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Diccionario
de la Guerra
Personalidades
Fahd al Sa`ud
Rey de Arabia Saudita
Después
del ataque de Irak a Kuwait, el reino de Arabia Saudita cambió
radicalmente de bando: dejando de apoyar a su tradicional aliado, Sadam
Hussein, y amparándose sin tapujos bajo la dirección de
Estados Unidos.
Uno de los principales impulsores de este cambio de postura ha sido
el rey Fahd al Sa`ud. Acusado por sus detractores de ser demasiado permisivo
con el gobierno de Washington, de permitir el ingreso de 35 mil soldados
estadounidenses y de dejar utilizar el territorio como base militar, el
rey Fahd es el que, junto con Israel, juega el papel de aliado incondicional
de la política norteamericana.
Biografía
(adaptada de www.cidob.org)
Hijo del rey Abd al-Aziz (Abdulaziz) Al Sa`ud, fundador en 1932 del reino
de Arabia Saudita, y de Hassah bint as-Sudairi, tres de sus hermanastros,
de entre los 43 que tuvo (más otras tantas hermanastras), le han
precedido en el trono: Sa`ud (1953-1964), Faysal (1964-1975) y Khalid
(1975-1982), a quien sucedió en el momento de su muerte el 13 de
junio de 1982 como rey y primer ministro.
Educado por preceptores familiares y en una de las primeras escuelas
creadas en el país, en 1945 acompañó a Faysal en
la delegación Saudita que firmó en San Francisco la Carta
de las Naciones Unidas. Su preparación para un futuro acceso al
trono tomó cuerpo en 1953, cuando a la muerte de su padre fue nombrado
para dirigir el nuevo Ministerio de Educación con la misión
de establecer la red educativa nacional. En junio del mismo año
representó a su país en la ceremonia de coronación
de la reina Isabel II en Londres.
En 1962 Fahd fue nombrado ministro del Interior y cinco años
después añadió el rango de segundo viceprimer ministro.
Su persona estuvo tras el segundo plan de desarrollo, para el quinquenio
1975-1980, centrado en la modernización de las estructuras económicas
y los servicios sociales del reino.
En todo este tiempo, Fahd adquirió una sólida experiencia
diplomática como cabeza de las delegaciones Sauditaes en diversas
cumbres árabes y como interlocutor del presidente francés
Charles de Gaulle (1967), el primer ministro británico Edward Heath
(1970) y el presidente de Estados Unidos Richard Nixon (1974). Cuando
Faysal fue asesinado el 25 de marzo de 1975 por un miembro de la familia
real, Khalid fue proclamado rey y Fahd fue designado príncipe heredero
y primer viceprimer ministro.
En el caso de Arabia Saudita, cuna del Islam, centro espiritual de los
mundos árabe y musulmán y único país del mundo
que lleva el nombre de la familia que lo fundó y dirige, el sistema
político ha sido especialmente rígido. Los Sa`ud han sido
desde su surgimiento en el siglo XVIII en la figura del jeque Muhammad
ibn Sa`ud los adalides del wahhabismo, una secta fundamentalista sunní
que toma su nombre de su fundador, Muhammad ibn `Abd al-Wahhab.
A los ojos del occidental, extraño a los particularismos culturales,
morales y religiosos de una comunidad orgullosa de su pasado como hombres
libres y guerreros, este sistema presenta todo el aspecto de un intolerante
feudalismo medieval directamente trasladado al siglo XX, que ejerce un
control arbitrario sobre los ciudadanos y que ampara groseras violaciones
de los Derechos Humanos. El caso es que el régimen Saudita ha descansado
en tres pilares: en los miles de príncipes, jeques y notables que
conforman la casa de Sa`ud, en las tribus beduinas y en las Fuerzas Armadas,
de todos los cuales se aseguró su lealtad.
Tras el fabuloso enriquecimiento que produjo en una sociedad de nómadas
del desierto el hallazgo y explotación de petróleo a finales
de los años treinta, los Sa`ud vigilaron con especial celo que
la afluencia masiva de dinero no trajera consigo modas culturales e ideas
políticas de Occidente, como el parlamentarismo, los partidos políticos
y el laicismo del Estado, por no hablar de la más ligera veleidad
izquierdista o socializante.
