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La derecha chavista de El SalvadorExiste un lugar en el oriente de El Salvador donde al presidente venezolano, Hugo Chávez, se le rinde pleitesía. Su nombre se lee en las doradas placas de la escuela y la unidad de salud, y en la nostalgia de los pobladores. Aunque es un municipio gobernado por la derecha desde hace años, el alcalde tiene un retrato del militar suramericano en una especie de altar en su despacho. Con la añoranza de la ayuda que hace siete años recibió de Venezuela gracias a su nombre, en Bolívar confluyen la esperanza de sus habitantes en que algún día ser amigo de Chávez no sea un pecado y una realidad que derrota a la retórica electorera. Edith Portillo / Fotos: Mauro Arias
A Petronila Saravia no se le olvida aquel soldado venezolano al que llamaban “Puerta”. En la calurosa villa de Bolívar, en el norte de La Unión, la anciana de largo cabello gris se despertó con un golpe de nostalgia. El recuerdo es tan poderoso que más tarde, aguantando el peso de su cuerpo robusto, se levanta de su asiento, camina hacia el ropero arrastrando su pierna izquierda resentida por la vejez y saca esa preciada foto que guarda en un protegido rincón del mueble. Cuidando de que no caiga al piso, la contempla entre sus arrugadas manos y le platica: “Ni te has de imaginar que te estoy viendo ahorita”. Casi al mediodía doña Nila, sentada de nuevo sobre la silla plástica en el corredor de la vivienda, comienza poco a poco a descubrir con palabras aquellos días, mientras la esposa de su sobrino prepara el almuerzo a unos metros de distancia. “¡Aaay, cómo me acuerdo de él!”. A la anciana se le quiebra la voz. Traga saliva mientras sus pequeños y rasgados ojos de abuela melancólica se ponen vidriosos. Retiene las lágrimas, quizás porque no quiere mojar el tesoro que tiene en sus manos. La imagen que conmueve a doña Nila es la del soldado, la de su querido Puerta sentado en una de las coloridas hamacas del salón de su casa. Sujetando con ambas manos la hamaca y sin mirar directamente a la cámara, en el rostro de un joven de no más de 30 años parece asomarse una sonrisa. Sobre su moreno y delgado cuerpo luce un uniforme azul, con un escudo blanco que lo identifica como miembro de la Marina Bolivariana de Venezuela. “Puerta era su apellido y solo así le decían, el nombre nunca lo supe”, dice la anciana, que entonces quita su mirada de la foto. “También había otro de apellido Caraballo, y otro que ahorita no me acuerdo cómo se llamaba, pero del que no me olvido es de Puerta, era un muchacho muy bueno”. Así trae de regreso a ese soldado que, en ausencia de sus hijos –tres que le envían remesas desde Estados Unidos y uno al que ve poco porque vive en San Salvador– había sido una perfecta compañía. La fotografía fue tomada hace poco más de siete años. En aquel entonces, cuando El Salvador había recién sufrido el golpe de los terremotos de enero y febrero de 2001, 29 soldados de la marina venezolana, entre ellos Puerta, desembarcaron en Bolívar. Aunque el municipio había sufrido apenas leves daños en su iglesia, el gobierno de Venezuela envió aquel contingente hasta este caluroso valle, situado en el departamento de La Unión, para ayudar en cualquier tarea que fuera necesaria. Bolívar es un municipio que debe su nombre a Narciso Benítez, un coronel colombiano que perteneció al ejército del prócer latinoamericano Simón Bolívar y que fundó varias ciudades en el oriente del país. Llegó a estas tierras cuando se unió a la causa de Morazán en pro