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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Pluralismo, razón y debate

Álvaro Rivera Larios
elPeriódico
Publicada el 16 de noviembre de 2009 - El Faro
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En una discusión que sostuvimos, Federico Hernández Aguilar llegó a decir que las ideas de John Stuart Mill habían preparado el terreno a una especie de relativismo ético y epistemológico. Stuart Mill, bajo ese punto de vista, se convertía en uno de los abuelos más ilustres de las corrientes de pensamiento posmodernas.

El juicio de Hernández sólo revela sus dificultades ideológicas para entender a un liberal de izquierda. Lo que defendía Stuart Mill era un marco jurídico-político en el que los individuos tuviesen libertad para elegir entre diversas ideas y modos de vida, siempre que dichas elecciones no fueran altamente gravosas para terceras personas. Dicha libertad de elección tampoco era abstracta, tenía lugar dentro de un marco socioeconómico que la facilitaba o la impedía. Al igual que Marx, Stuart Mill era conciente del vínculo existente entre la economía y la libertad.

Obviamente, es discutible lo que significa el daño a terceros. Muchos conservadores salvadoreños tienden a ver ese daño desde la perspectiva del escándalo moral: ante la posibilidad de un matrimonio entre dos hombres, se imaginan consecuencias apocalípticas para los valores cristianos y su concepto de la familia. Pero no les preocupan de igual forma las consecuencias del desempleo y los bajos salarios y la incidencia que a la larga tienen estos sobre la desintegración familiar y la crisis de valores.   

El énfasis que pone Stuart Mill en su defensa de la autonomía personal, nos hace olvidar que también le fija límites.  En nombre de la autonomía del sujeto no podría justificarse que una  empresa particular envenenara con plomo a todo un vecindario, pero tampoco estaría permitido que en representación de los intereses generales se atentase de forma arbitraria contra los derechos de un individuo. Si hay límites para la libertad de las personas, también hay límites para la ingerencia del Estado. Ambos límites se deben clarificar en torno a qué significa el daño a terceros y en torno a las prerrogativas del derecho, la moral y la religión a la hora de establecer las fronteras de la autonomía personal. El filósofo inglés considera que en las sociedades modernas no hay una doctrina jurídica, religiosa o moral que, saltándose el arbitraje de la razón y el debate público, tenga el monopolio ideológico para determinar de forma autoritaria el contenido y la frontera de tales problemas y conceptos.    

Una vez que delimitemos, a través de un debate abierto, el significado de la cláusula restrictiva de Stuart Mill, lo que resta es defender el marco donde se justifica y protege el pluralismo ideológico. Sea cual sea la postura que sostengamos ante un problema como el del matrimonio entre personas del mismo sexo, si se va a legislar al respecto y dado que tales leyes afectarán a la vida de una minoría, lo correcto es abrir un debate serio donde se escuchen los distintos puntos de vista. Lo que no se puede hacer, en nombre de una moral mayoritaria, es negar la existencia de otros valores y el derecho que tienen de defender públicamente sus razones los afectados por una decisión legislativa.

Este pluralismo no implica que todo se tolere ni que todo valga, sólo constata el hecho de que en las sociedades modernas hay más de una visión racionalmente fundamentada sobre la moral y sobre la forma en que se conciben las relaciones personales y políticas. Ese hecho, la heterogeneidad social de la esfera valorativa, no puede suprimirse violentamente, sin negar a su vez la libertad de opción racional que tienen los individuos y los grupos.

Dejo al margen la crítica demoledora que hizo Marx de la libertad de elección en la sociedad capitalista. Que dicha crítica tenga fundamento, no implica que no se deba luchar por un auténtico pluralismo. Lo que me importa definir es ese punto en el que se justifican racionalmente las opciones. Según Stuart Mill hay opciones mejor fundamentadas y más viables que otras, pero en ningún caso tales opciones pueden basarse en el criterio de una verdad absoluta que suprima el derecho de cualquier ciudadano a cuestionar y debatir las medidas que lo afecten y que se aplican en nombre de dicha verdad. Los racionalistas dogmáticos creen que las discordantes visiones y los distintos intereses que hay en una comunidad deben someterse mecánicamente a las orientaciones prácticas que derivan de una ciencia universal y objetiva. Y lo mismo hacen, por otra vía, quienes introducen criterios universales de carácter religioso en sus decisiones políticas.

