San Salvador, 22 - 28 de octubre de 2007
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Leonora y Salarrué: amantes peregrinos


El escritor Miguel Huezo Mixco presentó el libro “Sagatara mío”, de la investigadora literaria Janet Gold, el sábado anterior en el Museo de la Palabra y la Imagen. En su retrospectiva, viaja de la mágica mañana del primer encuentro con Salarrué, hasta una nueva e inexplorada faceta soterrada en amarillenta correspondencia: “un hombre tremendamente vulnerable, capaz de verse arrastrado no sólo por la pasión o el amor, sino por otras menos decorosas, como la ira o los celos”.
Miguel Huezo Mixco
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Salarrué es una de las personas que más he admirado. Su presencia influyó fuertemente en el rumbo que tomó mi vida. No fui su amigo, sino sólo un admirador fervoroso que por diversas circunstancias tuvo el privilegio de llegar a su círculo y de conocerlo. La última vez que lo vi, en su casa, en Villa Montserrat, estaba muy viejo y enfermo. Pocos meses después de aquella visita, Salarrué murió. Yo era muy joven. Creía saber demasiado. Y Salarrué me había mostrado que había un tipo de personas radicalmente diferentes a las que yo había conocido en el mundo de la literatura. No era sólo una persona de apariencia bondadosa, sino que también tenía un carisma especial.
Esto pude sentirlo desde la primera vez que estreché su mano, grande y afable. Era un hombre de una extraordinaria sencillez que traslucía serenidad y sabiduría. Mi temperamento, en general irónico y mordaz, no me evitó reconocer en Salarrué a un maestro. ¿Cómo llegué hasta él? Por el azar. En el colegio me había tocado hacer un pequeño ensayo sobre su obra. Mi padre tenía casi todos sus libros. Lo admiraba. Y en ese momento de mi vida yo me sentía obligado a despreciar un poco a los ídolos de mis mayores. Gracias a un vecino suyo, un novicio del seminario franciscano, tuve el privilegio de que Salarrué bajara de Los Planes al antiguo edificio de la Biblioteca Nacional, frente al mercado ex-cuartel, para darnos una entrevista a mí y a otro compañero del colegio. Cuando cruzó la entrada, me le acerqué para identificarme. Algunas personas que estaban allí lo trataban con verdadera reverencia. No sabía, nunca supe, cómo llamarlo. Lo normal para un cipote de 16 años era decirle “don Salarrué”, pero me escuché como un estúpido llamándolo así.
Hablamos por más de una hora. Quedé fascinado con su personalidad. Hice mi ensayo sobre su libro “Conjeturas en la penumbra”, donde expone los fundamentos de su pensamiento teosófico. Reconozco que escogí este texto en parte por mortificar a los curas del colegio ya que, entre otras cosas, hay un capítulo en el que Salarrué lanza diatribas contra los santos y los ritos católicos. Lo más importante para mí es que después de conocerlo me cautivó la idea de ser escritor. No fue una decisión fácil en una familia, como la mía, en donde ya un tío, el poeta José Calixto Mixco, hermano mayor de mi madre, se había matado por causa de un mal de amores. ¿Otro poeta en casa? Ni pensarlo. Salarrué encarnaba, sin embargo, todo lo que un poeta podía esperar: pobreza, soledad y, con mucho trabajo, sabiduría. Mirarse en su espejo es, y será, todo un desafío. En homenaje a Salarrué y como un humilde tributo a su obra, mi primer poemario comenzaba con un epígrafe de “Remotando el Uluán”, una poco conocida narración fantástica de Salarrué que, dicho sea de paso, me animó a emprender con mis amigos algunos inolvidables viajes sicodélicos, oyendo música de Alan Parson.
No volví a verlo sino hasta algunos años después, cuando yo era un aprendiz de editor en la Dirección de Publicaciones. El director, cuyo nombre no quiero recordar, lo tenía por un viejo loco. Una vez el maestro llegó a pedirle audiencia y este director, enfadado, me pidió que lo atendiera. Lo recibí en mi mesita ubicada a un lado de la sala de máquinas. Me volví a presentar con él. De seguro no iba a recordarse de aquel estudiante de bachillerato que lo entrevistó alguna vez. Salarrué quería que se hiciera una nueva edición de “Cuentos de barro” pues el libro estaba agotado. Desde luego, hice las gestiones. El caso es que, a causa del libro, comencé a viajar a Los Planes con cierta regularidad para hablar con él. Primero por su libro, y luego por el simple gusto de verlo y escucharlo. Así, volvemos al principio de esta historia.

