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Cuisnahuat o el retrato de Dorian Gray

Al cabo de cuatro años de haberse enrolado en Red Solidaria, los Montes Ramírez siguen en la misma miseria que en 2005 en el tercer municipio más pobre de El Salvador. Sin embargo, acaso sus hijos tengan razones para algún optimismo...

Daniel Valencia / Fotos: Mauro Arias
cartas@elfaro.net
Publicada el 15 de junio de 2009 - El Faro

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El puente Cuisnahuat, en Sonsonate, permite ir entre dos mundos completamente distintos. En el primero se ve una carretera llena de piedras, algunos ranchos regados a la orilla del camino, un río sucio y un paisaje montañoso, que se antoja idílico. En el segundo, Teófilo, Rufina y sus siete hijos caminan descalzos sobre el piso de tierra de su casa. Como lo hacían hace cuatro años, cuando se enrolaron como beneficiarios del programa Red Solidaria.

Al otro lado del puente, el primo de Teófilo, Manuel Montes, hace leña de un árbol de tambor caído que él serruchó porque amenazaba con aplastar la estructura endeble que, de tanto cargar gente, ya tiene las vigas dobladas. Y eso que el puente tiene, apenas, dos meses de inaugurado. Cuando no había puente, la gente tenía que pasar el río dando saltos entre piedra y piedra para llegar al otro lado, al camino que conduce a la escuela de San Lucas.

A esa escuela asisten los hijos de Manuel y los hijos de Teófilo. Las dos familias fueron beneficiadas con la Red Solidaria, aunque la de Manuel resalta del resto porque vive bajo cuatro paredes de ladrillo de concreto pintadas de blanco, que contrastan con las paredes de barro y varas del caserío Los Montes, y con el 86.30% de hogares del municipio que tienen piso de tierra, según diagnosticó el mapa de pobreza publicado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) en 2005.

En el caserío Los Montes hay 135 familias que forman parte del 69% de hogares en condiciones de hacinamiento. La mayoría están emparentadas por la sangre y por la pobreza que los cobija. Manuel y Teófilo son descendientes de la mata original, de la que nadie recuerda cuándo, cómo y por qué se asentaron en este paraje perdido del cantón San Lucas, del municipio de Cuisnahuat, el tercer municipio más pobre de El Salvador.

“¿Así que vinieron hace cuatro años? Vayan a ver a Téofilo y a la Rufina y juzguen ustedes si algo ha cambiado”, invita Manuel, mientras carga la carretilla repleta de maderos recién cortados, con los que desaparece por la vereda que lo lleva a su casa.

Unos 300 metros adentro, a la par de un sediento riachuelo, hace cuatro años, una familia con 12 hijos caminaba descalza sobre un piso de tierra y añoraba comer algo más que arroz, frijoles y tortillas. Hoy pocas cosas han cambiado aparentemente, aunque probablemente Red Solidaria pueda ver ahí su logro: la permanencia de los hijos en la escuela.

De los 12 hijos del matrimonio, han partido cinco. Los hijos menores de Teófilo siguen caminando descalzos sobre el piso pobre de esta casa, mientras sobre la lenta corriente del riachuelo, cuatro nuevos patos dirigen a sus 10 patitos que nadan entre graznido y graznido…

No mucho ha cambiado. La dieta sigue siendo básicamente la misma. Hace cuatro años, cuando estrechamos la mano de Teófilo por primera vez, los gemelos Gabriel y Javier todavía se colgaban del pecho gastado de Rufina, su madre. Tenían un año. Teófilo tenía 45 y una vitalidad carcomida por las arrugas que se le riegan en el rostro. Rufina, su esposa, tenía redonda la cara y el pelo color negro azabache. Hoy tiene varias canas intrusas y la cara se le ve como jalada hacia abajo. Rufina, ahora, tiene 44 años y dos tristes ojeras debajo de los ojos.

Hoy, a diferencia de ayer, los gemelos Gabriel y Javier no se parecen tanto entre sí como sus padres quisieran. Javier es inquieto, tiene una piel color chocolate y unos ojos cubiertos por dos cejas gruesas, que cerca de la sien se levantan hacia arriba y lo pintan como un niño pícaro y juguetón. Tiene cara de diablito, pues. Gabriel es un poco más claro y sus cejas son rectas.

