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EDITORIAL

El futuro es nuestro

El Faro
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Publicada el 26 de mayo de 2008 - El Faro
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La historia no ha llegado a su fin. Los cambios surgidos en el mundo a partir del 11 de septiembre de 2001, junto a la globalización y las integraciones regionales, están ya replanteando el verdadero papel de los Estados, los gobiernos, los ciudadanos y las entidades transnacionales.

Aquellas avanzadas neoliberales de los años noventas, surgidas de un mundo unipolar, han quedado atrás abrumadas ante una realidad que camina mucho más rápido que los sistemas que pretenden administrarla.

En este Siglo XXI que inició con el mareo de los gobiernos de todo el mundo, despertando a un nuevo mundo de cruzadas y más invasiones, hay muchos motivos para albergar ilusiones de encuentros, justicia y más humanismo.

Detrás del horror de la guerra de Iraq y de un grave aumento en la brecha de inequidad, se esconde el despertar de una sociedad civil aletargada por las épocas de bonanza de los noventas, el fin de la Guerra Fría y una jurisdicción internacional que aparentaba tener el mundo en calma bajo su control.

Si hemos de creer a los grandes filósofos contemporáneos, esta sociedad civil, especialmente en el primer mundo, se refugió plácidamente en las torres de las universidades o en los pasillos de las burocracias, las oficinas de ONGs o la comodidad de los camerinos, los auditorios y los estudios.

Ahora, violentamente sacudidos por los llamados a choques de civilizaciones y radicalismos en todos los sectores, comienzan también a exigir el regreso a la cordura.

El avance tecnológico ha permitido una mayor democratización del conocimiento y aumentado exponencialmente el intercambio de ideas y el debate en el mundo entero. Hoy que las universidades sostienen conferencias virtuales entre San Francisco y Shangai y dos seres humanos se comunican a cualquier hora desde casi cualquier lugar del mundo, la voz ciudadana cobra mucha más fuerza que nunca en la historia de la humanidad.

Si las peores pesadillas futuristas de algunos escritores contemplaban un mundo en que las corporaciones sustituían a las naciones, el incremento de la participación social avanza en sentido contrario. Más paz, más justicia, más estado de Derecho, más solidaridad, mayor protección de los recursos naturales, mejor distribución del ingreso.

Poco a poco, los gobiernos también comienzan a entender esta necesidad. Los acomodos sociales los van llevando a saber que arriesgan perder el poder. En esto, América Latina ha sido ejemplar.

Los desgastes y fracasos de las políticas neoliberales, combinadas con altas dosis de corrupción, eliminaron de casi todo el continente a los gobiernos fieles a estas políticas, sustituidos por otros que abogan por un papel mayor del Estado. Entre estos, hay tantas diferencias de estilo que es imposible generalizar. Aquellos más radicales o aquellos que cambiaron el discurso pero han mantenido la corrupción, y que hoy gobiernan algunos países, difícilmente podrán mantenerse en el poder si no satisfacen las demandas de poblaciones más exigentes. Y esas demandas pasan por democracia, transparencia y aumento en la calidad de vida.

Cada vez menos los discursos ideológicos garantizan posiciones políticas. Cada vez más, los resultados son evaluados cuidadosamente por la ciudadanía. Y esto cambia la ecuación política tradicional. Ahora, quienes aspiran a gobernarnos necesitan mayores, y mejores, argumentos.

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