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OPINIÓN

En un país sin mujeres…, el erotismo masculino

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 03 de diciembre de 2007 - El Faro
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Fragmento apócrifo, proscrito por el autor al libro Del dictado. Miguel Mármol, Roque Dalton y 1932, del cuaderno (1966) a la “novela-verdad” (1972), a presentarse el lunes 3 de diciembre de 2007 en la Universidad Don Bosco, Antiguo Cuzcatlán (sección de Maestrías) @ 5:30-6 pm

En un país sin mujeres…

Hacia el despegue de la crítica testimonial, la escritora nicaragüense-americana Ileana Rodríguez (1982: 91) afirma que al libro Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador (1972) Dalton “le metió poca mano al texto […] pero los privilegiados que tienen acceso a la riquísima e invicta tradición oral, sabrán cuánto recortó. De hecho, el mismo Mármol mostraba su descontento por la censura de su vida amorosa”. Hasta la actualidad post-global, su interrogante resume las escasas alusiones que cuestionan el género en el testimonio marmóreo.

Como casi todos los intérpretes del testimonio, Rodríguez recurre con mayor esmero a su propia intuición académica y a las declaraciones tardías de Mármol que a la razón historiográfica. No aporta ninguna documentación original primaria que apoye su alegato sobre la entrevista de 1966, ni justifica los presuntos recortes que el poeta le propicia a la edición final de 1972. El paso histórico del Cuaderno —en el que Dalton transcribe las palabras de Mármol— a la “novela-verdad” queda relegado de la argumentación teórica.

En verdad, no sólo la inflación del Cuaderno rebasa con creces los recortes; a la vez, el lamento de Mármol sobre la censura de lo sexual la juzgamos una concesión bastante postrera hacia las exigencias del feminismo metropolitano. En plena guerra civil, principio de los ochenta, sin esa licencia sobre su intimidad acallada peligraría la solidaridad internacional hacia el movimiento salvadoreño de liberación nacional. La “urgencia por testimoniar” un pasado remoto la oculta el presente guerrillero inmediato.

En el Cuaderno la “vida amorosa” brilla por su ausencia, al igual que se halla ausente toda referencia a una dimensión de género como motor de los eventos de 1932. A guisa de ejemplo, compárense los dos fragmentos siguientes. De su contraste apreciamos la inflación literaria y la reconversión del estilo telegráfico, paratáctico en una compleja “novela-verdad”:

Buenos recuerdos de Usulután. Engorde, la gente fue buena. El caso de la directora de apellido Guerrero, que luego se casó en Sn Elena grande. (OJO: PROSA). (Dalton, Manuscrito: 40).

Siempre he tenido buenos recuerdos de Usulután a pesar de las desgracias que he relatado hasta acá y de las que relataré. La gente fue muy buena conmigo y pude convalecer mis heridas físicas y morales y hasta echar un poco de carnes y un poco de color en los cachetes. Inclusive quiero decir, para terminar, que tuve allí un bonito amor. Me enamoré de la directora de la escuela de Santa Elena, una bella señorita de apellido Guerrero. No quiero decir nada más porque luego ella se casó por aquellos lares y seguramente mantendrá su hogar. No fui muy correspondido que se diga, pero sí un poquito. Su figura fue bálsamo en las llagas de mi corazón. De ese episodio dulce conservo una pequeña prosa, muy romántica, pero que me gusta mucho de entre las cosas que he escrito. Bayuncadas de uno (Dalton, 1972/1982: 384).

Al explorar la escasa mención de la palabra “mujer” en el Cuaderno, advertimos que la entrevista califica como acto homoerótico, limitado a la acción política masculina. Sólo la ficción de la época —por autores anticomunistas y anti-indigenistas que viven la revuelta desde la ciudad capital— le conceden una personalidad política activa a la mujer indígena, en específico a quien sufre el abuso sexual. Testimonio del protagonismo de la mujer indígena son dos novelas inéditas en el país: El oso ruso (1944) de Gustavo Alemán Bolaños y Ola roja (1948) de Francisco Machón Vilanova. En la biografía de Mármol, la excepción la representa la figura mestiza de Julio Mojica, única fémina que actúa como líder revolucionaria.

Para ambos autores olvidados la “chingada” es la primera comunista de América. La indígena violada figura como franca cabecilla de la revuelta. La imaginación literaria de los treinta presenta una correlación directa entre acoso sexual y levantamiento, más allá de la reconocida pérdida indígena de las tierras del común y del poder municipal que se mantiene en manos ladinas. Al conocimiento histórico le lleva sesenta años redescubrir los hechos que imagina la ficción, sólo para olvidar el protagonismo femenino: “la violación de mujeres indígenas por los hacendados ladinos formaba una imagen relevante a los ojos de los indígenas” (Lauria-Santiago y Gould, 2004: 223).

