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EL AGORA

Toño Salazar y Henri Cartier-Bresson, los mirones del amor


Dos mujeres haciendo el amor, en vibrante y perfecta armonía. La erótica secuencia fue fotografiada hace 71 años por Henri Cartier-Bresson, en México, y ahora cuelga de una pared del Museo de Arte, en San Salvador. “La araña del amor”, bautizada así por un literato francés, tiene un cuarto actor, escondido tras las bambalinas de la historia: el caricaturista salvadoreño Toño Salazar.

Carmen Molina Tamacas
cartas@elfaro.net

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“Tuve mucha suerte. Me bastó con empujar la puerta. Dos lesbianas estaban haciendo el amor. Era tan voluptuoso, tan sensual... No se les veía la cara. Era milagroso, el amor físico en toda su plenitud. Tonio (Salazar) cogió una lámpara, yo hice varias fotos. No había nada obsceno en ello. Nunca hubiera podido hacer que posaran. Cuestión de pudor”.

Henri Cartier-Bresson, el famoso fotógrafo francés, permitió a mediados de la década pasada, como nunca antes, que alguien hurgara en el cajón de sus recuerdos y memorias. En esa irrupción permitida, su biógrafo, el periodista marroquí Pierre Assouline, sucumbió también ante “la vida, el movimiento, el erotismo y la emoción que transmite” esta imagen, captada hace 71 años en México.

La perfecta composición, dice Assouline, formaría parte del panteón de íconos de Cartier-Bresson y fue una de las preferidas del maestro de la narrativa corta francesa, André Pierre de Mandiargues, que le impuso el título de “La araña del amor”.

Como el negativo de la foto fue cortado de la película original, como hacía Cartier-Bresson con todas las tiras de esa época, es prácticamente imposible reconstruir la erótica secuencia; “sin embargo, 65 años después, con motivo de una exposición dedicada al galerista Julien Lévy en Nueva York, se descubrirá una copia desconocida de esta serie: la misma pareja de mujeres, a las cuales se les ha unido un hombre, Tonio...”, añade Assouline.

“La araña del amor” es una de las 44 fotos que cuelgan desde la semana pasada en las paredes del Museo de Arte de El Salvador (Marte) en su actual exhibición “Cuadernos mexicanos 1934-1964”, aunque no está identificada como tal. Esta es una muestra de cómo Cartier-Bresson fue “poseído por lo foráneo” en el México que le hará encontrar su camino. “Tonio”, como lo evoca Assouline, es el más cosmopolita de los artistas que ha parido El Salvador: el caricaturista Antonio (Toño) Salazar.

Esta serie de fotos de Cartier-Bresson fueron publicadas en los “Cuadernos...” acompañadas por provocativos textos de Carlos Fuentes. La crítica internacional los reconoce como una recopilación única de un país y su gente, que incluye algunas de las más famosas y poderosas imágenes fotográficas del siglo XX (ver nota aparte).

Las claves de 1934
El año 1934 es clave en las vidas de Cartier-Bresson y de Salazar, amigos de una década anterior, cuando coincidieron en el suburbio artístico parisino de Montparnasse; ambos se embarcaron en una expedición geográfica francesa organizada por el museo de etnografía del Trocadero para informar de la construcción de la gran carretera Panamericana.

Para Cartier-Bresson, quien estaba por cumplir los 26 años, era el primer viaje a América Latina. Para el segundo, de 37 años, su itinerario de vida ya incluía la ciudad de México y París, donde se hizo de un privilegiado lugar en la bohemia, compartiendo y caricaturizando a reconocidos personajes del arte europeo. Él llamaba “disparates” a sus creaciones.

El catálogo de Toño Salazar, investigado por Miguel Huezo Mixco y publicado por el Marte, reseña que el proyecto fue conocido como la Expedición México-Buenos Aires y estaba programado para dos años. Comenzaría en México, donde se recibiría el dinero ofrecido por el gobierno, y culminaría en Tierra del Fuego.

La nómina de aventureros incluía, además de Salazar y Cartier-Bresson, al arquitecto Federico Álvarez de Toledo, el camarógrafo Bernard de Colmont y a los periodistas Julio Brandan y Gerardo Tacvor. El compositor Tata Nacho y el escritor Alejo Carpentier se les unirían más tarde.

La foto oficial del grupo fue publicada en la primera plana del periódico cubano El País-Excélsior, en La Habana, el 5 de julio de 1934, cuando el grupo hizo una escala previa al siguiente destino: Veracruz, México.

La burocracia empantanó el subsidio. Salazar quiso rehacer los contactos que dejó 14 años atrás, pero no pudo. El genio de caricatura, casado ya con Carmela Gallardo, tenía deudas y un hogar que mantener, por lo que no pensó dos veces la oferta del periódico argentino La Razón y partió poco tiempo después a Buenos Aires. Permaneció en Sudamérica hasta que fue expulsado de Uruguay, en 1945.

El joven Cartier-Bresson se quedó en México, al que describiría a su amigo antes que biógrafo, 60 años después, como “el país en el que ha sido más dichoso y que quedará ligado al recuerdo de una época muy gozosa de su vida”. Fue en México donde “el ojo del siglo” encontró su camino: “no será reportero, ni grande ni pequeño, sino peregrino a la manera de un hombre de bien del siglo XVIII pasado por la técnica del XX. Aventurero en fin; no en la acepción exótica la palabra, sino en el sentido de aventura interior y personal, la que le permita vivir en perfecta armonía con sus exigencias artísticas, por insensatas que puedan ser”.

