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Francisco Campos, fotoperiodista

“En la guerra muchos fueron corresponsales desde el escritorio”

Christian Guevara y Carlos Dada/ Fotografías de Walter Sotomayor
cartas@elfaro.net
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Llega a tiempo, como siempre. Francisco Campos, uno de los veteranos y más respetados fotoperiodistas salvadoreños, es un hombre de pocas palabras, acostumbrado a hablar con la luz y el obturador. Los cincuenta años que carga son apenas la mitad de su vida, dice. Pero las anécdotas le sobran. De su primera experiencia en la guerra a su encarcelamiento por parte de la tristemente célebre y desaparecida Policía de Hacienda. La cámara ha sido su medio de expresión, su vida y también la causa de su soledad. Divorciado y con una hija, ha desistido de buscar una pareja estable, conciente de las dificultades y las presiones de su trabajo, que se ha cobrado la vida de muchos de sus colegas y amigos. Ha trabajado con agencias internacionales y periódicos locales, y hoy es el jefe de fotografía de La Prensa Gráfica, el periódico de mayor circulación en El Salvador. Chico trae bajo el brazo dos álbumes. En uno, las portadas de los principales periódicos del mundo del 17 de enero de 1992. En todos aparece la foto más famosa tomada por algún salvadoreño. En primer plano, dos mujeres soltando palomas, frente a la Plaza cívica a reventar de gente celebrando, el 16 de enero, la firma de la paz. Chico conserva las portadas del New York Times, el Washington Post, el Los Ángeles Times y varios periódicos japoneses y chinos, que lucen su fotografía.

¿Tú tomaste esa fotografía?
Soy muy ordenado y sé lo que tengo que enviar. En esa ocasión, la agencia France Presse me pidió que mandara una foto antes del mediodía para que saliera publicada en los periódicos de Europa y fui a tomar esa fotografía a la plaza. Envíe cinco fotos, pero esa era la número uno.

Es decir, que era la que más te gustaba.
Sí, era la que más me gustaba porque todos teníamos fotos de la multitud pero sólo yo tenía un primer plano que servía de gancho. Es decir, tenía las palomas como símbolo de la paz.

¿Sabías que esta foto es el emblema de la paz para instituciones como el Museo de la Palabra e Imagen?
Sí, Santiago (Consalvi) me la pidió para la portada de su libro.

¿Sos aficionado a guardar tu trabajo?
Sí, eso lo aprendí en la agencia.

(Saca los reportes de los diarios, y hace un comentario sobre los seis millones de ejemplares de la tirada del diario chino)

¿Qué sentís cuando sabés que tu trabajo está reflejado en la portada de un periódico así de importante?
Después de haber pasado doce años reportando muertos, tragedias y atentados, para mí fue una alegría haber reporteado la celebración de la paz. Y es que muchos pensaban que la fotografía de la celebración de ese día iba ser una de la firma en Chapultepec, y la sorpresa fue al siguiente día cuando salió ésta publicada en Sudamérica, Europa y Asia. En todos los periódicos se reportaba que esa foto era la primera plana.

Hicimos un pequeño sondeo entre algunos fotógrafos antes de entrevistarte. Y todos coinciden que eres uno de los mejores fotoperiodistas de El Salvador...
No creo que tanto...

¿No?
Yo me he dado a conocer por mi trabajo, porque he tenido la suerte de estar donde está la noticia.

Pero estar donde está la noticia es la mitad del trabajo. Si no tenés el ojo, no tenés nada.
Bueno, también. Es que en veinte años de trabajo publicados la gente ha tenido la oportunidad de verme la técnica y el ojo, que ayudan mucho.

¿Qué diferencia tu trabajo del de los demás fotoperiodistas?
Yo me mantengo bien informado y eso me hace saber qué es lo que le interesa a la gente. Es que nosotros los fotoperiodistas nos consideramos los ojos del público.

Pero eso lo hacen todos. ¿Quiero que me digás que hacen diferente las fotografías de Francisco Campos de las demás? Es decir, yo he notado que tus fotografías tienen mucha cercanía con lo humano, que no son frías...
En parte eso es una “pila” mía, porque pienso que el fotoperiodismo debe ser solidario y eso significa que yo tengo que meterme más en lo humano y revelar ese sentimiento. Hay que ser solidario con la verdad y con los principios sociales.

