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San Salvador, 30 de junio - 6 de julio de 2003
 
 
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El amor a las palabras

Jorge Ávalos
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1

Cuando yo tenía trece años de edad, mi obsesión por escribir me llevó a desarrollar compulsiones maniáticas en un esfuerzo por parecer un escritor. A imitación de Proust, y para horror de mi madre, dejé de abrir las ventanas de mi cuarto y me encerraba toda la tarde para leer, escribir y dibujar. Las paredes de mi cuarto estaban decoradas con mis dibujos a tinta de los escritores que admiraba. No tenía escritorio; me arrodillaba sobre una pequeña alfombra y utilizaba mi cama como una mesa, una costumbre que conservo hasta este día.

Cuando leí que Balzac caminaba con un bastón decorado con piedras preciosas, me hice la idea de que también yo debía tener uno. A falta de dinero le compré un ridículo paraguas negro a un vendedor ambulante. No era un bastón decorado con piedras, pero tenía una esmeralda de fantasía que lo abría automáticamente cuando se oprimía.

¿Mi mayor esfuerzo literario de ese período? Mis memorias. Un gesto insignificante me liberó poco a poco de esas manías: el hermano de mi madre me dio una copia de la llave de mi casa. Era un voto de confianza en mi madurez. Su único consejo: que usara bien esa llave, que no abusara de mi nueva libertad para salir y venir de casa. Mis primeras excursiones fueron bastante tímidas: los jardines de la Basílica de Guadalupe, donde me sentaba a leer bajo la sombra de los árboles, el Teatro Presidente, donde se presentaba la Orquesta Sinfónica, y algunas tiendas de libros. Un día de tantos, intrigado por mi interés en la literatura, mi padre mencionó al escritor Hugo Lindo. “Es propietario de una librería”, me dijo, “si quieres visitarlo, yo mismo te puedo llevar”. Yo nunca había conocido a un verdadero escritor. Acepté de inmediato y mi padre me llevó a visitarlo esa misma tarde.

La librería Altamar era muy pequeña. Estaba instalada en el garaje de una casa localizada en los alrededores de la plaza El Salvador del Mundo. Los libros estaban alineados contra la pared. Al centro de la librería había un escritorio y allí, alto, delgado, con el pelo blanco, y con anteojos que daban a su mirada una terrible intensidad, se sentaba el doctor Hugo Lindo. Entré sin decir una palabra. Él apenas se percató de mi presencia; se concentraba en leer un libro.

Después de una hora de circular su escritorio mirándolo de reojo, el doctor Lindo asentó de golpe sobre su escritorio el libro que leía, enfocó sobre mí sus ojos proyectados por los lentes y dijo: “¿Ha venido a buscar libros o ha venido a mirarme a mí?”
“A buscar libros”, contesté.
“¿Y que está buscando?”
“No tengo mucho dinero”, confesé.
“¿Cuánto tiene?”
“Cinco colones.”
El doctor Lindo se puso de pie, caminó alrededor de la librera situada a espaldas de su escritorio y extrajo un libro de bolsillo con una cubierta tan simple que me pareció vulgar. Lo compré y me marché.

Esa noche leí, embriagado por las palabras, los rubái-yáts de Omar Khayam incluidos en esa edición. Apenas podía creer que un poema de cuatro líneas podía contener tanta verdad y pasión. Khayam escribió cientos de ellos. Ese libro iluminó mis primeros pasos en la escritura de la poesía. Abandoné todos mis esfuerzos por escribir mis torpes y mal nutridas versiones inspiradas en las palabras de otros escritores. Abandoné los motivos conscientes y comencé a escribir en función de la claridad, de la concisión y del descubrimiento personal. Dejé a un lado mis falsas pretensiones y algunas de mis manías (no todas, admito) y comencé a desarrollar un ímpetu nuevo por la escritura. Mi relación con los libros también cambió. El acto de leer dejó de ser un escape de la realidad y se convirtió en un pasaje constante y transformador hacia mi verdad. Dejé de buscar y comencé a encontrar.