En esta antelación de la ficción sobre la historia se confirma una añeja sentencia aristotélica. “La poesía es más filosófica que la historia y tiene un carácter más elevado que ella; ya que la poesía cuenta sobre todo lo general, la historia lo particular”. Si en Aristóteles la distinción historia-ficción la marca el paso de lo concreto a lo abstracto, del espécimen a la categoría, para 1932 significa revelar una voz masculina u otra femenina. La historia es a la ficción como el hombre a la hembra, el sitio privilegiado de su palabra.

Lo verosímil de la ficción convence al más clásico historiador de los eventos de 1932, al propio Thomas Anderson (1972). Sólo consulta la segunda novela —de “dudoso mérito literario pero de interés histórico considerable”— y certifica la actividad promocional de la heroína ultrajada, la indígena María Gertrudis, quien califica de prototipo de cabecilla “comunista”. Empero, la perspicacia del estadounidense acalla la afrenta sexual como motivo político de la revuelta; su relato de la historia sólo refiere motivos viriles. Entre los nefandos planes “bolcheviques” de la “maestra propagandista” se cuentan la “igualdad de oportunidades para la mujer”, así como “la erradicación del sistema indígena de castas”.

Existe evidencia documental relegada sobre la correlación entre política étnica y sexualidad en el occidente del país. El artículo “El comercio de la carne morena en El Salvador” (Cypactly, 1942) de Alfredo Alvarado denuncia el enlace entre abuso sexual y poder municipal ladino en Nahuizalco. Según Alvarado, en ese pueblo se reproduce la orientalización sexual de la indígena. Nahuizalco “repite el femenino fenómeno de la inmensa China […] la atracción libidinosa del sexo [debido a que] el monopolio político cayó en manos de personas ladinas”. El escritor establece un vínculo directo entre abuso sexual de féminas indígenas y poder local mestizo.

El “comunismo” lo provoca la falta de derechos sexuales independientes para el grupo étnico dominado. Bajo una óptica invertida —revuelta como revancha sexual del oprimido— Dalton nos recita el poema en prosa “1932 en 1972 (Homenaje a la mala memoria)” (Dalton, 1974: 193-195). Entre los usos políticos postreros de la revuelta se cuenta el acecho que los indígenas le propiciarían a la población blanca y ladina de lograr la victoria. Más que hechos, la historia la transcriben los abusos partidarios de la “mala memoria’.

Reproducimos como recuadro una amplia cita de un escrito temprano de Mármol (1947). En esa página, su pronta conciencia por elevar la participación de la mujer en la vida sindical se contrapone el silencio casi absoluto del Cuaderno y de la “novela-verdad” sobre el papel organizativo de la fémina durante la revuelta de 1932. Acaso un retroceso en la sensibilidad de género marcaría el paso de Mármol como promotor del sindicalismo a fiel testimoniante. Paradójicamente, reiteramos, la conciencia de una voz indígena femenina sólo emerge en la ficción narrativa anti-indigenista y anticomunista (Alemán Bolaños, 1944 y Machón Vilanova, 1948). A este olvido en el testimonio y en la actualidad historiográfica de la mujer indígena —“comunista” por reclamar derechos legales contra el abuso sexual— lo denominamos “en un país sin mujeres…”.

¡LA MUJER, BALUARTE EN LA LUCHA SINDICAL!

Cuando decimos que los trabajadores de la ciudad y del campo deben obedecer a la organización sindical, también nos referimos a la mujer, a la compañera.

La mujer, la compañera de fábrica, de taller de labores, debe participar en la lucha sindical, no simplemente como masa, sino como elemento activo en la propaganda, en la organización y en la administración de los mismos sindicatos.

La mujer no es un complemento en la lucha de los hombres por su organización sindical, es un factor decisivo e importantísimo. Debemos con afán, interesarla porque participe en el bregar diario de los sindicatos, y no hacerlo, es aminorar nuestra actividad, es debilitar nuestras filas, es traicionar nuestros principios de organización.

A la mujer no sólo hay que considerarla como novia ni como esposa sino que también como compañera de lucha. Hay que superarla moral y revolucionariamente, y ya no seguir considerándola como sexo débil, que lo que hacemos con eso es acobardarla, ponerla en un complejo de inferioridad. Así como madre, como esposa y como hija no es inferior, así también como compañeras de trabajo y de lucha. ¡REIVINDIQUEMOS A NUESTRAS COMPAÑERAS DE TRABAJO, QUE SON COMPAÑERAS DE CLASE, LLEVÁNDOLAS A LA LUCHA SINDICAL!
Miguel Mármol, Pequeña cartilla de orientación sindical. Guatemala: “La República”, 1947: 15. Cortesía de Pablo Benítez.

, el erotismo

Obviamente, la visión roqueana sobre lo femenino resulta demasiado compleja para agotarla de inmediato en este breve comentario. No se reduce al silencio de una dimensión de género en 1932, a la par que anota su utilización partidaria engañosa hacia 1972. A defecto de un estudio pormenorizado sobre la omnipresencia de la fémina en sus escritos, asentamos que para el poeta no hay poesía sin musa. Para iniciar una controversia porvenir, compárense los poemas “La ropa” y “Home, sweet home”. Si el primero le declama a la “mujer-orificio”, el segundo entona su canto a lo múltiple femenino que se despliega a sus ojos. Ella fulgura tan cambiante como promiscuo resalta el deseo masculino, mientras “caen señoritas en paracaídas” y aumenta la “pasión [del escritor] por ellas”.
               Vamos a amarla corazón.
               La ropa es penetrable
               como una esposa joven.

