De la guerra a la paz

 
Para el Debate
Periodización de la historia de la guerra 
Por Ricardo Ribera

El árbol procede de la semilla. Pero desde la semilla no se explica el árbol. Éste no se "deduce" de aquella. Al revés. Es desde el árbol que podremos entender la semilla. Es únicamente desde el final del proceso que vamos a poder comprender su inicio y las etapas que lo componen. Planta, flor, fruto y semilla, aparecen desde el conjunto del proceso en una secuencia lógica y determinada internamente. Son fases de un único movimiento dialéctico. Se explican una a la otra, una vez se ha comprendido a lo que apuntaban.

Bellas imágenes que proceden de un filósofo de la historia, generalmente oscuro y difícil de entender, como es Hegel. Capaz también de expresarse con claridad y expresividad, a través de ejemplos e imágenes, como las aquí citadas. Al llegar a un punto de culminación podremos establecer una periodización adecuada, que se corresponda con lo que el proceso "ha sido", con lo que aparece como su esencia y su lógica fundamental. También inversamente. Si falta una periodización, se escapa parte esencial de la comprensión a cabalidad del proceso histórico.

El investigador, al establecer los períodos debe partir de la objetividad de los hechos. Pero no podrá eludir lo subjetivo. Porque la periodización depende de la interpretación global que aquél haga y de la perspectiva con que examine los diversos acontecimientos. De modo que una periodización, aun siendo muy objetiva, nunca será única. En el caso del conflicto salvadoreño, por ejemplo, diferirá si el enfoque se hace desde la óptica de los años ochenta, de lo que estaba ocurriendo durante la guerra civil, o si desde la perspectiva de la década siguiente, desde la perspectiva de lo que fue su resultado. Se desprenden entonces dos periodizaciones diferentes y complementarias. La primera se refiere a una historia de la guerra mientras la segunda ofrece la historia de la paz. El proceso fue ambas cosas a la vez. Por eso no hay contradicción - o mejor dicho, sí la hay, pero en lógica dialéctica- entre las dos periodizaciones del mismo proceso histórico salvadoreño. Esta semana exponemos la primera y esperamos en la próxima referirnos a la segunda.

Ya sabemos - hoy lo sabemos, no a mitad del proceso- que la guerra civil salvadoreña culminó con la solución política negociada. El conflicto terminó, aparentemente, en enero de 1992 con la firma de los acuerdos de paz. Habrá que examinar críticamente esa afirmación. Pero lo que sí queda establecido es que el resultado de la guerra fue la paz. Por lo cual no forzamos la objetividad de los hechos al proponer el método dialéctico de análisis, dado que nuestro proceso cumple cabalmente el modelo teórico: cada cosa genera su contrario, el cual brota de dicha oposición. En este caso, lo que la guerra engendró fue su contrario dialéctico, es decir, la no-guerra, la paz. También la guerra había surgido de su opuesto, de la paz de los años setenta. Pero ésta presenta su carácter falso, pues incuba el conflicto por venir, siendo la guerra de los ochenta la negación de la paz de la década anterior. La paz actual cobra así la dimensión de negación de la negación: niega la guerra que había a su vez negado la paz de la dictadura. El tiempo actual no es el retorno al pasado, a una situación de paz preexistente, sino que se trata de una paz diferente, superadora, sobre fundamentos distintos, a la que la nación no habría llegado si se hubiera "ahorrado" su difícil gestación y doloroso parto.

La guerra arranca del período anterior, en el cual "todavía" no hay contienda bélica. Pero sí acumulación de hechos de violencia política. Hasta que la cantidad se vuelve calidad, el cambio cuantitativo transformado en cualitativo. Difícil es precisar una fecha. La espiral violenta se acelera desde el fraude electoral de 1977. Tiene un claro repunte en 1979 y resulta ya innegable su dimensión de confrontación militar a partir del golpe de estado de octubre de este mismo año.

La ONU prefirió adoptar el año calendario - desde el 1° de enero de 1980- al fijar qué período debía cubrir la Comisión de la Verdad para esclarecer los "graves hechos violatorios de los derechos humanos" acontecidos durante la guerra. No adoptó el 10 de enero de 1981, inicio de la "ofensiva final" del FMLN, por dos razones básicas. La primera, para poder incluir en la investigación el asesinato de Monseñor Romero, uno de los crímenes más connotados del conflicto. Y para no achacar sólo a la insurgencia la responsabilidad de haber empezado el conflicto. Pues en 1980 el FMLN ni siquiera había sido fundado. Tampoco resulta absuelto. Los grupos guerrilleros habían acrecentado su accionar en ese tiempo. Por otra parte, tampoco el ejército había asumido en esas fechas todo el protagonismo que tomará después.

