San Salvador, 08 - 14 octubre de 2007
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Salarrué: la fe de crear


El mundo mágico de Salarrué va más allá de sus “Cuentos de Cipotes” o “Cuentos de Barro”. Su arte está más allá de la literatura, desenvainaba los pinceles y tañía cuerdas musicales. Su literatura no sólo se movió en el ámbito fantástico, también escribió artículos periodísticos y ensayísticos. Sus letras, su plástica, su música, todo en su vida, eran el reflejo de su concepción del arte y del mundo, de sí mismo, y que él vivió como una religión a través del arte.
Ruth Gregori
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Respecto a la obra literaria de Salvador Salazar Arrué hay un acuerdo sobre la co-existencia de varios Salarrué. Janet Gold, profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de New Hampshire y estudiosa de la obra de Salarrué, señala dos vertientes principales, una “regionalista” y otra “cosmpolita”: “La vertiente regionalista, que viene siendo Cuentos de Barro, Cuentos de Cipotes, donde él juega bastante con el lenguaje y éste es un elemento de primera importancia en sus textos; y luego la vertiente que algunos han llamado cosmopolita que son más bien cuentos más sofisticados que tratan de temas esotéricos, filosóficos, que los personajes son más urbanos que rurales”.

El escritor salvadoreño Ricardo Lindo, quien funge como curador de una futura exhibición de la obra pictórica de Salarrué, agrega otros: “Es el escritor humorístico de ‘Cuentos de Cipotes’ o de ‘Íngrimo’, es el escritor reflexivo de ‘Cuentos en la Penumbra’, es el escritor vernáculo, el más conocido, de ‘Cuentos de Barro’ y de ‘Trasmallo’, y es el escritor mágico y fantasioso de ‘O-Yarkandal’”.

Lindo considera que los otros Salarrué han sido injustamente opacados por el Salarrué al que se suele aludir como “costumbrista”, el de ‘Cuentos de Barro’ y ‘Cuentos de Cipotes’, entre otros.

Ricardo Roque Baldovinos, compilador de los tres tomos de la Narrativa Completa (publicado por la Dirección de Publicaciones e Impresos en 1999) del autor, señala que es inexacto calificar a Salarrué de costumbrista, un término asociado al conservadurismo: “No es el típico relato costumbrista, la visión realista, mimética, del lenguaje que describe la realidad. Salarrué cambia la relación entre la voz del narrador y la voz de los personajes, anulando la distancia entre el lenguaje culto y popular. En el relato costumbrista el narrador siempre se expresa en lengua culta para describir unos personajes que hablan en lengua popular, que son ignorantes y hablan mal”.

Y respecto a la dicotomía de concebir a Salarrué como “místico” o “costumbrista” Baldovinos pregunta en su ensayo “Salarrué, la religión del arte” (Istmo Editores, 2001): “¿Debe llevarnos esto a sostener la existencia de un Salarrué esquizofrénico?”. Baldovinos apunta que faltan trabajos que estudien la complementariedad de esas dimensiones: “En lugar de suponer a priori la existencia de un Salarrué costumbrista-realista-histórico y de un Salarrué esotérico-orientalista-fantástico, se debe intentar comprender la complementariedad de esas dimensiones… no es aventurado proponer que el interés por el pensamiento místico oriental y por la cultura popular tradicional responden a una misma inquietud. Ambos se derivan de un rechazo simultáneo al proceso de modernización de la sociedad salvadoreña”.

Lindo encuentra conexiones entre las obras literarias de Salarrué: “El escritor mágico y fantasioso de ‘O-Yarkandal’, también se relaciona con ‘Íngrimo’, se eslabonan en realidad. ‘Íngrimo’ tiene mucho del humor extraordinario de ‘Cuentos de Cipotes’ y tiene también la fantasía que desata en ‘O-Yarkandal’, y ‘La Sed de Slim Bader’ eslabona también su aspecto reflexivo y esotérico, él era teósofo, lo eslabona con su imaginación extraordinaria. O sea que sí se eslabonan los unos con los otros”.