2

Durante dos o tres años continué visitando al doctor Lindo en su librería. Mi relación con él nunca fue más allá de la recomendación y transacción de libros, pero esas recomendaciones me llevaron a explorar campos que de otra manera nunca habría explorado: la historia, la filosofía, el arte. La lectura de libros dejó de ser un canon inmutable y se convirtió para mí en un ramaje respirante de infinitas posibilidades.

Cierto día, explorando los libros viejos de mi padre, descubrí un volumen de poesía del guatemalteco Manuel José Arce y Valladares. Era el libro “Los Argonautas vuelven”, del que sólo recuerdo dos versos memorables:

Y entre un te quedas y te vas eterno, tu espíritu se afirma en vigilancia.

La página titular contenía una dedicación personal del autor al doctor Lindo, a quien llamaba “poeta suicida” y “auto-difunto”. Mi padre obtuvo el libro en Chile, en la embajada salvadoreña, años después de que el doctor Lindo había vivido en ese país cumpliendo funciones diplomáticas. Yo pensé que era correcto devolver ese libro a su verdadero dueño. Esa tarde visité al doctor Lindo en su librería y le entregué el libro sin decir una palabra. Él lo examinó con sorpresa, leyó la dedicación y, trémulo de emoción, me dijo: “Tome un libro, cualquier libro, no tiene que pagar”. Dejó su escritorio y desapareció por la puerta del fondo de la librería. Unos minutos después, a través de la misma puerta, apareció un joven de 32 años, barbado, delgado y muy blanco. Él sugirió que tomara el más reciente libro de Jorge Luis Borges, “El Libro de Arena”. Yo no sabía entonces quién era Ricardo Lindo, hijo del doctor Lindo y un autor con méritos propios, pero en el transcurso de ese año -1980- nos hicimos amigos.

Mi amistad con Ricardo no se desarrolló sólo porque él era escritor, sino a partir de mi descubrimiento de la clase de escritor que él era. Después de todo, a pesar de mis escasos 15 años, yo conocía a toda una generación de escritores jóvenes. En ese entonces yo era la viva sombra de Mario Noel Rodríguez. Con él visitaba librerías, “cafetines” y teatros. Con él navegué el mundo cultural de ese período y, gracias a él o con él, conocí a Roberto Franco, a Jaime Suárez Quemain, a Carlos Santos, a Roberto Salomón, a Álvaro Menén Desleal y muchos otros.

En una nota introductoria a mi poesía, publicada en la revista literaria de la Universidad Nacional, LetraViva, en 1987, Ricardo recordó una de mis más curiosas manías de 1980: mi tendencia a compensar mi juventud con la solemnidad verbal. “Jorge afirmaba”, escribió él, “que en el fondo tenía 2000 años. Sus amigos, en broma, querían celebrar su cumpleaños 2001”. No es fácil ser un poeta maldito a tan temprana edad sin incurrir en lo ridículo, sobre todo en un país cuya cultura no tolera pretensiones de ningún tipo. Ricardo, sin estar del todo conciente de ello, me ayudó a sobrepasar esa prueba de fuego.

Una noche, después de atender una obra de teatro, él y yo fuimos al Café Don Pedro a conversar. A solas, tuvimos la oportunidad de discutir sus obras y el proceso mismo de escribir. Yo abrí mi corazón en esa conversación tratando de desentrañar por qué escribía, por qué la poesía era tan importante para mí como el aire que respiraba. No lo sabía entonces, pero necesitaba un voto de confianza, una llave perdurable que me abriera una puerta a la libertad de escribir. Esa noche, Ricardo me obsequió el acceso a una llave mágica, una llave indestructible que aparece en mis manos cuando la necesito. “No importa”, me dijo, “por qué razón comenzamos a escribir, lo que importa es por qué nos quedamos a escribir. Yo escribo por amor a las palabras”.

