CANALES RSS
:: PUBLICIDAD ::





 

OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Periodismo y literatura

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 18 de junio de 2007 - El Faro
Enviar Imprimir

I

La literatura y el periodismo son géneros discursivos que circulan por ámbitos diferentes y que están representados por el puesto de prensa en plena calle y por la librería con su mundo aparte lleno de libros. Literato y reportero trabajan con la palabra, pero se trata de palabras que establecen una relación distinta con la realidad, al menos en principio.

Vista de forma idealizada, la misión fundamental del periodista es la de circunscribirse a los hechos e informar sobre ellos al lector. Eso, al menos en principio.

Del literato se supone que, al cultivar lo imaginario, establece un lejano y complicado trato con el mundo objetivo. No está obligado a “describirlo” ni a “informar” sobre él a los lectores. Eso, al menos en principio.

Al periodista no se le concede el permiso de “imaginar”, su prioridad es recoger y transmitir información. La elegancia o la belleza que pueda haber en su palabra será un valor secundario y sometido al tema o a la sección del periódico en la cual trabaje.

Un escritor (pongamos que Zola, pongamos que Kafka) puede moverse entre las dos opciones: acercarse a la realidad o distanciarse de ella. Cualquiera que sea la que elija, no tiene libertad para despreciar a la palabra y si lo hace tendrá que justificar dicho abandono.

Estamos hablando de dos actividades lingüísticas que son hijas de la razón y que, a pesar de regirse por su propia lógica y de moverse en ámbitos institucionales diferenciados, no dejan de tener un componente libre y creativo, por mucho que una se ate a los hechos y la otra se ponga las alas y sueñe. Cuando clasificamos los textos periodísticos y los literarios no estamos clasificando minerales ni plantas.

Algunos reportajes, por el arte con que han sido escritos, ya son piezas literarias. Joaquín Vidal, periodista español, convirtió la crítica taurina en prosa de alto vuelo.

Algunas novelas, por el rigor con que narran sucesos verídicos, pueden leerse como reportajes.

Hay puntos en los cuales el periodista se puede convertir en literato y el literato en periodista. Las editoriales y la prensa ya le ceden espacio a estas metamorfosis.

Busquemos, pues, un hueco en los matices, en la zona donde se difuminan las fronteras. Conscientes de que las ramas se separan, pero también convergen.

II

Los viajes de Gulliver, en su época, eran una aventura simbólica susceptible de varias interpretaciones. La fantasía del narrador creaba una serie de universos imaginarios que eran al mismo tiempo hijos del placer y de la crítica. Había placer (el de inventar y contar) en la historia del gigante que llega al país de los hombres diminutos y había una crítica velada (a costumbres y modos de ver el mundo) porque los contemporáneos de Swift tendían puentes entre la ficción y el mundo real. De aquel tiempo viene la polémica sobre el posible simbolismo de las gigantescas deposiciones de Gulliver o de los meados con que el gigante apaga un incendio en los palacios de la pequeña emperatriz. Por esos meados salvadores, Gulliver cae en desgracia.

A Swift no le disgustaba el juego de las semejanzas (entre lo real y lo imaginario) que practicaba su público. Aún cuando fuese un buen prosista y un estupendo narrador de historias, el británico no consideraba que los ejercicios de la imaginación tuviesen el cometido de quedarse atrapados y satisfechos en su propio mundo, la fantasía.

Swift seguía un antiguo precepto, el que Horacio fijó en su arte poética: la poesía deleita y enseña, la poesía es placer y conocimiento. La literatura nos proporcionaría un placer estético. Tal sería su condición necesaria, la que le daría un rostro distinguible en relación a otro tipo de lenguajes (el filosófico y el religioso). Pero las bellas letras, a su manera (desde la imaginación), podían abrir una serie de extrañas ventanas para contemplar el mundo. En resumen: la de Swift era una imaginación crítica. Para Swift la imaginación (y su reino) cumplían un papel en la cultura.   

Porque tiene su propia naturaleza, segregamos a la imaginación de “lo real”, pero es evidente que estamos ante una facultad que pertenece a la naturaleza del hombre y que ayuda a construir su mundo. Sin herramientas no tendríamos cultura, sin imaginación tampoco. Aunque le rindamos un romántico culto al sueño, éste no deja de ser una herramienta compleja, productora de otra realidad (compleja) e instalada en una realidad (compleja).

