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En Guadalupe urge el milagro de los peces

Este pueblo vecino de Verapaz también es símbolo de la tragedia. Hasta este martes era el símbolo del aislamiento, de la desatención, del olvido y de la ayuda a cuentagotas. La gente sale corriendo cuando llega la noticia de que llegó el agua. 40 bolsitas para 268 sedientos. Siete sedientos por cada bolsita de agua. Y demasiadas rocas del tamaño de casas para esas cansadas manos desnudas.

Daniel Valencia / Fotos de Frederick Meza
cartas@elfaro.net
Publicada el 11 de noviembre de 2009 - El Faro

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Parecen obreros de una cantera picando roca. Obreros explotados porque para ayer se necesita conectar al pueblo con la ayuda humanitaria, pero aquí solo hay 30 hombres que luchan contra decenas de peñas gigantescas. Esas asesinas que arrojó el volcán, ese Chichontepec que lastimó de nuevo a Guadalupe.

Ninguno de estos hombres está relacionado ni con la alcaldía ni con el ejército ni con el Ejecutivo. Son vecinos, amigos, compadres. Líderes a los que les ha tocado echarse el pueblo al lomo porque las autoridades se olvidaron de que las faldas del volcán también cayeron sobre otros pueblos más allá de Verapaz. Es martes y ya es el tercer día desde la tragedia.

A uno de esos hombres le dicen “Gallina” porque a su tío y al padre de su tío así les decían también. Es moreno y lleva el pelo largo y liso amarrado con una coleta. Hoy viste un centro negro y una calzoneta de lona color azul. Los brazos, el cuello y la cara cuadrada los tiene colorados como langosta por culpa del sol. Gallina no sabe por qué a su tío lo apodaron así y tampoco le importa mucho. Se acomodó a su herencia y por ese apodo responde cuando le piden, de favor, que deje de huevonear y siga dándole al cincel con el mazo. Gallina y otro tipo quieren rajar una peña que los dobla en altura. Y no es la única que hay aquí. Tienen dos horas de estar con esta mole, la cuarta del día. Son las 3 de la tarde y en todo el día, Gallina y sus compañeros apenas han picado tres, a las que luego les introdujeron dinamita y las hicieron volar en pedacitos que han de pesar cuatro kilogramos cada uno. Esta roca es la cuarta, pero no se deja la condenada.

-¡Malditas peñas hijas de puta! –dice Gallina, antes de tirar el mazo al suelo y pedir un poco de agua.

-¿Cuánto han penetrado? –pregunto.

-Como 30 centímetros apenas. ¡Es que esta pendeja sí está dura!

A lo lejos, un helicóptero del ejército sobrevuela hacia un descampado en donde aterriza, en las afueras, con cargamentos de ropa. El alcalde de Guadalupe se queja de que solo ropa están trayendo al pueblo, cuando lo que más urge es agua, alimentos y maquinaria pesada para mover de verdad esos peñones que la desconectan.

En la cantera, el que está con Gallina también se cansa de sostener el pedazo de hierro que les sirve de cincel y pide auxilio. Dos jovencitos de Guadalupe relevan a los adultos. Casi de inmediato, Gallina y su pareja ríen, porque el que agarró el mazo estuvo a punto de destriparle los dedos al otro en el primer golpe.

-¡´jue puta! Casi me das –le grita el que sostiene el cincel.

A falta de Obras Públicas que vengan a hacer este trabajo que ahora comanda Gallina, dos jovencitos juegan a Pedro Picapiedra y Pablo Mármol con uno de los peñones que impiden el paso entre Verapaz y Guadalupe. Pero esto no es un juego.

-Aquí nosotros somos los bomberos, la policía y el ejército –dice Gallina, y luego estira los brazos y grita-: ¡Estiramiento para el entumecido! ¡12 pijazos le voy a dar!

Gallina y estos hombres han estado picando piedra desde el lunes 9 por la tarde, un día después de la tragedia provocada por Ida. En la mañana del lunes, bajaron al tercero de los cuatro puentes colapsados en la vía hacia Guadalupe y con troncos y tierra hicieron uno improvisado por donde ahora cruzan la gente y los pick ups que del pueblo recorren 3 kilómetros hacia la entrada a Verapaz, ubicada en la colonia San Antonio, para reclamar ayuda. Ahí estaba, hasta el sábado en la noche, el puente que conectaba a estos dos municipios.