Salarrué, al igual que otros artistas dentro y fuera del país, veían con preocupación cómo los avances de la modernidad, la industrialización y la maquinaria estatal estimulaban la inequidad social, depredaban la naturaleza y despojaban a las personas de su legado histórico. La Teosofía y otras creencias afines ganaron adeptos a mediados del siglo XX entre personas que buscaban realidades más allá de la que veían y palpaban. Diversas anécdotas dan cuenta de sus viajes astrales, y que murió creyendo que “su vida es sólo un momento en el camino de su alma”.

Euralas Sagatara fue le nombre que dio a su alter ego, su otro yo, tal y como explica él mismo en el prólogo a su libro de relatos fantásticos “O-Yarkandal”. Euralas de Salarrué al revés, y Sagatara, según especula Baldovinos puede venir de la palabra “Saga”, como abrevia “Sagatara” el mismo Salarrué en ‘O-Yarkandal’. Curiosamente, ‘Sagatara’ es la forma en que le llamaba Leonora Nichols (a quien llamó Blwny, la cariñosa contracción de “Vino azul”, Blue Wine), con quien tuvo un largo romance durante su estadía en Nueva York.

Salarrué ¿Pintor?

Salarrué se consideraba a sí mismo más un artista plástico que un literato. Ricardo Lindo, en su trabajo para documentar la exposición que el Museo de Arte (Marte) inaugurará en junio de 2006, señala que si bien hay en él una corriente “vernácula”, es fundamentalmente el Salarrué fantasioso el que se manifiesta en la obra plástica.

Los estudiosos de la obra salarrueriana anotan curiosos puntos de encuentro entre su literatura y pintura. “Hay un ‘lirismo’ en su prosa que se destaca bastante, descripciones de paisajes y de la naturaleza, pero descrita de una manera suntuosa, rica, es obvio que lo tropical en la naturaleza es importante para él”, dice Janet Gold, para quien dicha sensualidad descriptiva encuentra un parangón en las reiteración de “curvilíneas” en sus cuadros, en donde hay tanto movimiento que sus pinturas “parecen casi bailar”.

Ricardo Lindo señala que le pareció exagerada la apreciación de la historiadora de arte Astrid Bahamon de que Salarrué fuera el primer artista latinoamericano cuya abstracción no es influenciada por las corrientes europeas. Luego de revisar varios catálogos Lindo le ha dado la razón: “Lo que hace distinta su abstracción es que no son abstracciones, es que es la pintura de la realidad de otro mundo. Y la gran mayoría de su obra pictórica es en realidad un relato de ese mundo mítico que es el mismo de O-Yarkandal o Remotando el Uluán”.

Así, los relatos fantásticos y la vertiente fantástica en la pintura de Salarrué creó lenguajes, mitologías y mundos, cuyas letras e imágenes conectaban su arte y su vida.
“Para él, eso que nosotros llamamos ‘otro mundo’ no era tanto otro mundo sino parte de su mundo, algo que existía dentro de él”, indica Gold, es decir, no una especie de evasión de este mundo sino una continuidad.

“Él necesita crear algo porque está muy desencantado del mundo en que vive”, indica Ricardo Roque Baldovinos, quien considera además que su apuesta por la cultura nacional de ‘Cuentos de Barro’ reflejaba su fe en la capacidad del ser humano de crear un mundo literario, y de reinventar un país.

Como el académico resume en su ensayo “La religión del arte”: “Para él el arte era una religión, en el sentido más radical del término: el de religarse, el de rehacer el vínculo con el mundo. Y la religión del arte es para Salarrué es una manera de restituir la herida abierta al hombre por la sociedad moderna. Salarrué encuentra que la vida sencilla de la sociedad campesina y el inagotable caudal de asombro de la infancia son formas más plenas de sentido que el progreso y la abundancia material, los ídolos de la intelectualidad y los sectores sociales aventajados de su tiempo”.

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