En eso consiste justamente la esencia del primer período de la guerra civil salvadoreña: en su carácter irregular. Uno y otro bando están ya configurados, pero no formalmente, y lo que predomina es la informalidad. En el gubernamental son los cuerpos de seguridad y las redes de escuadrones de la muerte quienes llevan el peso principal de la reacción represiva. Predomina la descentralización y la coordinación es escasa. La Guardia no comparte su información con la Policía de Hacienda, ni la Policía Nacional con aquéllas. En cada uno de estos cuerpos se organizan escuadrones de la muerte al margen de la jerarquía formal. Después se sabrá que la Unión Guerrera Blanca, UGB, operaba desde la GN, el Ejército Secreto Anticomunista, ESA, en el cuartel de la PH y la Brigada Maximiliano Hernández Martínez procedía de las instalaciones de la PN. La Fuerza Armada estaba al margen y no controlaba la acción represiva, al estilo "guerra sucia", la que era protagonizada por estas otras instancias. En contadas ocasiones fue requerida para intervenir en las acciones de represión directa.

También del lado insurgente el accionar era descoordinado y descentralizado. Cada una de las cinco estructuras tenía sus propios planes operativos y dejaba en gran libertad de acción y de iniciativa a sus células guerrilleras y comandos urbanos. Parte del éxito se centraba en esas características de secretividad y clandestinidad con que ambos bandos se combatían. Mucha actividad tenía fines propagandísticos. Y el blanco podía ser cualquiera identificado como del bando enemigo. La violencia se iba imponiendo como la forma privilegiada de hacer política. Triunfaba la tendencia hacia la militarización de la política.

Este primer período de guerra irregular queda superado al conformarse el FMLN como reunión de las organizaciones guerrilleras, que aspiran ahora en constituirse como ejército revolucionario. Adoptarán la estructura de un ejército, con su Estado Mayor, planes centralizados, logística, columnas, batallones y brigadas. Del bando gubernamental la Fuerza Armada pasa a hacerse cargo del conflicto, subordinando a su mando los cuerpos de seguridad, disolviendo aquellas estructuras de escuadrones o absorbiéndolas en una única. A partir del 10 de enero de 1981 ya son claramente dos ejércitos los que se están enfrentando. Se ha entrado en un nuevo período. Es el vuelco a la guerra regular, planificada centralmente, jerarquizada. Se supera la anarquía de antes y se racionaliza el esfuerzo militar.

Se ha entrado al segundo período, que denominamos de guerra total. En ésta lo esencial es buscar la derrota militar del enemigo. Se espera alcanzarla al corto plazo. El ejército monta grandes operativos del tipo "yunque y martillo" para acorralar y aniquilar las fuerzas del FMLN. Éste aplica una estrategia para "resistir, desarrollarse y avanzar". Aspira a desencadenar una ofensiva que arrastrase a la población a una insurrección triunfante. También predomina del lado insurgente la búsqueda del aniquilamiento de su enemigo. De hecho algunos puestos de la Guardia, varias patrullas cantonales y ciertos destacamentos militares son arrasados al atacar "lo poco con lo mucho". A los grandes operativos del ejército le opone la táctica de responder "lo mucho con lo poco". Las experiencias vietnamitas parecieran dar frutos en la batalla salvadoreña y el ejército, desmoralizado ante un enemigo que suele rehuir el combate, para sorprender después con golpes fulminantes en la retaguardia, parece cada vez más cerca de un colapso. Corre el año 1983.

Pero también Estados Unidos conoció la guerra de Vietnam y ha extraído sus propias lecciones. A fines del año impone una reestructuración del ejército salvadoreño: la modalidad de guerra debe adaptarse al tipo de enemigo. Se retorna al esquema de guerra irregular, impulsado ahora por el bando gubernamental, que dota a su ejército de los "batallones de cazadores". Son mucho más livianos que los de "reacción inmediata" - fuerza de choque creada en la etapa anterior- y su misión es sólo patrullar incesantemente las zonas de expansión de la guerrilla. Ya no es el objetivo inmediato la destrucción del FMLN, sino su aislamiento: geográfico, pero ante todo, social. Es la táctica de "quitarle agua al pez".

Obedece a una nueva concepción estratégica: la de "guerra de baja intensidad". Según ella el componente militar ha de ser únicamente un 10% mientras el político supone el 90%. El objetivo a corto plazo es "ganar la mente y los corazones de la población civil". Especialmente en las regiones donde está en disputa el control del terreno. Donde el dominio de la guerrilla es absoluto toda la población se considera base social del Frente y se aplican tácticas de "tierra arrasada", bombardeos masivos, destrucción de cosechas, etc. Es la idea de desgastar al enemigo antes de pensar en la victoria sobre él. El FMLN se verá forzado a responder de manera similar, impulsando su propia "guerra de desgaste". Ésta se alarga necesariamente. La victoria se mira al largo plazo.