de la federación centroamericana y hasta fue gobernador del departamento de San Miguel. Los bolivarianos de La Unión conocen muy bien la historia. Cuentan que cuando en 1837 Benítez empezó a descender hacia el valle donde hoy está la villa, recordó el lugar en el que Simón Bolívar tuvo la batalla decisiva para la independencia de Venezuela, la de Carabobo. Fue por eso, dicen, que el coronel bautizó el valle en memoria del libertador, que había muerto siete años atrás, llamándolo “Bolívar”. Esta es la historia que parece conocer al dedillo todo bolivariano que se precie de llevar como tatuado ese gentilicio. Hoy, a 171 años de su fundación, Bolívar es un tranquilo lugar donde algunas ostentosas casas con aire acondicionado y uno que otro lujoso vehículo último modelo –incluyendo una bien lustrada Hummer blanca– dan fe del importante flujo de remesas que recibe por parte de los hijos que, durante décadas, han emigrado a Estados Unidos para buscar mejores oportunidades de vida. Algunas de las casas ni siquiera están habitadas. Simplemente esperan a que sus dueños, que vuelven en novísimos autos y hablando inglés, lleguen en algún momento del año a vacacionar. Pero tras esa prosperidad de algunos se esconde también la realidad de un pequeño municipio que, en el Mapa de Pobreza de El Salvador, aparece como un lugar con “pobreza extrema moderada”. Esta es la condición que persiste principalmente en los caseríos más remotos de este rincón al que, hasta hace cuatro años, era difícil acceder sin un vehículo todo terreno por la polvorienta calle que iba desde la Ruta Militar. La situación de Bolívar es tan precaria que ni siquiera hay servicio de agua potable. Con esa realidad en sus manos, llegó por primera vez al frente de la alcaldía, en el año 2000, Noel Orlando García. Lo hizo acuerpado por la bandera azul del PCN, un viejo partido de militares de derecha que, con García, sacó de la silla edilicia al PDC, otro partido que intercalando algunos periodos con ARENA, también de derecha, había gobernado el municipio en los últimos años. El nuevo alcalde sabía que los fondos municipales no podrían cubrir todas las necesidades del municipio, pero tenía un curioso plan para buscar ayuda externa. Pensando que el nombre del libertador Bolívar le generaría empatías, buscó al entonces embajador de Venezuela en El Salvador, Solís Antonio Martínez, para intentar construir una relación con el país sudamericano. La respuesta del embajador, cuenta García, fue inmediatamente de buena acogida. El privilegio de ser bolivariano le había dado el resultado que esperaba y empezó una cercana relación de amistad y cooperación. El gobierno de Venezuela, dice el alcalde, se comprometió en aquel tiempo con ayuda económica para pavimentar la calle de acceso al municipio y para desarrollar un proyecto de agua potable. Los planes, sin embargo, tuvieron que frenarse temporalmente por la llegada de los terremotos de 2001. Con el municipio de Comasagua, en La Libertad, golpeado fuertemente, el grupo de la armada venezolana enviado por Chávez fue asignado para realizar trabajos de reconstrucción en este lugar. Aun así, los lazos con los bolivarianos de El Salvador no quedaron olvidados. Aprovechando que con la armada venía también un grupo de marinos, estos fueron enviados al caluroso lugar de La Unión con el nombre de su prócer. Fue así como, aquel enero de 2001, se conocieron Puerta y doña Nila. Puerta y sus 28 compañeros, enfundados en sus uniformes azules, hicieron el mismo descenso que Benítez hizo hace 171 