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OPINIÓN

Masculinidad, etnia y paisaje
Invención del espacio literario salvadoreño
Parte I de II

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 18 de junio de 2007 - El Faro
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Si el joven acaudalado sabe recitar a tiempo en el espléndido salón un hermoso soneto a algunas manos blancas y adorables, o a algunos labios encendidos de sangre virgen, se llevará doble palma en las batallas galantes, a fe mía.
Rubén Darío, “Carta literaria. Señor Don Vicente Acosta”.
En: Vicente Acosta, La lira joven (1890)

Dentro de los rescates actuales de la historiografía artística nacional, destacamos la Antología del modernismo en El Salvador (1880-1910) que prepara Ricardo Roque-Baldovinos. Se trata de una compilación que rastrea el quehacer poético y narrativo en libros y revistas literarias del cambio de siglo antepasado. La introducción replantea el auge del modernismo en el país más allá de un “mito gavidiano”. Esta leyenda lo imagina como “un [simple] problema de versificación” que adapta el alejandrino francés al castellano. La selección recoge una muestra representativa de “cinco poetas y cinco narradores”.

El modernismo —nos asegura— propone una “nueva sensibilidad”. Se trata de una esfera artística que “encuentra su inspiración en lo fugaz, lo insólito, el carácter cambiante y mutable del mundo de finales del siglo XIX”. Este cambio abrupto responde a la “expansión mundial del capitalismo”, a lo que ahora llamaríamos despegue de una sociedad global.  Bajo esta influencia, el arte en general —la literatura en particular— se sitúa en un espacio inédito. Decae el ideal renacentista de un “hombre de letras” que abarca todos los campos del saber y con su conocimiento racional contribuye a fundar naciones. El prototipo agónico de este modelo omnisciente lo representa Francisco Gavidia (1863?-1955), quien anhela conciliar ciencia y arte al igual que inventar “una lengua pura, transparente con la razón”.

La “nueva sensibilidad” la encarna Arturo Ambrogi (1875-1936) quien rechaza la grandiosidad que se le depara a la literatura para volcarla hacia lo efímero, momentáneo y cotidiano. Más que cuestión de personalidades —opciones individuales— se trata de producción de subjetividades colectivas que utilizan la “vía de la escritura” como medio para expresar el sentir generalizado de una época. Por ello, no basta concentrarse en poetas que como “demiurgos” iluminan el quehacer intelectual de su nación.

En cambio, se trata de comprender que los escritores no serían nada sin los espacios institucionales —“revistas, sociedades literarias, veladas, mercado editorial, mecenazgo”— que apoyan su labor artística. Roque-Baldovinos revisa fuentes primarias olvidadas por antologías previas: El Fígaro (1894-1895, cincuenta y un números) La Juventud Salvadoreña (1889-1897) y La Quincena (1903-1907). Minuciosamente, de esas publicaciones recopila la obra de diez escritores cuya temática central comentamos en seguida. Destacamos lo común a esas personalidades que de Gavidia —pasando por Román Mayorga Rivas (1864-1925), Vicente Acosta (1867-1908), Francisco Herrera Velado (1876-1966), entre otros— hasta culminar en Ambrogi e Ismael G. Fuentes (1878-1934) fundamenta el despegue de un espacio literario salvadoreño. 

Lo definimos como campo exclusivo de sensibilidad mestiza, urbana y masculina en el cual sus antónimos —indígena, rural y femenina— se presentan como objetos de una visión colonizadora moderna. A esta mirada le corresponde definir su propia subjetividad colectiva, civilizada, en contraposición a una diferencia étnica, social y de género que remite hacia el margen de su centralidad cultural. No resulta asombroso que las mujeres “respetables” no debían hablar ni dar de que hablar”, según el paradójico contrasentido: “hombre público” contra “mujer pública”, ambos sin referencia al hecho de “publicar”. Asimismo no nos sorprende que los poetas modernistas se apropien de lo indígena para construir un imaginario nacional, a la vez que lo conciben viviendo en el pasado. El auge de la modernidad salvadoreña —la invención de su literatura y, veremos, de un imaginario visual que anticipa la plástica— irrumpe como espacio que le niega a la diversidad étnica, social y de género su derecho a la expresión.

