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REPORTAJE
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Su alcalde, Héctor Escalante, aspira a un tercer periodo con un peculiar consejo para los electores: “Si pueden emigrar es mejor. Allá (Estados Unidos) es un país donde hay oportunidades, la gente se supera económicamente. Lo que no se puede hacer en este país, allá logra hacerlo”.
Casi la mitad de la población ya emigró. Viven en otro país, pero, para Escalante y para los pobladores de Concepción de Oriente, son parte de su municipio. “En el pueblo somos 10 mil habitantes. Pero el 40 por ciento está allá, unos 4 mil o un poco más”, dice el alcalde. Concepción de Oriente es, según el último Informe de Desarrollo Humano del PNUD, el municipio salvadoreño que más remesas per cápita recibe. Todo aquí se mueve alrededor de la emigración.
| Los
comercios “orienteños” |
| Una gasolinera |
Los jóvenes ya se fueron. La mayor parte de los hombres que quedan tienen más de 40 años o son niños. Por cada 10 mujeres hay cuatro hombres y el porcentaje de las mujeres jefes de hogar en esta localidad es de 41.5%. Los pocos jóvenes que deambulan por la plaza o en las calles sólo esperan su oportunidad para realizar el viaje. Por estas fechas, antes de la navidad, el pueblo comienza a recibir a los emigrantes, que retornan cargados de regalos para celebrar las fiestas.
Los desarrollados
Armando tiene 28 años, 16 de los cuales los ha vivido en Dallas,
Texas. Se fue en 1991 con un grupo de unos 80 inmigrantes ilegales. La
mayoría, dice, eran de Concepción de Oriente. Su hermano
ya estaba allá y le consiguió trabajo de inmediato.
“Allá nadie se va sólo por irse a la buena de Dios.
Allá ya hay gente que lo recibe a uno”, dice, con un acento
“mexicanizado”, como él lo define.
Su padre también emigró, pero decidió “regresar a su pueblo nomás nosotros estábamos allá”.
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“Los jóvenes están yéndose cada día para allá con sus familias. Hay gente que vive allá desde hace 30 años. Esa gente ya no va a regresar a El Salvador. Ahorita, vendrán a visitar, a ver a sus padres. Y quizá dentro de unos 10 años más esta gente no va a regresar. Los viejos se van muriendo”, dice el alcalde.
Armando piensa lo mismo. “¿Regresar? No hombre. Aquí nunca podré ganar lo que gano allá: cuatro cheques. Unos $2 mil ó $2 mil 500 al mes”, dice, sonriente. De esto, envía, mensualmente, $200 para sus padres y $300 para su esposa y su hijo recién nacido.
Su trabajo, como empacador en una fábrica de embutidos en Estados Unidos, le permite ganar más dinero que la rectora de la Universidad de El Salvador o que cualquier viceministro salvadoreño.
El Informe de Desarrollo Humano señala que los salvadoreños que viven en Estados Unidos están 60 puestos más arriba en el Índice de Desarrollo Humano que los salvadoreños que residen en el país. Con sus remesas, los que emigraron también alivian la situación de pobreza de los que se quedaron.
En “Oriente”, el 63 por ciento de los hogares recibe remesas, y sólo 17.8% de la población vive en pobreza extrema.
| Indicadores
de empleo (según PNUD) |
| Población Económicamente
activa: 1, 475 |
En la madrugada del domingo, los comerciantes hondureños suelen reunirse bajo el portal de Bella Cruz, una orienteña de unos 50 años. Su casa está ubicada frente al parque, y la adquirió gracias al dinero que ganó en Estados Unidos durante los seis años que vivió allá. “Regresé en 1986 porque siempre quise una casa en mi pueblo, de donde soy originaria y donde quiero morir”, dice.
El comedor que ha instalado en su casa, y en el cual asegura que desayunó “frijoles, plátano, queso y crema”, el presidente Antonio Saca en 2003, cuando era candidato a la presidencia y visitó el municipio, continúa funcionando.
Su fuente de ingresos (la remesa que su hija le envía desde hace nueve años) le sirve para pagar sus gastos, los de sus nietos y para mantener el negocio de restaurante, venta de frescos y pólvora para estas fiestas de fin de año. “Sin ese dinero no podría mantener los pagos y estas ventas”, dice.