Sin romper el silencio
Salarrué está en su cama. Esa mañana, después de intercambiar unas palabras, nos quedamos en el más absoluto silencio. Salarrué es la única persona con la que he tenido la experiencia placentera de no sentirme obligado a romper el silencio, o iniciar una conversación. Fueron dos o tres horas, durante las cuales apenas intercambiábamos miradas. Cuando se hizo tarde, me puse de pie y nos despedimos. Poco después, su estado de salud se agravó y murió. A medida que fui conociendo su obra y su vida, Salarrué fue adquiriendo una presencia permanente en la mía. Soy un “salarruano”, desde siempre. Me considero un miembro pleno de esta singular MS: la mara Salarrué.
Ahora, leyendo este libro insólito y maravilloso, “Sagatara mío”, publicado por el Museo de la Palabra y la Imagen, he vuelto a sentir la presencia de Salarrué como pocas veces en los últimos años. Ya he dicho que Salarrué siempre ha estado presente en mi vida. He hablado de él todo el tiempo, a mis hijos, a mis amigos, a mis amores. Pero este libro me ha mostrado una faceta desconocida de su vida: la de un hombre tremendamente vulnerable, capaz de verse arrastrado no dijéramos sólo por la pasión o el amor, sino por otras menos decorosas, como la ira o los celos. Lo he visto en medio del torbellino de la confusión. He recordado las pocas palabras que me dijo la última vez que lo miré en este mundo. Sus ojos azules estaban apagados, eran casi grises. Me dijo que estaba cansado. Que la muerte de Zelié, su esposa, ocurrida meses atrás, lo había dejado muy solo, y que simplemente quería “irse”. Lo dijo con una franqueza estremecedora. Salarrué miró un instante el cuadro de su mujer que tenía colgado en la pared y volvió a guardar silencio.
Para entonces, los lazos del amor y la pasión por Leonora Nichols, el otro gran personaje del libro que ahora comento, estaban muy distendidos. Sólo leyendo entre líneas, más allá de las hermosas palabras que los dos amantes se dedicaron, pueden entreverse aquellos asuntos terribles que acompañan a los triángulos amorosos. Las frustraciones. Los dolores. La incertidumbre. Y Salarrué, con todo y que poseía una personalidad extraordinaria, era, después de todo, un hombre de su siglo y de su tiempo. Más que los amigos, a los hombres son las mujeres quienes mejor nos conocen. El testimonio de Leonora nos está mostrando, como he dicho, a un Salarrué que no conocimos y del que nunca se ha hablado. En los últimos diez o quince años, fuera de las insolencias que Alvaro Menen Desleal, siempre irreverente, le dedicó llamándolo, entre otras cosas, “viejo analfabeta”, ha habido una fuerte tendencia a la mistificación de Salarrué. Entre esos matorrales pocas veces podemos mirar al hombre de carne y hueso, que siempre está oscurecido por el hombre de los viajes astrales, el anarquista esencial, el escritor, el artista prodigioso, el mago.
Janet Gold, la autora de esta compilación, nos ha vuelto más compleja y más rica nuestra percepción sobre su personalidad, y nos presenta a un Salarrué inesperado: tenso, arrogante y grosero... Porque este libro no es, contra lo que puede pensarse o decirse, solamente un libro de amor sino también de desamor. ¿Pero acaso no son el Amor y el Desamor las dos caras de una misma moneda? Ninguno de esos componentes se encuentra en estado puro, sino sólo en aleaciones ferruginosas, ácidas, amoniacales. Como podemos verlo en el libro, aquellos dos “místicos ardientes” en busca de la gracia, como gustaban definirse, vivieron circunstancias complicadísimas que la misma Leonora se encarga de informárnoslo en sus cartas.
Como lo dice a cada tramo Leonora, en ese amor, en esa pasión, en esa búsqueda anhelante de la felicidad, hay cuatro personajes: Blwny y Sagatara, por una parte. Y Salarrué y Leonora, por otra. Los primeros viven la dicha de su encuentro, celebran la unidad en torno a la rosa mística. Los otros dos se hieren mutuamente, sufren, se amargan. En realidad, hay un quinto personaje, al que permanentemente se alude de manera velada o directa. Ella es Zelié, la esposa. Janet Gold optó por incluir en el libro una sola de sus cartas. Sin embargo, en esa misiva, Zelié, enterada del amor, o de la infidelidad, según se le vea, de su marido se revela como una mujer de una increíble inteligencia emocional y una enorme fortaleza espiritual.
