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EL AGORA

El tendedero desaparecido y la anécdota del cine Libertad

Alexia Miranda decidió participar en la intervención artística Ruta 06 con un proyecto tan peculiar como impredecible: salió de su casa con cien dólares con la misión de gastarlos en objetos chinos en el centro de San Salvador. Después los cambiaría por antigüedades que dejaría colgadas en un tendedero en pleno centro. El último de los objetos chinos lo cambiaría por una antigüedad distinta: la mejor anécdota de la Plaza Libertad.  Este es su recorrido por la calle Rubén Darío.

Rosarlin Hernández
cartas@elfaro.net
Publicada el 20 de noviembre - El Faro

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Alexia Miranda hurga todos los canastos coloridos que encuentra sobre la calle Rubén Darío, en el centro de San Salvador. Compra una pandereta amarilla y la amarra a lo que una vez fue un coche de bebé y ahora es una carretilla de compras. La pandereta le cuesta ocho dólares. Aún tiene que gastar $92.

Camina con paso lento como si en ese remedo de calle Rubén Darío que han dejado los vendedores aún queda espacio para alguien más. Se detiene ante la insistencia de un niño que ofrece pulseras de madera decoradas con imágenes católicas. “¿En cuánto me las vas a dar?, mira que llevo tres”, dice Alexia al pequeño comerciante. “En 50 centavos de dólar cada una”, responde Elías. Antes de ponerse una, la artista la observa y dice: “Esta pulsera tiene toda la dinastía católica, si la llevo puesta y me pasa algo malo es porque ya nada me puede salvar”. Se lleva las tres.  

La sigue de cerca un camarógrafo que registra su día de compras, que es, en realidad, una intervención artística.  Alexia tiene hoy en mente una instalación distinta. Al final del día debe instalar un tendedero con antigüedades, que obtendrá mediante un trueque por los objetos que va comprando por la mañana.

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Es su aporte a la Ruta 06, una intervención de seis artistas salvadoreños que han programado tomarse el centro de San Salvador para provocar, para expresar, para involucrar su arte con la vida propia de la ciudad.

Entre una compra y otra, las vendedoras intercambian especulaciones: “Seguro andan haciendo algún comercial del Ministerio de Turismo”; “No, ella debe de vivir en Estados Unidos y quiere llevar el vídeo de la experiencia de comprar en el centro a sus familiares que viven allá”. Alguien se anima, y le pregunta: “¿Usted de qué país es?” –“De Chalatenango”.

Las vendedoras se toman el tiempo para explicar el funcionamiento de un radio minúsculo con apariencia de grabadora, un llavero de Bart Simpson con rayo láser o un censor luminoso que anuncia la entrada de llamadas al celular.
 
“Estas uñas postizas no se las pegue con esa pega que trae adentro, póngaselas con pega loca para que le duren”, recomienda una vendedora. “¿Cuánto tiempo me van a durar?”, pregunta Alexia. “Si no hace nada, cinco días; si hace oficio, tres”.

“Parte de la magia de comprar aquí es que en el probar cómo funcionan los objetos se establece una relación directa, ese trato humano que un supermercado no existe. En el centro histórico se puede negociar, te enamoran, te convencen, te modelan lo que te ha gustado, te dejan que probés, te consiguen lo que andés buscando”, dice Alexia.

Las ventas informales han cubierto la acera original de los peatones y la fachada de los comercios formales. Allí la luz es escasa, unas lámparas de neón destacan el nombre de la tienda  “Ciento ocho S.A de C.V.”  Alexia acelera el paso, su carretilla choca con las piernas de las personas que van en sentido contrario, un bote con mangos verdes le hace agua la boca pero no se detiene. Cuando logra llegar descubre un paraíso. Un local lleno de objetos made in China.

Lo más estridente es un fonógrafo dorado de plástico. “Este es el objeto” dice Alexia. Es un fonógrafo horrible, cuya maquinaria es movida por dos soldaditos romanos de plástico que provocan el incesante chillido artificial de una música oriental. Alexia está encantada. El encuentro con “El Objeto” lo rompe la dueña de la tienda, una taiwanesa malhumorada que saca al camarógrafo y la foto periodista,  que recién se habían integrado al recorrido.  “Fuera, fuera, no grabar, no grabar” repite una y otra vez.

Al cabo de dos horas, los cien dólares destinados para comprar en la calle Rubén Darío han permitido llenar la carretilla de objetos coloridos, luminosos y descartables. En el camino hacia el cine Libertad, Alexia se encuentra con Yupi, un  payaso con cara de gato que no resiste la curiosidad y le pregunta ¿Qué hace con todo eso? Ella se detiene y le responde “de estos objetos ¿cuál escogerías?” El payaso no lo piensa mucho y saca de la carretilla una pirámide color fucsia.  

“De esta calle se sale con la idea de que se ha hecho una gran compra porque hay chance de negociar y siempre regreso con lo que busco. El centro es el único lugar donde todos somos tratados iguales, donde se puede practicar ciudadanía porque los prejuicios sociales son invisibles. Aquí se tiene la oportunidad de inventar una historia personal, podes ser cualquier gente y a nadie le importa, nadie está en condiciones de cuestionar tus versiones de la vida, pareciera que el juego es inventar e inventarse” dice la artista, mientras deja atrás la colorida calle Rubén Darío.  

“Aquí todo es posible”

En la plaza Libertad, los portales observan silenciosos las edificaciones grises de los alrededores. La iglesia El Rosario y el cine Libertad acaparan la atención. Al pie del monumento de la plaza, Alexia saca todos los objetos comprados y los distribuye entre los escalones en forma de ofrenda. Ha iniciado la segunda etapa de su misión.

