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Las mil y una historias de Perquín

El otrora bastión de la guerrilla salvadoreña es hoy gobernado por ARENA. El más famoso grupo musical revolucionario, Los Torogoces, tiene prohibido tocar ahí. Pero Perquín es también la sede del Museo de la Revolución y un lugar desencantado del sistema político que surgió de la posguerra. El turismo, una de las actividades de mayor crecimiento en la zona, se nutre de las historias de la guerra.

Sergio Arauz. Fotos: Gracia Rodríguez
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Publicada el 15 de enero - El Faro
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Benito Chicas, conocido como Sebastián “El Torogoz, ex guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y símbolo vivo de Los Torogoces.

Voy en el asiento trasero de un carro cuatro por cuatro con la hija de una ex comandante guerrillera. No sé como contar la historia de un pueblo que durante la guerra fue un mito, le digo a mi amiga. El señor que va manejando mira por el espejo retrovisor con ganas de intervenir.   

“Yo estuve en esa zona”, dice José Aparicio Funes, nombre que nadie le dice. Lo llaman “Toño” e interviene en mis dudas con pedazos de su historia personal. El perteneció a una de las brigadas que hicieron legendario a Morazán y a sus poblados en el norte, en especial Perquín. A cada frase le cabe una historia impresionante que no concluye. Estuvo estudiando política en Cuba y entrenando en Bulgaria. También se metió como cartero al Estado Mayor y nunca imaginó estar en paz.

Se emociona cuando habla de la guerra y el tono baja cuando las preguntas son sobre lo que continuó después de los acuerdos. De la paz son pocas palabras, no hay historias ni cuentos. “El país está mejor que antes, pero falta”, resume.
  
Se metió a la guerra cuando tenía 13 años y el incentivo para convertirse en insurgente fue sencillo: una paliza que la Guardia Nacional le propinó a su padre. Ni manuales de marxismo, ni libros de Antonio Gramsci. “Sólo se podía estar en una de las dos partes”, cuenta. Y la parte que le tocó, como combatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo, se escribió al norte de Morazán.

En la historia de Perquín hay muertos, más muertos, refugiados, intensos combates y muchas bombas. También hay un grupo musical que cargaba guitarras y fusiles. En el último cuarto de siglo de Perquín, bastión de la guerrilla que ahora es gobernado por un alcalde arenero, también caben 15 años de paz.

La entrada de la casa de Sebastián, “el Torogoz”, está adornada con dos mitades de una bomba de 750 libras que no explotó. El artefacto, con capacidad para hacer un agujero de 8 metros de diámetro, “cayó de panza” y fue lanzado desde un avión bombardero donado por el gobierno de Estados Unidos. “El A-37” le decían. Los guerrilleros de la Brigada Rafael Arce Zablah le sacaron la pólvora a la bomba para usarla contra quienes la lanzaron.

Si se pregunta por Benito Chicas es más difícil dar con él. Hay que preguntar por el Torogoz o por Sebastián, ex guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y símbolo vivo de Los Torogoces, el grupo que, aparte de combatir,  musicalizaba los campamentos guerrilleros cuando las pausas entre combates lo permitían.

“La guerra es un estado anormal. Hay que mantenerse distraído, porque si no, uno puede volverse loco”, dice Sebastián.  Ahora es gestor de turismo y medioambiental. “Soy de izquierda, eso no es algo sólo del FMLN”, dice con algo de enojo y suficiente convicción. Tiene una gorra con la viñeta de la bandera cubana al costado, idéntica a la que nunca se quita el alcalde de Soyapango, Carlos “El Diablito” Ruiz.  “Tenemos que hacer turismo a la fuerza, el ministerio de Turismo lo único que nos da es apoyo moral. La gente quiere venir a conocer cómo eran  los guerrilleros.” Sebastián es uno de los dirigentes locales más importantes de la zona y, como todos los que vivieron la guerra, desde afuera o adentro, tienen muchas historias.

“El Torogoz”, ahora es gestor de turismo y medioambiente.

El otro tiempo
Como muchos ex combatientes del ERP, que se separó del FMLN tras la firma de los Acuerdos de Paz, Sebastián está inconforme con la actual dirección del FMLN. Habla con mucha dureza del partido que hace quince años era la sombrilla de cinco grupos, entre ellos el suyo. “Cualquier cosa es alcalde o cualquier cosa es diputado. Ahora es difícil establecer la diferencia entre el Frente y ARENA”, explica.

Después de los acuerdos de Paz, Perquín no sobrepasaba los mil habitantes en el área urbana, compuesta por 20 bloques o cuadras. Posee una base organizada en comunidades que forman el Patronato para el Desarrollo de las Comunidades de Morazán y San Miguel (PADECOMSM). La Asamblea General de esta organización no gubernamental era muy poderosa tiempo después de firmada la paz.