3 kilómetros arriba, la entrada al municipio de Guadalupe tampoco existe, y donde estaban los arcos que el alcalde mandó colocar para que recibiera a los visitantes con un “Bienvenidos a Guadalupe” ahora hay rocas y rocas y más rocas. El puente desapareció en un 80% y ahora la arenilla y el lodo compactado que Gallina y sus compañeros aplanaron también ayer lunes es el paso más seguro. Hacia arriba, el cauce del deslave que bajó del volcán mide entre 150 y 200 metros de ancho y tiene unos 25 metros de profundidad. Hacia abajo, en dirección a Santa María Ostuma, quizá mide unos 300 de ancho y disminuye su profundidad justo enfrente de la que era la colonia Santa Rosa. Ahí el cauce se convirtió en asesino. Y más abajo, quizá los deslaves no han dejado la cantidad de muertos que generan alarmas como la de Verapaz, pero hay otros pueblos que, como Santa María Ostuma, están envidiosos de la ayuda que ha llegado a Verapaz y gritan por agua, comida y un techo y nadie responde.

A tres días del desastre, El Salvador ya ni sabe cuántos muertos tiene porque las autoridades no se ponen de acuerdo. Según dijo Humberto Centeno, el ministro de Gobernación, había 165 la tarde del martes. Protección Civil, una hora después, dijo que 153. El departamento de San Vicente, a las 5, registraba 60. Pero solo en la alcaldía de la cabecera, a las 8 de la noche, registraban 76. En Verapaz apareció otro cuerpo de mujer sin identificar y hasta la noche del martes nadie lo había reportado. Con lo que los muertos en Verapaz subieron a 14.

Esa descoordinación es en cifras, aunque en distribución de ayuda también pareciera que las cosas no están claras. Tepetitán, San Pedro Nonualco, Jerusalén y el propio municipio de San Vicente reclaman la acción del gobierno, tengan o no tengan muertos. En la noche, Telecorporación Salvadoreña sacó tomas de todos estos pueblos en donde no hay tractores ni nadie que responda por ellos. Como ocurre aquí en Guadalupe.

Gallina dice que si alguien baja a la colonia Santa Rosa debe de tener cuidado, porque el fango todavía no está seco. Y tiene razón. Cerca de las dos únicas champas que quedaron en pie la madrugada del domingo, el lodo se traga los tobillos de quienes lo retan. Por eso la familia de Juana de Alvarado ha hecho puentes con los árboles caídos para alcanzar las rocas más cercanas y cruzar, dando saltitos, la inmensa playa que los conecta con el pueblo.

La familia Alvarado es una familia de supervivientes. La champa de Juana y la de su hijo Wilfredo son las únicas que quedaron en pie, a un costado del aluvión. La mayoría de sus vecinos desaparecieron con el golpe de las rocas y lodo. Ellos “por gracia de dios” –como dice Juana- se salvaron, porque no hay lógica visible que diga cómo es que esos peñones que están enfrente no rebotaron hasta acá o cómo los que están más abajo escogieron otras viviendas para embestirlas. Estas paredes de lámina y esta pila de concreto poco hubieran hecho contra el alud.

Enfrente de la familia Alvarado vivían dos cipotes a los que la correntada los agarró dormidos. Enfrente de estos dos vivía una familia de 10 de la que ahora solo sobreviven tres: Ulises, Javier y Fátima Hernández, los hijos mayores. Las rocas se llevaron a Rosalío, a su esposa y a cuatro niños menores de 10 años. Brandon Harley, el más chiquito, tenía dos. Fátima había dicho que este año lo metería al kínder pero ahora Fátima lleva tres días buscándolo entre los cafetales.

Fátima, a las 4 de la madrugada, como pudo –Juana no se lo explica- apareció vapuleada, con los brazos como rotos y las piernas hinchadas en la puerta de la familia de Dorotea.

-Venía chulona. Chuloncita y llena de lodo –dice Rosa. Los hermanos de Fátima, Ulises y Javier, estaban menos lastimados.

-A ellos solo los venadeó la corriente –explica Sandra, de 24 años, nuera de Rosa. “Venadear”, en esta zona, significa perseguir con denuedo. La correntada los venadeó.

De toda la familia Alvarado –seis adultos y dos niños-, Sandra fue la única que perdió su champa. A la 1 de la madrugada, su marido, José, le dijo que saliera de ahí, que ni modo. Y salieron los tres junto a su hija Heisy, de cuatro años. Media hora más tarde, su casa fue tragada por la correntada.

-No estaría aquí si me hubiera quedado –dice Sandra, mientras se come un huevo duro y una tortilla que le dieron allá arriba, en el albergue.

Su concuña, Ana Esmeralda, aparece entonces gritando desde el plan que está llenó de rocas, diciéndole a su suegra y a Sandra que se muevan, que ya van a repartir agua en el Instituto. Allá, al otro lado, acaban de llevar dos paquetes de agua con unas 20 bolsitas cada uno. En ese albergue hay 268 damnificados. Y han traído unas 40 bolsitas. O sea, unas siete personas por cada bolsita. Las mujeres salen corriendo a ver si alcanzan alguna bolsa.