Un hombre la observa y en la primera oportunidad se acerca para conversar. ¿Qué hace? Pregunta. “Quiero dar significado a estos objetos hechos en serie”, responde Alexia. ¿Y usted qué hace? “Hace poco me deportaron de Estados Unidos y le quiero enseñar la maleta de los sueños. Allí vive Coquito, el payaso con el que me gano la vida, esta es mi peluca, mis zapatos gigantes y mi sobrero azul. Le regalo mi sobrero azul” le dice el hombre, que se llama Oscar. “No porque es parte del vestuario de Coquito, mejor yo le regalo esta flor porque usted es payaso y un payaso sin flor no está completo”.

Alexia llega a la acera del cine donde están los vendedores de cosas usadas. ¿Cambia? pregunta. “Aquí todo es posible”, responde César, un vendedor de cosas usadas. En el piso hay botes de perfumes vacíos, un teléfono celeste de los años 70, unos zapatos azules doblados por el uso, una plancha gris, un estante con ropa descolorida y un camello de cuero.

 “Quiero eso que anda en la mano” le dice Oscar. “Yo quiero una historia de este cine” responde Alexia con el fonógrafo en la mano. “Tome asiento, se la vamos a contar”. Ella sonríe y permanece de pie. “He venido para cambiar  cosas nuevas por cosas viejas” dice. Los vendedores cruzan miradas minutos después un círculo de personas rodea a la artista. “¿Qué cosas quiere?”

César se adelanta con su historia. Nadie le va a ganar el fonógrafo chino. “Aquí se presentó personalmente Pedro Infante. En un tiempo este cine fue el number one, la mayor parte de la gente de los alrededores de San Salvador venían a ver los estrenos, las mejores películas de Cantinflas, Javier Solís, Sara Montiel, Lucha Villa”.

¿Y qué le pasó al cine? preguntó Alexia. “Las cosas se modernizaron, ahora muchas personas tienen el cine en su casa y los cines como el Libertad dejaron de ser rentables”. Los demás vendedores escuchan en silencio. César se ha ganado el fonógrafo.

Los demás vendedores observan los objetos que aún están en la carretilla. “Resérveme la gallina ponedora de huevos, voy a ir a buscar algo” dice una señora. “Yo le doy este mundo por el joyero”; “yo quiero esa lámpara con una flor adentro y le doy estos zapatos azules”; “este teléfono se lo cambio por ese juguete para llevárselo a mi sobrinita que cumple años”.

Entre trueque y trueque, Alexia pregunta a Juan: ¿Qué quiere por el camello? El vendedor se había enamorado del fonógrafo, pero ese ya tiene dueño. La ropa usada y los zapatos viejos llenan la carretilla de Alexia. La gente se quita lo que anda puesto para hacer trueque “yo le doy mi delantal por cualquiera de las cosas que tiene allí” dice una señora. “Trato hecho”, dice Alexia.  “Y nunca deshecho”.

El dueño del camello, ve pasar las cosas nuevas con cara de niño desilusionado, hasta que Alexia, ya desesperada por el camello, le propone un buen trueque: “le doy este reloj de pared con la imagen de la virgen María y un cojín con la estampa de Mickey Mouse”. Trato hecho.

En la carretilla ya quedan pocas cosas nuevas, Alexia exige, para continuar el trueque, un disco de acetato. Omar, uno de los vendedores más animados con la experiencia, sale corriendo, para regresar minutos después gritando por la acera del cine, “aquí está, vaya, vaya aquí está el disco que usted quería”. A cambio recibe un censor luminoso que anuncia la entrada de llamadas al celular y una bolsa navideña para regalo. “Yo le doy a mi suegra”,  grita un transeúnte.

 “Entre nudos, calaches y otras cosas”

Con todas las cosas usadas en la carretilla, Alexia se dirige a la plaza Libertad para realizar la última parte de su intervención, el tendedero. Después de conseguir el disco de acetato, Omar y varios vendedores más se integran de lleno a la actividad. Nadie pregunta qué está haciendo la artista.  Todos se involucran. Alexia amarra con fuerza cada objeto, ante la mirada perpleja de más de un transeúnte. Cada nudo, dice Alexia, significa el pasado, cada objeto usado está atado a una memoria histórica.

Alexia ha completado su instalación. Un tendedero del que cuelga un teléfono, una plancha, unos zapatos, el delantal, camisas, un sombrero y el disco de acetato. Todo menos el camello, que Alexia ha decidido guardar para sí. Omar corre con otros colaboradores para colgarlo de un extremo a otro en la esquina del cine Libertad. Los buses se pasan llevando el teléfono celeste y la plancha, y Omar decide que hay que elevarlo un poco. Un agente del CAM se para a ver el tendedero y dice “seguro ella quiere representar cómo vivimos en nuestro país y cómo vivimos los pobres porque así tendemos la ropa”.

Al siguiente día, el embajador de España llega al centro histórico para dar por inaugurada la Ruta 06. En el edificio de la Biblioteca Nacional, Alexia recibe una llamada a su celular. Mayra Barraza, que está en la plaza Libertad liberando globos,  le da la mala noticia: su tendedero ha desaparecido.

Alexia llega al lugar rodeada de periodistas y cámaras de televisión, no sabe cómo explicar toda la experiencia del día anterior. Los periodistas preguntan sobre la instalación que ha desaparecido, y ella busca las palabras, hasta que una de las vendedoras dice: “Ella vino a cambiar las cosas nuevas por viejas porque lo viejo tiene más valor ¿verdad?”, Alexia sonríe y el periodista calla a la señora porque sólo le interesa la opinión de la artista.

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