¿Qué te dio por hacerte fotógrafo? Porque bien pudiste ser ingeniero o gerente o cualquier otra cosa.
La verdad es que empecé casi como gerente.

¿De verdad?
Empecé trabajando en una empresa de industrias metálicas, pero ya había hecho fotos.

¿A qué edad?
A los quince años.

¿Quién te dio tu primera cámara?
Me la dio mi abuela y con esa cámara tomaba fotos de la pandilla de muchachos de la colonia. Cuando comencé a trabajar en la fábrica, yo era el colaborador de la oficina de recursos humanos y le tomaba fotos al equipo de fútbol, al grupo de cumpleañeros del mes… Esas fotos las ponían en un periódico mural o las ocupaban para una pequeña revista que circulaba en las empresas de Poma y Hermanos. Eso fue hace 25 años.

¿En esa fábrica de qué trabajabas?
Era el supervisor de control de producción. A saber cómo llegué a ocupar un cargo de jefe ahí, pero me sirvió mucho, porque las empresas Poma son muy ordenadas.

¿Entonces la foto era sólo una pila tuya?
Solamente.

¿Y cómo diste el salto a fotógrafo?
A la par de la fotografía, a mí me gustaba el socorrismo y me metí a los Comandos de Salvamento y fui socorrista un año. Y con la cámara comencé a tomar fotos de los rescates y del trabajo que hacíamos. Eso me abrió un mundo diferente: el mundo de la violencia de aquellos años. Eran fotos de heridos graves, de gente ametrallada, de rescate de cadáveres. Cuando los medios no podían cubrir la noticia, yo les regalaba las fotos. Mi idea en ese tiempo no fue incursionar en la fotografía, sino proyectar el trabajo de los socorristas.

¿En qué periódico salió tu primera foto publicada?
En el diario El Mundo. Es que yo tengo un vecino, Salvador Soto, que era fotógrafo de la sección social de ahí y me dijo que había una oportunidad de fotoreportero. Él me abrió las puertas y llegué a trabajar con don Cristóbal Iglesias y con el Rodolfo “Indio” Vázquez, que eran el director y jefe de redacción. Desde que llegué, les gustó mi trabajo y ya me daban asignaciones.
Así que pasé de ganar 500 colones en la empresas Poma a doscientos colones que sacaba al mes por mis fotos.

¿Y por qué aceptaste?
Porque ya estaba haciendo lo que me gustaba.

¿Nunca estudiaste fotografía?
Hasta ese momento no. Después entré a estudiar periodismo en la Universidad de El Salvador y estudié la fotografía que impartían. Ahí estudié con Iván Montesinos, que era el catedrático de la materia de fotografía. Pero no terminé, sólo hice seis semestres. Me salí porque ya estaba bien metido en el periodismo: era reportero de la radio Sonora entre las seis y ocho de la mañana, fotoreportero de El Mundo entre las ocho y las doce y otra vez en la Sonora de las dos a las cuatro. Era mucha presión.

¿Para quién cubriste la mayor parte de la guerra?
Para El Mundo durante cinco años. Pero después me llamó Montesinos para que colaborara con él en la Agencia Francesa de Prensa.

¿En qué año fue?
Llegué el 1 de octubre de 1986 y el terremoto fue mi prueba de fuego.

¡Llegaste a la agencia justo diez días antes del terremoto!
Nos logramos comunicar con Montesinos y le di los rollos de mis fotos. Él se fue para el aeropuerto. En aquel tiempo, TACA tenía un servicio de courier e Iván logró darles el paquete con los rollos para que se los llevaran a Honduras, con instrucciones de que fueran revelados allá y se despacharan. Eso nos dio 24 horas de ventaja con respecto a las demás agencias.

A tu ojo de fotógrafo que le impactó más, ¿la guerra o el terremoto?
Hubo imágenes del terremoto en el edificio Rubén Darío que me impactaron, porque yo trabajé ahí. Radio Sonora estaba en la quinta planta y nosotros teníamos la premonición de que en un terremoto ese edificio se iba a desplomar. Es que, si te ibas por las escaleras, vos podías ver unas grietas abiertas de varios centímetros de ancho que se habían hecho en el terremoto del 66 y por eso el edificio estaba declarado como inhabitable. La gente hasta salía a ver cómo estaban sus carros en el estacionamiento por esas grietas. Don Roberto Castañeda, que era el dueño de radio Sonora, nos había cambiado de oficina justo momentos antes después de habérnoslo prometido durante mucho tiempo. Tanto es así que yo poniendo mi maleta estaba en la nueva oficina por primera vez, cuando fue el terremoto.

