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Entregas de El Folletín

Doble de tigre

Novela por entregas de Geovani Galeas

Penúltima entrega

La versión de Morena

No sé hasta qué punto puedan servirle estas líneas, pero lo que aquí le escribo es todo cuanto yo sé sobre el caso Brannon.

La Secta era una federación de grupos. Primero estaba el núcleo central que ostentaba la jefatura suprema, encabezado por Rabachol. El grupo de combatientes puros y duros, de Vlady y Javier. El grupo de poetas combatientes, lidereado por Silvana y el German. El grupo de políticos combatientes, que era al que yo pertenecía y cuya cabeza era Marcos, no José Guadalupe, como se ha dicho.

Marcos y José Guadalupe habían estado juntos desde el kindergarten hasta los primeros años universitarios y desde muy jóvenes estuvieron cerca del pensamiento socialcristiano. Los demás del grupo nos conocimos en la universidad. Yo estudiaba matemáticas. Cuando comenzamos a prepararnos para la lucha armada, en 1970, teníamos un promedio de veinte años y no éramos más de quince. Hasta ese momento lo que hacíamos era estudio político y acondicionamiento físico. A lo más que habíamos llegado era a la práctica de tiro en seco y a la lectura del manual del guerrillero urbano, de Marighela.

Silvana y el Flaco eran ligeramente mayores que nosotros y habían pasado por la juventud comunista antes de estar un tiempo con el doctor Figuereido y de integrarse finalmente a La Secta, pero todos nos conocíamos y nos topábamos a cada rato en la universidad. En 1971, cuando La Secta secuestró a un empresario, la represión se nos vino encima a todos. Nosotros ya no podíamos seguir haciendo vida pública y fuimos once los que nos clandestinizamos. Pero hasta ese momento nunca habíamos operado en realidad como guerrilla. Fue hasta entonces que comenzaron a realizar pequeños operativos más bien experimentales como asaltos a farmacias y a unas armerías.

En esas andábamos cuando Rabachol, a quien ni siquiera conocíamos personalmente ninguno de nosotros (sólo conocíamos su leyenda y lo admirábamos), nos mandó una propuesta de integración por vía de German. Después supe que lo mismo hizo, por medio de Silvana, con el grupito de Vlady y de Javier, que andaban más o menos en las mismas condiciones que nosotros.

El planteamiento consistía en una unificación de esfuerzos en la que nosotros seguíamos manteniendo una relativa autonomía inicialmente. El primer paso sería nombrar un representante nuestro ante La Secta. Como Rabachol era sumamente estricto en los temas de seguridad y compartimentación, sólo ese representante podría acceder a él personalmente, bajo el acuerdo de que ese acceso, al tiempo que lo integraba al equipo de dirección de La Secta, también lo obligaba a compartimentar la información estratégica ante el resto del grupo.

Lo discutimos mucho y al fin decidimos aceptar. En una votación de los once en pleno elegimos a nuestro jefe y representante. José Guadalupe obtuvo un voto nada más (el de Marcos, obviamente), en tanto que Marcos obtuvo diez votos (incluyendo el de José Guadalupe, por supuesto)… Si finalmente el elegido terminó siendo José Guadalupe, fue porque Marcos no aceptó la decisión que habíamos tomado. Él alegó que no tenía vocación de mando, y nos convenció para que tanto la jefatura militar del grupo como la representación ante Rabachol recayeran en José Guadalupe. Pero la cabeza política era Marcos evidentemente. Desgraciadamente Marcos murió en combate poco tiempo después de lo de Brannon.

La composición de esos grupos explica un poco la trama de lealtades cruzadas en el momento de la crisis. Era natural que Brannon, desde su llegada, encontrara una acogida particularmente afectuosa y receptiva en el grupo de Silvana y German, donde todos escribían poesía… ¿Lo ve? Todos nosotros estudiábamos ciencias, todos ellos humanidades. Bueno, de Javier y Vlady qué puedo decirle, ellos ni siquiera eran universitarios. Rabachol había estudiado economía, por supuesto, lo mismo que Marcos y José Guadalupe.

