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El tatuaje de las balas

Mantener a un paciente herido de bala en los hospitales de la red pública representó un gasto promedio de $762.76 en 2006. El Estado invirtió más de un millón de dólares para atender a 2 mil 155 personas que llegaron a los hospitales lesionadas por disparos de armas de fuego.  De estos, mil 764 personas salieron al menos con una cicatriz como recuerdo de la violencia en El Salvador. El resto murió. Es cuatro veces más probable acabar en un hospital por heridas de bala que tener dengue hemorrágico y seis veces más probable que intoxicarse por alimentos.

Alexis Henríquez / Foto: Luis Tovar
cartas@elfaro.net
Publicada el 02 de julio de 2007 - El Faro

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Un joven de18 años se recupera de varios disparos en el hospital Zacamil. Su cuerpo mostrará por siempre las marcas de la noche en que un grupo de jóvenes lo intentaron asesinar mientras cenaba en una pupusería del bulevar de los Próceres.

De diez camas en el costado derecho de una de las alas de recuperación del hospital Rosales, siete son ocupadas por pacientes que se recuperan de heridas de bala. René descansa en una de ellas desde hace una semana, a consecuencia de dos disparos que le lanzó un desconocido cara a cara en Cabañas. Uno impactó en su hombro derecho, y el otro cruzó la palma de la mano del mismo costado cuando la puso frente a la pistola, para protegerse.

Sus heridas, aún frescas en la mente y en el cuerpo, le preocupan. “El doctor me ha dicho que no podré trabajar en seis meses”. René trabaja, o trabajaba, como cobrador de microbuses en Sensuntepeque. Hoy está enfermo de una violencia que le la dejado marcas permanentes. Pero sobrevivió.

El año pasado, 391 personas con heridas por arma de fuego ingresaron a las salas de emergencia de 29 hospitales de la red pública y salieron en una bolsa negra. Son apenas el diez por ciento de las 3 mil 928 personas asesinadas durante el 2006. El resto murió en el lugar mismo del ataque.

No es la única cuenta que, por la violencia, pagó la nación salvadoreña el año pasado. Según el Ministerio de Salud, atender a 2,155 personas heridas por armas de fuego representó un gasto de un millón 643 mil 747 dólares con 92 centavos. “Afortunadamente la mayoría de los pacientes que ingresan salen vivos”, explica la doctora Silvia Argentina Morán de García, coordinadora nacional del Programa de Lesiones de Causa Externa del Ministerio de Salud. 18 de cada 100 personas en el hospital mueren a causa de las lesiones de la violencia, sean estas provocadas por las armas de fuego, armas blancas o accidentes de tránsito. En total, por lesiones de causas externas, 33,040 personas ingresaron a los hospitales el año pasado. La atención hospitalaria, en promedio, tiene un costo de $762.76 por persona.

“El decir de los cirujanos es que con la violencia los victimarios adquieren más puntería, porque las lesiones en la cabeza son las más frecuentes. Las principales lesiones son en zonas vitales”, explica Morán.

Uno de los cirujanos del hospital Rosales –quien pide el anonimato “para hablar con más libertad” porque el único autorizado para hablar es el director–  asegura que hace doce años, cuando comenzó a trabajar como médico, no recibía tantos pacientes con heridas de bala. “Nosotros comprobamos la realidad en la que estamos en carne propia de nuestros pacientes. Si antes venían tres

Epidemia

El Salvador tiene una tasa de 30.41 lesionados por armas de fuego por cada 100 mil habitantes.

Marcando el costo

Mantener a un herido de bala en un hospital periférico costó en promedio $198.96. El costo se incrementó en los hospitales departamentales: $927.09 en promedio. En los hospitales especializados fue de $798.59.

baleados, ahora vienen seis. También vemos más cantidad de muertos. Ahora como que los balazos son más certeros, porque de tres baleados que vienen en un día, quizás el resto  son entre ocho y 10 muertos aparte”, considera el médico.

El hospital Rosales atendió a 665 heridos de bala durante el 2006. Gastó $531 mil dólares en atender estos casos. Casi $800 por paciente. “El Rosales es un hospital de traumas, donde se deja de atender otro tipo de enfermedades por atender las lesiones a causa de la violencia”, dice Morán.