Descifrada la esencia del plan norteamericano el Frente se apresta a no dejarse acorralar en sus zonas controladas y abandona el esquema de "poder popular" y de doble poder. Se lanza ahora a "extender la guerra a todo el país", volver imposible la afirmación duartista de que "podemos convivir con la guerra" y ganar la normalidad en las ciudades. Ahora la guerrilla retorna a las estructuras de comandos urbanos. Se fija como prioridad derrotar los esfuerzos por reactivar la economía del país y hace del sabotaje un arma estratégica. Es la concepción de "la guerra de las pulgas": no matan al elefante, pero pueden volverlo loco y ponerlo en retirada.

Se ha entrado al período más decisivo: es la guerra integral que durará desde 1984 hasta fines de 1989. En él se abre el diálogo, como otro esfuerzo más para ganar la guerra, y muchos otras iniciativas en diversos escenarios: social, económico, político y diplomático. Con menor cantidad de víctimas civiles, la guerra en realidad no se ha moderado, al revés, ha ganado en intensidad y es más integral. Se ha entendido la concepción de que la misma es un fenómeno político. Se pasa consecuentemente a una guerra política. La anterior militarización de la política se ha transformado dialécticamente en la politización de lo militar, es la guerra misma la que se politiza.

La guerra de desgaste provoca, con su alargamiento fatal, el desgaste de la guerra. Ello explica que la culminación de esta etapa, la ofensiva "hasta el tope", noviembre de 1989, encuentre a la población con gran "cansancio de la guerra". Predomina la oposición a ambos bandos y el deseo de paz. Determina el fracaso de la insurrección. También el éxito de un proceso de negociación. En un inicio intentado como otra forma de fortalecerse para la ansiada victoria, pronto el proceso irá mostrando en ese cuarto período de guerra con negociación que sólo es concebible como la alternativa a la guerra. Ésta sigue en el terreno militar, a lo largo de 1990 y 1991, pero va imponiéndose como determinante la mesa de negociación sobre el campo de batalla. La lógica de la politización de la guerra conduce a sus protagonistas a una solución política a la misma, que no contradice sus ideales y propósitos sino que, para su propia sorpresa, los viene a confirmar. Se llega así a la formulación del Acuerdo de Paz, concebido como desenlace "sin vencedores ni vencidos".

Pero el 16 de enero de 1992 no señala el final histórico de la guerra. Faltaba ver que los acuerdos se cumplieran. Y la resolución del problema de dos ejércitos en un mismo país.

La posguerra debe por ello considerarse como parte de la guerra, es su último período. El incumplimiento podría aún derivar en un retorno a la confrontación militar. Termina el primer año de posguerra, 1992, con el desarme del FMLN y la disolución de los batallones elite gubernamentales y dos de los tres cuerpos de policía. También la inscripción formal y legalización del Frente como partido político. No será sino hasta las elecciones de 1994, con su participación electoral en las mismas, que culmina el proceso de paz, según el concepto definido por Naciones Unidas. Y con ello la guerra en su último período, la posguerra. Ésta se constituye a su vez en la primera etapa de la transición democrática.

La política ha triunfado finalmente sobre lo bélico. Merced a la propia guerra. Antes la política era mero ejercicio del poder. Y éste, pura administración de la violencia. Generó su superación mediante una violencia más exacerbada, el conflicto civil, que pretendía redefinir la cuestión del poder. Ahora la política es concebida como administración de las diferencias, como ejercicio del disenso y el consenso, como competencia en torno a un poder que en alguna medida es siempre poder compartido y responsabilidad conjunta. Si en la dictadura lo central era la confrontación de intereses y de proyectos, en la actual democracia en construcción pasa a ser la concertación de proyectos e intereses la esencia del nuevo tiempo. Todo eso requiere fuerza, pero mucho más precisa de sutileza y conocimiento. En la nueva concepción la política es percibida como un arte y como una técnica.

El viejo ejercicio griego de la política: construir apoyos y lograr convencer, incluso al adversario – ya no vencer al enemigo -, un oficio que en gran medida resulta novedoso, en un país con un pasado pleno de violencia, autoritarismo e imposición. Y por ello mismo, con un futuro más lleno de incertidumbres que de certezas. Al país le pesa su historia. Tal vez por eso procura desconocerla. El olvido puede ser, sin embargo, la forma más segura de perder el rumbo de la historia, ésa que entre todos venimos haciendo día a día.

Monseñor Romero

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