El resultado ha sido una insólita simbiosis de los rasgos más
avanzados de la tecnología occidental con las costumbres ancestrales
de los moradores de la península arábiga. Los ingresos del
petróleo y el turismo relacionado con la peregrinación a
La Meca o hadj (una de las cinco obligaciones coránicas, que todo
musulmán debe realizar al menos una vez en la vida) posibilitaron
un extremadamente generoso sistema de protección social que durante
años adormeció las aspiraciones democráticas.
Antes de llegar al trono Fahd se perfiló como el hombre fuerte
del régimen Saudita debido a la enfermedad de Khalid. Retratado
como uno de los más preparados, experimentados y pragmáticos
príncipes de la casa real (y también uno de los más
entregados a las suntuosidades palaciegas), Fahd era conocido por su antisovietismo,
sus abiertas simpatías por Estados Unidos y, desde 1979, por su
rechazo visceral a la triunfante república islámica shií
en Irán.
La caída del sha Mohammad Reza Pahlavi frente a la revolución
liderada por el ayatolá Jomeini y el posterior estallido de la
guerra entre Irán e Irak alteraron drásticamente el equilibrio
estratégico de la región, tanto en el apartado económico
(inflación de petróleo en los mercados mundiales) como en
lo referente a la estabilidad interna de las monarquías del Golfo
(expansionismo shií).
Como responsable de la seguridad interna, a Fahd se le atribuyó
el tratamiento expeditivo de la crisis de La Meca en noviembre de 1979,
cuando unos 200 hombres armados pertenecientes al proscrito movimiento
religioso Ijwán tomaron la Gran Mezquita y durante dos semanas
se atrincheraron con miles de peregrinos como rehenes, con la pretensión
de que su jefe fuera proclamado el Mahdí (en la fe de Mahoma, el
mesías esperado, enviado por Dios para instaurar un reino de justicia
islámica universal) y de que la población se alzara contra
la "impía" familia reinante.
Este desafío sin precedentes al poder espiritual y temporal de
los Sa`ud, en el mismo recinto de la Ka'ba, la piedra sagrada, de la que
ellos eran guardianes, tuvo como respuesta, el 4 de diciembre, el asalto
por las fuerzas de seguridad, que mataron a un centenar largo de rebeldes
y capturaron al resto, que semanas más tarde fueron decapitados.
El inaudito episodio, que mostró la irritación existente
en algunos sectores ultrarrigoristas por el fastuoso estilo de vida de
los príncipes, a sus ojos hipócritamente solapado con el
puritanismo oficial, coincidió con la efervescencia revolucionaria
en el nuevo Irán jomeinista, visto por Fahd y Khalid como una enorme
y doble amenaza, política y religiosa. Cuando el Irak de Saddam
Hussein invadió Irán en septiembre de 1980, Arabia Saudita
se declaró neutral, pero su postura antiiraní fue implícita
al asistir económicamente a Bagdad, cuyo régimen socialista
y aconfesional juzgó como un peligro menor.
En esta línea de protección de la seguridad y estabilidad
regionales se inscribió la creación, el 10 de marzo de 1981,
del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), junto con Bahrein,
Kuwait, Omán, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Cuando
Fahd asumió el trono en 1982 Arabia Saudita apostó sin tapujos
por la cooperación militar con Estados Unidos, que a su vez era
uno de los suministradores de armas de Irak.
Fahd fue un gran protector del presidente de la OLP, Yasser Arafat, sobre
todo cuando más lo necesitaba (triple acoso por Israel, Siria y
la disidencia palestina de izquierda entre 1982 y 1987). Pero la cobertura
económica terminó en 1990 como castigo a su alineamiento
con Saddam Hussein en la crisis de Kuwait. Hasta el 24 de enero de 1994
Arafat no fue recibido en Arabia Saudita, pero sin la calidez de antaño.
El mismo rencor se mantuvo con el rey Hussein de Jordania, al que Fahd
se negó a recibir cuando en marzo de 1994 llegó a La Meca
para el hadj. El encuentro de reconciliación se demoró hasta
el 11 de febrero de 1996, en Jeddah, donde el monarca hachemita planteó
lo urgente de la reanudación del suministro petrolero Saudita.
Los esfuerzos de Fahd en favor de la superación de conflictos
y la unidad de los árabes resultaron decisivos para desactivar
la crisis prebélica entre Siria y Jordania, en diciembre de 1980,
o para acercar a Marruecos y Argelia en torno a la cuestión del
Sáhara (el rey Hasan II y el presidente Chadli Bendjedid se reunieron
en Ujda el 4 de mayo de 1987 a iniciativa suya).