Recuerdos en la piel

Salir del hospital es apenas el comienzo de un proceso de recuperación física y psicológica. Para el médico del Rosales, la parte psicológica es la que menos se atiende. “Si le pregunta a estos enfermos (en cama), verá que no han tenido ese tipo de atención. El sistema no puede darles esa ayuda”, admite, y explica que muchos de sus pacientes quedan con secuelas abdominales, incapacidades pulmonares, cojeras, deficiencias para mover alguna extremidad e incluso paralíticos.

Un paciente en el hospital Zacamil es uno de esos casos que terminan con traumas después de recibir un balazo. El joven de 18 años no sabe cuántos disparos recibió cuando cenaba en una pupusería en el bulevar de los Próceres. Lo último que recuerda es que varios sujetos, en una mesa aledaña, se pusieron de pie. Luego todo se borró y despertó en el hospital. Le cuesta hablar. Tiene una máscara sobre el rostro para respirar. “Quiero que se haga justicia”, alcanza a musitar. A él le perforaron los pulmones y ahora le cuesta respirar.

Isabela Vides corrió más suerte hace tres años. La joven, estudiante y periodista, fue baleada en Santa Tecla por el vigilante de una residencial privada. Al principio, los médicos consideraban que no caminaría después del impacto de bala que se alojó cerca de su espina dorsal. Aún carga con la bala en su cuerpo, y junto a ella una cicatriz como recuerdo. “Una vez que fui a la playa con una mara, se me quedaron viendo (la cicatriz) y me preguntaron que qué me había pasado así con cara de ‘Jesús, María y José’”.

Cuando está estresada, dice, siente dolor en la zona donde recibió el disparo. Es lo único que le molesta ahora de que la bala forma parte de su cuerpo. De la cicatriz, ha pensado en ocultarla con un tatuaje. “En un tiempo pensé en hacerme uno encima de la cicatriz. Pero ya me dijeron que en la columna es donde más duele”.  

Aquellos menos afortunados y que terminan con lesiones de por vida en su cuerpo son remitidos al Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos para su recuperación.

Natalia, otra de las personas ingresadas en el hospital Rosales por una herida de bala, teme quedar paralítica. Lleva una semana en la sala de rehabilitación, después de recibir un balazo mientras descansaba en su casa en Valle Verde, San Vicente. “Sólo sé que estaba en la casa y enfrente se armó una balacera”, explica adolorida. Eso ocurrió en Valle Verde, San Vicente. A través de dos colostemias (unas bolsas colocadas a los costados de su estómago) hace sus necesidades fisiológicas. La herida la tiene abierta. No puede continuar hablando. Aún le duele la herida, y el recuerdo.  

Una nueva epidemia

Con mil 764 ingresados por lesiones de armas de fuego que salieron vivos del hospital, El Salvador tiene una tasa per cápita de 30.41 lesionados por cada 100 mil habitantes. Esto asumiendo que el Ministerio de Economía confirme los resultados del censo que, extraoficialmente ha trascendido, arrojan como resultado una población de 5.8 millones.

De ser así, la tasa de homicidios, en 2006, sería de 67 por cada 100 mil habitantes. Es decir, once por ciento más de lo que se había calculado con las proyecciones de la Dirección de Estadísticas antes de la realización del censo.
 
Un salvadoreño promedio tiene seis veces más probabilidades de ingresar a un hospital por heridas de bala que por intoxicación de alimentos. Y el doble de probabilidades de morir que de llegar al hospital por un balazo.

Más de 4 mil 500 personas recibieron al menos un disparo el año pasado. Sólo el 38.23 por ciento sobrevivió.

El Ministerio de la Defensa Nacional reporta 205 mil 106 armas de fuego legalmente inscritas en manos de la población civil. 47 mil 766, el 23.3 por ciento, correspondientes a las empresas de seguridad privada. Las armas de fuego lesionan a 79 personas por cada 100 mil habitantes en 2006.

Para enero de este año, tras una propuesta de la Comisión de Seguridad, la Asamblea Legislativa aprobó reformas al artículo 62 de la Ley de Control y Regulación de Armas, Municiones, Explosivos y Artículos similares, y dejó en manos del Órgano Ejecutivo determinar en qué lugares hacer vedas de armas para reducir los índices de homicidios.

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