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OPINIÓN A propósito de El Salvador Impresionante y la Arqueología NacionalFederico Paredes Umaña* La historia de la arqueología nacional comienza con Antonio Sol y Augusto Barata quienes se aventuraron a excavar las ruinas de Cihuatan allá por 1929, esto es ciertamente un dato interesante para comprender la historia de la construcción de la identidad salvadoreña durante el siglo XX, no por el inicio de las investigaciones, sino por su inesperada clausura. Quien ponga un poco de atención en la fecha de las investigaciones de Sol y Barata (prominente arquitecto y hermano de María de Barata) podrá elaborar más de alguna hipótesis sobre la repentina finalización de los trabajos en Cihuatán. De momento las respuestas solo pueden ser hipotéticas, pues una investigación profunda del ‘Martinato’ como lo llama Rafael Lara Martínez sigue siendo a mi parecer la llave fundamental del asunto. Sin embargo, lancemos algunas hipótesis para tratar de contestar esa extraña falta de apoyo a la arqueología en la historia institucional del país, como lo caracteriza Federico Hernández Aguilar en una nota en el Diario de Hoy fechada 27 de noviembre de 2007. Si nos ponemos imprudentes podríamos enunciar que la incipiente arqueología nacional muere junto a la masacre indígena del 32, para solo renacer durante los años cuarentas ahora en manos de Stanley Harding Boggs y los trabajos de Tazumal. Acaso no sea casualidad que Boggs fuere norteamericano, con afiliaciones institucionales como la Carnegie Institution de Washington, que dirigía por ese entonces uno de los más ambiciosos intentos por crear un atlas arqueológico de la región centroamericana. Además Boggs era sobrino de Warren G. Harding, presidente de Estados Unidos de 1921 al 23. Este dato solo sirve para hacer énfasis en un aspecto. No fue la arqueología nacional la que puso las ruinas del Tazumal en los extintos billetes salvadoreños, estos se deben a las gestiones de Boggs y más tarde a los movimientos indigenistas tardíos empujados por los gobiernos salvadoreños de corte militar nacionalista a partir de los años 50’s, los mismos que nos dieron a Atlacatl; inverosímil héroe fracasado de la resistencia Cuzcatleca, quien es descrito con gran elegancia y precisión pese a no contar con una sola fuente fidedigna que mencione a este personaje, en los folletos de estudios sociales de María Guillermina con los que estudié la primaria durante los ochentas. La versión de Guillermina incluye no solo a Atlacatl, sino a Atlacatl el joven. La versión del héroe indígena de la resistencia (abatido por los conquistadores) cuajó muy bien en Guatemala, con Tecum Uman, quien se yergue con una estatua monumental en la aurora de la capital chapina; en Honduras, los esfuerzos mas bien tardíos se debatían entre nombrar la moneda nacional con el nombre del mítico Lempira o de Morazán, el patriota de Centroamérica. Darío Euraque comenta al respecto que la construcción de la identidad Hondureña utilizó como figura central el elemento mestizo entre indígenas y españoles, dejando de lado las cuantiosas poblaciones negras de la costa atlántica del país. Atlacatl ‘el viejo’ es de esta manera la alternativa salvadoreña del indigenismo tardío. Aquí cabe preguntarnos qué factores influyen en una victoria del modelo mestizo en El Salvador, poniendo a la par el fracaso del símbolo de Atlacatl. La respuesta sin duda la encontraremos en la investigación de fuentes documentales de la época. De momento continuemos con las especulaciones. Regresando al Martinato, la preocupación que me motiva a escribir estas líneas se genera por las aparentes contradicciones del régimen, las cuales posiblemente no sean mas que eso, apariencias. Como ya lo dijo Lara Martínez en sus cartas a El Faro, no es de extrañar que Martínez haya fundado el movimiento Indigenista Salvadoreño, (luego de la masacre) un movimiento latinoamericano que se desarrolló durante las primeras décadas del Siglo XX, con visibles efectos en la creación de las identidades nacionales de México, Bolivia, y en menor grado en la vecina Guatemala. Martínez crea pues su versión del Indígena Salvadoreño, una que no ofenda sino que mas bien tenga colorido y sobretodo, aquí entra una de las definiciones preferidas de la época, que sea folclórica. Con la ayuda directa o indirecta de algunos intelectuales de la época, la idea del indio salvadoreño va adquiriendo colores de estampilla postal y se lanza una producción de ballet folclórico que rescata la identidad perdida (quienes bailan son de tez clara, ¿acaso el fundamento de la imagen mestiza?). Bajo esta lógica, entiéndase que solo si la causa está perdida vale la pena el esfuerzo de lanzarse a un rescate. No es extraño entonces que no haya existido un departamento de arqueología por décadas, y que justamente cuando estos esfuerzo son retomados, sea bajo la intervención directa de arqueólogos extranjeros. Un dato más que vale la pena investigar es la relación de Martínez con el pueblo de Izalco. La tradición popular izalqueña reconoce una tumba en el cementerio que pertenece a la guía espiritual (indígena) de Martínez. Son datos como este, los que van a ayudarnos a profundizar en la complejidad del tema. La construcción de la identidad mestiza salvadoreña toca pues las entrañas de un drama social. Las rebeliones indígenas, que ocurrieron con tanta frecuencia (al menos dos por siglo) como los devastadores terremotos que han sacudido los basamentos de nuestro país desde el inicio de nuestra historia republicana han acelerado la preocupación del estado por la construcción de una identidad mestiza. ¿Qué sentido tiene entonces investigar un pasado indígena, si lo que se busca es la esencia mestiza? Vale la pena hacer un esfuerzo de reflexión sobre este tema, y prometo hacerlo en un futuro artículo. Como bien lo ha dicho Hernández Aguilar, es durante los últimos lustros que se ha visto un florecer en la arqueología nacional. Ahora si, conducida por arqueólogos nacionales. Es así como se funda el Departamento de Arqueología de CONCULTURA, dos universidades le apuestan ya a la formación de antropólogos y arqueólogos, se instituyó el primer Congreso de arqueología de Centroamérica en El Salvador, proyecto que vimos nacer en 2005 y que ha reunido a una amplia variedad de investigadores de la región. Con un desarrollo incipiente del quehacer de la arqueología nacional, vale la pena reflexionar sobre esta profesión que hemos escogido y que todavía no le está hablando a su sociedad de regreso. El día que se acerque un arqueólogo a sacar el DUI, y que al ser increpado respecto a su profesión, pueda decir arqueólogo sin que el agente responda con una mueca de desconcierto, estaremos ante un indicador que nuestra misión en la sociedad comienza a dar frutos. ¿Cuál es la motivación del arqueólogo nacional? ¿Qué debe ser la arqueología nacional? ¿Para quién es la arqueología? Respetamos la motivación institucional de CONCULTURA de apoyar los esfuerzos que se han generado, y al mismo tiempo es en este contexto que debemos preguntarnos, ¿qué buscamos como país de la arqueología? ¿Un museo nacional centralizado y lleno de piezas en los depósitos? ¿Museos regionales que le hablen a la gente del pasado de la tierra que los vio nacer? Ya se escuchan voces locales que quieren que las piezas arqueológicas recuperadas en investigaciones se queden en la localidad, y que no sean llevadas a un museo central donde acaso no las volverán a ver en muchos años. Un tema en boga es el turismo. Bueno, ¿qué hay con el desarrollo local y la construcción de una Identidad nacional? Vale la pena dedicarle tiempo a reflexionar sobre esto. *Arqueólogo por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente en estudios de posgrado en la Universidad de Pennsylvania. |
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