París: los disparates y el pintor
Toño Salazar nació en 1897. Ciento ocho años después, Huezo Mixco reconstruyó el ambiente artístico excepcional en el que el caricaturista se desenvolvió en los años 20, cuando convivió con los “monstruos sagrados” de las artes y las letras de Europa. Tenía apenas 15 años cuando sus amigos le organizaron una colecta y lo ayudaron a salir de aquí. Y se fue. A México. Los pocos días allí sólo le sirvieron para embarcarse a París. Y buscó a los “monstruos”. Y los halló. En el célebre bulevar de Montparnasse.

“El influjo seductor de las viejas escuelas y los estudios y talleres que atraía a artistas de todo el mundo continuó hasta la primera década del siglo XX. Cuando Salazar llegó, en el bulevar estaba en plena marcha una revolución artística. Había una verdadera marea de extravagantes. Luis Buñuel decía que en esos años Montparnasse era rondado por no menos de 45 mil pintores”, destaca Huezo Mixco.

En esa época, añade, Toño Salazar publicaba en Comedia, el primer diario de la vida artística parisiense; frecuenta bares donde personajes como el poeta, novelista, dramaturgo y cineasta Jean Cocteau hacía de profeta y cafés como el Cyrano, donde conoce al fundador del movimiento surrealista, André Breton.

También acude a las tertulias de los intelectuales latinoamericanos, en las que participa la poeta chilena Gabriela Mistral, el escritor mexicano Alfonso Reyes y el peruano Ventura García Calderón. Sus amigos, especialmente Reyes, quien se desempeñaba como diplomático, intercedieron y le ayudaron económicamente.

Y cuando la fiesta terminaba, afirma Huezo Mixco, “Toño volvía a su modesta habitación en el quinto piso del Hotel de Bloise, en la rue Vavin”. Es muy probable, sostiene, que allí tuviera lugar la famosa sesión de fotos que le tomó Henri Cartier-Bresson. Una foto de Cartier-Bresson ilustró la portada de “Caricaturas verbales”, fruto de las conversaciones del artista con Luis Gallegos Valdés.

Salazar, con una colorida bata, fue captado en plena acción con la plumilla, de frente a una mesa con lápices, papeles. De fondo, camisa y chaleco vestidos por un maniquí invisible que espía sus trazos.

Huezo Mixco aclara que la fecha de ese encuentro es incierta. En el reverso de una de las copias existentes en el archivo de Salazar está escrito “París-1925, rue Vavin”; pero Romeo Martínez, en su “Henri Cartier-Bresson. Retrait: 1928-1982”, publica una fotografía de esa serie que aparece fechada en 1934.

Cartier-Bresson ya ha renunciado a la pintura, su primera faceta en la que sería alumno del maestro plástico André Lhote, en el corazón de Montparnasse. Allí contraería “el virus de la geometría”, dice Assouline, virus que consiste en “la creencia de que lo único que permite recobrar el orden del caos es la estructura que le ha sido dada al mundo”. Se había convertido en fotógrafo aquel día de 1932 cuando compró su cámara Leica en Marsella.

México: tequila y milagro de vida
Pierre Assouline no sólo biografió a Cartier-Bresson sino que se convirtió en su amigo. En el segundo capítulo de “El ojo del siglo”, que publicó en 2002 con Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, dos años antes de la muerte del fotógrafo, abunda en detalles acerca del México que le marcará de por vida.

Según sus confesiones, el francés disfrutó tomando fotos con una libertad total, “ya sea en las avenidas de México, en las callejuelas miserables de Juchitán, en los descampados de Puebla, en los rodeos de Oaxaca o hasta en el golfo de Tehuantepec, donde capta unas miradas y sonrisas que expresan una especie de alegría de vivir (...)”.

Vende algunas de esas imágenes a periódicos como Excélsior, otras son expuestas en el Palacio de Bellas Artes junto a las de otro joven fotógrafo, el mexicano Manuel Álvarez Bravo. Algunas de esas imágenes serían retomadas luego en los “Cuadernos mexicanos”, que mostrarán las barreras de exclusión social, mercados atestados de gente, rígidos y polvorientos paisajes, así como niños jugando en callejones. Una reseña del libro habla de un “panorama de la vida cotidiana captada con brutal honestidad atestiguada por este renombrado fotógrafo”.

Este peatón privilegiado pasea por el museo vivo que es la ciudad y admira el trabajo de los muralistas, ya sea en la Escuela Nacional Preparatoria, en el Ministerio de Educación o en el de Sanidad. Por ello, dice Assouline, Cartier-Bresson, que no ha dejado de ser pintor después de haber cambiado los pinceles por la cámara, no puede permanecer indiferente. “Ni al reflejo que dichos artistas ofrecen de la cultura, ni a la técnica que utilizan: Diego Rivera pinta al temple y con cera, y David Siqueiros emplea proxilina, técnica que produce impresionantes efectos de materia con un gran relieve”.

“Incluso lo imprevisto acude con regularidad a sus citas”, cuenta, cediendo la voz a la memoria del biografiado. Y narra cómo esa noche asiste a una singular recepción de un personaje importante de la sociedad, cuyo apartamento había decorado su amigo Toño Salazar:

“Corre a raudales el tequila. Sólo él, enfermo de disentería amibiana, se abstiene. Para escapar al aburrimiento, visita la casa en compañía del caricaturista y se pierden en el dédalo de las habitaciones. En el primer piso oyen un leve ruido y...”.

Para Cartier-Bresson, lo demás sería un “instante decisivo”: las anónimas amantes ni se inmutaron. Lo sucesivo, para Toño, sólo sería un nuevo “disparate”, que lo haría ocultarse tras las bambalinas de la historia.

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