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OPINIÓN

Darwin

Knut Walter
cartas@elfaro.net
Publicada el 09 de febrero de 2009 - El Faro
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Desde los comienzos de la historia hace aproximadamente cinco mil años, los escritos científicos dibujan el camino del conocimiento del mundo en que vivimos. Los antiguos caldeos y egipcios incursionaron en la astronomía y las matemáticas para comprender los ciclos agrícolas y lidiar con las crecidas de los ríos. Los griegos fueron los primeros en explicar los fenómenos naturales y sociales sin que mediaran intervenciones sobrenaturales. Los árabes conservaron la tradición científica griega y aportaron conocimientos nuevos importantísimos; por ejemplo, Alhacén –quien nació en Basora (Irak) y murió en El Cairo hacia 1040– anticipó por casi 700 años algunos de los más importantes descubrimientos sobre la luz que hicieron Newton y Liebnitz, cuyas obras revolucionarion el pensamiento científico en Occidente. Más recientemente, los escritos de Einstein de comienzos del siglo XX, junto con sus múltiples contemporáneos y seguidores, completan el cuadro del pensamiento que orienta actualmente las investigaciones de cosmólogos, físicos y químicos, quienes intentan descubrir las particulas elementales de la materia y los orígenes de la energía que mueve al universo.

Hay otros campos de las ciencias igualmente importantes y que nos afectan mucho más directamente: la biología, es decir, el estudio de la vida, y de todas sus disciplinas especializadas como la medicina, la botánica, la anatomía y la zoología. La lista de los individuos que aportaron al conocimiento de las ciencias de la vida es muy larga, desde los médicos grecorromanos pasando por los fisiólogos de la Europa moderna hasta desembocar en los descubridores de los códigos genéticos de las células a mediados del siglo XX. Pero hay un individuo cuyos escritos son fundamentales, no solamente por la seriedad científica con que investigó, sino porque su teoría engloba todas las ciencias de la vida. Ese fue, por supuesto, Charles Darwin, cuyo nacimiento hace 200 años se celebra en febrero de este año, mismo que el centésimo quincuagésimo aniversario de la primera edición (en noviembre de 1859) de su escrito más influyente, Los orígenes de las especies.

La obra de Darwin es uno de los ejemplos más puros y acabados del método científico: la observación sistemática acompañada de dibujos, notas y especímenes para después buscar las vinculaciones y las explicaciones de por qué las cosas son como son. Así fue como una observación acuciosa de los gorriones en las islas Galápagos le permitió detectar pequeñas diferencias en la especie propia de cada isla que vinculó al entorno y que atribuyó, después de uno de los saltos intelectuales más atrevidos de todos los tiempos, a procesos de selección natural, es decir, de una mayor probabilidad de supervivencia de aquellos individuos de una especie cuyas características físicas los preparaban mejor para enfrentar un entorno cambiante y desafiante. Los descendientes de estos individuos, a su vez, heredaban esas características y agregaban otras, las cuales trasladaban a su propia descendencia, de tal manera que después de muchísimas generaciones –centenares o miles– se habrían adquirido características propias de una nueva especie, una que ya no podría reproducirse con aquella de la cual se ramificó tiempos atrás.

Hoy en día, la teoría de Darwin se conoce por teoría de la evolución, aunque algunos ya están listos para considerarla más bien una ley científica. Llámesele teoría o ley, todavía genera apasionados debates, como ocurrió hace 150 años cuando se conoció por primera vez. ¿Por qué un planteamiento científico que no nos perjudica de manera directa ni altera nuestra condición de humanos genera tanto rechazo? En parte, toda perspectiva nueva sobre las cosas produce reacciones en las personas, desde aquellas que se sienten directamente agredidas en sus creencias hasta las que temen lo nuevo o desconocido. Cuando las aludidas no son personas sino instituciones, la reacción es generalmente mayor. Recuérdese nada más a Galileo.

En el caso de Darwin, algunas de las críticas se desataron a partir de una equivocada –o malintencionada– interpretación de su teoría: como Darwin dio a entender que las especies cambian hacia formas dotadas de mejores cualidades físicas, se supuso que los grandes simios (o los monos en general) debieron ser las manifestaciones anteriores e inferiores de la humanidad, es decir, nuestros antepasados. Darwin nunca pensó eso; en su segundo libro importante, El origen del hombre, afirma que el humano ciertamente desciende de alguna “especie inferior,” y que incluso ese antiguo ancestro pudo haber sido una criatura parecida a un simio que pasó por muchas y variadas etapas –Darwin los llamó “eslabones”– hasta la aparición del humano moderno. En general, Darwin visualizó la evolución más como un árbol cuyas ramas representan las diversas especies emparentadas a partir de un ancestro común. Por cierto, esta es la idea que subyace en los estudios de los paleontólogos en la actualidad y que ha sido sustentada por el análisis del material genético de nuestros parientes simios más inmediatos, los chimpancés.

Aparte de aquellas personas que consideran que la teoría de la evolución es una afrenta a la fe porque descarta la creación divina y ubica al ser humano al mismo nivel del resto de especies animales en lo que a su evolución se refiere, los planteamientos de Darwin no resultan de fácil aceptación o comprensión por varias razones más. En primer lugar, la evolución solamente tiene sentido si se acepta que el planeta Tierra es antiquísimo y que la vida se originó en él hace muchísimo tiempo. Imaginarse períodos de millones o miles de millones de años es tan difícil como imaginarse el volumen del espacio que ocupa un átomo. Pero la evidencia acumulada por geólogos y cosmólogos apunta a un planeta que comenzó a aglomerarse con materia cósmica hace más de 4 mil millones de años. Los biólogos, a su vez, creen haber ubicado las primeras manifestaciones de vida unicelular hace más de 3 mil 500 millones de años.

