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La enfermera que no pudo ser

La joven de 15 años que fue asesinada junto a su madre y a los seis sacerdotes jesuitas hace 20 años, tenía planes de casarse cuando la encontró la muerte. Era buena estudiante, quería ser enfermera y, sobre todo, quería a su novio. Comenzó a planear su boda, pero no alcanzó a contarle a su madre.

Diego Murcia
cartas@elfaro.net
Publicada el 16 de noviembre de 2009 - El Faro

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Celina Mariseth Ramos Lozano fue asesinada junto a su madre, la noche en que mataron a los seis sacerdotes jesuitas de la UCA. La mataron un mes antes de su boda, cuando ella apenas tenía 15 años.

En ese entonces, Celina acababa de finalizar su primer año de estudio del bachillerato comercial en el Instituto Nacional José Damián Villacorta, de Santa Tecla. Además de ser estudiante, era catequista por vocación y doméstica por necesidad. Ella trabajaba con su madre Julia Elba Ramos Lozano en la casa donde vivían los jesuitas a cargo de la administración de la Universidad José Simeón Cañas, UCA, en Antiguo Cuscatlán.

Pocos saben de la vida personal de estas dos mujeres que vivían bajo el resguardo de los jesuitas, a quienes -junto a otras personas- se encargaban de limpiarles la casa, lavarles la ropa, tenderles las camas, cocinarles... atenderlos en sus necesidades cotidianas.

Pocos saben que Elba estuvo casada con un caporal de una finca de Santa Tecla llamado Obdulio Ramos, con quien habían procreado tres hijos y una hija. Los dos primeros murieron, uno en el vientre de Elba; el segundo, poco después de haber nacido. Luego vino Celina Mariseth Ramos Lozano y por último José Ángel Ramos Lozano. Celina, “mi niña”, como le llamaba cariñosamente Obdulio, nació el 27 de febrero de 1973 en Las Minas, Jayaque (La Libertad) y su hermano José nació en Acajutla, en 1976.

Era una niña bien tremenda, recuerda entre risas Juana Vilma Ramos, tía de Celina. Ella conoció a la niña durante sus primeros años de vida, antes de que el matrimonio Ramos Lozano decidiera moverse de Acajutla a la capital en busca de trabajo. “Cuando la abuela la regañaba, corría donde la mamá y le decía: ¡mirá, esta abuela me está regañando!”. Entonces Celina corría descalza detrás de las gallinas que tenían en el patiecito de la casa y se subía a los árboles para cortar hojas de jocote y comérselas con sal. “Era bien risueña y su modo era bien bonito. Nunca se enojaba. Al hermano sí, a él sí que lo regañaba. A ella no le gustaba ver que él le constestara a los papás o que fuera malcriado con ellos”.

Cuando se establecieron en Santa Tecla, en la colonia Las Delicias, Celina estudió seis años de primaria en la Escuela Luisa de Marillac. Ahí se fue haciendo de amigos y aprendiendo los oficios domésticos de su madre. Su hermano, por lo general, pasaba más tiempo con su padre, muchas de las veces trabajando en las jornadas del campo en una hacienda llamada El Paraíso, donde él había conseguido un puesto de caporal.

En 1989, Celina llegó a sus 15 años entre valses y regalos. Mientras tanto, la guerra civil tenía hirviendo a El Salvador con los enfrentamientos entre guerrilla y fuerzas armadas. Apenas un año antes, la guerra  se desarrollaba en 10 de los 12 departamentos de El Salvador. Pero ese años Arena había llegado al poder por medio de elecciones en medio de grandes tensiones políticas tanto nacionales como internacionales.

Celina y su familia, sin embargo, trataban de llevar una vida normal. De hecho, la joven empezó a asistir a grupos juveniles en la iglesia y hasta se hizo catequista. Tres años antes, se había cambiado de colegio y ahora estudiaba en el Damián Villacorta, siempre en Santa Tecla, donde conoció a su novio Francisco, un joven algunos años mayor que ella y que estudiaba la nocturna en ese mismo centro educativo. El rumor de moda de ese año es que se querían casar, pero no le querían decir a Julia Elba, porque se podía enojar, dado que Celina aún era menor de edad. “Cuando el novio llegaba, la Celina salía corriendo a abrazarlo y lo besaba. Yo la veía muy bonita a ella y al muchacho no, pero, igual, ella se veía muy emocionada”, recuerda Xiomara Alhely Chile Sosa, ex compañera de estudios de Celina y una de sus amistades más cercana de aquellos años.

“Una vez, el novio se enfermó y ella me comentó que le había tocado atenderlo y que esa situación había descubierto que le gustaría convertirse en enfermera”, dice. Claro que en ese entonces las escuelas de enfermería en el país eran pocas y muy caras. A Celina sus padres le pagaban la colegiatura con el sueldo que Julia Elba ganaba con los jesuitas y con algunas cortas a las que asistía en la hacienda donde trabajaba Obdulio. Los jesuitas también le ayudaban a la familia a correr con algunos gastos de manutención de su hermano menor.

Para Xiomara, “Celina era una persona no muy dada a hacer amistades de forma espontánea. Ella era bastante reservada, aunque cuando ella se abría era muy amigable. Nosotras nos comenzamos a tratar por los estudios. Cuando entrábamos a exámenes, xme decía: ¿estudiaste tal cosa? ¿Hagámonos preguntas... a ver si es cierto que nos lo podemos?”