Este municipio se caracteriza por contar con un terreno montañoso y suelos de bajo rendimiento agrícola.  A pesar de ello, en 1992 la población era mayoritariamente campesina,  pequeños productores de granos básicos. Ahora hay una incipiente industria turística, dedicada a atender a quienes vienen a escuchar las historias de la guerra y a conocer en persona a los hombres y mujeres que hace quince años desfilaban por sus montañas cargando rifles y haciendo la revolución.

Arambala y Perquín cuentan con 380 habitaciones para hospedar a los turistas, que provienen tanto de otras partes del país como de Europa y Estados Unidos. Según números de la Comisión Nacional de Desarrollo ahora hay 715 hogares, 145 en zona urbanas y 570 en zona rural.  

El ingreso per capita mensual, según un estudio realizado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, es de 55.58 dólares.  El 52 por ciento de los hogares está en condición de hacinamiento y  el 33.38 por ciento de los hogares se dedica a tareas agropecuarias. Perquín se cuenta entre los pocos municipios que tiene un relleno sanitario.

Se cuenta que ahí, en 1977-78,  surgieron las Ligas Populares 28 de febrero (LP 28) a raíz de una reunión con más de 50 campesinos. El adiestramiento físico y militar se daba en forma clandestina y en los cerros de esa zona se fraguó la Radio Venceremos.

Los primeros rasgos de organización aparecen a partir de las opciones de las familias que habitaban el pueblo.  Algunos tenían simpatía por el FMLN y otros estaban a favor de las fuerzas Armadas salvadoreñas.

Ahora conviven los dos. En las paredes de la alcaldía, hay fotocopias en papel bond con el rostro del fallecido Roberto d’Aubuisson, enemigo acérrimo de los guerrilleros, levantando la mano derecha. Fue puesta ahí por órdenes de un arenero admirador de Duarte que el año pasado ganó las elecciones al gobierno local por 95 votos. Se llama José Argueta y es uno de los habitantes originales de Perquín, que abandonó el pueblo a inicios de los ochenta cuando las fuerzas del ERP conquistaron la plaza.

De los enfrentamientos ideológicos sobrevive uno curioso. El concejo municipal ha prohibido las presentaciones públicas de Sebastián y Los Torogoces por “lo irrespetuoso” de su repertorio que se hizo famoso en los años del conflicto, en especial una canción que, aunque esté prohibida, todo mundo la canta: “Por hocicón, por hocicón, perdió la lengua D’Aubuisson”.

Argueta dice que hay libertad para cantar, pero sólo mientras no se traspase la frontera y se ofenda.

Rolando Cáceres, conocido como “Mario Chocho”, Él fue el primer instructor militar de la guerrilla en Morazán.  Veterano de la revolución sandinista,  Ahora es administrador del Museo de la Revolución de Perquín.

Cuando se fue de Perquín, Argueta se mudó a San Francisco Gotera. Dejó abandonados sus terrenos por temor a que lo mataran. Su temor no era infundado. Según el informe de la comisión de la Verdad, “hay prueba suficiente de que el 11 de mayo de 1988, el señor Terencio Rodríguez, alcalde de Perquín, fue ejecutado sin previo juicio.”

Según el alcalde, la mayor parte  de los habitantes originales se fueron durante la guerra y luego de la firma de la paz se quedaron ex guerrilleros de otras zonas.

“En 1982 nos reclutaron, éramos como 200 jóvenes, y lo que pasó es que todos se regaron por El Salvador, otros se fueron.”, explica Argueta. Un solo operativo guerrillero provocó la salida de varios pobladores de Perquín. En ese pueblo estaban comprometidos los párrocos, los profesores, el jefe de la patrulla cantonal… hasta el gobernador de Morazán.

Ese operativo fue en el que el FMLN expandió su territorio por medio de “tomas” de poblados. La campaña se llamaba “Comandante Gonzalo”,  y empezó en Perquín y San Fernando.

Parte de la estrategia, cuenta Rolando Cáceres, conocido como “Mario Chocho”,  era infiltrar gente en el cuartel de la zona. Él fue el primer instructor militar de la guerrilla en Morazán.  Veterano de la revolución sandinista, se vino, dice, porque en plena guerra en Nicaragua le prometió a un salvadoreño que lo acompañaba en una trinchera que si salían vivos del ataque de un tanque se incorporaría a la lucha en El Salvador. Salieron vivos, y más de dos décadas y otra guerra después sigue viviendo en la misma zona a la que llegó.  Ahora es administrador del Museo de la Revolución de Perquín. El Chocho cuenta cómo mandaba a enlistarse al Ejército a sus cuadros. “Era más práctico, adiestramiento militar de dos años. Los metíamos a los cuarteles a que el Ejército los adiestrara en artillería”.