II

Nos concentramos en tres temáticas: mujer, indígena y paisaje. Por simple lógica de oposiciones binarias —como objetos que definen una mirada poética— nos remiten al sujeto masculino, mestizo y urbano cuya prerrogativa de análisis imagina el mundo a su servicio. Esta atención predominante en la cuestión étnica y de género no olvida que tímidamente en la escritura modernista se augura una crítica de la doble faceta de su época, modernidad y modernización.  Sirvan de ejemplo los dos fragmentos siguientes de Gavidia y Acosta. El uno cuestiona el saber científico que encierra al conocimiento mítico ancestral en un “museo” desacralizado, mientras el otro discrepa con un fin monetario que destruye la naturaleza por el avance imperialista estadounidense. 

“Hoy [ídolo] huésped de un museo, ve el ultraje
Con que la ávida ciencia te acapara
Hoy descifro en la mueca de tu cara
La noción de belleza del salvaje”. (Gavidia)

“¡Oh bosques encantados! No es tiempo todavía…
Mas ya se escucha el paso de la potente raza;
Los bárbaros del dollar, los hunos del Progreso,
¡Oh bosques! A destruiros vendrán como avalancha”. (Acosta)

Pero estas denuncias decaen frente al gran tema de la poesía modernista salvadoreña que anhela someter a la mujer a los deseos masculinos, así como relegar al indígena a lo pasado moribundo y acotar el paisaje dentro de una exaltación costumbrista. En esa escritura restrictiva —masculina, mestiza y urbana— se colman los primeros balbuceos de un arte nacional.

Si la poesía amorosa precisa el tema generalizado de la antología, este común denominador lo explica la importancia que una fantasía masculina desempeña en el despegue de la sensibilidad moderna. Más que denuncia política o conquista de un ultraterreno metafísico, la literatura emerge como posesión viril del cuerpo femenino. Esta captura imaginaria de la mujer presenta varias modalidades. Puede simplemente concebirse como ansia de unión amorosa en la cual la lírica funciona de cortejo nupcial.

“Trae el soplar la brisa, ruidos, besos, pasión,

Himnos para el amor”

Por aquel rudo templo,
         Pasa una bendición

         Que es divina oración”. (Gavidia)

“Cerca, los dos muy cerca, aquella noche
La niña de mi amor estaba pálida

Llevé a mis hombros, y en su frente casta
Puse en beso apasionado en el alma

Brotaron rosas en su faz nevada”. (Mayorga Rivas)

“Mi fogoso alazán…
         Partamos, que te aguarda
Quien por tu amor no teme ni la muerte.
Prisionera en mis brazos mi sultana”. (Acosta)

Desde su primera página el Semanario El Fígaro establece una distinción entre escritor y lectora como dos espacios —público y privado— que demarcan diferencias de género estrictas. Más que innovación, la expresión modernista masculina se entiende como antiguo galanteo que el “mago admirable” de la palabra —el poeta— vierte a los “pies” de su Musa —la belleza femenina— al colmar caballerosamente su “capricho”.

“De aquella tierra de la sal y del garbo, del rico atavío y del ingenio que prodiga, de allá viene sonriente y triunfador, este mago admirable, que tiene una frase galante para vuestros ojos decididos, lectoras mías, y que como arroja capa y sombrero en homenaje a unos pies diminutos, así esgrime el arma en defensa de los fueros de la belleza, a la antigua usanza de los apuestos caballeros, que en noble lid rendían la vida por un capricho de su dama”. (Lohengrin (Víctor Jerez), Tomo I, No.1, 11/octubre/1894: 1)

Más confusa la poesía anuncia la obsesión de los poetas por realizar la cópula con una virgen. La búsqueda de la ingenuidad y pureza femenina no sólo la manifiesta la ocurrencia explícita del término, más de treinta repeticiones en un breve corpus. También la evoca la múltiple aparición de lo blanco y el terrible temor por que la pureza de la amada la mancille la simple mirada de reojo que le propicia el deseo de otro hombre.

