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“Hice lo imposible por no soltarlo,
pero pudieron más esas piedras”

Priscila peleó con la correntada que quería quitarle a su hijo. Sus lesiones en la cara, cuello, brazos y piernas prueban lo cruento de la batalla. Los domingos salían a vender pan en Verapaz, tomados de la mano. Ahora, ella acaricia las manos de Kevin... las sujeta, las aprieta con fuerza. Quiere retenerlo. Él le responde con los ojos bien cerrados y en silencio

Daniel Valencia / Fotos de Frederick Meza
cartas@elfaro.net
Publicada el 10 de noviembre de 2009 - El Faro

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Es mediodía y Verapaz es un hormiguero de damnificados, de voluntarios, de autoridades y de curiosos. Las víctimas sobrevivientes buscan a sus familiares desaparecidos o vigilan lo poco que les dejó el aluvión que bajó del Chichontepec. Los voluntarios andan repartiendo comida, ropa y medicinas. Las autoridades han hecho una pausa en sus labores para dar al presidente Mauricio Funes el tour de la tragedia, y los curiosos aprovechan para llevarse recuerdos fotográficos de las principales atracciones del municipio: los dos camiones enterrados frente al Instituto Nacional y los peñones tamaño casa anclados en el barrio Las Mercedes y la colonia San Antonio, que tienen como fondo el imponente volcán Chichontepec con sus grietas asesinas.

En esta zona, las colonias han quedado convertidas en campos rocosos, con pedazos de láminas, con trozos de pisos. Tenía razón el jefe de la policía, José Marín, cuando dijo, el domingo por la noche, que en estas dos colonias pareciera que nunca hubo casas. Más parece el cauce de un gigantesco río.

La fuerza y la velocidad con la que cayeron estos peñones se lo llevaron todo. Las rocas desgranaron los ladrillos de cemento que estaban ensartados en los hierros de las paredes, como cuando los collares de cuentas se quedan sin ellas al reventarse. Ahora los hierros parecen cerdas de cepillos gigantescos apuntando en todas las direcciones.

En una de estas casas que ya no existen, cuenta Salvador Dimas, fue visto con vida por última vez, en la madrugada del domingo, el niño Kevin. Kevin, de 8 años, es el hijo de su sobrina. La noche del domingo, Priscila estaba viva pero mostraba los estragos de su lucha con la correntada: con los labios hinchados, con golpes y raspones en las piernas, en el cuello, la frente y los brazos. Priscila lloraba a su abuelo, Román, de 93 años, mientras lo velaban en un taller cerca de la alcaldía. También lloraba a su madre, Enma, de 52, desaparecida, y a la niña María, de 87, que es la mamá de su padre. Su papá, David, sobrevivió y todavía se recupera en un hospital de Cojutepeque.

La casa de los Argueta Dimas estaba ubicada justo en donde la correntada de La Quebradona del volcán, como le han llamado siempre a la quebrada allá arriba, se convirtió en una Y asesina, que a la izquierda arrasó con la colonia San Antonio y a la derecha asoló el barrio Las Mercedes. La casa de los Argueta Dimas era la primera, justo en el lado derecho de esa Y, a la par de la unidad de salud. Ahora no hay rastros ni de la unidad de salud ni de la casa de los Argueta Dimas. Tampoco de Kevin.

Kevin era morenito y tenía el pelo negro, cortado bien pegadito al cuero cabelludo. Recién había pasado al cuarto grado. Kevin era el único hijo de esta madre soltera de 32 años, que viajaba a San Martín cada vez que el pan dulce que vendía por todo el pueblo se le terminaba. Todos los domingos, Priscila cargaba el canasto en su cabeza con la mano izquierda y sujetaba a Kevin con la derecha. Las tías de Kevin dicen que el niño se enojaba porque la mamá no dejaba que la acompañara en la venta, así que Priscila lo convenció de conformarse con los domingos porque durante la semana el estudio mandaba.

Hoy es lunes al mediodía, y ayer debió haber sido el día cuando caminaron tomados de la mano. Pero el niño fue visto con vida por última vez la madrugada del domingo.

La madrugada del domingo 8, Priscila vistió a su hijo y luego se vistió ella porque una vecina les dijo que había que desalojar la zona, porque muy fuerte bajaba el agua. Porque había que huir. Afuera, en las calles que todavía existían, los policías gritaban con megáfonos que era hora de correr, antes de que la tragedia iniciara. La policía se fue, la vecina ya no pudo conseguir el camión que había prometido y a Priscila y a toda su familia la correntada no les dio chance de nada.