Cuando se le pregunta por la paz, la emoción calma. “No hemos empezado la transmisión, falta que otras generaciones vean con cabeza fría las cosas. No hemos salido, hemos empezado”, dice el encargado del Museo, también decepcionado con los dirigentes actuales del FMLN.  “¡Pregunte a los lisiados y ex combatientes cuántas veces han sido visitados por los que están ahora!”.

El dominio de la zona norte de Morazán llegó a tal punto que las fuerzas guerrilleras lograron estructurar escuelas de formación y armar instituciones paralelas a las oficiales. A los civiles que estaban en peligro, los enviaban a un campamento de refugiados en Colomoncagua, Honduras, donde nacieron varios de los adolescentes que hoy crecen en Perquín. A raíz de la ofensiva de enero de 1981, la guerrilla comienza con el plan de masas armadas y la formación de un ejército.  En 1981 abre la “Radio Venceremos” y la escuela de menores, en 1984 la escuela militar.

El Chocho cuenta que tenían a muchos menores de edad entre sus filas. Niños que aprendían en los campos de entrenamiento a disparar y a realizar labores especiales para las fuerzas insurgentes.  Entre ellos estuvo Chiyo, que se metió a la guerra a los ocho años y se convirtió en una pieza clave para Radio Venceremos. “Nadie puede ir e inculcarte de niño una doctrina comunista y hacer una revolución a partir de Lenin o de Marx. Tuvimos que entrarle porque había que entrarle, sino te mataban”, comentaba en el 2005, durante una entrevista con El Faro. “Yo viví la experiencia del asesinato de mi mamá a los 8 años y de mi hermana, que iba embarazada. También de dos hermanos que habían sido asesinados en una masacre del 79”.

Un agujero de ocho metros de diámetro provocado por una bala de 500 libras es parte del Museo de la Revolución.

Los recuerdos de una guerra
En el museo de la Revolución está uno de los símbolos más importantes de la historia del  FMLN. El carro Ford blindado que en 1982 regaló el presidente de México, Miguel de la Madrid, a la comandancia del FMLN para que se movilizara en ese país pero, sobre todo, como símbolo del reconocimiento oficial del FMLN como fuerza beligerante.

Después de la firma de los acuerdos de paz el gobierno mexicano trasladó a El Salvador el carro que usó Schafik Hándal. Al vencerse el periodo de las placas diplomáticas la embajada de México en El Salvador retoma el vehículo. Después lo dona al Museo de la Revolución Salvadoreña.
El Museo está dividido en cinco salas. Tiene las pancartas de la solidaridad internacional,  la propaganda procedente de otros países, las fotos de algunos campamentos guerrilleros y se explica la organización y la táctica de los cuadros guerrilleros.  En el jardín hay un hoyo gigantesco donde cayó de punta una bomba de 500 libras.
La comisión de la Verdad registró más de 22 mil denuncias de graves hechos de violencia ocurridos en El Salvador entre enero de 1980 y julio de 1991. En la zona norte de Morazán, donde está Perquín, no se pudieron contabilizar las muertes por el número de bombardeos de la zona.  Por ello no están  detallados en el informe de la Comisión de la Verdad.  La masacre de El Mozote y el ajusticiamiento de una media decena de alcaldes figuran entre los hechos más violentos. 

Ahora, en el año de la paz social lanzado por las autoridades oficiales, Perquín espera mantener los números que atesora luego de la guerra. En los últimos cinco años registra tres asesinatos, uno en 2002, dos en 2004, y hasta noviembre del año pasado, las cifras de Medicina Legal no registraron ningún muerto por violencia en ese municipio.  Ahora solo hay un puesto de policía, una unidad de salud y una casa de salud.

El alcalde no celebrara los acuerdos de paz pues las fiestas patronales del pueblo comienzan el 22 de enero. Para equilibrar el Museo de la Revolución, pretende la construcción de una sala de fotos donde se exponga la parte histórica de la Fuerza Armada.

La extraña convivencia entre enemigos originales, que permiten a este pueblo vivir con un alcalde arenero y un museo guerrillero, se da en un clima de tolerancia que contrasta con las enormes desconfianzas del sistema político nacional. “Esta puta guerra fue un empate, y tanto la derecha como la izquierda tienen derecho a estar aquí”, dice Mario El Chocho. “La guerra valió la pena, porque un sistema militarista sólo se cambia con la violencia, no con flores ni pancartas. El costo fue muy alto, pero fue un mal necesario”.

Sebastián el Torogoz remata: “Se peleó por un ideal que a veces estaba confuso.  Peleábamos por una vida diferente, para poder estudiar, tener un pedazo de tierra. Gracias a Dios que la guerra terminó de esa manera.  Si el Ejército hubiera ganado no estaríamos aquí. Si el triunfo hubiera sido de la guerrilla a saber cómo estaría este país”.

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