Veamos detalles de la historia. Salarrué llega a Nueva York en 1946 con el nombramiento de agregado cultural. Pese a que unos doce años atrás había asegurado no tener patria –lo dice en su “Carta a los patriotas”, un texto que algunos han utilizado para hacer sorna de los compromisos del artista en sociedades como la nuestra--, pese a ello, Salarrué está convertido en un representante del gobierno de El Salvador. En realidad, está gozando de una especie de beca. No tiene grandes responsabilidades diplomáticas como tampoco un gran salario. Tiene 48 años. Está casado y tiene tres hijas, todas mayores de edad. Viene de toda una vida de limitaciones materiales. Nueva York se le ofrece como una ventana para desplegar su talento. En este momento es cuando se conocen con Leonora, una aristócrata, adinerada, bella, mística, y un poco menor que él. Se enamoran, nace el amor... ¿Amor, dije...?
Sí, amor. Amor con todas sus celadas. Amor que endulza y sangra. Pero apenas han pasado unos meses desde aquel encuentro fantástico y los problemas comienzan a aparecer. En su carta del 9 de enero de 1947, Leonora escribe: “me siento triste y con el ánimo por los suelos, como si los dioses, después de todo, nos hubieran engañado...”. Lo que escribe a continuación es el primero de una larga serie de reproches a la actitud ambigua de Salarrué: “¡Dónde, oh, dónde está nuestro camino juntos Sagatara! Por Dios encuéntralo pues está en tu poder hacerlo, por mi parte estoy lista y en plena libertad para posar sobre tu mano la mía e irme contigo...”. Una semana más tarde, Leonora es de nuevo presa de la congoja y el pesar, y le propone que acepten que su amor debe permanecer “únicamente dentro de los planes del espíritu y de la mente”. La carta del 2 de mayo nos revela un Salarrué (Salvador, le dice ella) que pelea con frecuencia y que la acusa de urdir cosas de las que ella se declara inocente. “Ese [Salvador] me lo echa todo a perder”, le dice.
Leonora está enamorada del otro yo de Salarrué, Sagatara, el personaje de su libro más fascinante: O-Yarkandal. Sagatara: hijo de reyes, de noble linaje, es un ser en el que brilla el fuego de lo divino. Ella sueña con venir a El Salvador y vivir a su lado, y construir juntos una cabaña en lo alto, y fundar un Centro de Arte. Esos momentos de ilusión, sin embargo, se ven repetidamente interrumpidos por la incertidumbre de Salarrué. Este, incapaz de darle la espalda a su familia, tampoco parece dispuesto a deshacerse de su amante. A finales de ese mismo año, en noviembre, la paciencia de Leonora parece haber llegado al límite: “Tú estas buscando condicionar mi vida con tu vigor personal, mismo que es propiedad de un hombre pletórico de celos y temeroso de disparates inexistentes”, le reprocha. Desafortunadamente, las cartas de Salarrué parecen estar perdidas. En esas cartas, probablemente, hubiéramos encontrado los argumentos que la poesía no era capaz de darle a esa mujer dispuesta a entregar su vida por ese amor y ese hombre.
Tras las ráfagas de dolor, vienen las ilusiones. “Las brumas se han esfumado y la fuente de cristal fluye libre y abundante otra vez”, le escribe, en las vísperas del fin del año. “Creo en la fortaleza espiritual y en el poder de Sagatara, y conservo la certeza de que no puede fallarme”, escribe.
En junio del año siguiente, se produce un hecho trascendental. Salarrué realiza una exposición de sus obras en una galería de Nueva York. Detrás de aquel triunfo se esconden también el dolor y la miseria. Eventos que no conocemos en detalle, hacen que aquella exposición se convierta en un verdadero calvario. Algún comentario en público de Leonora, quizás, hirió al orgulloso “maestro”. Ella escribe: “Mi amor, no cruzó por mi mente la idea de “disminuir” el arte de Sagatara... Lo único que hice fue expresar lo que consideré una crítica constructiva”. Nunca sabremos qué dijo, pero parece que la respuesta fue tremenda. “Desperté tu ira, me lastimaste, y quedé exhausta por tus acusaciones”, le dice. “¡Salarrué fue el que me atacó como con una varilla de hierro!”, se queja Leonora.