Cuando al cabo de cuatro años encontramos de nuevo la casa de los Montes, Javier jugaba con un cerdito rosado y Gabriel terminaba de almorzar. Entre las manos cargaba un tazón de plástico con un líquido blanco en su interior, sobre el que flotaban pedazos de maíz molido y cocido. Más tarde reparamos en que aquel alimento era como el corn flakes versión salvadoreña.

-Leche con tortilla quería este -dice Rufina.

-¿Y ustedes qué almorzaron?

-Sopa de arroz con cojoyitos de lero.

-¿Qué es eso?

-Ahh… es un matocho que nace en la tierra. Se echa en sopa de arroz y le da sabor a la comida.

Teófilo, para sacarnos de la duda, sale corriendo rumbo al patio de la casa y en menos de un minuto regresa con un manojo.

-Este es -dice, mientras despenica las hojas más grandes.- Estas se las arrancamos porque si no, la sopa agarra un sabor amargo. Solo hay que echarle lo tiernito -explica.

Rufina, convencida, exclama:

-¡Esa planta tiene muchas vitaminas!

-¿Cuáles, por ejemplo? Entonces, como defendiéndose de los escépticos, resume:
-Ayuda, no crea…

Frente a nosotros, aquel riachuelo a gritos pide que aquel sea un paraje de cuento. Pero la realidad es otra, y en los cuentos las chozas cerca de los riachuelos están rodeadas de pasto verde, flores, tienen chimenea y todos la pasan bien. En la vida real salvadoreña, más de 800 mil personas pasan hambre y Red Solidaria está llegando a su quinto año y ha llegado a 101 mil 918 familias, según las cifras oficiales. Su papel es ayudar en lo más básico, con el propósito no de sacar a la gente de su situación de pobreza, sino de crear condiciones que potencien un futuro más promisorio. Al cabo de cuatro años, sin embargo, estas familias están igual de pobres que antes, así como el clima de Los Montes dentro de la casa de los Montes sigue siendo una especie de horno dentro del cual se cuecen seres humanos.

La pobreza de Teófilo, ayer

Conocimos a Teófilo Montes, rozador, católico devoto,  hace cuatro años, en una feria de la iglesia en ruinas de Cuisnahuat, municipio que cuenta hoy con 12 mil 676 habitantes, según el censo de 2007. Aquella vez, cuando Teófilo descubrió en qué andábamos, se ofreció a contarnos su historia. Hoy lo buscamos de nuevo para que la actualice.

En aquella época, el presidente Antonio Saca llevaba nueve meses en el poder y acababa de anunciar la creación de Red Solidaria. Un día después de ese anuncio, el 8 de marzo de 2005, Saca viajó a Cuisnahuat para presentar el componente educacional de la Red.

“La pobreza es algo con lo cual no debemos acostumbrarnos, debemos ayudar a la gente más pobre del país y por esa razón este gobierno con sentido humano ha tomado como bandera el combate a la pobreza”, dijo Saca, en un terreno ubicado enfrente del lugar en donde ahora cuelga el puente Cuisnahuat, en el cantón San Lucas. Entre quienes lo escucharon estaban Teófilo y su esposa.

En aquel momento, la coordinadora del programa,  la comisionada presidencial para el área social, Cecilia Gallardo, todavía no descifraba si a las familias más pobres se les daría 20 o 15 dólares, a cambio de un compromiso de las madres para llevar a sus hijos a controles regulares de salud y a la escuela. Gallardo tampoco entendía por qué Saca se refería al plan como un plan de “combate a la pobreza” cuando para ella estaba claro que era un programa para atender a los más pobres.

Dos meses más tarde del discurso de Saca, el domingo 15 de mayo, después de presentarnos su casa, a sus hijos, a su esposa y a su pobreza, Teófilo hizo cálculos y llegó a la conclusión de que para pasarla más o menos bien, alimentando con arroz y frijoles a toda su familia, necesitaba, en promedio, 24 dólares quincenales. “Es que si le metemos el conqué, ya no alcanza”, dijo. El “conqué” es la comida, aquello a lo que acompañan las tortillas. Rufina, su mujer, calculó que para sostener a toda su familia, en lo básico, se necesitaban 50 dólares mensuales. Porque ella jamás podría favorecer a uno de sus hijos en detrimento del resto. Para Rufina, los Montes Ramírez siempre jalan parejo. Pero en 2005, solo seis de los 12 hijos de la familia aplicaban dentro de Red Solidaria. Aún así, Teófilo dijo: “No recuerdo cuánto es lo que dijo, pero sí habló de eso y de que les iban a dar transporte para la escuela a los niños que vivieran lejos (…) Ojalá que no sea hasta ahí, y que quien sea que lo haga, lo haga bien”, añadió.