En nombre de la verdad tecnocrática o religiosa no se puede pasar por encima de la deliberación ciudadana. La actual crisis financiera demuestra por enésima vez que los grandes economistas se “equivocan” y que no puede presuponerse sin más la racionalidad de los agentes económicos en el capitalismo. En ese sentido, tenía y tiene razón Stuart Mill: en tanto que no haya un conocimiento perfecto y absoluto, las diversas alternativas de acción racional tienen cabida en un universo ideológicamente heterogéneo (esta idea de Mill, la del pluralismo, ha sido vaciada de contenido en las democracias reales y en esa medida funge como un marco ideológico y utópico del liberalismo). Aclaro que una cosa es defender el espacio social donde se generan, y al que concurren, las diversas alternativas de acción y algo distinto es dictaminar que todas ellas tienen el mismo fundamento. Al defender el universo ideológico heterogéneo, se defiende la discusión abierta, pública, de la base racional que poseen  las opciones económicas, políticas y morales que son generadas y respaldadas por distintos colectivos de ciudadanos.

La heterogeneidad de los valores es un hecho social objetivo en El Salvador: tenemos marxistas y liberales y dentro de ellos pueden delimitarse subgrupos. Tenemos cristianos, ateos y agnósticos y podemos hacer subdivisiones en cada uno de tales colectivos. Podemos cruzarlos: hay liberales agnósticos y liberales cristianos y marxistas ateos y católicos, etcétera, etcétera. Pero toda esta heterogeneidad no ha cuajado en la existencia de una opinión pública autónoma y plural ni se refleja con claridad en las instituciones políticas y sus mecanismos de decisión.

Por arriba de este universo valorativo nada homogéneo hay un conjunto de ideologías dominantes y de monopolios informativos que funcionan con criterios particulares que no siempre se hallan en concordancia con la pluralidad de opiniones y visiones que circulan por nuestra sociedad. Hemos construido un universo social en el que rara vez se establecen puntos de encuentro entre las distintas maneras de ver el mundo. Vivimos en el seno de alternativas excluyentes que no dialogan. La misma posibilidad de dialogar con criterio se ve lastrada por las grietas sociales que recorren y limitan a nuestra sociedad. La competencia analítica (la capacidad de interpretar con rigor la información) es un bien cultural que está distribuido de forma injusta en El Salvador.

Por todo ello, gran parte de mis reflexiones se queda en el terreno utópico. Sería bueno que lográsemos difundir una cultura del debate cívico racional. Pero construir esa cultura es un proyecto a largo plazo que pasa por introducir un cambio profundo en la sociedad salvadoreña. Dudo que tal cambio llegue a ser pleno, si se hace desde perspectivas racionales monolíticas que pretendan extirpar, o ignorar, de forma violenta esa pluralidad viva que se encuentra en la base de nuestro mundo social. Es obvio, como ya dije, que lo plural en sí mismo sólo es un marco en el que se expresan y deben justificarse públicamente las distintas maneras de interpretar y ordenar la vida del individuo y la compleja naturaleza de las relaciones sociales.    

Aunque no debamos renunciar al ideal de una ciencia fuerte (Stuart Mill fue el autor de un libro sobre lógica donde teorizó sobre el pensamiento científico y la acción racional), debemos ser cautelosos a la hora de trasladar sus orientaciones prácticas al universo político (la búsqueda de la verdad, como demuestra el caso de Platón, no siempre es respetuosa con la democracia). Las ciencias humanas, por mucho que presuman de rigor, no son exactas y sus teorías y predicciones no nos liberan del problema de tener que elegir entre varias líneas de acción racionales.

Resulta curioso ver cómo los marxistas ortodoxos y los liberal conservadores comparten el presupuesto de una razón monolítica, de una ciencia doctrinal y políticamente autoritaria que erosiona la autonomía de ese universo colectivo donde coexisten diversas maneras de abordar racionalmente la vida social. Unos y otros, en distinto grado y distinta manera, son adversarios del pluralismo y en esa medida, en la práctica, ven con malos ojos la búsqueda de consensos y le dan al debate una función ornamental.

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