               Para esto de iniciar una crianza
               De pececillos japoneses [¿de mujeres?]
               Lo peor es estar casado con una golondrina celosa (Dalton, 1974: 407, 107 y                     464).
La expresión “marxismo y huevos” —emblema de la revolución según Mármol— enuncia el imaginario del poeta más que el dictado del testimoniante. Desde 1966, esta intromisión de motivos —confusión de voces, entre la que dicta y la que transcribe— ocurre al aparecer “muchachas desnudas”. Al transcriptor lo persigue la “pena de ponernos a tener hijos rubios con Zdenas y Janas” (obra citada, 417).

A Dalton lo protege el desarrollar una poesía erótica en un medio social mojigato. Su ars erótica nos conduce de Lisa —quien lo obliga a transmutar racionalidad marxista y legal en “desnudez”— la musa que se cuela entre “la celda maloliente”, la que “nace de nuevo” en el acto sexual que la resucita, “la memoria” de “la tormenta tocando la raíz de los volcanes”, hasta culminar en “los nombres que se me agolpan Lisa Cynthia”, como “peso de la creación”, y la confesión que “amo a cuatro mujeres a la vez”. Acaso el homenaje a la prostituta —“No hieras a una mujer ni con el pétalo de una rosa (1888)”— hace que su sinceridad poética desborde en la irreverencia vanguardista (Dalton, 1974: 544-548). Desde el exilio —lugar de creación del legado roqueano— la ausencia de terruño es sinónima de huida femenina. Más grave, ambas distancias son “suicidio”.
            No hay patria un tacho de basura
una mujer desnuda
en qué desembarcar (Dalton, 1994: 146).

El testimonio clave del ars erótica roqueana —terreno baldío de la cultura occidental según el francés Michel Foucault (1977: 72-73)— lo constituye el amoroso libro de la chilena Isadora Aguirre, Carta a Roque Dalton (1990). Según Aguirre, Dalton descubre la presencia corporal pura como acto revolucionario —«“amar, pero no en forma posesiva”, ni menos aún, exigiendo futuro»— e identifica el ejercicio amoroso de lo sexual al “acto estético” y poético. Por esta triple conjugación de indiscernibles —poesía, revolución y erotismo— como hecho revolucionario total, el acto poético implica el amor carnal en toda su plenitud. Años ha, deberíamos intuirlo, “el amor es mi otra patria” y la utopía humana de “la paz sólo es magnífica [realización tangible] en la cama” (Dalton, 1994: 429). En su acaecer cíclico, “nuevo amor de siempre”, el coito enlaza al poeta con una fémina “huidiza” que es “la misma y es otra como la poesía, la política interminable”…

masculino

…Cuestión de género, referimos al inicio. La interrogante inaugura una polémica apenas insinuada en el testimonio. La mujer desaparece de la memoria histórica sobre 1932; pero renace en la sensibilidad erótica masculina. Su silueta de compañera resurge de la ternura entrañable que cautiva a Aguirre. Quizás el mismo cariño seduce también a otras féminas amadas “que aceptan desnudarse como un niño/a cambio de un pequeño presente” (obra citada, 228). Su renacimiento se juzga necesario al resaltar una desbordante hombría que desafía todo arrojo poético.

Hacia el siglo XXI sabemos que los linderos porosos de toda heterosexualidad convencional —por el momento la única socialmente sancionada— la dibuja una problemática de lo homosexual, su delirio tácito. La obsesión viril no se contenta con el estímulo de su pareja femenina; necesita además demarcarse de cualquier peligrosa recaída que el afecto denote hacia los integrantes dudosos de su propio sexo. Así reafirma su entereza de varón a menudo en riesgo.

Al respecto, recordemos una anécdota que le acaece a Mármol en su primer viaje a la URSS hacia 1930. El enunciado actualiza antiguas reyertas sobre la virilidad o afeminamiento del arte. Del testimonio parecería que existen esferas artísticas —“ser bailarín de ballet”— que condenan a los hombres a una crasa afeminación. En su visita a la ópera, al identificar a “balletistas soviéticos” con el despectivo de “amujeramiento” —quienes al bailar mueven las “nalguitas templadas”, bullen hacia la ahuecada retaguardia de lo feminoide— deliberadamente ignoramos si esta “chabacanada” anuncia la notoria crisis de su resuelta hombría o, por lo contrario el propio Dalton expresa los límites homofóbicos de su discurso. Adrede no resolvemos el dilema entre dictado y transcripción, discursos distintos que la crítica testimonial confunde en su desidia por la historia del texto. Queda pendiente a pruebas documentales que indaguen cómo toda arraigada masculinidad titubea siempre de sí en el ensueño.

 

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