La pobreza de Teófilo, hoy

Cuisnahuat ha cambiado. De San Julián a Cuisnahuat, en el último año, se terminó de construir una carretera de asfalto. En el casco urbano, hace cuatro años, había una sola tienda que era la del alcalde Jorge Miranda, del partido Arena. Hoy, la alcaldía la gobierna Liduvina Hernández, del PCN,  y la competencia al negocio del ex alcalde ha crecido. Antes sólo había un pequeño chalet ubicado frente al predio baldío que sirve de parqueo a la alcaldía. Ahora, cerca del parqueo, hay dos chalets más y un par de tiendas, que se nutren de los más de mil bonos que cada dos meses Red Solidaria entrega a las familias, cuando en el parqueo de la alcaldía las jefas de hogar llegan a hacer cola, libretas en manos, para recoger el subsidio.

Rufina fue a hacer cola, la última vez, en abril pasado. “El dinero se queda allá, cuando compro frijoles, manteca y alguna que otra cosita: una ropita, una camisita…”, dice.

Los seis hijos menores de Rufina comenzaron a ser parte del programa hasta 2006, cuando se soltaron los bonos en el municipio. Entre ellos están los gemelos, que tienen cinco años y han estado en controles de salud; Lorenzo (14 y séptimo grado), Ángel (ahora de 11 y en tercer grado), Mauricio (nueve, tercer grado), y Saúl (siete, primer grado).

Con Teófilo y Rufina se ha quedado también Juana Marbeli, que estudia segundo año de bachillerato y tiene 18. Hace dos años se fue María del Carmen, hoy de 17, porque su padre le dijo que no podría enviarla a la escuela. A ella, la pobreza no le jugó parejo. María del Carmen, entonces, hizo sus maletas y le dijo a Teófilo: “¡Me voy a trabajar para pagarme el estudio!”. La joven ascendió al grado de muchacha en una colonia de San Marcos, en San Salvador, y sus patrones le han ayudado para que este año curse el octavo grado. Visita su casa materna de vez en cuando.

Las otras tres hijas, Celia Esperanza (26), Reyna Margarita (24) y Teresa de Jesús (22) se acompañaron y ahora viven con sus maridos. De vez en cuando apoyan a Rufina con “unos cinco dolaritos”, según cuenta su madre. Jorge Alberto, el varón mayor, ahora de 20 años, se enlistó en el ejército y lleva dos años encuartelado en el comando de fuerzas especiales de Ilopango, San Salvador. Su sueldo como soldado raso es de 200 dólares, menos descuentos, según la tabla salarial del ejército. Él también le ayuda a su madre con una mesada.

Teófilo, hoy, como en 2005, le está apostando al cultivo de sandías, pese a que conoce la dificultad de venderlas en un mercado porque es difícil encontrar algún mercado en esta zona. El último ingreso que recibió Teófilo fue en marzo pasado, cuando terminó la zafra en el ingenio de la Central Izalco, Sonsonate. Con lo que ganó entre noviembre y marzo pudo terminar de pagar el préstamo con el cual compró una chivita –que ahora es vaca y da leche- y los sacos de abono para la cosecha de la milpa que recogió el año pasado. El maíz sigue siendo la fuente de abastecimiento principal de la familia.

Pero Teófilo, ahorita, está de nuevo endeudado. Tiene un déficit que ronda los 260 dólares (por el abono que adquirió para la cosecha de este año), por el injerto de melones y sandías y por el cerdito que sirve de juguete a los gemelos. Para pagar sus deudas tendrá que ir a morir, de nuevo, rozando caña en la zafra de noviembre. Según Teófilo –y según su primo, Manuel, y el primo de Rufina, Juan, que también tiene una familia pobre-, durante la zafra pueden llegar a ganar 40 dólares por quincena, si es que alcanzan la cuota requerida antes de que los brazos, los pulmones o los riñones les exploten. Por recoger caña en una cantidad que pese el equivalente al de un carro compacto, les pagan 1.35 dólares. Esa es la paga por tonelada. “De verdad que en los cañales se deja la vida”, reflexiona Teófilo. Su primo, Manuel, sentencia mejor: “Trabajar con la caña es la muerte”.

