Plática con general Juan Orlando Zepeda, miembro de “La Tandona”
“Yo sí me considero un angelito”
Con el estigma que le tatuó la Comisión de la Verdad por el asesinato de los sacerdotes jesuitas, el ex viceministro de la Defensa trata de alejarse de esa sombra que le persigue desde hace más de 16 años. “No soy malo. Yo nunca he matado, ni a sangre fría, ni a sangre caliente”, dice. Juan Orlando Zepeda habla del crimen contra los jesuitas, del golpe de Estado contra el general Romero -“fue un claro intervencionismo de Estados Unidos”-, del gobierno de Mauricio Funes y de aquellos días cuando la tierra donde él nació fue desapareciendo bajo las aguas del embalse del Cerrón Grande. Este es un trozo de la historia construido por la memoria de un miembro de La Tandona, esa célebre promoción de militares que en la última etapa de la guerra ocuparon los principales cargos castrenses, y que se forjaron una fama de ángeles de la muerte en pos de la cual la justicia aún corre incluso al otro lado del Atlántico.
Por Ricardo Vaquerano y Daniel Valencia Fotos: Mauro Arias cartas@elfaro.net Publicada el 18 de julio de 2009 - El Faro
En algunos tramos de esta plática, este general retirado bien podría pasar por un coronel izquierdista presidente de un país suramericano. “El imperio ataca, el imperio condiciona, el imperio puede presentar tantas formas y alternativas de cambiar las balanzas en el mundo... esa es la realidad, ellos siguen hegemonizando el mundo... el imperio hegemonizante que es Estados Unidos ataca Afganistán, ataca Kosovo, ataca Iraq, y quizás pueda atacar Corea del Norte e Irán, y nadie le dice nada...”
Es Juan Orlando Zepeda, ex viceministro de Defensa, quien si no fuera porque su nombre se volvió sinónimo de violaciones a los derechos humanos y de servicio a la derecha más extrema de El Salvador, parecería un Hugo Chávez.
Este hombre, que esta mañana conduce una camioneta todoterreno de vidrios claros, acaso tenga por cábalas los números 2 y 3. Zepeda nació hace 66 años en un pueblito de Chalatenango en la ribera izquierda del río Lempa. A los 23 se graduó como subteniente junto a otros 46 militares en una singular promoción de la Escuela Militar que por numerosa fue apodada “La Tandona”. 23 años más tarde, él y sus compañeros de promoción ascendieron a los principales puestos de mando militar. Empezaba la última etapa para afianzar la fama de aquella promoción, que en 1966 había sido sinónimo de abundante y que luego trocó en paradigma de crímenes de guerra.
Una fama, dice Zepeda, tan artificial como injusto y sin fundamento es que se piense en él como un asesino. Aquella noche del 15 de noviembre de 1989, asegura, no se mencionó para nada a los sacerdotes jesuitas de la UCA, que la madrugada del siguiente día serían asesinados por un escuadrón militar. La Comisión de la Verdad determinó que Zepeda fue uno de los altos mandos que participaron en esa reunión en el Estado Mayor la víspera del múltiple crimen. “Lo que dice la Comisión de la Verdad es la cosa más absurda que he visto yo”, subraya. Y es tal su inocencia, dice, que al menos él sí se considera un angelito.
Un angelito que no tolera las voces que reclaman justicia y conocer la verdad sobre las atrocidades cometidas durante la guerra, porque eso es revanchismo. “Cuando dicen que se investigue y que después se pida perdón lo que están buscando es venganza…”, alega. Una venganza que no tiene sentido porque las guerras no son sino muerte y resultan inevitables excesos como las masacres del río Sumpul o la de El Mozote. “Yo no tengo cargos de conciencia: ¡si en una guerra no se va a tirar flores, ahí se va a tirar balas!”
Hace un año, Zepeda lanzó un libro llamado “Perfiles de Guerra”, en donde cuenta la estrategia de la Fuerza Armada para contrarrestar las embestidas de la guerrilla. En el libro también hay algunos capítulos en los cuales hace una crítica al proceso de paz, que terminó descabezando al grupo al cual él pertenecía. Esta plática inicia ahí, con un miembro de La Tandona lamentándose del gol que los negociadores del gobierno de Alfredo Cristiani permitieron hacer al FMLN. “Fue un error de la delantera”, dice. Ese error permitió que la contraparte pidiera la renuncia del alto mando, y él fue el primero en presentarla. En aquellos años Zepeda era viceministro de Defensa. “Por petición de Shafik Hándal, me habían dicho. Pero dijo Shafik, una vez que me lo encontré: yo no he pedido la renuncia tuya, je, je, je”.