En segundo lugar, la evolución solo tiene sentido si aceptamos que nada en este planeta es estático, ni la superficie terrestre, ni los oceános, ni -mucho menos- la vida. El movimiento de las placas tectónicas, desconocido hace apenas 50 años, ahora es un hecho comprobado. El movimiento de las placas, a su vez, crea las grandes cordilleras de la corteza terrestre y los profundos abismos de los mares y hasta los mismos continentes. Ante estos entornos físicos cambiantes, los seres vivos deben evolucionar constantemente para adaptarse o sucumbir, como ha ocurrido tantas veces. Las formas de vida extinguidas más espectaculares, ya sea como osamentas fosilizadas en museos o animaciones en películas de Hollywood, son aceptadas sin mayores objeciones pero sigue siendo difícil comprender que los pájaros sean los descendientes más o menos directos de los dinosaurios o que nosotros, los humanos, tengamos un ancestro mamífero muy lejano parecido a una pequeña rata que coexistió durante algún tiempo con tiranosaurios y brontosaurios.

Finalmente, ni Darwin ni sus descendientes intelectuales han logrado responder a la pregunta más importante de todas: ¿cuál es, entonces, el origen de la vida? Esta pregunta, similar a la de los cosmólogos sobre el origen del universo, no escapó a la atención de Darwin. En una de sus cartas se imaginó “un pequeño charco de agua tibia” en el cual, con la adecuada combinación de químicos, luz y calor, podría haber aparecido la vida. Lo cierto es que hubo un tiempo primigenio en la Tierra cuando no existía vida y otro tiempo posterior en que sí la hubo, aunque no todo fue cuesta abajo. Sabemos ahora que en ciertos momentos hubo extinciones masivas de especies, mientras que en otros aparecieron nuevas de manera explosiva, sin que se entienda a ciencia cierta por qué.

Pero el interés de Darwin se centró casi exclusivamente en las formas de vida que pudo observar y dejó el problema de sus orígenes más lejanos para que lo resolvieran otros. El último párrafo de Los orígenes de las especies resume perfectamente la impresión que le causó la vida y sus intentos de explicar su extraordinaria variedad:

"Resulta interesante contemplar una ribera enmarañada, cubierta de muchas plantas de todo tipo, con pájaros que trinan en los arbustos, con varios insectos que revolotean por doquier, y con gusanos que se abren paso por la tierra húmeda, y pensar que estas formas construidas de manera tan elaborada, cada cual tan diferente de las demás, y dependientes las unas de las otras de manera tan compleja, han sido producidas todas por leyes que nos gobiernan a todos. Estas leyes, entendidas en el sentido más amplio, consisten en Crecimiento con reproducción; Herencia, cual es casi sinónima de reproducción; Variabilidad producto de la acción directa e indirecta de las condiciones de vida, y del uso y desuso [de sus partes anatómicas]; una Tasa de Crecimiento de tal magnitud que conduce a una Lucha por la Supervivencia, y en consecuencia a la Selección Natural, lo cual conlleva a una Diversidad de Caracteres y a la Extinción de las formas menos mejoradas. Por ende, y como consecuencia de la lucha de la naturaleza, de las hambrunas y de la muerte, es que llegamos directamente al objeto más exaltado que estamos en capacidad de imaginar, vale decir, la producción de los animales superiores. Existe una grandeza en esta forma de ver la vida, con sus variadas manifestaciones, la cual fue exhalada originalmente por el Creador en unas pocas formas o en una sola; y que mientras este planeta ha seguido dando vueltas de acuerdo con las inmutables leyes de la gravedad, de un comienzo tan sencillo han evolucionado, y siguen evolucionando, un sinnúmero de formas de las más bellas así como maravillosas."

En este párrafo, Darwin da a entender que no tiene por qué existir una contradicción entre la tesis de un creador –o principio creador– de la vida y un proceso de evolución producto de la selección natural. Evidentemente, una creación de la vida animal como la del Génesis, simultánea y completa, que cupo en el arca de Noé, no tiene cabida a la par del pensamiento de Darwin. Pero no hace falta dejar de creer sino reconocer que los conocimientos que arroja la ciencia, a diferencia de los artículos de la fe, están sustentados en evidencias que describen y explican en términos coherentes y racionales la variedad y complejidad de la vida que tanto impresionó a Darwin.

El fin del camino por recorrer todavía no se vislumbra. Si Darwin se maravilló ante la capacidad de supervivencia de las tribus que conoció en la Patagonia cuando viajó alrededor del mundo en el bergantín Beagle (1831-1836), ahora nos toca a nosotros mostrarnos igualmente impresionados ante el descubrimiento de bacterias que viven en aguas termales hirvientes, dentro de las rocas a miles de metros bajo tierra y en desagües de desechos industriales tóxicos. Pareciera que la vida está en todas partes en nuestro planeta y no sería nada extraño que, en otro de esos momentos trascendentales de la historia, se descubra que existió –o existe– en Marte o en alguna otra parte de nuestro sistema solar.

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