Si en Gavidia los laureles de la poesía los colma el cuerpo de una virgen, en Mayorga Rivas, Solórzano y Fuentes su ansia de posesión —diría Acosta— son “esa flor”, “un ave”, el material mismo que compone la poesía: “un busto pequeño de mi bella amada/¡Oh! mi musa”; “en el amor está la inspiración y la poesía” (Solórzano). En Fuentes, la potencia de la mirada hace de los ojos viriles “puñales” y de la fémina observada, la víctima de una violación que merece la pena capital.
 
“Yo era un bramán conocedor del Veda;

Oyendo mis cantares y refranes

En premio dispusieron cierto día,
Obsequiarme una virgen los bramanes.
Y eras tú, mi Aogandyra enamorada”. (Gavidia)

“Su cuerpo virginal de rosa y nieve”. (Mayorga Rivas)

“Cincuenta jóvenes vírgenes”. (Juan Antonio Solórzano)

“Yo había creído encontrar en ti la virgen de Ossián”. (Ismael G. Fuentes)

“Había un joven moro que clavaba sus pupilas centellantes en el rostro de la bella Zaíra […] esa mirada tenaz y fija en su novia […] sepultó en su seno blanco y turgente la finísima hoja del puñal”. (Fuentes)

En el caso particular de Acosta, existe una íntima relación entre masculinidad poética y voyeurismo crónico tal cual la documenta Julio Alberto Martí (Renato Girón) en su opúsculo Vicente Acosta. Introductor del modernismo en Centro América (1942).

“Acosta […] amaba escribiendo versos y enamorando mujeres […] fue siempre un galante enamorado. Muchas mujeres se desvivían por obtener un cumplido poético suyo. Sé de cierta ocasión que Vicente se pasaba días enteros hasta con sus noches, en un banquito de la Plazuela Morazán de San Salvador, viendo, con mirada de ensueño hacia una casa de enfrente en donde vivía una señorita de belleza imponderable”. (Girón)

La obsesión histérica por el cuerpo de la mujer la encarna Andrés, futuro “sacerdote modelo” tan “devoto de una hermosa Magdalena”, de quien se enamora (Ambrogi, El Fígaro, Tomo II, No. 21, 16/oct/1895: 163-168). En “un rapto de reconcentrado misticismo” —según el rector del seminario— “profanó la santa imagen”, desnudándola al tiempo que implora amor de la fría efigie religiosa: «“ámame mujer”».

Dentro de esta enfermiza posesividad por la mujer —ante todo apropiarse de la virgen— su raza blanca la descubre como emblema reiterativo de la pureza. La blancura calca el cuerpo inmaculado que desea poseer el poeta como materia prima de su composición escrita.

“Admiré la blancura de tu frente

doblé ante los altares la rodilla”. (Gavidia)

El poeta “ya se cree inspirado […] e invoca a Palas Atenea, la rubia diosa de los ojos azules”. (Solórzano)

Lo blanco caracteriza todo “sueño místico”, elevado y puro por el cual el poeta asciende más allá de la experiencia cotidiana y banal hasta identificarse con figuras angelicales y celestes. Lo albo expresa la nobleza metafísica de la poesía. El color racial —cutis y cabello— trasciende toda implicación material para insinuar un valor ético superior.

