De la guerra a la paz

  
Italia mira a Romero
Por Carlos Dada

La ciudad de Terni reunio a especialistas, investigadores y amigos de Monseñor Romero, para reflexionar sobre su persona y proseguir con el proceso de canonización del mártir salvadoreno, cuyo promotor es el arzobispo de esta pintoresca ciudad al norte de Roma.

El padre Jesús Delgado tuvo un largo viaje, de San Salvador a Terni, para hablar de Monseñor Romero. Aquí, en el corazón de Italia, es más fácil hacerlo que en San Salvador. Aquí lo quieren hacer santo, y desde aquí se trabaja por esa causa.

Tal vez por eso Delgado, biógrafo de Romero, atravesó el Atlántico el fin de semana pasado para soltar una noticia que paralizó el aula en la que fue dicha: "Tengo establecido quienes mataron a Monseñor Romero. D’aubuisson no lo decidió, a él se lo pidieron y él no quiso hacerlo, lo descargó en otro".

No develó todo el misterio. Adelantó que la información será parte de una nueva edición de la biografía de Romero, que piensa publicar pronto. Inmediatamente después terminó su discurso y enfrento a los periodistas, limitándose a repetir que pronto publicará el libro, y que, aunque D’aubuisson no fue el autor intelectual, si participó en el crimen.

Delgado ha sido muy acucioso. En San Salvador, desde hace ya varios años, ha buscado, ordenado, analizado y archivado todo el material que es posible encontrar sobre Romero. Desde ahí, junto al padre Rafael Urrutia, han ordenado el material que es enviado a Terni para presentarse ante el Congreso de los Santos de El Vaticano.

Por eso no era extraña su presencia en la ciudad. Vino para participar en el "Coloquio Internacional Oscar Arnulfo Romero. La Iglesia y la Am-rica Central de su tiempo", organizado por el Instituto de Estudios Teológicos y Sociales y convocado por Monsenor Vincenzo Paglia, Obispo de Terni y promotor de la causa de la canonización de Romero.

Delgado no intenta atribuir a Romero el aura mitológica del santo heredada de la Edad media. "A quienes gustan de juzgar a las personas por como escriben, dirán que Monseñor Romero era un hombre inestable y atormentado", dijo. Después comenzó a develar el carácter del asesinado arzobispo a partir de las lecturas encontradas en su estudio y cuarto. Así sabemos hoy que Romero era amante de los místicos de la Iglesia, y que San Juan Crisóstomo y San Irineo se encuentran entre los autores que sellaron su formación espiritual.

"Cuando es nombrado Arzobispo de San Salvador tiene más interés en la Doctrina Social de la Iglesia. En lo que menos interés muestra es en la Teología de la Liberaciín. Son 12 libros (los que poseía sobre este último tema), la mayor parte de ellos intactos y dedicados por sus autores".

Los abogados de Monseñor Romero

Vincenzo Paglia es un hombre cercano al Papa. Entrado en sus años sesentas, ostenta casi siempre una gran sonrisa en el rostro y una mirada transparente. Hace unos años, cuando aun no era obispo, decidió convertirse en el promotor de la causa de Monsenor Romero. Alguno de los hombres de gris que controlan los corredores de El Vaticano le dijo entonces: "Piénsalo bien, tal vez prefieras dejar abiertas las posibilidades de proseguir una brillante carrera" en la Iglesia. Y Paglia lo pensó bien. Movilizó a brillantes historiadores y teólogos de la Comunidad San Egido, de la que es asesor espiritual, y puso manos a la obra. Ahora, siete años después, sabe que la misión es muy difícil, y que Romero cuenta con no pocos detractores aquí y en San Salvador, suficientes para obstaculizar un camino hacia la santidad.