años. Bajaron al valle luego de haber hecho el viaje por tierra desde Acajutla, su puerto de atraque, hasta el oriental departamento de La Unión. Llegaron solo sabiendo que el lugar se llamaba Bolívar y que en algo –lo que fuera– tendrían que ayudar. “Me acuerdo que cuando vinieron andaban buscando dónde poder cocinar. El alcalde les estaba ayudando a buscar. Me preguntaron y yo ofrecí entonces que lo hicieran aquí”, dice doña Nila. Eran tres los que llegaban a cocinar. “Los que venían eran Puerta, Caraballo y el otro que no me acuerdo cómo se llama. Vinieron porque el presidente de Venezuela nos quería ayudar”. Las tareas de aquel grupo de uniformados azules, a falta de grandes necesidades de reconstrucción, fueron más de mejoramiento y mantenimiento de obras locales. Adoquinaron algunas calles en mal estado, repararon unas grietas en el templo católico, arreglaron los sistemas de electricidad y de drenaje en la escuela y en la unidad de salud, y también las pintaron. Una placa dorada en cada una de las edificaciones, con los colores de la bandera venezolana y la salvadoreña haciendo un marco, da fe del trabajo de los marinos. “Escuela Simón Bolívar. Reconstruida por la República Bolivariana de Venezuela, por disposición del presidente Hugo Chávez Frías, como aporte de un pueblo hermano hijo del libertador Simón Bolívar”, se lee en la que está colocada en el centro escolar. La casa de doña Nila, una sencilla vivienda con amplio corredor hacia el patio interior, tenía una ubicación ideal para construir relación con los soldados. A solo una cuadra de la plaza central y la iglesia, y a solo cinco minutos caminando de la escuela y de la unidad de salud, era un estratégico lugar para que los tres marinos que recuerda acamparan a la hora del almuerzo para preparar sus viandas y las de sus compañeros. Así, entre las nuevas recetas de cocina de sus húespedes, las arepas –aquellas gruesas y esponjosas tortillas de harina de maíz– que la anciana probó por primera vez y el rico pollo encebollado que el marino Puerta preparaba, surgió la amistad entre el venezolano y la salvadoreña que hoy le extraña. “Chávez, nuestro presidente” Con los venezolanos en el territorio bolivariano de La Unión, el lazo entre municipio y país sudamericano se hizo más fuerte. Durante los cerca de dos meses que los marinos estuvieron en el país, el embajador Solís Martínez viajó frecuentemente hacia Bolívar para visitar a sus muchachos y para hablar sobre los futuros planes de cooperación con el alcalde. A Martínez lo acogieron como a uno de los suyos, tanto que hasta tuvo una vez el privilegio de coronar a la reina de las fiestas patronales en honor al santo patrono del lugar. Este no podía ser otro que San Simón… Apóstol, no Bolívar.
La relación era ya tan estrecha que en los primeros días de marzo de 2001, García se llevó una agradable sorpresa. El mismo presidente venezolano, Hugo Chávez, le hizo una llamada telefónica desde República Dominicana, sede esa vez de la transmisión de su programa “Aló, Presidente”. “No tengo en mente la fecha exacta, pero sí me acuerdo bien que fue un domingo. Le llamó primero al embajador y este le llamó al teniente que estaba aquí a cargo de las obras para que me comunicaran con él”, evoca, sin disimular su entusiasmo. Las palabras de Chávez al otro lado del teléfono, con el característico tono efusivo de su programa dominical, fueron un aliento más para García. “Me manifestó que Bolívar iba a ser el mejor pueblo del país por honrar el nombre del libertador”, recuerda el alcalde.
