De la guerra a la paz

 
Inés y Napoleón: Pasiones compartidas
Por Ernesto Villalobos

El 26 de mayo de 1988, Inés y sus seis hijos aguardaban impacientemente afuera de una habitación del Hospital Militar. Todos esperaban el resultado de una endoscopía que el doctor José Luis Saca le había practicado al entonces presidente José Napoleón Duarte. "Quiero hablar a solas con usted", le dijo el doctor. "Al presidente no le quedan más de dos meses de vida, padece de una úlcera cancerosa de las peores que he visto". Para Inés la noticia era la factura que le cobraban a la salud de Napoleón más de veinte años de trabajo y compromiso político, durante una de las épocas más violentas y convulsionadas de la historia de El Salvador. Y también marcaba el principio del fin de toda una vida juntos que inició mucho antes que nacieran, cuando sus jóvenes padres entablaron una amistad que sería para toda la vida.

José Jesús Duarte y José María Durán se conocieron a principios del siglo pasado cuando los dos eran jóvenes y solteros. Jesús, un aprendiz de sastre, recién había emigrado a San Salvador de Santa Ana y trabajaba como taquillero del Teatro Municipal, la atracción más popular de aquel entonces, ahí conoció al arquitecto José María. Con el tiempo los compañeros de juventud se casaron y su amistad se reforzó y extendió a esposas e hijos y unió a ambas familias en alegrías y penas. Y fue en la celebración de la primera comunión de Alejandro, el tercero de los hermanos Duarte, cuando Inés vio por primera vez al que sería su compañero para toda la vida.

"Don Jesús y doña Amelia invitaron a mi familia a la fiesta, ahí recuerdo que me llamó la atención un niño de cara preciosa y ojos azules, vestido con un hermoso traje de marinero, ese niño era Napo", recuerda Inés.

Juegos y travesuras

Continuaron frecuentándose los domingos cuando los hermanos Duarte visitaban la casa de los Durán en el barrio San Miguelito.

"Siempre jugábamos juntos, le tiraba del cabello, la fastidiaba. La dejaba de lado en los juegos por ser mujer para hecerla enojar. Pero cuando me metía en líos ella me defendía", cuenta Napoleón en su libro.

Una de las travesuras preferidas del inquieto niño era jalar las lazas del vestido de su amiga hasta arrancárselas, "tenía pirria contra mí", cuenta entre risas Inés. Amelia, la madre de Napoleón y modista, se encargaba de reparar los destrozos que su hijo provocaba en los vestidos de la niña Durán.

Así la pareja creció hasta llegar a la adolescencia y su amistad de años encubrió la atracción que ambos sentían. Su adolescencia pasó entre reclamos y celos que ellos escondían debajo de una amistad que cada vez más ponía al descubierto sus verdaderos sentimientos.

En 1944, cuando Napoleón cursaba su último año de bachillerato en el Liceo Salvadoreño e Inés terminaba sus estudios de secretariado en el Colegio Betania de Santa Tecla, el joven estudiante protagonizó sus primeras batallas políticas al participar en los movimientos estudiantiles para derrocar al dictador Martínez.

Primera salida

Los padres de Napoleón advirtieron el peligro de la incipiente participación política de su hijo y decidieron, después de su graduación, mandarlo a estudiar a Estados Unidos, en la Universidad de Notre Dame. Ahí su hermano Rolando cursaba su primer año de economía.

La separación afectó a ambos jóvenes, Inés y Napoleón guardaron el remordimiento de una amor no confesado. Pero la discreción de aquel secreto no duraría mucho. Un año después José María envió a su hija a Estados Unidos a estudiar secretariado bilingüe. Inés confiesa ahora que la idea no le entusiasmaba, pero que no podía contradecir a su estricto padre.

Su madre, Magda, fue la encargada de acompañarla hasta el colegio de monjas salesianas en el pequeño pueblo de Patterson, en New Jersey. En el camino, hicieron una parada para ver a los hermanos Duarte. "Mi madre le prometió a doña Amelia que pasaríamos a ver a los muchachos", recuerda. En el encuentro, se dijeron lo que ambos ya sabían hacía mucho tiempo.

"Fue en aquel momento, al verla venir hacia mí en South Bend cuando supe que era la mujer para mí. Nos abrazamos y sin decirnos una sola palabra nos dijimos todo", relata en su libro Napoleón, quien a partir de ese momento se fijó dos metas en su vida: graduarse de ingeniero civil y casarse con Inés.