Para hombres que apenas han cursado el segundo grado (el caso de Manuel y Teófilo) cualquier otra opción de subsidencia que no sea la zafra o la milpa es inimaginable sin el apoyo de alguna institución ajena al Estado. Por eso la alcaldesa Liduvina, consciente del reto que tiene enfrente, dice: “Cuisnahuat saldrá de la pobreza solo si instituciones de buen corazón sacan a Cuisnahuat adelante”.

En San Lucas, por las tardes, en el lado del puente donde no se ve la pobreza (aunque se respira), grupos de hombres como Teófilo y Manuel se reúnen para conversar de sus miserias bajo la sombra de algún árbol. El consultor del Ministerio de Gobernación que hizo la descripción de Cuisnahuat (subida en la página web en 2005) a lo mejor por eso describió que esta es una “tierra de ociosos”.

Red Solidaria, a los Montes Ramírez les ha entregado desde hace tres años, cada dos meses, 40 dólares. Rufina y Teófilo son agradecidos y consideran que la situación sería más dramática sin ese dinero. Sin embargo, están inconformes y confiesan que preferirían no recibir nada si el gobierno, en lugar de darles un bono, hubiese potenciado un entorno económico que de verdad rebalsara hacia los más pobres.

El casco del pueblo tiene carretera, pero San Lucas está desconectado, aun y cuando Saca prometió el camino rural en aquel discurso de 2005; el casco del pueblo sigue sin acceso a agua potable pese a que Saca prometió llevarle agua. Red, lo que pudo hacer con pocos fondos (3.2 millones) son 14 proyectos de agua en 13 cantones (más el casco) que se dibuja con cantareras a las orillas de los caminos. Saca prometió electrificar todo Cuisnahuat  y Red solo ha podido, con pocos fondos, hacer 17 proyectos de electrificación en algunos cantones.

En cuatro años, el casco de Cuisnahuat y algunos cantones de Cuisnahuat han cambiado, pero ese cambio no ha llegado a todos: Teófilo, por ejemplo,  sigue “prestándole” energía a su padre y sigue tomando agua del río, porque la cantarera más cercana está demasiado lejos.

Cuisnahuat, mañana

El casco de Cuisnahuat, en el mapa de pobreza que Cecilia Gallardo colgó en una pared de su oficina, en Casa Presidencial, tiene clavado un pin rojo. Si se mencionaran todos los indicadores que perfilan a este municipio sería la de no acabar. Basta con repetir que es el tercero más pobre del país, que el 52% de sus habitantes son pobres extremos, que tiene una tasa de pobreza total de más del 70% y por lo cual Gallardo, no disimula su preocupación.

-¡Ay mi Dios! Es de los peores municipios de Red Solidaria ¡Esa sí es pobreza! -comenta, cuando le contamos cuál municipio visitamos.

Junto a Cuisnahuat, Red Solidaria, con pocos fondos (porque el gobierno le destinó pocos fondos y Red se salvó gracias a las donaciones de organismos internacionales y de países amigos entre 2006 y 2007) atendió a 92 municipios de los 100 más pobres hasta mayo de este año. Se invirtió más de 90 millones divididos en la entrega de los bonos solidarios, en la infraestructura básica y en microcréditos. Este último componente, que tuvo la menor inversión (9.3 millones) es según Gallardo la principal deuda de este programa.

No es, según dice, haber reducido o no la pobreza, que el año pasado se espera que a nivel nacional haya crecido 7 puntos más de lo que creció entre 2006 y 2007, antes de que llegara la crisis económica internacional. En esos años, según reveló la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples (EHPM), la pobreza a nivel nacional subió 3.9 puntos (de 30.7% a 34.6%). Esto implica un aumento que sobre todo afectó a la población rural (como la de Cuisnahuat), donde la pobreza creció 8 puntos, de 35.85% a 43.8%.