Ahora bien, si usted cruza el tema de las lealtades de grupo con el de la compartimentación, se explicará otros detalles. Por ejemplo, buena parte del poder de Rabachol, o quizá la base misma de ese poder, dependía del manejo de la información: sólo él sabía en realidad cuántos éramos en total, cuántas armas, dinero, casas y autos teníamos, y la ubicación de todo eso, por supuesto. Solo él conocía los contactos internacionales y los planes estratégicos. A todos los demás nos dosificaba la información en estricta función de las tareas concretas que nos encomendaba. Por eso dependíamos tanto de él.

Por ejemplo, al principio nosotros éramos sólo once cuadros profesionales más algunas pocas bases de apoyo, pero creíamos (porque así nos lo sugería Rabachol) que su propio grupo y el de Vlady y Javier eran muy numerosos. Por supuesto que a ellos, que también tenía poca gente, les sugería por otro lado que nosotros éramos muchos más. Rabachol se podía dar esos lujos precisamente por la compartimentación, que todos nosotros respetábamos estrictamente.

Era un sistema de relaciones basado en la disciplina militar y en la confianza ciega en el jefe: éramos un ejército, es decir que en esa primera etapa gobernada en términos absolutos por Rabachol, el punto era recibir la orden y cumplirla sin discusión ni excusa posible. Quien ignora que así eran las cosas, se extraña de que muchos de los que estuvimos cerca de los acontecimientos no conozcamos detalles específicos de toda la situación que se generó.

Le doy un ejemplo: por una circunstancia relacionada más bien a la necesidad de cobertura, José Guadalupe y yo nos casamos en 1973, éramos marido y mujer, claro, pero trabajábamos en áreas distintas de la clandestinidad: él en operaciones y yo en inteligencia. Pues bien, era perfectamente natural que nos compartimentáramos la información que cada uno tenía respecto a su área específica de trabajo. Al único que le reportábamos todo sin ninguna reserva era a Rabachol… Y Rabachol jugaba a su favor con esa información privilegiada. El sabía al detalle dónde estaban todas nuestras casas de seguridad, absolutamente todas, pero sólo dos o tres miembros del Estado Mayor conocían la casa de Rabachol.

En resumen, lo que quiero decirle es que para nosotros, en aquél momento, habían tres normas inviolables: disciplina militar, compartimentación y confianza en la jefatura. Pável Brannon infringió esas tres normas. Pero había algo más importante, la regla suprema: preservar a toda costa la unidad de la organización. Esto estaba por encima de todo. Y Brannon efectivamente dividió nuestra organización.

En algún momento Silvana me acusó de haber “orejeado” a Brannon por encargo de Rabachol. Pero ella conocía muy bien las reglas del juego y sabía que en aquellas circunstancias eso de “orejear” a un compañero no sólo no era infrecuente sino que más bien era rutinario: una de las técnicas de la seguridad interna. No hubo absolutamente nada personal en eso.

Si, es cierto que yo, a espaldas de Rabachol, informé paralelamente a José Guadalupe de todo eso. La explicación es que, a esas alturas, la crisis interna de la organización se había generalizado, y la confianza en Rabachol había dejado de ser absoluta. La crisis hizo visible tanto sus debilidades personales como las de su estilo de dirección. Nosotros veíamos la tensión entre Rabachol y Brannon como un problema cupular, algo muy peligroso que podía terminar atentando contra la seguridad y la unidad de la organización. Ese fue el punto.

Cuando la crisis estalló abiertamente, Rabachol nos manipuló a todos por medio de la información privilegiada que poseía: toda esa historia de las relaciones de Brannon con los cubanos y un agente de la CIA nos cayeron como bomba. Además, presentó todo el enredo de una forma en que no había otra alternativa que interpretar la jugada de Brannon como una labor de infiltración del enemigo: los síntomas estaban ahí ante nuestros ojos: socavamiento de la confianza en la jefatura, deserciones y un claro proceso de división en curso. Por eso fue que, ante lo que consideramos un gran peligro inminente, todos nosotros cerramos filas en torno a Rabachol y en contra de Brannon.


Una cosa debe quedarle clara: independientemente de que Brannon tuviera o no tuviera razón en sus posiciones críticas respecto al estilo de jefatura de Rabachol, y en sus planteamientos en torno a la estrategia política y militar, es un hecho que dividió la organización. Eso fue lo fundamental a la hora de tomar la decisión de ejecutarlo. La indisciplina, los tragos y su pugna personal con Rabachol funcionaron como agravantes, pero le repito que fue el hecho de la división lo que inclinó la balanza en su contra.