Causó baja en diciembre de 1993 y desde entonces ha sido empresario maquilero, gasolinero, agricultor y del negocio de la basura, al frente de la empresa Manejo Integral de Desechos Sólidos -dueña del relleno sanitario de Nejapa-, cargo que ya dejó.
Cuando usted se metió al negocio del relleno sanitario en Nejapa, ¿llegó como comprador o como negociador?
Fui negociador inicialmente y luego de que se cayeron dos ventas, hubo un proceso de adquirirlo con un grupo de empresarios, con los que estábamos en la junta directiva, Enrique Rais y un grupo de empresarios extranjeros. Me identifiqué mucho con aquello. Mi gran preocupación siempre fue buscar una solución para el río Lempa, limpiar el río Lempa, pero más que todo el lago Suchitlán. Porque yo nací por los alrededores del lago.
¿Dónde?
En un municipio que se llama San Francisco Lempa. Pero eso quedó inundado en el lago Suchitlán. Estaba al otro lado…
Entre Suchitoto y Potonico.
Sí, más o menos.
¿Su ombligo está ahí, inundado?
Debajo del agua.
Cementerios y todo quedaron bajo el agua.
Sí. Mi familia vivía en el cantón Los Zepeda y ahí quedó todo. Esa historia es un tanto triste y dramática, pero a la vez ayudó mucho. Todos los antiguos pobladores de cantones y caseríos se reubicaron ahí en unos campamentos que se llaman El Dorado, antes de llegar a Chalatenango.
¿Tiene parientes ahí todavía?
Mi familia y amigos. En el asentamiento 2 de El Dorado hay un instituto…
... ¿Que tiene el nombre suyo?
Sí. Yo ayudé a la formación, construcción, pago de planillas para los profesores…
¿Usted qué hacía cuando se inundó la zona, en el 75?
Yo era teniente, cuando gobernaba el coronel Molina. Toda la campaña que hubo para hacerle ver a la gente que era necesario, como está sucediendo con El Chaparral… Claro, aquí se afectó a 20 mil familias o quizá más, porque fueron 135 kilómetros cuadrados los que se inundaron. Se hizo toda una campaña y a mí me tocó andar visitando muchas comunidades…
¿Para convencerlas?
En ese entonces estaba en Casa Presidencial, al servicio del Estado Mayor Presidencial con el presidente. Y me mandaban en helicóptero…
¿Y no le dijo que no al presidente Molina? “Mire, mi familia está ahí”.
No había para dónde.
¿Y qué perdió su familia con la inundación de Los Zepeda?
Mi padre perdió como 84 manzanas, pero entre toda la familia perdieron como unas 800 manzanas. Yo voy en lancha con mucha nostalgia a ver eso.
Si sus parientes perdieron unas 800 manzanas de tierras, ¿qué le decían cuando usted iba a hacer campaña en favor de la presa?
Bueno, hasta un hermano mío estuvo preso.
¿Por qué?
Por esas cuestiones de represión y persecución a los líderes. Pero se equivocaron porque en la época del coronel Molina había mucha manifestación, mucha agitación popular, mucha oposición, pero esto no era agitación porque eran manifestaciones de la gente defendiendo sus tierras.
Igual que ahora con El Chaparral.
Igual. Defendiendo sus tierras. Sí era razonable porque se estaban perdiendo las mejores tierras de Chalatenango: 135 kilómetros para albergar muchas familias y había una gran producción.
¿Y la indemnización que les dio el gobierno compensó el valor de esas tierras?
De indemnización, por ejemplo a mi familia, a mi padre, la mejor tierra, las vegas, se las pagaron a 500 colones la manzana (unos 200 dólares de esos años), y el resto a 200 (unos 80 dólares) o 100 colones (unos 40 dólares) la manzana.
¿Entonces era muy poquito?