Para cuando García habló con Chávez, en Bolívar ya se rumoraba además que su héroe venezolano –no el libertador, sino su nuevo héroe, el presidente– viajaría hasta aquel recóndito lugar. Días antes, el coronel Douglas Loaiza, el jefe de la misión militar en El Salvador, se lo había comunicado al alcalde. Por eso, este no dudó en expresarle su agrado durante la llamada telefónica y contarle que le esperaban con un almuerzo de bienvenida. “Es el pueblo donde iré a almorzar porque a mi tierra yo iré”. Esas, cuenta García, fueron las “palabras exactas” con que el presidente le respondió. Los preparativos para la llegada de Chávez anunciaban tremendo agasajo, digno de una población bolivariana que se jacta de ser fiestera. El parque central, donde se yergue una estatua de Bolívar, ya lucía gafetes multicolores. Supuestamente, el plan indicaba que Chávez llegaría acompañado del presidente salvadoreño en aquel momento, Francisco Flores, que entonces sería parte también de la gran comilona que les esperaba. Pero Flores, cuentan en la villa, no quiso que Chávez llegara porque dijo que iba a ser una cuestión política. Esa, además de la que cuenta el origen del nombre del municipio, es otra de las historias compartidas que repiten casi de memoria los habitantes de Bolívar. “Justo antes de que viniera (Chávez), (Flores) se fue en un viaje para Estados Unidos y ya no lo recibió. Por eso ya no vino”, asegura García. Aunque Hugo Chávez no llegó, la simpatía del pueblo ya la tenía ganada. Aún ahora, un pick up de un lugareño con una calcomanía de la bandera venezolana en la parte trasera muestra la simpatía por los benefactores. “I love Bolívar. La Unión, El Salvador”, se lee, sobre una bandera que evoca las tres franjas del pabellón venezolano. El recuerdo de aquellos años sin embargo, más que evidenciarse en las calles de Bolívar, permanece guardado en la memoria de la gente o en sus espacios privados. Como en el caso de García. El único presidente que se había comunicado personalmente con él se ganó un insustituible lugar no solo en el corazón del alcalde, sino también en su oficina. En el despacho de García, un cuarto de unos seis por seis metros que parece aún más amplio por el escaso mobiliario –solo un pequeño escritorio y unas pocas sillas pegadas a una de las paredes– se muestran otras curiosas evidencias del culto a Venezuela. Detrás del escritorio, colgadas en la pared, hay un tríptico de imágenes que conforman un inverosímil altar fotográfico. Al centro, el alcalde sonríe junto con el secretario general de su partido, Ciro Cruz Zepeda y con otros dos dirigentes. A la derecha, el prócer Simón Bolívar, en una reventada imagen descargada de la internet y ampliada para su impresión. Del otro lado, a la izquierda de los sonrientes pecenistas, está la foto de Chávez, vestido con sobrio traje negro, hablando ante alguna audiencia con dos micrófonos al frente. Sembrada en la parte superior del marco de la foto, una pequeña bandera venezolana. Ninguna del PCN. -¿Y esas fotos, alcalde? Ningún dirigente del partido ha elogiado alguna vez en público al gobierno de Chávez, pero como lo indican las palabras del alcalde, se han guardado también de vetarlo y de lanzarle críticas en el tono que el partido ARENA sí hace. Lo único que acaso podría acercársele a una expresión de rechazo es la valoración que, en diciembre del año pasado, hizo en un programa de televisión el diputado pecenista Dagoberto Marroquín. En esa ocasión, después del “no” de los venezolanos a la reforma constitucional que buscaba Chávez, dijo que era un hecho que “tiene parangón” con la caída del Muro de Berlín y la caída del bloque soviético. Sin repudios marcados desde el partido, con sus tres triunfos electorales al hilo y con la población bolivariana a su favor, García puede adorar a Chávez sin problemas. La añoranza de un pueblo El alcalde y doña Nila no son los únicos que, por la llegada de los marinos y los gestos de Chávez, guardan un buen recuerdo de Venezuela. Quizás con menos cercanía emocional que la anciana, pero ponderando como el alcalde la importancia de aquella relación, Juan Antonio Cruz también evoca esa nostalgia que se vive en el pueblo. Esta mañana, mientras a una cuadra de distancia doña Nila empieza su día recordando a Puerta, Juan Antonio permanece parado bajo el marco de la entrada a su “Tienda Marta”, un surtido local que bien podría decirse que es un pequeño almacén, ubicado justo frente al parque central. Allí, custodiando su negocio, está este alto hombre cincuentón que, con cuatro de sus cinco hijos en Estados Unidos es otro fiel reflejo del perfil remesero de la villa. Son las 7 de la mañana y divide su atención entre los clientes que llegan a comprar y el televisor que ha conectado en el corredor del frente de la casa. Tiene sintonizado el canal 4: el entrevistador Jorge Hernández recibe como invitado al candidato presidencial del partido opositor FMLN, Mauricio Funes. “Yo casi nunca veo ese programa, pero hoy lo puse porque iba a estar Funes”, cuenta. “A este sí que no lo ha podido fregar”, añade, y se echa una risotada.