Celina estaba en esa flor de la vida en donde empezaba a despertar suspiros por su física y por sus habilidades como deportista y como artista. Abedardo Guevara, quien fuera profesor de ella en 1989, recuerda que a ella le gustaba participar en los turnos festivos del instituto con números de baile, jugando basquetbol en la selección femenina o participando en la banda de paz.

El año escolar de 1989 había finalizado en una relativa calma y con una buena noticia de por medio: Celina y su novio habían planeado casarse en diciembre de ese año. Ella había logrado terminar con promedios decentes sus materias. Por ejemplo, en letras tuvo un promedio final de 9, en biología tuvo 7, en mecanografía 8, en sociales 7, en contabilidad 9... Las materias que sí le costaron y por las que estuvo a punto de perder una beca con la que pagaba sus estudios en el Damián Villacorta fueron inglés y matemática, con promedio final de seis cada una.

Todo iba bien, hasta que el 11 de noviembre el FMLN lanzó en San Salvador y otras ciudades la más poderosa de sus ofensivas militares durante 10 años de guerra. Pocas horas después, todas las radios del país eran encadenadas a la emisora del ejército, Radio Cuscatlán. En la cadena radial se escucharon amenazas de muerte contra dirigentes políticos y religiosos y contra “Ellacuría y los subversivos de la UCA”. El propio vicepresidente Francisco Merino acusó por radio al padre Ellacuría de haber envenenado las mentes de la juventud salvadoreña desde la UCA y desde el Colegio Externado San José.

“Recuerdo que una semana antes de que la mataran, nosotros habíamos planificado una visita a su casa”, dice su amiga Xiomara, bajando el tono de su voz, tiñendo la expresión de su cara de grises memorias. A las 7:30 de la mañana del jueves 16, el país se desayunaba la muerte de los seis jesuitas y de Elba y Celina.

Un informe enviado por William Walker, el entonces embajador de Estados Unidos,  al Departamento de Estado, en agosto de 1990, revela que el juez Ricardo Zamora, que estuvo a cargo del caso jesuitas, “había reportado que él descubrió evidencia de una transmisión de radio usando frecuencias militares para dar a conocer la muerte de Ellacuría aquella mañana de noviembre 16. Él cree que existen otras transmisiones que están grabadas en cintas de casete... De acuerdo con la declaración obtenida por el juez, Pedro Anselmo Arévalo Coreas, un miembro de la Policía Nacional de guardia en la zona, escuchó la transmisión y contestó: Hártenselo."

Después del asesinato, a Xiomara no la dejaron asistir a la vela ni al entierro de Celina. “Dice mi mamá, que yo conservaba una fotografía de ella y que no paraba de llorar mientras la veía. Yo realmente no lo recuerdo. Pasaron los días y yo, que conocía a su familia y había estado en su casa, sentía como que me perseguían. Cuando la mataron, las clases habían finalizado, difícilmente el resto de mis compañeros de clase pudimos contactarnos entre nosotros o con los familiares para saber cómo había sido. Algunos pocos compañeros fueron al entierro. Los otros supimos las cosas que habían pasado por los medios. Cuando regresamos a clases, el siguiente año, prácticamente nadie quería hablar de eso. Por el miedo. Wendy Marisol Murcia, otra de las mejores amigas de Celina, incluso dejó de asistir al instituto en ese año. Después de eso, nadie tocó el tema”.

Para los familiares de Elba y Celina, su muerte fue como un repentino descarrilamiento de trenes. A las 6 de la mañana, al concluir el toque de queda, Obdulio, esposo de Julia Elba y padre de Celina, se dirigió hacia la UCA, a encontrarse con sus parientes. Ahí descubrió los cadáveres de las dos mujeres y los de los seis sacerdotes y corrió, bañado en lágrimas, hasta la casa del Provincial de los jesuitas para dar aviso de las muertes.

José Manuel Ramos, tío de Celina, no daba crédito a lo que había sucedido. Él aún asegura que todo fue una mala jugada del destino: “Esa noche, parece que los jesuitas acababan de llegar de alguna reunión y Elba quizo cocinarles algo porque no habían comido. En esas estaban cuando oyeron disparos a lo lejos y ya no quisieron volver a sus cuartos. Ahí fue cuando las agarraron los soldados”.

“Yo, al novio no lo conocí hasta el día del entierro. Ahí andaba el muchacho. Estaba fregado. Fue bien duro. Después del entierro, el hermano menor, José, se fue a vivir con el papá, hasta que él murió también hace unos años. De ahí, se alejó de la familia. De vez en cuando va donde mi hermana Juana Vilma, pero por lo general no se comunica con nosotros. Solo sé que ahora vive en Santa Tecla”, dice el tío de Celina.

Han pasado ya 20 años de ese asesinato, pero Juana Vilma todavía habla de su sobrina como si se hubiera ido del país, a estudiar enfermería, aunque sabe que eso no es verdad. “Cuando tenemos pláticas de ella, me dan ganas de llorar, sé que nunca más volverá. Yo, por lo menos cuando vienen a preguntar, me siento mal”.

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