En definitiva, en los años ochenta Fahd estableció un equilibrio
entre el compromiso Saudita con la solidaridad árabe e islámica,
centrada en la voluntad inequívoca de expulsar a los israelíes
de la Ciudad Santa de Jerusalén, y la consideración de los
intereses estratégicos de Occidente (el petróleo, fundamentalmente)
y Estados Unidos (el petróleo y el soporte a diversos movimientos
anticomunistas en el mundo, tanto insurgencias armadas como Gobiernos).
Ahora bien, la crisis iraquí-kuwaití de 1990 alteró
la trayectoria de la región. En mayo de ese año la actitud
insolidaria de Sauditaes y kuwaitíes, que excedieron en hasta un
30% las cuotas acordadas por la OPEP en noviembre de 1989, provocó
la caída del precio del barril de crudo de los 18 a los 15 dólares,
proporcionando una de las excusas a Saddam Hussein para invadir Kuwait.
Fahd, que en vísperas de la agresión iraquí intentó
en balde desactivar la disputa, volcó toda su solidaridad con el
emir depuesto, Jabir Al Ahmad Al Sabah, brindándole asilo a él
y su familia en Ta'if y comprometiéndose de lleno con la expulsión
de los iraquíes del emirato. Los amagos expansionistas del dictador
iraquí contra el propio reino Saudita empujaron a Fahd a los brazos
de Estados Unidos. Riad se lanzó a una frenética y exorbitante
adquisición de armas de última generación mientras
ponía el territorio Saudita a disposición de la coalición
de países encabezada por la potencia americana.
La llegada de miles de soldados aliados provocó un impacto sin
precedentes en la hasta entonces apacible, de hecho petrificada, sociedad
Saudita, que desde la expulsión de los turcos al final de la Primera
Guerra Mundial no había conocido un ejército de ocupación,
y desde luego nunca uno formado por occidentales. Tuvieron que suspenderse
las decapitaciones y los castigos corporales públicos para no herir
la sensibilidad de los visitantes, mientras que el personal femenino de
entre éstos recibió instrucciones de discreción en
cuanto al atuendo y el comportamiento para no ofender a los anfitriones.
Tras la guerra, sectores de la opinión pública internacional
reprocharon a Estados Unidos que sacara del apuro a un país que
no era más democrático que Irak. En señal de correspondencia
con su protector, el 1 de marzo de 1992 Fahd emitió una serie de
decretos apuntando al primer esbozo de un Estado de Derecho en Arabia
Saudita, que hasta entonces sólo había conocido la sharía
como fuente jurídica. Se promulgó una Ley Básica
sobre el Sistema de Gobierno, de hecho la primera Constitución
escrita, que, entre otras novedades, reguló las relaciones entre
el poder y los ciudadanos e introdujo una Asamblea Consultiva (Majlis
ash-Shura).
El remedo de poder legislativo no se convocó hasta el 28 de diciembre
de 1993. La totalidad de sus 90 miembros eran de nombramiento real y sus
atribuciones se limitaban a asesorar al Gobierno en cuestiones de política
social y económica, y a hacer comentarios de los decretos reales.
El monopolio legislativo del monarca por la vía del decreto-ley
se mantuvo intacto, al igual que el sistema de gobierno por consenso en
el que sólo tenían cabida un exclusivo grupo de príncipes
Sauditaes. Por lo demás, los partidos políticos continuaron
rigurosamente prohibidos.
Esta mínima liberalización (Kuwait, por contra, sí
restauró un Parlamento elegible con alguna concesión al
pluralismo) no satisfizo las renovadas aspiraciones democráticas
de una oposición multiforme y cada vez más contestataria.
El sector más crítico lo representaban los ulema y jeques
sunníes, frecuentemente penetrados por un wahhabismo ultrarradical,
que clamaron contra la presencia de los 35.000 civiles y militares estadounidenses
y contra el malgobierno, los privilegios y la corrupción de la
casa de Sa`ud. Los shiíes, que agrupan a un millón de habitantes
(el 5% de la población), denunciaron discriminaciones de índole
religioso y económico, y crearon un Comité de Derechos Humanos.