“¿Ha disminuido la pobreza Red Solidaria? A mí no me cuente las costillas... Eso fue como se vendió… El programa Red Solidaria es un programa que se debe medir por el avance de los indicadores de base”, justifica Gallardo, desvinculándose de los compromisos públicos que hacía Saca cuando prometía reducciones gracias a su plan.

La base sería que los hijos de Teófilo van a la escuela, están en controles de salud y que tal vez en su futuro logren superar el sexto grado, lleguen a bachillerato o apliquen sus conocimientos de lectura y escritura para contar lo que les pagan y firmar de recibido en las haciendas de caña o en el ejército, como le pasó al varón mayor de los Montes. Los indicadores de base, según Gallardo, son la apuesta para 10, 15 años.

“¿Cuál es la deuda?”, se pregunta a sí misma Gallardo. “Que no se acompañó a los más pobres en capacitaciones productivas y en acceso a microcréditos. Creció el país, mejoró el país, sus carreteras, su infraestructura, nadie lo puede negar… pero no entraste a la base, no capacitaste, no educaste en la parte productiva. Y los alcaldes se dedicaron a  medio recoger basura y a dar partidas de nacimiento. Los alcaldes que se han metido a cosas productivas, como el turismo, le están pegando”, añade, y termina la idea contando la experiencia del municipio de Caluco (siempre en Sonsonate), en donde se les ha ocurrido, todos los fines de semana, abrir el parque para que las señoras de la Red Solidaria preparen comidas típicas a los turistas.

A Cuisnahuat, para llegar por lo menos a una feria de fin de semana, le falta mucho. Pese a que la transferencia en bonos significó 453 mil dólares y la inversión en infraestructura 3.2 millones,  la colcha no alcanzó para arropar los proyectos productivos. Quizá si Casa Presidencial y las oficinas del Ejecutivo no hubiesen gastado tanto en publicidad (se conoce solo que en más de 60 campañas el Ejecutivo de Saca superó los 30 millones de dólares), otra sería la historia, y Rufina, después de la capacitación de panadería que la Red hizo en Cuisnahuat, le hubiera pedido a Teófilo que pusieran un chalet a la orilla del camino en donde, a la fecha, vendieran el pan que ella hornearía todos los días en la madrugada. Pero ella conoce las prioridades y optó invertir en aquello que es más rentable, cuando lo rentable se llama subsistir: la leche para tomar, la milpa para comer y los gallos, los patos y las gallinas para degustar alguna vez carne.

Al igual que Rufina, parece que muchas más madres de las mil 515 capacitadas pensaron lo mismo. Porque de todas, según cuenta José Góchez, el promotor de la Red en la zona,  solo una mujer visita el horno que se construyó, porque le queda cerca, para hornear el pan de su familia. ¿Y el resto? No llegan porque resulta más caro movilizarse al casco urbano, comprar la materia prima, perder tiempo horneando y luego caer en la cuenta de que no hay  nadie que compre el producto.

Teófilo y Rufina, sin panes, sin zapatos, sin carne y con un estómago que quizás se indigestaría si la dieta cambiara de súbito, concuerdan con Gallardo en que se necesita algo más que un bono para ayudarlos a salir de la pobreza en la que viven. Agradecido por la ayuda, Teófilo le manda a decir al ex presidente Antonio Saca que hubiera preferido, de parte del gobierno, apoyo para un trabajo más digno, apoyo para presionar a la Central Izalco a que esta pagara mejor a sus rozadores. Cualquiera de esas cosas mejor que un bono que, aunque sostiene, no resuelve. Rufina, en cambio, tiene dudas de si el nuevo gobierno de Mauricio Funes continuará el programa y pide que sí, que no se detenga y que, ojalá, crezca. “¡Más y mejor la ayuda!”

Hace cinco años, Antonio Saca dijo en su discurso de toma de posesión, en junio de 2004, que la pobreza es una condición a la que ningún salvadoreño debe resignarse. Todos estos años, Teófilo le ha tomado la palabra y no se ha resignado. Día a día ha combatido con una pobreza que tiene atada a su familia al otro lado del puente, desde donde se despide, acompañado de Mauricio y Saúl, levantando la mano derecha.

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Publicadas el 16 de mayo de 2005

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