![]() |
|
|
LA BUHARDILLA Aquel natalicio
Federico Hernández Aguilar* |
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Hace algunos años, cuando quien estas líneas escribe se autoproclamaba “ateo militante”, la idea de celebrar la Navidad se me antojaba el más ingenuo de los despropósitos. Lo que me alegraba, por el contrario, era que la sola existencia de religiones y sectas por doquier, ajenas muchas de ellas a los plácemes cristianos, parecían justificar mi sonoro descreimiento.
“No importa qué haga con mi vida”, razonaba yo, “siempre estaré pecando contra algún dogma, precepto o tradición… ¿Para qué, pues, decantarme por una sola fe, por un único camino hacia la trascendencia? Es más, ¿tendrá sentido buscar rutas hacia algo que nadie ha conseguido probar?”.
Ahora que profeso el catolicismo me doy cuenta de la esclerótica comodidad intelectual que semejante razonamiento comportaba, no tanto porque cada día tenga más claro, desde que empezara mi morosa conversión, que es imposible pecar contra algo que no sea, en esencia, verdad, sino porque, en efecto, si algo puede ser llamado “error” es nuestra inveterada manía de pensar que las «verdades» que construimos nos disculpan de ir tras una sola verdad.
Pero entender por fin que no se puede pecar más que contra la Verdad —disculparán la mayúscula los escépticos— me llevó menos tiempo que ir desbrozando, uno a uno, los argumentos con que había disfrazado mis temores más profundos. En ellos palpitaba un ansia real de conocimiento, mas no podía identificarlo mientras me engañara discurriendo —convenientemente— que la libertad estaba por encima de la verdad, es decir, que un valor podía compartir las crestas filosóficas de una realidad objetiva.
Todavía no había leído bien a Chesterton, claro está. De haberlo hecho, aparte de ahorrarme algunas intrincadísimas lecturas, habría llegado a ese tipo de sabrosas figuraciones que sólo porque no nos atrevemos a llamarlas por lo que son —¡filosofía pura!— no están en los libros, pero de las que cualquier devoto de la Virgen de Guadalupe podría ofrecernos ramilletes con tal de pasearnos por nuestras basílicas con algo menos de presunción y un poquito más de apertura mental.
Meditemos por un momento, para no ir tan lejos, esta perla “chestertoniana”: “No digas: «No hay doctrina verdadera, porque toda doctrina cree que es verdadera y que las otras no lo son». La diversidad demuestra que la mayoría de los puntos de vista son equivocados, no todos… Yo creo (sólo basándome en autoridades) que el mundo es redondo. Que pueda haber tribus que crean que es triangular u oblongo no altera el hecho de que es, ciertamente, de alguna forma y, por lo tanto, de ninguna otra. Por ello repito: no digas que la variedad de doctrinas te impide aceptar una. No es una observación inteligente”.
Lo que mi furibunda militancia atea me hacía imposible aceptar era que la Verdad tuviera una forma, una doctrina, un camino, una historia. Ninguna hondura filosófica de respeto había detrás de mis posturas; abundaba, sí, la confabulación de los temores a lo desconocido —de alguna manera intuía que encontrar un sentido para esta vida iba a comprometerme por entero— con la suma de todos los prejuicios que mi ignorancia y mi arrogancia, a partes casi iguales, habían agolpado en mi cabeza.
Por tanto, y principalmente en estas fechas, somos libres de rechazar por anacrónica, oscurantista, medieval o simplista la opción de creer en la verdad sobrenatural del nacimiento de Jesucristo. Pero nos haríamos un favor si evitáramos pensar que esa incredulidad, tenga la naturaleza que tenga, convierte en necios a los cristianos. Tampoco deberíamos sentirnos autorizados para poner en duda que el profundo y transformador mensaje del Evangelio mantendrá su vigencia por los próximos años, como si aquel natalicio de Belén no irradiara alegría y esperanza a millones de personas alrededor del mundo, o como si las amarguras de los escépticos, en lugar de ampliar lo contrastes, acertaran a explicarnos algo.
Mas si crees, amigo lector, ¡tuya es la ventura de la Navidad!
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
| Consulte el buscador de Google y encuentre las notas publicadas en El Faro |
| EL FARO.NET (Apartado Postal 884 , San Salvador, El Salvador) Dirección: Calle El Mirador, Pasaje 11, No. 138 Col. Escalón. San Salvador, El Salvador.C.A. Teléfonos: Redacción: (503) 2208 6752 - Fax: (503) 2208 6718 Ventas: (503) 2208 6687, Administración: (503) 2208 6685 Todos los Derechos Reservados. - Copyright©1998 - 2009 Fundado el 25 de Abril de 1998 |