Interrumpe la risa y los comentarios cuando llega una clienta. No quiere comprar nada de la tienda, sino solicitar que Juan Antonio le haga un anuncio por las tres bocinas colgadas de una columna de hierro que hacen las veces de una de las dos radios locales del municipio. Pagado el dólar del servicio, los pobladores ya saben de la oferta que pueden encontrar en la esquina frente al parque. “¡Vengan, vengan! Les tenemos punches bien gorditos”. En cuanto termina de locutar el comercial, Juan Antonio vuelve con prisa frente al televisor. No quiere perderse la entrevista que casi pasaba por alto. Menos mal, dice, que su sobrino, quien tiene la otra radio local, había hecho temprano el anuncio de que el candidato estaría en la televisión. Paradójicamente, es en el candidato del FMLN en quien Juan Antonio cifra hoy sus esperanzas de que Chávez haga un nuevo plan de viajar a El Salvador, llegue hasta esa hondonada en la que se encuentra Bolívar y reimpulse aquella cooperación que tanto entusiasmó a los lugareños. Y resulta paradójico sobre todo porque se trata de un municipio que nunca ha sido gobernado por la izquierda y que, de hecho, en las últimas elecciones municipales no tuvo más oferta que la de los candidatos de los dos principales partidos de derecha del país: ARENA y PCN. “Es que le voy a explicar”, dice Juan Antonio, y se apresta a hablar con un tono de buen conocedor de su municipio. “Aquí la mayoría de gente vamos con el PCN para la alcaldía porque este señor (Noel García) ha sido buenísimo. Ya lleva tres períodos y ha sido buenísimo. Pero para la presidencial vamos con Funes, es un buen candidato y a ese nadie lo va a manipular (…) Y cuando gane Funes, entonces sí va a venir Hugo Chávez. Ese hombre quiere a Bolívar porque se llama así”. En Bolívar, al ex presidente Flores no solo se le achaca el haber frustrado la llegada del mandatario venezolano a aquel festejo que les dejó con los colochos hechos. A los bolivarianos tampoco se les olvida que hace seis años, entre el 11 y el 14 de abril de 2002, el gobierno de Francisco Flores fue además el primero que reconoció y apoyó el fallido golpe de Estado que militares venezolanos intentaron contra Chávez. Tampoco olvidan que El Salvador fue el refugio que rápidamente encontró el contralmirante Carlos Molina Tamayo, uno de los golpistas. “Con eso de que Flores no lo recibió para que viniera, y después con lo que hizo cuando fue el golpe, la relación del país con Venezuela se empezó a venir para abajo. Y con eso la de nosotros también, pues”, razona el director de la escuela Simón Bolívar, Miguel García, quien además es hermano del alcalde. “Y ahora”, sigue su lamento, “buscar estrechar relaciones con Venezuela sigue sin ser bien visto por el gobierno. Casi que es visto como un pecado y ya a uno lo tildan de izquierdista. Pero le digo, yo no tengo duda de que Bolívar sería un municipio diferente, sería un municipio mejor si las relaciones del país no se hubieran dañado”. Su hermano, el alcalde, igual continúa en su búsqueda de la prometida cooperación que, hace ocho años, lo alentó cuando se sentó por primera vez en la silla edilicia. Hace pocos meses, dice, conoció en un seminario en Colombia a la representante legal de la alcaldía de Caracas. Hoy espera que ese contacto le ayude a establecer un convenio de hermanamiento con la capital venezolana y pueda, por fin, reconstruir el fuerte vínculo que buscó desde 2000. Mientras García sigue en su misión, la esperanza de doña Nila, sentada en su silla plástica, es más romántica. La añoranza de la anciana, más que por Chávez y Venezuela, es por su recordado Puerta, aquel marino que le hizo compañía y le compartió recetas de cocina.
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