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EL ÁGORA

La promesa de Cronenberg

Élmer L Menjívar*
cartas@elfaro.net
Publicada el 20 de octubre de 2008 - El Faro

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David Cronenberg se ha dado a la tarea de armar un fabulario cinematográfico que le va haciendo calzar el adjetivo de genial. Una genialidad parca, eso sí, sin extremas pretensiones, y con una fuerte carga de contenido cuya depuración se logra con las referencias efectivas a la historia del cine. Desde  “Crash”, en 1996, este director inicia su pericia en el tratamiento de la degradación física y moral de los seres humanos, siempre incómodo a la vista y contundente en el concepto. En una “Una historia violenta”, de 2005, deja el horror explícito para pasar a la horrorosa exploración de la mente de personajes oscuros; ahora con “Promesas peligrosas”, recrea con frialdad de mafioso una historia sobre la Mafia rusa en Londres. Logra que el contraste y la accidental convivencia con la gente ordinaria cuente algo más de lo que cuenta.

Ficha

PROMESAS DEL ESTE
(Eastern promises)

Dirección: David Cronenberg.

Países: Reino Unido, Canadá y USA.

Año: 2007.

Duración: 100 min.

Género: Drama, thriller.

Interpretación: Viggo Mortensen (Nikolai Luzhin), Naomi Watts (Anna Khitrova), Vincent Cassel (Kirill), Armin Mueller-Stahl (Semyon), Sinéad Cusack (Helen), Jerzy Skolimowski (Stepan).

Guión: Steve Knight.

Producción: Paul Webster y Robert Lantos.

Música: Howard Shore.

Fotografía: Peter Suschitzky.

Montaje: Ronald Sanders. 

La película entera se levanta sobre un personaje interpretado por Viggo Mortensen llamado Nikolai Luzhin. Aquí vemos a Mortensen en su límite, a un paso de echar a perder un personaje cuyo carácter está sin duda basado en el que el actor podría darle. Digo esto a partir “Una historia violenta” donde actor y director trabajaron juntos, y este nuevo proyecto es obvio que se concibió contando con repetir la experiencia y seguir explorando. Pese a lo dicho, Mortensen sale bien librado, logra compensar sus episodios de exageración cínica con secuencias realmente memorables, en las que iba de la simpleza a la extrema violencia con impecable control.

También aparece Naomi Watts, como Anna, la contraparte de Mortensen, entre quienes se establece un romance circunstancial sin consumación. Es esta relación la que hace ir y venir el péndulo entre lo absurdo y lo calculado. No hay manifestación de emociones ni de intenciones idílicas, funciona como un detonante de un leve giro en la trama, pero que no distrae del recorrido trazado. Watts mantiene su actuación sobre la línea de lo correcto, haciendo que su personaje pese solo lo necesario, que no es mucho.

El guión es aventurado, su estructura, forma y contenido generan desconfianzas sobre lo intencional y lo errático. Uno duda si se trata de naturalidad forzada o de la exageración como metáfora. Yo me decanto por lo segundo, porque presencié una fábula con personajes elípticos que sintetizan a muchos que ya conocemos, pero con pequeños agregados novedosos que le dan sentido a hacer una película con un tema bastante explotado.

La mafia es trastocada, quizá profanada. El concepto ruso de mafia es más precisado: menos honorabilidad y definitivamente otros códigos. También vemos a la rescatada inteligencia rusa (LSB, la nueva KGB), que no ha sido muy evocada por el cine, y que representa un buen giño al gusto por los nuevo del público.  

Hay un subtexto que se lee en el título original de la película, “Eastern promises”, promesas del Este, una expresión equivalente a “el sueño americano”, pero aplicado a Europa, un continente geopolíticamente dividido en Este y Oeste, desarrollo y subdesarrollo, respectivamente, donde el Oeste era sinónimo de la influencia soviética, y cuando esta cesó, la esperanzas en que el Este significaba mejor vida se impuso inevitablemente provocando migraciones y sus respetivos desencantos.

Estéticamente la película nos ofrece un vistazo sobrio, frío y cínico de Londres, una fotografía propia para una ciudad gris llena de emigrantes y miserias. Los contraste nuevamente logran enfatizar el planteamientos: dos mundos radicalmente conviven descaradamente, las vestimentas y lo ceremonioso distingue a unos de otros, pero no altera a nadie. Quizá la violencia sea excesiva, pero lo bueno es que no se torna innecesaria. La pelea en un sauna es sin duda uno de los momentos que se recordarán de este filme.

Otro mérito es su metraje, 100 minutos. Cronenberg no se vale del tiempo para darle sustancia a su película, pretende hacerlo con síntesis y control, y sospecho que sabe perfectamente que muchos no le perdonaremos dejarnos solo con una promesa. Pero a veces una promesa basta.

* Colaborador.

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