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EL ÁGORA

Laurent Decol, mimo francés

“Mantener el silencio no es una regla absoluta en la pantomima”

El gran Marcel Marceau, su segundo padre y quién impulsó sus primeras presentaciones, lo marcó de por vida. Laurent Decol lo llamó maestro, aprendió de él y decidió que su futuro estaba en no imitarlo. A fuerza de puro silencio, se hizo de una carrera profesional que lo ha llevado por todas partes del mundo presentando su espectáculo. Ahora, este mimo francés está en El Salvador enseñando a nuevos alumnos en un taller patrocinado por la Alianza Francesa y mostrando su arte.

Rodrigo Baires Quezada y Diego Murcia
cartas@elfaro.net
Publicada el 28 de abril de 2009 - El Faro

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Su padre era panadero y con frecuencia tenía la cara pintada de blanco. Él decidió que también tendría el rostro pintado de blanco, pero no por hacer pan, sino por hacer pantomima. “Mi papá pasaba todo el día con el rostro blanco por la harina… se parecía al personaje de Pagliaccio, de la Comedia del Arte Italiana”. Así, a su manera, haciendo lo que le gustaba y asumiéndolo como una profesión, Laurent Decol se pintó el rostro de blanco para convertirse en mimo.

Algo tenía ese muchacho desgarbado, ese que imitaba los movimientos de un robot y que apenas rozaba los 20 años, que llamó la atención de Marcel Marceau. El encuentro con el maestro, como él le llama, lo marcó para siempre. Para entonces, el joven Laurent Decol quería hacer mucho en su vida: escribir libros, viajar por todas partes del mundo y hacer política... ¿Política? “Sí, pero a un alto nivel, como ser presidente de la república”, dice el mimo francés, mientras gesticula como si estuviera en el escenario y no en una entrevista.

Dice que el encuentro con Marcel Marceau lo marcó para siempre. ¿Cómo recuerda esa primera vez frente al maestro?
Yo era un gusanito y él era una gran estrella. Un día, él le dijo a este gusanito: “Venite a trabajar en mi casa, en mi escuela”. Yo tenía 20 años, había participado en un taller suyo y tal vez pensó que tenía algún potencial para la pantomima.

¿Ya hacía pantomima?
Sí. Tenía 20 años y hacía el mimo autómata, esos movimientos automatizados de las máquinas. No había estudiado nada, era pura práctica.

¿Y quería vivir como mimo?
¡Sí!

¿Se podía vivir de hacer mimo?
Mal, pero sí.

Ja, ja, ja. ¿Nunca le dijeron sus padres “estás loco, mejor buscá un trabajo”?
Encontraron un poco rara mi decisión. Y sí, me dijeron que buscara un trabajo.

¿No les cambió esa visión cuando logró ser alumno de Marcel Marceau?
No mucho. Cuando vieron noticias de mi trabajo en la prensa y la televisión, pues se sintieron un poco más orgullosos.

¡El nombre de Marceau no era suficiente para sus padres!
No, para mis padres no. Cuando empecé a tener éxito hubo periodistas que me preguntaban… (hace una pausa, mira a sus entrevistadores y vuelve a hablar) no hablo de verdaderos periodistas... ellos me preguntaban: “Y, aparte de esto, ¿qué hace usted?”

Ja, ja, ja…. Y aparte de esto, ¿qué hace usted?
Ja, ja, ja. Ahora, únicamente esto.

¿Cómo era Marceau como maestro?
Tenía mucho humor y era muy calurosa, pero sabía exactamente lo que quería de sus alumnos. Creo que él detectaba la determinación y la voluntad de hacer de esto una profesión. Había muchas personas que llegaban a su casa, sobre todo estadounidenses, pero era más bien el esnobismo de decir que habían sido alumnos de Marceau. Eso no le gustaba mucho. Vi cosas bastante duras en su escuela, como ver alumnos que llegaban como turistas y él los echaba de inmediato.

¿Y cómo era el alumno?
Con él se trabajaba dos años como mínimo en la Escuela Internacional de Mimodrama, que ahora ya no existe. Y yo, por mi forma de ser, rechazaba hacer las cosas como él exactamente decía. Era algo rebelde. Hacía las cosas como él las pedía cuando pasaba al frente a hacer un ejercicio, los movimientos exactos como el maestro lo había explicado; pero en mi cabeza me decía: “Hay que hacer otras cosas”.