Parece que este tipo de arranques fueron frecuentes. Las quejas de Leonora sobre las actitudes irascibles y los celos de Salarrué, aparentemente injustificados, se encuentran a lo largo de esta correspondencia. Pero esto no es todo. En julio de 1949, esta pareja pasa por uno de sus momentos más difíciles. Leonora está dispuesta a casarse con Salarrué, pero para ello es absolutamente necesario que este ponga fin a su matrimonio con Zelié Lardé. Así, nos encontramos a Leonora en Taxco, México, pidiéndole que venga para realizar allí sus trámites de divorcio. “Tú serías legalmente libre en cuestión de semanas por la suma de aproximadamente 12 dólares”, le dice. Pero los días pasan y Salarrué, pese a haberle ofrecido que iba a poner en marcha el proyecto de la separación, se sumerge en la indecisión. “Yo sentía que tú estabas bien ‘dirigido’ y que el camino estaba libre, sin embargo ahora tiemblo, pues veo que la estructura de nuestro Gran Sueño de Amor gravita de nuevo”, le escribe un mes después. Así pasa el tiempo. Se les hace tarde, como alguna vez le escribió Leonora. Aquel amor se convierte en una bella ilusión apenas sostenida por los recuerdos.
¿Amor? Como dije, este libro no es sólo una historia de amor. Tampoco sólo de desamor. También es un libro que muestra la impotencia de dos seres extraordinarios puestos a prueba por el mundo, las circunstancias, los compromisos, todas esas cosas que nos hacen ser lo que terminamos siendo. Y su coraje. Sí, porque tuvieron el arrojo de soñar y de lanzarse desnudos en la fosa hirviente de la pasión, de la cual nunca se vuelve igual. Hace algunas semanas, un conocido poeta nuestro, hablando del amor entre dos personalidades de nuestras letras, Alberto Guerra Trigueros y Elisa Huezo Paredes, daba a entender que ellos no habían querido profanar su amistad llevándola hasta la cama. Exactamente, dice que lo de ellos fue: “Un amor intelectual sublimado, que estaba más allá de cualquier mancha degradante”.
Salarrué y Leonora estuvieron dispuestos a “mancharse” y dejar su estela ácida en la historia de nuestra cultura. Perdonen, pero no veo la manera de entender esta pasión como algo degradante. A la felicidad se llega intentándolo, cayendo, levantándose, cayendo y levantándose. Como dice una canción de Leonard Cohen: riendo unas veces y otras llorando. La búsqueda de lo excelso, lo divino, como queramos llamarlo, no excluye la pérdida ni la tragedia.
Ahora bien, este gesto profundamente terrenal, nada gaseoso, de estos dos amantes, no sólo nos habla de sexo. Intentemos vincularlo con la filosofía en la cual intentaron encontrar explicaciones y consuelo en esta vida. Sus fracasos nos enseñan algo que ya se viene cantando en los más antiguos libros de sabiduría: el viaje hacia el conocimiento o la iluminación es peligroso. El famoso poemario titulado “La conferencia de los pájaros”, un libro del siglo XII, del poeta persa Farid ud-Din Attar, cuenta la peregrinación de los pájaros del mundo que buscan al Simurg, el rey de todos, la encarnación de la Divinidad. La alegoría sirve para enseñar los temas fundamentales del sufismo: Que Dios es la última y fundamental realidad en la que se origina toda la creación. Que nuestras almas se encuentran atrapadas en nuestros cuerpos, y que nacemos de la semilla de lo divino y a lo divino regresaremos como todo lo creado. Los peregrinos deben cruzar siete valles: el amor, el entendimiento, la separación, la unidad, el asombro, la privación y la muerte. En su viaje buscando el palacio del Simurg, muchas de aquellas aves perecen. Algunos, unos pocos, tienen éxito.
Leonora y Salarrué hicieron su propia peregrinación. No conocí a Leonora. Pero de Salarrué, mi admirado Salarrué, puedo atreverme a decir que cuando lo conocí, pobre, solitario, enfermo y viejo, parecía estar tocando insistentemente a las puertas del palacio del Simurg. Quizás para entonces, pasados los siete valles, se había convertido en el auténtico Sagatara... Quizás.
Ahora lo veo en mi recuerdo y comprendo que, al final de las sumas y las restas de la vida, el Camino se hace a solas. Por unido que se esté a otra persona, siempre es así. Ellos soñaron con la dicha más excelsa en este y en los mundos del más allá. Aparte de algunas equívocas señales, no tengo noticias de esos otros mundos. Pero en lo que se refiere a este mundo creo que ese supremo anhelo, el de reencontrase alguna vez, parece haberse cumplido, por fin, en este pequeño libro azul donde después de aventuras, tropiezos, asombros, privaciones y hasta la muerte misma, los amantes han terminado su peregrinaje.

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