Los románticos contraponían el sueño a la utilidad, el arte al interés. El arte, según ellos, nos facilitaba el viaje hasta mundos interiores, subjetivos e intensos (los poetas Lord Byron y William Wordsworth) o hasta visiones interiores, subjetivas o intensas del mundo natural (los pintores Joseph Turner y Caspar David Friedrich). El arte era esa extraña lejanía, con aspiraciones de autosuficiencia, que lograba proyectar una nueva luz sobre las turbias ciudades del hombre. El poeta, como cultivador del sueño, trataba de contemplar al mundo desde fuera del mundo. Eso sueña el artista de entonces. Aunque su sueño parezca una negación de lo real, el extraño que mira desde una distancia extraña permite que podamos imaginar y sentir nuestras vidas de “otra” manera. La excelsa imaginación cumple una función crítica. No es el sueño contra la razón, es el sueño en busca de una nueva razón.

Dadaístas y Surrealistas recuperaron el ideal romántico de una imaginación productora de arte, y no simple imitadora de la realidad. Y como los jóvenes de principios del siglo XIX, también soñaron con otorgarle a la imaginación un lugar de importancia en la vida y la cultura. La imaginación no era un lujo, ni sólo un placer solitario, era una forma de posicionarse ante el mundo.

Kafka era más realista que Zola. Zola era un toro; Kafka un buitre en el cielo.

Quien imagina también ve, pero ve de otra manera y alude de otra manera, porque alejándose se acerca.

III

La imaginación tiene su propia vagina; pero sus hijos, aunque circulen por el cielo, tienen rastros de tierra entre los dedos.

IV

También los crudos mimbres de la realidad pueden resultar asombrosos si los expone la mano de un periodista que intenta penetrar en los hechos sin darle la espalda al lenguaje. Cuando se da el caso, que más da si estamos leyendo un reportaje o internándonos por las veredas de una novela. Aquí ya no es la materia la que impone su condición genérica al texto, la crónica de un hecho sucedido, sino la mirada y el oficio con que el periodista creativo o el literato periodista narran dicho suceso. Se podría discutir durante años qué es un suceso verídico y dónde termina la forma periodística de tratarlo y dónde comienza la literaria. Se podría discutir durante años que se entiende por lo literario. Mientras ustedes discuten y resuelven tales dilemas, yo leo de nuevo A sangre fría de Truman Capote, Operación masacre de Rodolfo Walsh y Plata quemada de Ricardo Piglia.

Ya me dirán cómo resuelven el problema; porque más allá de cuáles sean las prerrogativas de la imaginación respecto a lo literario, las de lo literario respecto a los hechos y las de lo periodístico respecto a lo real y a la imaginación, no creo que el amor a la realidad, el amor al sueño y el amor a la palabra tengan por qué ser siempre pasiones enemigas.

Enviar Imprimir

 
 
Google

     
 

+ OPINIÓN

[ EDITORIAL ]
Sesgo ideológico
El Faro
[ DE AQUÍ, DE ALLÁ ]
Periodismo y literatura
Álvaro Rivera Larios
[ OPINIÓN ]
La música del poema no solo es música
Manlio Argueta
[ EL MIRÓN ]
El uso de Dios en la política
Luis Fernando Valero
[ OPINIÓN ]
Masculinidad, etnia y paisaje
Invención del espacio literario salvadoreño
Parte I de II
Rafael Lara-Martínez
[ GUAYUNQUIANDO ]
El mero papucho
Guayo Molina

Plática con Imanol Uribe, director de cine

 
 
 
Escribir carta
Leer cartas enviadas
 

 

 

                                                     Consulte el buscador de Google y encuentre las notas publicadas en El Faro
 

EL FARO.NET (Apartado Postal 884 , San Salvador, El Salvador)
Dirección: Calle El Mirador, Pasaje 11, No. 138 Col. Escalón. San Salvador, El Salvador.C.A.
Teléfonos: Redacción: (503) 2208 6752 - Fax: (503) 2208 6718
Ventas: (503) 2208 6687, Administración: (503) 2208 6685
Todos los Derechos Reservados. - Copyright©1998 - 2009
Fundado el 25 de Abril de 1998