A partir de esa fecha tuvieron una relación por cartas que duró cuatro años. En 1947, en una pequeña vacación de diez días, Napoleón regresó al país para pedir la mano de su amiga de infancia. Al año siguiente obtuvo su título de ingeniero y el 14 de agosto de 1949, en la iglesia María Auxiliadora en el barrio San Miguelito, se casó con aquella niña a la que le jalaba los pelos.

La familia Duarte Durán

El padre de Inés nombró a su nuevo yerno socio de su empresa constructora y juntos fundaron la constructora Durán-Duarte. Un año después de su matrimonio la pareja recibió a su primera hija, Inés Guadalupe. Después vinieron Alejandro, Napoleón, María Eugenia, María Elena y Ana Lorena.

La vida para la familia no podía ser mejor. Inés trabajaba con su padre y su esposo en una floreciente constructora y atendía a sus seis hijos. Tuvieron estabilidad emocional y económica durante una década hasta que la militancia política volvió a tocar sus vidas.

Desde el punto de vista de Duarte, la población sólo podía elegir entre extremas, por lo que había un vacío en el espectro político que nadie había llenado. Así, junto a intelectuales y profesionales jóvenes forma el Partido Demócrata Cristiano. En 1964 Napoleón participó por primera vez en las elecciones paraa Alcalde de San Salvador. "Perdí a un marido porque nació un político", dice. Contra todos los pronósticos el novel PDC ganó las elecciones. Al empezar su período de alcalde Inés cambió de actitud y decidió ayudar a su marido en las obras sociales de la Alcaldía. Esa sería la tónica del resto de su vida, compartir y apoyar las pasiones de su esposo.

Alcaldía y presidencia

Con el paso de los años la carrera política de Duarte se fue consolidando. Ganó en tres ocasiones la Alcaldía de San Salvador. El pasó siguiente sería la presidencia. Después de su último período en la alcaldía en 1970, Duarte se preparaba para regresar a su vida familiar. Reorganizó su oficina constructora y volvió a su trabajo. El cambio hizo feliz a Inés y a toda su familia. "Pensé que íbamos a tener una vida más tranquila, pero fue peor", dice.

En noviembre de 1971, la convención nacional de PDC lo nombró candidato presidencial para las elecciones de 1972. Napoleón, como ya era costumbre, consultó a su familia sobre la candidatura. Nadie la aceptó. "Le dimos mil y una razón para que no aceptara, pero no lo pudimos detener", cuenta.

Los resultados electorales no lo favorecieron. El PDC acusó al oficialista Partido de Conciliación Nacional (PCN) de cometer fraude. Sin embargo, Duarte aceptó su derrota. "¿Qué podíamos hacer contra las balas?", se pregunta Inés.

El 25 de marzo de 1972 la familia decidió tomar un descanso después de la agotadora campaña. Junto a sus tres hijas, Inés y Napoleón viajarían a Guatemala para recobrar fuerzas, sus dos hijos varones estaban en México debido a las amenazas de muerte que sufría la familia. La madrugada de ese día, el Coronel Benjamín Mejía comandó un golpe de estado para derrocar a Fidel Sanchéz Hernández. Abraham Rodríguez, un político democristiano, llegó por la mañana a la casa de la familia Duarte para informarles.

Ellos suspendieron su viaje a Guatemala, "porque él no quería que lo llamaran cobarde", dice Inés. Pero una llamada cambió la pasividad de Napoleón. La voz del teléfono pertenecía al coronel Mejía quien le pedía a Duarte que diera un mensaje por radio a la población para que impidiera que la parte leal del ejército destacada en el oriente llegara hasta la capital. El levantamiento fracasó y la cacería de los rebeldes no tardó mucho en empezar y Duarte encabezaba la lista. Fue capturado en la casa de un diplomático venezolano.

La casa de los padres de Inés sirvió de refugio para ella y sus hijas, según cuenta tenía listos ropa, documentos y el poco dinero que le había dejado el proceso electoral, cuatrocientos dólares.

El exilio

Después de tres días, de cautiverio alguien avisó a la familia que Napoleón estaba muerto en una bartolina de la Policía Nacional. Fue una falsa alarma y horas más tarde les avisaron que Napoleón estaba, muy golpeado, pero vivo en Ciudad de Guatemala. Ahí se reunió la familia y partieron al un exilio que duraría ocho años. La familia se estableció en Venezuela y lograron hacer su vida allá. Duarte consiguió trabajo como ingeniero e Inés sintió la paz que por muchos años había anhelado. Pero en 1979 un nuevo golpe de estado abrió la posibilidad del retorno. La familia regresó en contra de la voluntad de Inés. "Yo no quería regresar, al día siguiente de mi llegada quería regresar a Venezuela". Una vez más apoyó a su esposo. Duarte integró la segunda Junta de gobierno mientras el país se sumía cada vez en una violencia incontrolada.

