor de un jardín tan escaso; particularmente aquel jovencillo que creía tener derechos adquiridos. Y una serie de malos augurios comenzaron a cernirse sobre el forastero. Un día, este muchacho apareció en la puerta de José Orellana, con cara de súplica. El pretendiente local había convocado a una panda de amigos de Guarjila para poner las cosas en su lugar. Flotaba sobre el ambiente una paliza inminente, un lío de faldas. Pero a José Orellana las “culeradas” no le gustan, así que él convocó a su propia panda.

  • Mire, nos reunimos como seis viejos y fuimos adonde estaban los bichos de Guarjila y les dijimos: “Miren, hijos de puta, el bicho ahí está tranquilo, si no quieren aguantar verga váyanse”.

Los muchachos eran sensatos y se subieron en el primer camión que pasó. Y ya. Fin de la historia de acción; con un pequeño epílogo ensalsando las habilidades de esgrimistas con corvo de los hombres de antes. Por cierto, la chica de la historia no se quedó con ninguno de los dos.

* * *

La única pandilla peligrosa de este lugar es una banda de perros, dirigida de forma indiscutible por uno que es la encarnación de los malos sentimientos y que la conduce con mano de hierro. Quizá por eso la providencia lo hizo enano y tuerto, como un siniestro pirata perruno. Estos forajidos, que en total son cuatro, se reúnen a cometer sus fechorías en los alrededores de la alcaldía. Cuando llegamos al pueblo, eran el único comité de bienvenida hasta donde la vista alcanzaba.

El centro de lo que aquí se conoce como “casco urbano” es en realidad un delta de calles que se cruzan. La intersección de los caminos cumple la función de plaza, donde están más o menos presentes los actores de siempre: una iglesia con un campanario del que cuelga una campana colada a tiros, que los domingos y los martes hace lo que puede para convocar a la feligresía. Una casa comunal... cerrada; una tienda, idem; y el comedor Perquín. Si uno decide relajar los conceptos también habría un parque, que es un arriate sin grama en el que está sembrado un poste con un aro de baloncesto.

Todos estos lugares están tan apiñados que desde cualquiera de ellos se puede apedrear sin dificultad al resto. Si uno continúa por la calle más ancha, está la alcaldía, la escuela y pare de contar. Entonces hay que dar la vuelta y explorar en dirección contraria... nada. No hay nada. En este otro rumbo... una hilera de casas y una calle desierta. A simple vista ese es todo el casco urbano. Pero es cosa de buscar. Si uno sigue la callejuela de la hilera de casas, se llega a la unidad de salud y luego está lo que aquí llaman “La Colonia”. Después de la guerra, la alcaldía consiguió unos fondos para comprar un terreno sobre el que se construyeron casas. En este medio día brutal, las calles de La Colonia están desiertas, salvo un cabro malhumorado que ha sido atado del cuello a un árbol. Parece un sacrificio al dios sol.

Al lado de La Colonia queda la cancha. Según mis cálculos, si un jugador desarrollara ahorita mismo un pique de velocidad, moriría con la garganta seca antes de llegar al área chica, sin una sola gota de líquido en el cuerpo. Pero no hay nadie, solo unos zopilotes negrísimos en esta extensión árida, sin un solo mechón de césped. Cuando está seca es como caminar sobre el cemento; cuando ha llovido, correr aquí es una hazaña: todo se transforma en un lodazal de un tobillo de profundidad. Un grupo de niños asoma por una ladera y nos miran con curiosidad.

Una secretaria nos informa que el alcalde no está en su despacho, pero que con gusto nos va a recibir en su casa, que queda en el cantón Los Amates. En su casa nos dicen que tampoco está, pero que con gusto nos atenderá en la casa del vecino. Un hombre que está tirado, solo, bajo la sombra de un amate, nos señala la casa correcta. José Tobías Orellana, alcalde por el FMLN, es una de las dos autoridades oficiales del municipio. La otra es el juez. En el lugar no hay un cura -comparten el de Arcatao-, ni un puesto de policía -comparten el de San José Las Flores-. La policía viene, según un agente del puesto de Las Flores, cada vez que encuentra aventón. A veces vienen un rato en la semana. A veces no.