En Terni estaban también, el fin de semana pasado, algunos de esos expertos que han ayudado a Paglia; entre ellos el profesor Roberto Morozzo y el padre Mariano Imperato. Habian otros doce ponentes: los salvadoreños Delgado y Héctor Dada Hirezi, el mexicano Roberto Blancarte, el cardenal australiano Edward Idris Cassidy, el colombiano Guillermo Escobar, el francés Jean Dominique Durand y los italianos Marco Gallo, Riccardo Cannelli, Agostino Giovagnoli, Alberto Melloni y Andrea Ricardi, fundador de la Comunidad San Egido. Tambien dos reconocidos periodistas italianos que cubrieron la guerra en El Salvador, y que conocieron personalmente a Romero: Lucia Annunziata y Mauricio Chierichi.

Brillaban por su ausencia, en cambio, representantes diplomáticos de nuestro país o miembros del gobierno. Ello tampoco fue sorpresa. El año pasado, para el vigésimo aniversario de la muerte de Monseñor Romero, se celebró en San Salvador un gran homenaje al mártir que contó con la presencia de numerosas organizaciones nacionales e internacionales. El presidente de la República, Francisco Flores, era invitado de honor. No llegó. Ni él ni ningún representante del gobierno central quisieron estar presentes en el aniversario.

El arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, no estaba de buen humor ese día. Prefirió evitar los micrófonos antes de lo que seguramente habría terminado siendo un sermón poco cortés dedicado al mandatario. Pocos meses después, para la visita del presidente de México, Vicente Fox, a El Salvador, el gobierno de Flores hizo mala cara a los deseos del mexicano de visitar la tumba de Romero en catedral. El asunto terminó volviéndose una disputa diplomática no oficial, en la que El Salvador no autorizó dicha visita y Fox redujo sustancialmente su viaje al país. Algunos años atrás, cuando visitó San Salvador, el Papa Juan Pablo II tomó un desvío hacia Catedral, para visitar la tumba de Romero. Tampoco estaba en agenda.

Por eso, a los miembros de la comunidad de San Egido no les sorprendió cuando, el año pasado, alguien comenzó a trabajar tras bambalinas, hasta que convenció a prominentes miembros de la Iglesia de que Romero había negado algunos dogmas en sus prédicas. Acto seguido, la postulación de su canonización pasó a manos del Santo Oficio, donde se encuentra ahora, para determinar si existieron tales negaciones. Estas voces, que se encuentran fuertemente opuestas a la canonización del arzobispo, no son nuevas. Han estado ahí desde que un conservador obispo de Santa Rosa de Lima, llamado Oscar Arnulfo Romero, sintió el llamado a la experiencia de la fe, y tras su llegada al arzobispado, se volcó del lado de los pobres.

El cardenal Cassidy lo recuerda en mayo de 1979, en la Plaza de San Pedro. "Ví a un hombre triste. Le pregunté que le pasaba y me dijo: ‘¿ Recuerda como para mi siempre estuvo abierta la casa de la nunciatura? Ahora no puedo entrar, no encuentro ninguna comprensión’. Y no es que el arzobispo Romero haya tenido una conversión. Simplemente cambió la situación de su país", agrega. Según el cardenal australiano, Monsenor Romero se dio cuenta, en esa visita al Papa, que habian voces negativas, que hablaban fuertemente en su contra. El Papa, en cambio, le sugirió paciencia y valor.

Para reflexionar sobre un santo

En este coloquio se recordaron las palabras de Jon Sobrino: "La historia de la Iglesia en América Latina se divide en antes y después de Monseñor Romero".

Durante dos días, Terni sirvió de espacio para reflexionar sobre Romero y su tiempo, uno convulso y determinante para la historia de nuestro país. Todos coincidieron en que, tras las homilías de Romero, estaba siempre el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla. Y todos, también, destacaron la figura del hombre, débil a veces y angustiado en otros, que terminó sacrificado por defender la fe. No hay perfección en ninguna de las visiones de Romero expresadas el fin de semana en Terni. Hay, eso sí, una gran necesidad de reivindicar la figura del pastor salvadoreño, asesinado mientras oficiaba una misa, y marginado a propósito por sus detractores.

Pronto, la comunidad San Egido publicará las memorias del encuentro. Ahí desfilan Romero el hombre, Romero el pastor, Romero el lector, Romero el amigo, el santo y el predicador. Ello sucederá, sin duda, antes de que avance el proceso de canonizacion de Romero.

Monseñor Romero

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