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OPINIÓN / DESDE LA ACADEMIA El fenómeno ObamaRicardo Riberacartas@elfaro.net Publicada el 18 de febrero de 2008 - El Faro Los medios de comunicación estadounidenses califican de “fenómeno” la campaña política del senador demócrata Barak Obama, pre-candidato en contienda con la senadora Hillary Clinton, para referirse al estilo de su oratoria, a su capacidad para transmitir con ella un mensaje de esperanza y cambio, al entusiasmo que viene suscitando y que arrastra a importantes sectores del electorado, incluidos independientes y miembros del partido contrario. El proceso de elecciones primarias en Estados Unidos se está siguiendo con gran atención por el resto del mundo, no solamente por la trascendencia que tienen las decisiones que tome la hiperpotencia mundial, en parte también por la novedad que representa la figura del popular político afroamericano y lo especial de su mensaje. Los medios lo comparan con John F. Kennedy, quien renovó con su juventud y energía la manera como los estadounidenses se consideraban a sí mismos y como consideraban a su país. JFK alcanzó la Presidencia en momentos bastante críticos – acababa de triunfar la revolución cubana y el repliegue francés en Vietnam parecía reflejar una situación global a la defensiva – ante los cuales su retórica visionaria vino a revitalizar la autoestima del pueblo norteamericano, su sentido de misión histórica y los valores sobre los que asienta su orgullo nacional. Algo así pareciera estar sucediendo ahora con Barak Obama: nuevamente en una coyuntura crítica aparece un líder que no se limita a indicar los próximos pasos a seguir; él señala a sus compatriotas un horizonte y los estimula a continuar avanzando, al tiempo que reorienta la dirección de la andadura. Obama se muestra consciente de dicho paralelismo. En su discurso en New Hampshire se refirió a Kennedy como “el Presidente que señaló la Luna como la nueva frontera a alcanzar” y a Martin Luther King como “ese rey que subió a la colina y nos indicó el horizonte de su sueño”. Se presenta a sí mismo como una mezcla de ambos: del popular estadista que puso al primer hombre en la luna e hizo ganar para Estados Unidos la carrera espacial y del carismático dirigente de masas que llevó a otro nivel la lucha por los derechos civiles y consiguió soldar la unidad de la nación en un consenso: había que desterrar la discriminación racial. Obama puede marcar una época, pero sólo en la medida que la época se muestra necesitada de un Obama. Después de la mediocridad y cortedad de miras del presidente actual, George W. Bush, Estados Unidos y el mundo necesitan probablemente algo más que un cambio de presidente, necesitan un verdadero estadista en la nación más poderosa del planeta. Un nuevo Abraham Lincoln. Tal vez Barak Obama lo sea. Si es que la senadora Hillary Cinton y el aparato de su partido le dejan. Si gana la nominación, su victoria en las elecciones del próximo noviembre ante el anciano candidato republicano McCain es casi segura. Lo que tiene cuesta arriba es ganar las primarias de los demócratas, que por eso mismo se han vuelto tan mediáticas y apasionantes. La época necesita de Barak Obama, pero podría decirse que hasta cierto punto Obama es resultado de la época. La historia “fabrica” el líder que resulta necesario para que aquello que hace falta se realice. El pensador alemán del siglo XIX, Hegel, gran filósofo de la historia, presentaba así el asunto. “Las grandes personalidades históricas son aquéllas que le dicen a los demás lo que se debe querer.” Es fácil saber lo que no se quiere, pero más difícil resulta saber qué es lo que se quiere. El líder le dice a las masas lo que deben querer. Arrastra tras su ideal a muchedumbres, sólo en la medida que este ideal coincida con lo que la época demanda. El gran líder es siempre un gran visionario: tiene la visión de en qué consiste su época, ve lo que hace falta, se identifica con el espíritu de su época y contagia a los demás su propio entusiasmo para realizar la misión que su tiempo les dicta. A través de esos grandes hombres – reflexiona Hegel – la historia se realiza a sí misma, lo que