El alcalde Canales también hizo su fortuna en el norte. Con el dinero que ganó entre 1978 y 1988 en Dallas (550 mil colones, dice) regresó a comprar tierras, casa propia y ganado. Ahora posee 10 manzanas de maíz cultivadas al año, 40 cabezas de ganado y una planilla de 10 peones hondureños y nicaragüenses. “Les pago como a $6 el día. Me toca así porque aquí no hay quién trabaje las tierras”, asegura.
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A la entrada del pueblo hay una estación que sirve gasolina marca PUMA. Es propiedad de un migrante orienteño. La flotilla de autobuses (unos 10) que lleva al municipio es propiedad de otro migrante. Los que poseen pick ups ofrecen sus servicios a los comerciantes locales para transportar sus productos cada fin de semana.
Otros ofrecen sus automóviles para realizar viajes al aeropuerto de Comalapa, “un negocio bastante bueno”, dice el alcalde Canales. Él tiene dos automóviles para ese fin: un pick up todo terreno y un microbús. En el pueblo hay cuatro familias que ofrecen el mismo servicio.
Otros, como Yamileth de Turcios, una comerciante local, han entendido cómo mejorar la economía de su familia. Ni ella ni su esposo ni sus padres han emigrado. Pero como saben que sus vecinos tienen el poder adquisitivo que dan las remesas, pusieron, hace seis meses, un negocio “que está funcionando”: un bazar de ropa de moda para mujeres.
“Porque aquí a las niñas les gusta vestirse bien”, dice. El bazar “Yamileth” está justo a la entrada de la cabecera del municipio. Con este negocio, ella asegura que se está ganando el futuro de sus hijos (de 4, 2 y un mes y medio de edad) para que “ojalá nunca tenga que pensar en enviarlos a los Estados Unidos”.
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Su abuela, Bella Cruz, asegura que el niño ya tomó la decisión y que han acordado, junto a su hija, enviarlo con un coyote cuando cumpla los 15 años.
Mientras, Kevin reparte su tiempo ayudando en los negocios de su abuela
y asistiendo a clases de catecismo en la iglesia. “ Pero no voy
porque me guste sino porque a mi abuela le gusta. Yo soy tremendo. En
el colegio me han regañado bastante por andarle levantando las
faldas a las bichas. Es que me pagan un dólar unos amigos cada
vez que lo hago”.
Bella dice que a los niños del pueblo no se les obliga a partir,
sino que, antes de tomar una decisión, se comenta con ellos. “Mire
este Steven pues, él dice que no quiere ir a Estados Unidos si
no que quiere seguir estudiando para convertirse en abogado”.
Steven es el hermano menor de Kevin. Ambos se sientan en las noches frente al televisor para ver películas en formato DVD. Seguirán jugando juntos al menos durante los próximos dos años, hasta que la abuela tome al niño de la mano y se lo entregue al coyote.
| El
precio del “querido” |
| Una decena de coyotes trabajan en Concepción de Oriente. En 1978, según el alcalde, el precio para viajar a Estados Unidos de forma ilegal era de dos mil colones. Armando, un emigrante que desde hace un mes llegó
a El Salvador para pasar las fiestas con su familia, asegura que
cuando él se marchó en 1991, el precio continuaba
costando dos mil colones. |
El héroe del pueblo es, de acuerdo con la legislación vigente en El Salvador, un delincuente. El “coyote”, o traficante de personas, es conocido en Concepción de Oriente como “el querido”. De él, y de sus habilidades para transportar a los jóvenes por tres fronteras, depende el futuro de las familias orienteñas.
Pero amor con amor se paga, o con seis mil dólares, que es lo que cobran por llevar a los muchachos hasta una ciudad norteamericana. Según los pobladores, unos diez “queridos” trabajan en Concepción de Oriente.
Son personas respetadas y bien vistas por todos los orienteños. Incluso por el alcalde Canales, que ya tiene un plan alternativo:“Si no gano en las elecciones, me voy de regreso. Todavía, a mi edad, puedo conseguir trabajo. Aquí no podría quedarme porque no existe la posibilidad de que haya desarrollo”.
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