¿Tomaste fotografías entre los escombros del terremoto?
Yo le tomé fotografías a una persona que estaba atrapada por un plafón. Él me decía que a sus pies tenía a otra persona que también estaba atrapada y el otro también decía que a sus pies había otra persona. Había muchas personas atrapadas y fue bien difícil porque yo me tenía que mover con el material fotográfico. Es que los atrapados oían las sirenas de las ambulancias, pero llevaban heridos, no es que se dirigían hacia ahí… Y ellos me preguntaban cuándo iban a llegar a ayudarlos.

¿Y esa gente sobrevivió?
Muchos de ellos.

Entonces tuviste una lucha de intereses. Habías sido socorrista y había gente soterrada cerca, pero tenías que seguir haciendo tu trabajo de periodista...
Fui bien difícil. Pero como siempre he tenido buena relación con los cuerpos de socorro, lo que hice fue llamarlos para que trabajaran ahí y luego los esfuerzos de rescate se concentraron en esa zona.

¿Cómo se hace para estar en medio de tanta sangre, de tanta tragedia y muerte, y no perder la sensibilidad?
Es difícil.

¿O la perdiste?
Yo no lo creo. A veces se me ha presentado el dilema de tomar la foto o ayudar a la gente, yo he hecho las dos cosas: primero tomo la foto y después me quedo ayudando a la víctima. Pero a veces perdés la sensibilidad porque te come el tiempo, la pauta. Yo creo que la sensibilidad es como el miedo porque a veces, cuando estás en el lugar, no sentís nada y cuando llegás a tu casa es que despiertan esos sentimientos.

¿Es verdad el mito de que para un fotoperiodista o un camarógrafo estar detrás de una cámara da la sensación de estar protegido?
Pensás que la cámara es un escudo y el miedo llega después, cuando pensás que cerca estuviste de que te mataran.

¿Alguna vez estuviste cerca de morir?
Una vez un grupo de guerrilleros se había tomado Mejicanos, así que estaban unas cinco tanquetas por el mercado y nosotros los periodistas le pedimos permiso al oficial para pasar a la zona donde estaban los guerrilleros para que, cuando saliéramos, no tuviéramos problema. Íbamos con Eloy Guevara, uno que mataron después, y el oficial nos dijo que no había problema. Entramos, tomamos fotos y cuando veníamos saliendo, vimos que el cañón de la tanqueta donde estaba el oficial se movía y nos apuntaba. Cuando vimos eso, nos disparó y salimos corriendo y nos metimos a una ladrillera. Ahí había una casita donde se ponían los despachaderos de los buses de la ruta 2 y la hizo pedazos el disparo.

¿Qué sentís cuando hablás de un compañero fallecido mientras trabajaba, como Eloy Guevara?
Vengo arrastrando una camándula de compañeros que murieron durante el conflicto y que también eran mis amigos. El primero fue Roberto Navas y Eloy Guevara y después Jorge Euceda. Guevara llegó a trabajar unos días después de la ofensiva. Yo tenía una moto y yo lo llevaba detrás. Donde yo iba, él iba y trabajamos juntos hasta el día de su muerte.
Roberto Navas era esposo de mi prima. Yo lo veía dando clases en una escuela por el parque Centenario y yo lo metí al mundo de la fotografía, porque ya estaba estudiando en una escuela de comunicaciones que en aquel tiempo estaba en la Nacional. Cuando ya estaba en le mundo de la prensa, se hizo amigo de Luis Galdámez, que había estado con él en el Centro Nacional de Artes. De hecho, tan grande era la camaradería entre ellos, que el día que Roberto murió iba a dejar a Galdámez a su casa

¿Y qué pasó?
Un retén les disparó.

¿Fue en el mismo accidente en que Luis Galdámez resultó lastimado de su brazo?
Sí, pero no fue un accidente. Se pasaron un retén y les dispararon, pero había varios retenes más en la carretera. No creo que en el siguiente no los hubieran detenido sin necesidad de balazos.

 

“En la guerra muchos fueron corresponsales desde el escritorio” (II)

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