estaba pendiente de realizarse es efectuado y el proceso puede avanzar a otra etapa. Hegel pone como ejemplos a Julio César y a Napoleón Bonaparte. Igualmente hubiera podido indicar a George Washington o a Simón Bolívar. Nosotros, habitantes del siglo XXI, podríamos citar a Fidel Castro, a de Gaulle, a Ronald Reagan o a Mijail Gorbachov. No tenemos por qué compartir la fe hegeliana en una especie de automatismo o determinismo – la historia se hace a sí misma – pero hay que admitir que las cosas que señala el filósofo germano son atinadas: de algún modo el surgimiento del liderazgo está condicionado por la época y por las necesidades de la misma. Surge un gran líder, un soñador capaz de contagiar a mayorías con su utopía, en el momento preciso y necesario. En otros momentos, o no aparece, o no sabemos de él porque nadie le hace caso, su idealismo parece fuera de toda realidad, será tomado por loco o por charlatán. Por lo tanto, el análisis de un liderazgo con rasgos utópicos e idealistas ha de ir referido al diagnóstico de la época, de sus carencias y de sus urgencias. Es ahí que está la clave. Tras el encendido idealismo de Obama se esconde un profundo realismo. Estados Unidos debe salir inmediatamente de Irak y organizar el retiro de Afganistán. Ha de abandonar la actual estrategia de guerra permanente, la idea de guerras preventivas, la prioridad obsesiva por la seguridad y el uso inmoral y degradante de la tortura, las detenciones indefinidas sin juicio ni garantías judiciales. Hay que rescatar los valores que inspiraron a los fundadores de la Unión. Debe recuperar su prestigio moral en el mundo, superar la oleada de sentimientos antinorteamericanos, recuperar aliados ganándose nuevamente su respeto y estima. Estados Unidos debe hacer la guerra, pero la guerra a los grandes problemas sociales que tiene en su propia casa, a la pobreza y exclusión crecientes, a las familias en riesgo de perder su casa por no poder pagar sus hipotecas, al deteriorado sistema de salud, a los índices alarmantes de un sistema educativo en crisis. Hay que enfrentar el desorbitante déficit presupuestario, la enorme deuda externa, la balanza de comercio exterior desfavorable, la caída indetenible del dólar americano, la dependencia excesiva del petróleo, la destrucción medioambiental, la vulnerabilidad ante el cambio climático. Obama habla de sentar nuevas bases en el país y su discurso suena idealista. Ha de serlo en la forma, porque en el contenido lo que palpita es un estricto realismo. Lo que resulta irreal es el sueño del grupo “neocon” que tiene el poder con la actual Presidencia: el de mantener el resto del siglo XXI la hegemonía estadounidense en el mundo, a costa de lo que sea. La economía no lo permite – “es la economía, estúpido” les decía Bill Clinton a los republicanos cuando le ganó la Presidencia a Bush padre. Por eso los neoconservadores han escogido la guerra, lo único capaz de imponerse a las tendencias económicas (“la violencia de la economía – analizaba Hegel – sólo cede a una violencia todavía mayor, la de la guerra”). Pero si el camino bélico es rechazado, sea por inadmisible o por contraproducente, el único camino que queda es el del repliegue. Estados Unidos debe replegarse sobre sí mismo, dedicarse a sí mismo, ir abandonando el tipo de hegemonía “fuerte” y adoptar las formas del liderazgo “débil”, influyendo de manera sutil y sumando voluntades, por la vía del convencer y no por la del imponer. Si la época demanda esa vía está claro que demanda también la oratoria idealista y utópica que ahora estamos presenciando. Como reflexionaba Marx, que nunca abandonó la estela del pensar hegeliano, a propósito de quienes protagonizaron la revolución francesa: “los hombres de la época necesitaron del lenguaje y ropaje romanos para ocultar ante sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas”. Un imperio en decadencia necesita, con mayor razón, ocultarse ante sí mismo el contenido de una estrategia de repliegue tras el cortinaje del idealismo utopista de un futuro promisorio, cambio y esperanza, para una generación que le toca vivir la época del declive. |
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