En eso, al fondo, arriba, Gallina y su gente se esconden detrás de las rocas. ¡Bum!, anuncia la dinamita. Son las 4:30 de la tarde y finalmente la roca cede. Cuatro rocas en un día.

La Santa Rosa era una colonia a la orilla de la quebrada de Guadalupe. A la orilla de esa quebrada, de punta a punta, siempre han existido colonias. Abajo del pueblo, esas colonias están en medio de la quebrada y de la calle que conduce hacia Santa María Ostuma –hacia abajo- y en dirección del centro del pueblo, hacia arriba. Ahí está el Instituto Santiago Ichigoyen, en donde el agua no alcanza. Más arriba está la alcaldía, enfrente la plaza y, al otro lado, la iglesia católica con un ciento de desplazados por las lluvias. En todo Guadalupe hay alrededor de 600 damnificados directos que perdieron sus casas por completo o que las tienen tapizadas con lodo. Una décima parte de la población del municipio víctima directa de Ida.

-Pero dentro de poco podemos ser todo el pueblo porque aquí no ha venido la ayuda. Y sobre todo lo más importante: ¡el agua! –se queja el alcalde Juan Antonio Cisneros.

Este martes, Guadalupe tiene una población de 6 mil habitantes sin electricidad y sin agua y el río Guadalupe ahora es un charco de lodo que no da de beber.

Atrás de la iglesia está la calle La Ronda, una empedrada en donde todavía hay vestigios del desastre que derrumbó los cimientos de Guadalupe el 13 de febrero de 2001, cuando tembló la tierra. También hay gente con los recuerdos del otro desastre, ocurrido en septiembre de ese mismo año, siete meses después del terremoto. Esa vez, un aluvión con menos fuerza que el del domingo se llevó a la Santa Rosa y a las dos hijas de Rosalía Evaristo. Esta vez, el aluvión se llevó a ocho confirmados y a 15 que no han aparecido. Dejó cuatro heridos y 37 casas destruidas, según los datos preliminares de la alcaldía. La Santa Rosa ya había sido reubicada más arriba de la casa de Francisca, pero Juana me explica el regreso de la gente a la zona de riesgo con un argumento que cuesta combatirlo: “El terruño es el terruño”. Al menos, a esa convicción no se la lleva ese aluvión que según Francisca Inés Cerón esta vez se multiplicó hasta 10 veces en comparación con el de 2001.

La casa de Francisca está a la orilla de la zona de desastre. Por eso está viva. Por un pelito. Aquí solo cayó una roca que destrozó el baño porque por suerte esta hilera de casas que se extiende hasta arriba estaba protegida por un dique que desapareció. Ahora, a la orilla solo hay un precipicio de unos 30 metros y abajo hay más rocas. Del tamaño de las que Gallina, unos 50 metros más abajo, está tratando de quebrar.

A las 5:30 de la tarde se escucha otra detonación. Es la última de este martes. Pudieron con cinco en un día. Gallina y su gente ya descansan, viendo pasar a los jóvenes que llegan de Verapaz con algunos víveres. Gallina es incansable y decide ver si ayuda con algo del otro lado y emprende la procesión de tres kilómetros hacia Verapaz, sorteando otros dos puentes caídos y rocas del tamaño de casas.

A Gallina a veces le llaman por su nombre, Francisco Rosales, de 33 años, y está desempleado. Era despachador de las rutas de buses 501, 160 y 178 pero lo despidieron hace una semana.

-En un recorte de personal que hicieron esos cabrones -dice.

Despechado, el sábado de la semana antes de la tragedia, Francisco se fue a bailar, bravo, a una fiesta en San Emigdio y muestra los pasitos hacia adelante y hacia atrás que hizo en el baile. Su baile le saca risas a un grupo de mujeres que vienen con cajas en la cabeza rumbo a Guadalupe. Y sigue contando qué pasaba por su mente cuando le notificaron el despido.

-Y deseé que esos cabrones no ganaran dinero y mirá: se les cortó la ruta. Voy a dejar de andar deseando cosas mejor, ja, ja, ja...

Es la entrada a Verapaz, o la ex entrada a Verapaz, donde hasta el sábado pasado estaba la colonia San Antonio. Gallina observa un tractor que rompe fácilmente rocas con la pala. Rocas como las que él y sus compañeros han estado combatiendo a pura mano en Guadalupe.

-¡Puta! ¡Ya quisiéramos uno de esos pa´ moler esas piedras cabronas!

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