En mi primer espectáculo, varios años después, llegó un técnico del teatro a decirme que en la sala estaba Marceau. Pensé que eso me iba a paralizar completamente, pero no fue así. Me dije a mí mismo: “Voy a hacer mi acto y si no le gusta al maestro, pues bueno”. Era el desafío de presentarme frente a él. Después del espectáculo, llegó y me dijo: “Usted se olvidó de muchas cosas de las que le enseñé… pero eso está bien”.

¡Era el alumno rebelde retando al maestro!
Era, como en el sicoanálisis, rebelarse contra el padre.

Hay gente que utiliza como tarjeta de presentación ser “el alumno de”, por lo que ya ocupan el “soy bueno”.
Es un punto delicado. No se puede negar que uno trabajó con su maestro. En mi caso, con Marcel Marceau. Pero al mismo tiempo hay gente que nunca trabajó con un maestro y son muy buenos. Así también están los que llegaron un solo día al estudio de un maestro y lo ponen en su tarjeta de presentación.

Ser alumno de un gran maestro, en cualquier rama del arte, no garantiza ser un gran artista…

Absolutamente. Tuve la suerte en 1981 de crear un espectáculo, que había hecho en un mes, y que gustó muchísimo. En aquella época, cuando no habían correos electrónicos, había que mandar un correo, esperar que la gente contestara, luego presentarse… Era mi primer espectáculo. Muchos años después supe que el maestro Marceau en persona tomó el teléfono y dijo a los compradores del espectáculo: “Hay que comprar su acto porque es bueno”. Para una de las primeras grandes giras internacionales que hice, en 1982, también fue Marceau quien me ayudó.

El maestro ayudando al alumno rebelde.
Era rebelde en la forma. Por ejemplo, Marceau era más viejo que yo y tenía un número con un músico de la calle, de esos con organillo y con el mono en el hombro, que pedía limosna y cantaba canciones populares. Yo, en cambio, quise demostrar que pertenecía a otra generación, guardé el número para hacerlo pero interpretando a un rockero. Esto es parte de lo que voy a presentar en El Salvador. Este mismo número, Marceau nunca lo hubiera hecho, pero decía que lo encontraba divertido. Le gustaba.

Para algunos alumnos sería más fácil imitar al gran maestro, repetir una fórmula que ya probó ser exitosa. ¿Para usted no?
Hay mimos franceses, estadounidenses, latinos y hasta búlgaros que imitan a la perfección lo que hacía Marceau. Lo hacen muy bien, pero yo preferí hacer algo diferente.

¿Cuáles expresiones son las más difíciles de interpretar en la pantomima?
De expresiones, no sé, pero lo más difícil, aunque me da placer, es que no se pueda hablar de colores.

¿Colores?
Es difícil hablar de un color sin decir una palabra. Inténtelo.

Yo hablo demasiado, no puedo ni con lo más sencillo de la pantomima.
Ja, ja, ja.

Si los colores son difíciles, ¿cómo se hace para interpretar el silencio?
¿El silencio? Diría que es como en la música: cuando se para la música, sigue la música. ¿Les parece una respuesta correcta?

Ja, ja, ja. Marceau, a la hora de subir a un escenario, tenía a Bip. ¿A quién tiene Laurent Decol?
Tenía un nombre: se llamaba Timoleón pero ahora ya no tiene nombre. Ya no es el mismo, es un personaje mucho menos educado que Bip… fuma droga…

Ja, ja, ja… es un chico malo.
Un poco.

¿Se parece usted mucho al chico malo que interpreta en el escenario?
No demasiado. Pero a veces puedo ser un maleducado. Seguro que puedo serlo.

En la vida real, ¿habla mucho o poco?
¿Yo? ¿Sí hablo poco? A veces sí, a veces no. A veces nada y la gente se pregunta por qué no hablo nada.

¿Este chico malo es lo que vamos a encontrar en el espectáculo?
Mucho más. Primero, el resultado del trabajo en el taller. Son 30 ó 45 minutos de ello.

En este taller en San Salvador, ¿hay gente buena, gente con potencial?
Sí, hay cuatro o cinco que son buenos, muy, muy buenos.

¡Nada mal para un país sin escuela de pantomima!
¡Entonces vamos a montar una!

Siguiendo con la presentación, tras la puesta en escena de los estudiantes veremos su número.
Sí, mi espectáculo dura una hora o una hora con 15 minutos. Es una sucesión de pequeños números sobre la cultura francesa y la universal. No puedo decirles todo porque si no, nadie tendrá ganas de ir a verlo.