“En la calle, nos esperaban una multitud de niñas y niños rubios vestidos de blanco. A ninguno pude conocer. Eran divinamente bellos. —Son angelitos […] y el altar que sostenía a la Virgen Blanca […] los monaguillos rubios agitaron las campanillas”. (Solórzano)

En ausencia de la virgen, aflora una sexualidad deforme que dialoga con la prostituta como posible compañera. Quizás virgen y ramera exhiban opuestos complementarios que redondean una sola dualidad figurativa. Pureza y mácula se reúnen en una unidad que engloba los antónimos. La figura de “la pecadora” la completa la femme fatale cuyo amor augura la muerte del amante.

“Antes no eras así. Tú eras humilde,
         y hoy eres orgullosa;
el pudor te encendía las mejillas,
y hoy te las pone la lascivia rojas”.

“Aquellos hombre de ciencia, de cerebro frío y alma impasible […] —¡Louisa! Ellos me dijeron que tú eras mi muerte; ellos me dijeron que tu amor me mataría!”. (Mayorga Rivas)

“¡Ay! A veces vosotras, las mujeres,
 Sois venenosas como ciertas flores

Tu belleza magnífica atesora

De que, si ese conjunto se remueve,
Quede sólo la impura pecadora
Como el fango en la calle cuando llueve!”. (Acosta)

Los riesgos de la unión carnal los consigna la muerte. El erotismo viril acaba en la extinción de alguno de los amantes y en el tinte negro que evoca cementerio y defunción. Acaso en contraposición a lo blanco la oscuridad de la piel evocaría valores inferiores —como “los deseos” en Acosta— que justifican la jerarquía racial y social en una de las escasas escritoras modernistas, Rafaela Contreras de Darío.

“Era austero y sesudo

Hojeaba triste un libro amarillento,
Cayó, convulso y torvo, de su asiento

El libro extraño, y que, al abrirlo, hallara,
Unos cabellos de mujer muy blondos”. (Mayorga Rivas)

“En el féretro negro de la noche”.

“Estremecen tu cuerpo delicado
Los gritos de la carne –la pantera
Que en el negro cubil de tus deseos
Se desespera y se retuerce hambrienta—
Para clavar su garra despiadada
En tus núbiles formas ¡pobre enferma!”. (Acosta)

“No era blanco como aquél [el niño rico], pero a su color, algo moreno [el niño pobre]”. Rafaela Contreras de Darío

Con mayor peligro resulta que cuerpo femenino y droga se confundan en su consumo adictivo. En Ambrogi el acto carnal equivaldría a una inyección de morfina. Más explícito, en J. Antonio Delgado, la seducción se compara a la ingestión de “la copa de ajenjo” que “la pálida virgen” —cual Eva primigenia— le tiende a su amante “embriagado” de antemano por la simple visión de la fémina.

“La mundana es morfinomaniaca […] oprimen sus senos erectos, que tienen formas lujuriosas y palpitaciones locas”. (Ambrogi)

“Si entonces a mis labios la copa llevaba
La pálida virgen de dulce tristeza”. (Delgado)

De esta omnipresencia de una figura femenina imaginada por el hombre —casi absoluta ausencia de escritoras— surge como espacio poético modernista el privilegio de una fantasía erótica masculina. Su inventiva poética se regocija en elaborar una mujer maleable a imagen de su deseo, sea este apetito bondadoso en su satisfacción, o bien culmine en la tragedia mortal o drogadicta. Acaso aquellos rituales de iniciación que las sociedades primitivas conciben —para marcar el paso de sus miembros de la infancia hacia la madurez— la novedad del modernismo los reviste bajo el ropaje del arte. La propia efigie alegórica del modernismo —Rubén Darío (epígrafe inicial)— concibe “un hermoso soneto” como “doble palma en las batallas galantes” que mantienen los aguerridos machos por acaparar mujeres de “manos blancas” y “sangre virgen”. La poesía modernista salvadoreña se regodea en explayar una masculinidad obsesiva en su erotismo.

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