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INTERNACIONALES

Entrevista a María Sostras y Cristina Valls cedida por La Directa, Semanario de Comunicación de Catalunya

“A todos nos torturaron en el autocar” en San Salvador Atenco

Por Gemma García / Foto: Edu Bayer
Traducción del Catalán: Edu Ponces

cartas@elfaro.net

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Durante un acto de la Marcha de La Otra Campaña en México D.F., el miércoles 3 de mayo, el Subcomandante Marcos y América del Valle (hija de Ignacio del Valle, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra), informaron de la represión policial en San Salvador Atenco. Ante la gravedad de los hechos, pidieron a participantes de la marcha se dirigieran hacia allí, para dar soporte a la población. Las activistas Maria Sostras Torrida y Cristina Valls Hernández, que se habían unido a La Otra Campaña, son dos de las personas que fueron hacia Atenco y que finalmente fueron deportadas. El sábado (6 de mayo) llegaron al aeropuerto del Prat (Barcelona) escoltadas por dos policías mexicanos, sin más pertenencia que la ropa que llevaban puesta desde hacia varios días.


¿Cual era la situación en Atenco en el momento de vuestra llegada?

Maria Sostras: Había barricadas para defender la ciudad y todas las entradas estaban bloqueadas. Todo el mundo estaba de guardia en la calle. Yo estaba con un grupo en la entrada del pueblo. Estábamos todos muy cansados, medio dormidos, había gente que ya se había retirado. A las 6 de la mañana entraron mas de 3 mil policías por distintos lados de la ciudad y nos acorralaron. Nos tocaban a unos 100 policías por cabeza. Intentamos salir del pueblo pero no se veía el final de los antidisturbios, estaban por todos lados. Era imposible… Además, oíamos disparos, lanzaban gases lacrimógenos y no veíamos nada. Nos pudimos refugiar en la casa de una mujer a la que no conocíamos con ocho personas más, hasta que entró la policía.

Cristina Valls: Cuando entraron, nos agarraron de debajo de la mesa y nos llevaron al patio de la casa. Allá nos pusieron boca abajo, nos ataron las manos con bridas de plástico y nos pusieron las capuchas de los suéteres y las camisetas y empezaron a pegarnos con las porras y a pedir nombres. Nos levantaban la cabeza y nos hacían fotos.

¿No os pidieron la documentación?
M.S: No la teníamos, ellos ya nos lo habían robado todo. Yo llevaba cámara de fotos y rollos, pero sólo ponernos boca abajo nos lo quitaron todo. En ese momento dijimos por primera vez que éramos españolas, pero les daba igual. Nos dijeron que éramos unas etarras y que veníamos a México a dar lecciones.

¿Des de Atenco a dónde os llevaron?
Nos sacaron de la casa, tapados, sin poder ver nada. La peor parte llegó en el autocar. Al subir, empezamos a ver charcos de sangre en el pasillo. Íbamos tapadas pero veíamos el suelo porque llevábamos capucha. Teníamos un policía por persona que al mínimo movimiento te daba un golpe de porra. Yo solo veía botas y sangre.

¿Qué trato recibisteis en ese autocar?

C.V: A mí me subieron, me echaron al suelo, que estaba lleno de la sangre de los otros detenidos y con las manos atadas. Estaba al final del autocar con una barra de hierro de un asiento que me apretaba el cuello y con seis personas encima. Creo que pasaron unas dos horas hasta que me cambiaron de posición. Encima de mí estaban haciendo cosas muy bestias. Yo me libré bastante porque ni se me veía, pero me dieron muchas patadas entre las piernas. Durante esas horas no supieron nada de mí. Preguntaron nombres pero a mí no. Pero cuando nos cambiaron de posición entonces me vieron y me dieron un poco. Yo oía que a una chica le pegaban en el culo y uno le decía: “¡Dime vaquero!”, y se lo hacía repetir. A mi me agarraron de los pechos, me iban pasando e iban haciéndome comentarios. A María la oí gritar mucho y lo pasé muy mal. Todo olía a sangre y mi chaqueta tenia sangre que no era mía.

M.S: A mí me subieron cuando ya estaba bastante lleno. Me levantaron y dijeron: “A esta güera pásala para atrás”, que era donde había más policía. Entonces, me quitaron los pantalones, me rompieron el sujetador y sufrí abusos sexuales. Me pegaron mucho. Me agarraba un policía por cada extremidad, y con la cara tapada no podía respirar. Entonces fingí que tenía asma, que me desmayaba y así conseguí que pararan un rato porque se asustaron. Al poco tiempo volvieron a empezar. Me pasaban por todos los asientos donde había policías y todos me tocaban, me insultaban, me pegaban. Todo. Todo lo que te puedas imaginar y más. Y cuando ya estaba muy mal, me pusieron en el suelo con la cabeza contra el asiento. Una mujer detenida, que estaba a mi lado, me pidió que le subiera los pantalones. Yo tenía un policía delante que me levantaba la cabeza de vez en cuando para comprobar que respiraba. Oías los gritos de todo el mundo y la gente llorando.