La manifestación terrorista de esta doble animosidad contra la
monarquía y Estados Unidos arruinó la imagen de Arabia Saudita
como un remanso de estabilidad y seguridad. El 13 de noviembre de 1995
un coche bomba estalló ante la sede en Riad de los consejeros militares
de Estados Unidos en la Guardia Nacional y mató a siete personas,
cinco de ellas de aquella nacionalidad, y el 25 de junio de 1996 otro
atentado contra una edificio ocupado por militares en Dhahrán causó
19 víctimas adicionales, todas estadounidenses. El régimen
reaccionó a estos desafíos con arrestos masivos de islamistas
(sobre todo shiíes) y con ejecuciones de los sospechosos que fueron
hallados culpables.
La constancia de que el reino había sido el origen de operaciones
de organizaciones subversivas de proyección internacional (como
la animada por el multimillonario Osama bin Laden, exiliado desde 1992
y convertido en enemigo jurado de Estados Unidos), puso sobre el tapete
las consecuencias de muchos años de patrocinio, con dinero, armas
y voluntarios, de la resistencia mujahid afgana.
Esta guerra contra el Gobierno comunista ateo y el invasor soviético
alimentó una solidaridad islámica permeable a todo tipo
de fundamentalismos y curtió a miles de combatientes de problemática
reinserción en sus países de origen. El régimen de
los talibán, establecido en Kabul en septiembre de 1996, es visto
como un tributario ideológico del de Arabia Saudita, por lo demás
uno de los tres países que le han tendido el reconocimiento diplomático
(los otros dos son Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos).
A partir de la guerra del Golfo Pérsico, todo fue dificultades
para la economía Saudita. Los recortes obligados en la producción
de crudo, las sucesivas rebajas de los precios del barril y los compromisos
armamentísticos con Estados Unidos (a mediados de los noventa la
defensa absorbía el 35% de los presupuestos y el país aparecía
entre los diez con mayores gastos militares) crearon unas dificultades
financieras tales que el reino, por primera vez, hubo de solicitar créditos
en el mercado internacional de capitales.
La aportación directa al fondo de gastos de la coalición
antiiraquí había superado los 30.000 millones de dólares.
Pero esta cantidad se duplicó con creces al sumarle los gastos
por las ayudas y las condonaciones de deuda a países árabes
de la coalición, las adquisiciones de armamento de urgencia a Estados
Unidos y la movilización de los 67.000 efectivos del Ejército
y la Guardia Nacional en el teatro de operaciones.
A finales de la década el Gobierno intentaba enjuagar los déficits
de las cuentas públicas y la deuda externa reduciendo el gasto
público, pero seguía sin establecer un sistema de fiscalidad
directa como demandaba el FMI. De hecho, a Riad le interesaba el mantenimiento
de Irak en el ostracismo, ya que el levantamiento de las sanciones de
la ONU y la consiguiente recuperación por Irak de su cuota en el
mercado internacional traerían implícita la espectacular
reducción de la producción Saudita, agravando la evolución
decreciente de los ingresos por el petróleo.
El 30 noviembre de 1995 Fahd sufrió un ataque de apoplejía
que dañó sus facultades físicas (complicaciones de
diabetes y artrosis de rodilla) e intelectuales (pérdidas de memoria).
Se acordó entonces que su hermanastro uno año menor, Abdullah,
primer viceprimer ministro, comandante de la Guardia Nacional y príncipe
heredero desde 1982, asumiera las tareas gubernativas desde el 1 de enero
de 1996 con carácter interino.
El 22 de febrero Fahd retomó oficialmente sus funciones, aunque
lo cierto es que sin restablecerse del todo. Desde entonces, el rey permanece
en una convalecencia crónica, con prolongadas estancias en su villa
de Marbella, España, que le ha apartado casi completamente de la
actividad pública.
Ha sido Abdullah, quien se ha acreditado como un hombre más austero,
tradicionalista y menos complaciente con Estados Unidos, así como
interesado en reforzar los lazos con los demás países árabes
y con Irán, quien ha asumido la dirección del Estado como
un regente de hecho.
Hay datos que permiten sospechar la dirección por Sultán
en 1995 de una conspiración golpista, acabada en fracaso, para
desplazar a Abdullah de la primacía sucesoria. Sobre estas diferencias
se han hecho más conjeturas que análisis sólidos,
ya que la casa de Sa`ud -a diferencia, por ejemplo, de la saga familiar
de Saddam Hussein en Irak- ha llevado siempre con gran discreción
y secretismo los asuntos familiares.
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