Me pregunta usted si yo intenté ejecutar a Silvana. Sí, así fue. Unos días después de la muerte de Brannon, cuando ella y German consumaron incluso formalmente la división, nuestro Estado Mayor los condenó a muerte. Y ellos hicieron lo mismo respecto a nosotros. A mí se me dio la orden de cazar a Silvana. Ella había sido muy amiga mía y casi me daba un trato maternal. Pero le repito que en esas cuestiones no es lo personal lo que cuenta.

Yo no sabía dónde estaba ella pero sí conocía sus rutas y casi todas sus bases de apoyo, pero no pude encontrarla. Una noche, Rabachol llegó a decirme que ya la tenía ubicada y me dio una dirección en la colonia Costa Rica. Sólo fuimos Marcos y yo a cumplir la misión. Cuando llegamos a la casa Silvana ya se había ido, pero debió haber salido muy apresuradamente. Lo más seguro es que estuviera contrachequeando nuestro seguimiento. En la casa encontramos sus cosas personales, y una buena cantidad de documentos en los que se evidenciaba que los planes de dividir la organización sí eran responsabilidad de Brannon y se habían estado gestando a nuestras espaldas con bastante anticipación.

Dos días después, y por pura casualidad, me la encontré frente a frente en un bus urbano. Las dos echamos mano al mismo tiempo a las pistolas que llevábamos en las carteras. Teníamos el mismo entrenamiento y ambas éramos muy rápidas y certeras en el ataque. Lo sabíamos. El problema era el resto de las personas que iban en el bus. Era seguro que, si armábamos una balacera en esas condiciones, más de algún inocente saldría herido o muerto. Ella fue retrocediendo poco hasta llegar a la puerta del fondo, y se bajó del bus en la primera parada. Esa fue la última vez que la vi. Las mutuas penas de muerte se levantaron tiempo después, cuando ya Rabachol se había fugado.

Por último, ¿quién disparó concretamente contra Brannon? Yo no pertenecía al Estado Mayor en aquél momento y por tanto no estuve en el juicio sumario ni en la ejecución. Lo que sé al respecto, y creo que es la verdad, es lo que nuestra organización declaró oficialmente: quien ejecutó a Brannon fue Vlady. Esto es todo lo que sé… Le voy a decir algo más. Después de la ejecución de Brannon, la separación de Silvana y German, la fuga de Rabachol y la muerte en combate de Marcos, el Ejército Revolucionario quedó prácticamente diezmado y sin cabeza, sin plan estratégico ni fondo económico y, lo más grave, todos desconfiando de todos porque cada uno tenía suficientes razones para creer que todo ese desastre era el resultado de una infiltración del enemigo.

De aquella formidable máquina militar que llegamos a ser sólo quedamos unos treinta o cuarenta combatientes a salto de mata… ¿y cómo es que entonces, partiendo de esas condiciones miserables en todos los sentidos, cinco años más tarde y durante doce años nos convertimos en el ejército revolucionario más numeroso, organizado y eficaz en la historia insurgente moderna de América Latina? ¿cómo es que durante diez años de guerra resistimos, nos desarrollamos, nos consolidamos y logramos un equilibrio estratégico con unas fuerzas armadas nacionales apoyadas en todo sentido por los norteamericanos?

La respuesta es un nombre: José Guadalupe. Fuel él quien en aquellas condiciones tan miserables se echó el proyecto revolucionario a la espalda. Fue él quien elaboró la estrategia política y militar y quien condujo en el terreno nuestras fuerzas. Dice usted que el mismo Javier le ha dicho que José Guadalupe fue duro, fue frío y fue implacable. Sí, creo que sí lo fue. Pero le pregunto: ¿se puede conducir una fuerza militar en guerra siendo tierno, cálido y humanista?

Pável Brannon fue esas tres cosas sin duda, pero eso quizá sean virtudes de poetas y no de comandantes militares, permanentemente acosados por el enorme volumen de fuego de un enemigo tan poderoso como el de un ejército nacional apoyado por los Estados Unidos.

Lea la próxima semana: “Últimas palabras (Del manuscrito atribuido a Pável Brannon)”. Última entrega de Doble de Tigre

 

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