3

De entre todos los escritores que conocí en ese difícil y extraño tiempo de caos histórico y terror cotidiano, me impresionó que Ricardo no estuviera, ni en lo más mínimo, preocupado de su reputación. No practicaba la arrogancia o la falsa modestia. No andaba a la caza de premios. No predicaba posturas estéticas o discriminaba sobre la base de credenciales políticas. Tampoco se entregaba a los debates intelectuales con la misma pasión con que se entregaba a compartir hallazgos. En lugar de demarcar un territorio intelectual, él se dedicó a enriquecer el reino literario de todos, compartiendo sus conocimientos, sus libros y promoviendo la obra de los demás.

Cuando me marché de El Salvador en Julio de 1984, recién cumplidos los veinte años, dejé en sus manos unos cuantos poemas escritos entre mis 16 y 19 años. A él nunca le importó mi edad; eso nunca fue para él un factor de peso al evaluar mi poesía. Pero pronto descubrió que no sería fácil publicar mi poesía por ese motivo. De hecho, durante una de esas reuniones en el pequeño “palomar” donde vivía, y en la que estaba presente José Roberto Cea, el “Pichón”, Ricardo afirmó que mi poesía y la de Carlos Santos representaba lo mejor que se escribía en El Salvador en ese tiempo. Esto sucedió en enero de 1984. Yo tenía 19 años. Esa tarde yo leí un poema que comienza con los versos: “Fui sujeto a la soledad como un loco, / en un sitio de varias, simultáneas paredes blancas”.

Mientras Ricardo celebró el poema por su estructura y sus imágenes, el Pichón lo criticó negativamente por las mismas razones. Por tres años, Ricardo trató de publicar el poema sin suerte hasta que en 1987, apareció en la revista de la Universidad Nacional LetraViva, en una nueva sección llamada “De jilote”, en donde se publicaría, en palabras del Pichón, “la poesía de poetas en formación, como el maíz cuando está en jilote”. La manera condicional en que mi poema fue publicado provocó una reacción de ira de Ricardo, quien me escribió una carta criticando el ambiente de “gazmoñería” de El Salvador, y disculpándose por lo sucedido. Pero desde entonces él nunca dejó de abrir espacios para mi poesía: en Taller de Letras, en Ars y en otras publicaciones.

A finales de 1988, llegó a manos de Ricardo un poema mío en el que yo incluía una consigna anti imperialista. Me escribió de inmediato una fuerte carta reprochándome. “Este no es el tiempo de los cantos épicos”, escribió. “Espera y verás”. La carta estaba acompañada de las pruebas de galera del último libro de Jaime Suárez Quemain, el poeta y periodista asesinado en mayo de 1980. Una frase de Ricardo consignaba el manuscrito: “Víctima de la guerra”. No respondí a su carta. No sabía qué decirle. En enero de 1989, recibí otra carta suya acompañada por una acuarela. Era un texto memorable por su brevedad: “Espero que te hayan llegado los papeles que te mandé, y que no hayas tomado a mal recriminaciones que te hice, realmente, con cariño”.

La noche que leí esas palabras tuve un extraño sueño: soñé que una pareja me visitaba durante la noche, mientras dormía. Ambos tenían cabeza y alas de pájaro. El sueño tenía el color de la sangre coagulada. Un par de años después descubrí esa imagen en un libro: era una pintura del español José Gutiérrez Solana. Recordé entonces el sueño y recordé la última conversación que tuve con Ricardo antes de partir en 1984, en la que discutimos al olvidado y maravilloso artista, quien una vez declaró: “Si yo no fuera pintor, sería un famoso criminal”.

Ricardo me había comunicado lo que sólo él pudo haberme dicho en ese tiempo de terrible incertidumbre: “Nosotros los artistas debemos hacer lo que hacemos porque somos quienes somos. Es un papel que no hemos elegido. Por razones y circunstancias que no comprendemos del todo, estamos aquí. Estamos solos en nuestra vocación, pero es una vocación pura y digna. No nos es dado cambiarla por nada”.

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