El alcalde de San Isidro Labrador es hermano del alcalde de Los Ranchos. Ambos fueron combatientes guerrilleros. Se sienta en una banca de madera y se golpea con un vidrio la pierna izquierda, provocando un sonido seco. Es una prótesis. Perdió la pierna cuando apenas faltaba un año para que se acabara la guerra.

  • Es que somos pocos, eso hay que tomarlo en cuenta
  • Bueno, alcalde, pero habrá algo más. Por ejemplo, en Los Ranchos ha habido ya muertos y se dice que ya hay pandillas. ¿Qué hablan con su hermano de esto?
  • También que aquí está algo retirado de Chalate. Y la gente está organizada, por ejemplo, no dejamos entrar a jóvenes de Los Ranchos, porque se pueden venir a refugiar o a convencer a los muchachos de aquí.

El municipio tiene cinco cantones, dos de ellos absolutamente despoblados: el Cicahuital y El Mojón. En uno más viven dos familias que, juntas, suman 23 personas, de forma que Los Amates y el casco urbano concentran al “grueso” de la población. Hay una junta directiva, que ha conseguido formar una granja de pollos y un molino comunitarios. Poco más.

El juez de paz, Óscar Morán, -luego de argumentar el poco número de habitantes- cree que la tranquilidad se debe más bien a las charlas que él organiza, junto con personal del ISDEMU. El resto del tiempo el señor Morán se la pasa resolviendo diferencias entre vecinos que ponen mal un cerco, o a los que se les escapan las vacas y le aplastan la milpa a otros.

  • Para serle sincero este año no he tenido nada que conocer con respecto de delitos, solo conciliatorios.
  • ¿Y serán muchos conciliatorios los que ha tenido que ver?
  • Andarán por 12 o 14.
  • ¿En todo el año?
  • Así es. Como no está la secretaria no le puedo decir cuántos con exactitud.
  • ¿Y a las charlas llega todo el municipio?
  • No, fíjese que no llegan todos. Pero si llegan varios, porque ofrecemos buenos refrigerios.

El pueblo también tiene un gringo. Es de los Cuerpos de Paz y se llama Mateo Smith. Vive sólo en una casita donde hay una hamaca. Cuando no está dando clases de inglés o de computación en la escuela, está sudando sobre la hamaca, leyendo un libro o barriendo un pequeño corredor que se volverá a llenar de polvo irremediablemente. Se ríe como un niño con sus propios errores de dicción y él no le ve muchas complicaciones al asunto.

  • En mi país yo tenía apartamento y nunca saludé vecinos, ni sabía nombre de vecinos. Aquí voy por calle y gente saluda “¡hola Mateo!”. Todos conocen a sus vecinos y es probable que vecino sea primo, o hermano. Hay poca gente para morir, o matar. Si mara es como una familia, aquí gente no necesita otra familia, porque ya tiene una, que se llama San Isidro.

* * *

La tienda está abierta y un hombre flaco vende chocobananos. Son un gran negocio, dice. Pasa casi una hora antes de que lleguen tres chicas a agotar las existencias. Su familia fue la cuarta en venir después de la guerra y él me cuenta la historia del último homicidio que hubo acá. Se trataba de un viejo al que llamaban Toño. Lo mató una banda del otro lado del Lempa... o eso es lo que él ha oído. La mujer del viejo enloqueció.

La suegra de Isabel Orellana murió el año pasado, murmurando algo sobre un cerro gordo llamado Cicahuital. Cinco de los seis muchachos que ella y Vicente criaron entre espantos viven en Boston. Hace unos meses llamaron para avisar que ya no podrían mandar más plata. Al parecer hay una crisis en Boston, que ha vuelto escaso el trabajo y las casas más caras. Vicente ha estado malito últimamente, dice Isabel que le ha caído una fiebre en las amíndulas. Pero tiene que salir a trabajar porque sino, ¿cómo? La dejo en su casa en el casco urbano de San Isidro Labrador, porque tiene que ir a dejar comida a su esposo a alguno de los cerros despoblados que vigilan este municipio.

San Isidro Labrador, en Chalatenango, es el municipio menos poblado de El Salvador. Poco más de 600 personas han repoblado este lugar que, durante la guerra, se convirtió en un escenario de combate completamente desierto. La última vez que alguien asesinó en su territorio fue en 1995. Desde ese día, San Isidro es territorio libre de la muerte.