El 28 de marzo de 1982 se realizaron elecciones para formar la Asamblea Constituyente que debía elegir un presidente que estaría en el cargo por dos años, hasta que se convocaran nuevamente a elecciones presidenciales. Alvaro Magaña resultó electo como presidente interino de la República. La Junta de Gobierno ya no tenía razón de ser y debía entregar el poder al nuevo presidente. "Cuando terminó la Junta le entregué todos los proyectos a la esposa de Alvaro Magaña y ella me dijo, -‘A tí misma te los voy a volver a entregar’. - ‘A cualquiera menos a mí’, le contesté".

Pero las palabras de la flamante Primera Dama se convirtieron en una profecía para la esposa de Duarte.

La presidencia

Una vez más, la familia Duarte reorganizaba su vida familiar apartada de la política. Inés podía regresar a lo que más le gustaba hacer: dedicarse de lleno a sus hijos y a su esposo, pero sobre todo vivir en paz. Pero ese nuevo paréntesis no duró mucho. En 1983 su esposo se postuló para la presidencia.

El 25 de marzo de 1984, a sus 58 años, Duarte se convertía en presidente electo. En el camino electoral quedó el trabajo de su esposa organizando el sector femenino. Pero lo más difícil en sus vidas estaba por venir. La guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) atacó la infraestructura del país para debilitar el gobierno. En respuesta el Ejército ejecutaba grandes operativos en varias zonas del país. En las hostilidades el FMLN secuestró a varios alcaldes democristianos y también muchos combatientes de la guerrilla habían sido capturados por el Ejército, entre ellos una de sus principales líderes, Nidia Díaz. La guerrilla ideó un plan para liberar a sus combatientes, el cual sería dirigido justo al seno de la familia presidencial.

El 10 de septiembre de 1985 una transmisión de radio de la guardia presidencial reportó: "¡Tiroteo en la 49 avenida norte, han capturado a Encarnación!". Ese era el nombre clave de la hija mayor de los Duarte, Inés Guadalupe. Un grupo élite de FMLN la había secuestrado junto a una amiga para lograr un canje por los presos políticos y su líder Nidia Díaz.

Al saber la noticia Inés rompió en gritos de indignación. Su doctor tuvo que inyectarle un sedante para tranquilizarla. "Después me calmé porque sabía que Napo la traería de regresó", recuerda.

La liberación

El martirio de Inés terminó el 24 de octubre de ese año cuando el gobierno de su esposo cedió canjear, en el apartado pueblo de Tenancingo, a 22 presos por su hija, su amiga y veinticinco funcionarios municipales capturados por el FMLN. La imagen del reencuentro familiar en la Escuela Militar en aquel día lluvioso recorrió el mundo. "Cuando la vi bajar del helicóptero se me olvidó la sombrilla y debajo del agua la abracé", cuenta. Las pruebas para la familia no terminarían ahí, y todavía faltaba la peor por venir. La salud del presidente estaba en constante control, pero su grupo de médicos no había chequeado su estómago. Al regreso de un viaje oficial, el doctor Saca le hizo varios exámenes y notó que algo andaba mal con su sistema digestivo. El médico le ordenó al presidente hacerse una radiografía de estómago. La radiografía mostraba una anormalidad, pero el terco presidente se negaba a realizarse más pruebas. Inés convenció a su hija mayor Guadalupe para que le pidiera a su padre como regalo de cumpleaños que se realizara la prueba. Duarte aceptó y el 26 de mayo de 1988 se practicó la endoscopía que le diagnosticó una úlcera cancerosa.

La noticia se corrió como reguero de pólvora y en unos instantes el Hospital Militar fue rodeado por periodistas. Su enfermedad se sumó a las muchas crisis que su gobierno afrontaba y como siempre encontró fortaleza en su esposa, "Ella tenía la habilidad de absorber el sufrimiento sin demostrarlo y eso me daba ánimos", dice Duarte en su libro. En febrero de 1990 perdió la batalla contra el cáncer. Un año antes había terminado su período presidencial, su mayor anhelo desde que le diagnosticaron su enfermedad.

"La vida es solitaria sin Napo, pero mi familia y el trabajo que ahora hago en la Fundación Duarte, por su gente, para mantener su legado, me mantiene aquí", dice Inés.

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