¿Lo que podremos ver es parte de esos espectáculos que Marceau vio y aplaudió en el pasado?
Sí, en parte, porque ha cambiado el espectáculo que presentó. Él vio la mayoría de números. Les confío un secreto: el último número, que se llama “El fabricante de máscaras”, fue creado por Marceau, obtuve su autorización para tomarlo y presentarlo. Marceau vio las diferencias en mi forma de presentarlo y me dijo: “Está bien, porque es más conciso”. Cuando él lo hacía, era más largo.

¡Otra vez el rebelde!
No es una rebeldía sistemática, pero esta época es más rápida y la gente entiende más rápido. Hoy dura como cuatro minutos.

¿Cómo es el proceso de creación de un número de drama mimo?
Aquí en mi bolso tengo un montón de pequeños cuadernos y donde escribo cosas que veo. A veces, no lo leo, porque me resulta suficiente escribir en él para memorizar estas cosas. Después, veo o recuerdo las historias que anoté en los cuadernitos e intento transformarlas en un número. A veces, no funciona; otras, sí.

Ha viajado por casi toda América Latina. En estos viajes, ¿alguna vez anotó una historia que se convirtió en parte de sus números?
No, pero sí he hecho adaptaciones según la situación. Estaba en Argentina, por ejemplo, y estaba desarrollándose la Copa del Mundo de 1990 y, en mi espectáculo, el personaje que represento es bastante pretencioso pero fracasa en todo, y eso hace reír a la gente. En un momento cuando un espectador ríe más fuerte que el resto, lo callo (chasquea los dedos y señala hacia el frente, como lo hace en su espectáculo) y le ruego salir de la sala. Claro que el espectador no lo cree en absoluto.
Esa vez estaba en Argentina y les saqué tarjetas rojas. Era algo simple pero que hacía reír mucho. Primero le mostraba la tarjeta amarilla, una advertencia y luego, si seguía riendo, una amarilla y de inmediato la roja.

Y la última historia que creó, ¿de qué va?
Muy buena pregunta. No es un espectáculo donde actúo, sino uno que puse en escena. Es un espectáculo sin ninguna palabra, donde hay dos personas que se enfrentan sin jamás hablarse. Lo hacen con la mirada, con la forma de poner las cosas y con la violencia que se desarrolla en escena pero sin decir una palabra.

¿Un mimo no puede romper con el silencio?
¿Por qué no?

La única vez que escuché la voz de Bip fue en una película en la que dice “Quiet!”
Era una película de Mel Brooks que se llamaba una “Silent movie”, donde el único personaje que habla es el que hace Marcel Marceau. Era un chiste.

Si lo hizo el maestro, ¿un mimo sí puede romper con el silencio?
Hoy en día, mantener el silencio no es una regla absoluta. Un mimo puede hablar. Yo no hablo, todavía; pero hago ruido con los pies o con la boca.

¿No le molesta que la gente siempre utilice la misma mímica de las manos deslizándose como un cliché para hacer referencia a su profesión?
Todo el mundo hace los mismos gestos. No es que me ponga nervioso, pero tengo ganas de decirle a la gente que vaya a ver espectáculos de mimos y verán otras cosas. Lo que pasa es que la gente no conoce muy bien lo que es el mimo. En Francia, por ejemplo, el nombre de Marcel Marceau es conocido pero no sus espectáculos. La mayoría de gente conoció quién era Marceau, pero no son muchos los que fueron a ver su espectáculo.

¿Hacia dónde apunta el arte del mimo?
Ahora se vuelve algo más abstracto. La gente con la que estoy trabajando se está yendo a lo más abstracto, muy cerca del baile contemporáneo. Esto aporta un mayor valor a la pantomima y hace que sea más considerada.

Siempre relacionamos a un mimo con una situación cómica. ¿Es solo una percepción?
En mi caso, sí. Pero no es siempre. Yo tengo esta tendencia de transformar las cosas y las situaciones en algo cómico, pero no es una cuestión obligatoria.

¿Se pueden hacer pantomima de situaciones más duras de la vida cotidiana, como la inmigración y la violencia social?
Es exactamente lo que se está trabajando con la gente que participa en el taller. Yo creo que se puede reír de todo, hasta de estas situaciones. La primera función de la pantomima es esa parte de divertir a la gente; pero si podemos aportar algún pensamiento, es algo mejor. Ahora, la función de un artista en general es hacer preguntas.

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