No cambió nada el hecho de que fuerais extranjeras…
M.S: Fue peor, pero hizo, por ejemplo, que no nos tocaran la cara, aunque ya tienen porras que no dejan marcas. Me dieron un golpe y me salió mucha sangre de la nariz y oí que un policía le decía a otro: “No, en la cara no, que luego van a identificar…”. Ellos mismos me lavaron la cara y me quitaron la sangre. Es decir, ellos se cuidaban de no destrozarnos la cara a nosotras, los chicos y chicas mexicanos tenían la cabeza abierta y las caras llenas de sangre…
C.V: He visto una foto en La Jornada de una señora por las calles de Atenco cuando la llevaban al autocar y tenía la cara entera. A esa mujer la vimos en prisión y estaba destrozada. Ahora veo que la señora en Atenco estaba bien, fue en el autocar. A todos nos torturaron en el autocar.

¿En algun momento os informaron de qué os acusaban?
M.S: En absoluto. Pobre de ti que preguntaras algo.
C.V: A mí sólo me decían: “Te vamos a matar, los vamos a matar a todos”. No sabíamos nada, no sabíamos dónde íbamos, no veíamos nada.

Al cabo de 2 o 3 horas, llegáis a Santiaguito, la prisión de Toluca…
M.S: Sí, allí nos pusieron en una misma sala agrupados mexicanos, mexicanas y extranjeros: Un chico y una chica chilenos, una alemana y nosotras. Cuando bajamos del autocar fue duro, pero una vez dentro fue como un paraíso. Llegó alguien de la oficina de inmigración y nos dijo, sólo a los extranjeros, que él se hacía responsable de nuestra integridad, seguridad y alimentación dentro de la prisión. Allí nos trataron mejor. Ya sabían que nos iban a deportar y tenían que ir con cuidado. Nosotras no sabíamos nada, no nos daban ningún tipo de información. Ni de los derechos, ni de la acusación ni de lo que iba a pasar con nosotras, nada.
C.V: Todavía no sabemos de qué estamos acusadas.

¿Os informaron de que podíais ver a un abogado, o hacer alguna llamada durante las horas que estuvisteis en prisión?
C.V: Sí, ellos decían que sí. Pero yo nunca llegué a hacer ninguna llamada.
M.S: Yo tampoco. Se presentaron abogados de oficio, pero cada uno nos decía algo distinto, se contradecían: Uno nos decía que no declaráramos, el otro que posiblemente nos íbamos a quedar allá un año, un tercero que saldríamos ya… era todo muy confuso. No sabíamos con quién podíamos hablar y con quién no. Había gente que era muy amable, como si nos quisieran ayudar y luego los veías hablando con la policía. Tuvimos que declarar, pero todos en la misma sala, en mesas una al lado de la otra.
C.V: Allí todo el mundo hablaba. Les daba igual, querían hacerlo rápido. Era como si ya supieran lo que nos iban a hacer.

¿Hicisteis constar los maltratos en la declaración?
M.S: A mí no me dejaron. Primero la abogada me dijo que lo pusiera, pero luego me dijo que no porque me causaría más problemas y no lo puse. Luego pedí ampliar la declaración para incluirlo. Me dijeron que sí, haciéndome esperar el tiempo suficiente para que el responsable ya se hubiera ido.

¿Os hicieron preguntas para vincularos al movimiento zapatista?
C.V: Nos preguntaron: “¿Has oído hablar del EZLN?”
M.S: ¡Pues claro! Todos hemos oído hablar.
C.V: “¿Quién gobierna en México? – Fox. – Veo que estás enterada…”

¿Y de la prisión a dónde os llevaron?
C.V: No lo sabemos. Pero antes nos tomaron las huellas digitales y nos querían fichar. Eso no lo queríamos hacer…
M.S: Porque una persona de una organización de derechos humanos nos dijo que no estábamos acusadas de nada, pero la policía nos decía que si queríamos salir de la prisión esa noche teníamos que fichar. Con una furgoneta nos llevaron a los 5 extranjeros para Inmigración. Allí volvimos a declarar y nos hicieron más revisiones médicas. No nos agredieron físicamente pero seguíamos incomunicadas, no nos decían nada, nos engañaban. Habíamos firmado un papel con nuestros derechos que decía que podíamos recibir visitas pero nadie pudo entrar a vernos. Incluso vino una abogada de una ONG y no la dejaron entrar.

¿En esos momentos ya sabíais que os deportaban?
C.V: Empezaron a decírnoslo por la tarde, cuando vino el de la embajada. Nos pusieron dentro de un coche y les preguntamos si volvíamos a España y nos dijeron: “Depende de cómo se porten”. El coche arrancó rápido y nos llevó al aeropuerto.

¿Teníais los papeles en regla?
M.S: Estábamos las dos legales. El cónsul de la embajada española lo ratificó.

Tras estos hechos, ¿Cómo os sentís?
M.S: Con fuerzas. Ahora lo más importante es sacar de la prisión a la gente que se quedó allá. Si nosotros hemos sufrido todo esto, imaginate la gente mexicana.
C.S: A mí me da igual lo que me haya pasado. Pasado está. Pero hay mucha gente que todavía sufre y tienen que recibir nuestro apoyo.

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