Como tampoco lo tuvieron los casi dos centenares de salvadoreños a quienes las lluvias les atajaron la vida en todo El Salvador. Solo en el departamento de San Vicente, este martes al mediodía se contaban ya 60 muertos. Y si Verapaz se ha convertido en el símbolo de la tragedia, y fue el primer punto que visitó el presidente este lunes, el resto del departamento no se queda atrás. En Tepetitán y Guadalupe-, así como en todas las colonias aledañas al río Acahuapa, en la cabecera, departamental, no hay rastros de algunas viviendas que el sábado aún estaban ahí.

Junto al puente que introduce a San Vicente, unos kilómetros al oriente de Verapaz, había una colonia y ahora apenas se adivina que ahí hubo muchas casas. El Acahuapa se las llevó y el puente ahora solo tiene un carril habilitado y, como dijo un policía que se quejaba por el fuerte tráfico del único carril sobreviviente, “quién sabe cuánto aguante”. Las fundaciones de la estructura lucen chulonas, erosionadas, casi al aire.

En San Vicente municipio la alcaldía cuenta 21 colonias con daños graves y tiene mil 200 pobladores viviendo en albergues. Hay 40 o más desaparecidos en todo el departamento y en la cabecera, según el alcalde Medardo Lara, los cadáveres que llegan no dan tiempo para los reconocimientos. Hoy Medicina Legal tuvo que enterrar a tres en fosas comunes por el avanzado estado de descomposición en que estaban.

Este lunes por la mañana, a unos kilómetros al occidente de Verapaz, estaban a punto de enterrar en fosa común a un niño. El cuerpo de un niño desconocido que apareció en el municipio de Santa María Ostuma, en la zona de El Chaperno. Una profesora se acercó y le pareció conocida esa cara.

El Chaperno queda a dos kilómetros de Verapaz. El Chaperno ya pertenece a otro municipio e incluso a otro departamento, a La Paz.

La profesora creyó reconocer aquel rostro amoratado y a las 9 de la mañana llamó por teléfono a una conocida suya en Verapaz, llamada Priscila. Priscila pidió a Nury, Angélica y Félix que fueran. A las 11 de la mañana los ojos de Priscila reconocieron aquella cara morenita cercada por pelo negro, cortado bien pegadito al cuero cabelludo. El cuerpo estaba en un ataúd, en las afueras del pueblo. Todavía tenía puesta la camisa negra que Priscila alcanzó a vestirle unas 34 horas antes. Se la quitó, le puso en su lugar una camisa blanca de botones y un escapulario sobre el pecho.

La noche anterior, la noche del domingo, Priscila reveló que en realidad sí hubo unos fugaces segundos ese día en los que ella y Kevin estuvieron tomados de la mano, aunque no de la misma forma como cuando salían a vender pan.

-Yo hice lo imposible por no soltar la mano de mi niño, pero pudieron más esas piedras –dijo, mientras velaba a su abuelo.

Han pasado más de 30 horas desde entonces. Es lunes y se acerca el mediodía. A las 11:30 a.m., por fin, las manos de Kevin y las de Priscila se reencuentran. Ella las acaricia... las sujeta, las aprieta y las acaricia de nuevo... las manos del niño, blancas, con sus uñas bien recortadas, se dejan sujetar. Le dicen que es tiempo de cerrar el ataúd y ella aprieta más fuerte las manitas, como buscando que con eso regrese el tiempo y se vayan las rocas sin su hijo.

Media hora después el pueblo -o lo que queda de él- es un hormiguero. Después del mediodía, boy scouts entran y salen de la ermita con bolsas de agua, con comida y con ropa. Frente a la iglesia, decenas de damnificados caminan en silencio, con platos de comida en las manos, rumbo a la zona del desastre, ubicada a unos 700 metros. En la zona en ruinas, el almuerzo parece un pic nic para recordar, pero varios padres y madres aún buscan desesperados a sus hijas y a sus hijos entre los escombros.

Más allá, Priscila está en comunión con su hijo. Besa el vidrio del ataúd. Kevin se despide con los ojos bien cerrados y con sus manos lívidas entrelazadas a la altura del pecho.

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