Demasiado poco. Y no digamos las casas. Yo recuerdo que tuvimos que hacer varios reclamos porque la gente humilde -los colonos de mi padre, de mi familia- no podían venirse a meter a la hacienda, entonces yo estuve ayudándoles para que les pagaran un poco mejor. Entonces eran razonables las protestas. Lo que pasa es que en ese ambiente de alta discusión por la tierra se metió también lo ideológico-político. Los curas Alas, Crescencio Alas, de Suchitoto, creó un nivel de organización campesina... por ahí nacieron aquellas organizaciones tristemente recordadas como las Comunidades Eclesiales de Base, Feccas, la UTC, los Caballeros de Cristo Rey. Un montón de organizaciones que se crearon para luchar por cuestiones puramente reivindicativas y de su interés -la tierra y sus casas más que todo-, pero que luego quedaron en bandeja de plata a la subversión.
Usted estaba en un conflicto: por un lado, tenía que acatar las órdenes y por otro tenía a su familia. ¿Qué le decía su hermano, que fue apresado?
La verdad es que yo no me había dado cuenta y me avisan desde la casa, desde la haciendita de mi papá: “Mirá, se lo llevaron preso, ha desaparecido con otro tu primo”. ¿Cómo puede ser? Mi hermano era pastor evangélico y se lo llevan. Y empiezo a investigar y lo tenían en las bartolinas de la Policía. Tanto que yo lo reclamé al mismo presidente, al jefe del Estado Mayor y al director de la Policía. Eso generó el éxodo de toda esta gente en 1975, con mucha tristeza, un drama. Porque al ver el río que empezó a crecer, a crecer y crecer, el río se estancó, ya no tenía corriente y empezó a subir.... muchos viejitos no creyeron que iba a formarse un lago ahí y había mucho peligro. Un señor vecino, un familiar, Florentino Pascasio, enloqueció y dijo: “Yo aquí me quedo”. Él lloraba y el agua ya venía cerca y lo tuvieron que ir a sacar con sus gallinas y todo...
¿Y usted estaba convencido de ese proyecto o solo acató órdenes?
Mire, había un pleito de conciencia porque uno vive arraigado a su tierra. Pero yo sí creía que los beneficios eran mucho mayores porque eran a nivel nacional mientras a nosotros, los afectados, podrían habernos reubicado. Efectivamente, reubicaron, pero mi padre no tuvo ese beneficio porque a él le pagaron sus tierras y se fue a buscar otro terreno.
¿Hubo muertos por esas protestas?
No, que yo me acuerde, no. Algunos golpeados, algunos heridos por allá por Santa Teresa y algunos cantones que era un poquito violentos por naturaleza.
Hablando de violencia: unos años después de eso, en 1979, los militares le dieron golpe de Estado al general Romero, y hay quienes dicen que hubiera sido casi imposible si Estados Unidos no hubiera dado algún apoyo a ese movimiento.
Estados Unidos forzó, él auspició y se metió -como dicen- hasta las narices en el golpe contra el general Romero, y esto es contado por el general Romero, porque cuando a él lo quitaron, yo lo recibí en México y platicamos mucho de todo eso. Me contó que tuvo la visita del embajador, Robert White, muy famoso, de triste recordación, y le dijo que tenía que anticipar las elecciones. Entonces Romero le dijo: “Mire, las elecciones de alcaldes y diputados ya van a ser dentro de seis meses”. “No”, le dijo el embajador, “la elección suya”. “Mire, señor, prácticamente está pidiéndome que renuncie -algo similar a lo que está ocurriendo en Honduras-, así que eso no está en discusión y hágame el favor de abandonar el despacho”, le dijo el general Romero.
Y después de esa visita vino el golpe.
Después vino el golpe. El golpe contra el general Romero fue un claro intervencionismo de la administración Carter, que nos había suspendido ya la ayuda militar y la ayuda económica. Nosotros teníamos un aislamiento político-diplomático casi a nivel mundial. Se habían retirado casi todos los embajadores... Alemania, Inglaterra... lo que más afectó, creo yo, fue el asesinato de monseñor Romero, que creó condiciones para una posible insurrección popular.
Quiero imaginarme la escena del general Romero llegando a México: ¿era un tipo que iba furioso, enojado, triste, decepcionado, derrotado...?
Mire, yo conozco muy bien al general Romero, porque yo estuve con él en el Regimiento de Caballería, éramos paisanos, después estuve con él en Casa Presidencial... era un hombre muy firme, muy recio para dar órdenes, con mucha personalidad para mandar... Cuando él llegó a México, me cayó una llamada de él. Yo había estado en agosto de 1979 aquí, en Casa Presidencial, y platicamos un tanto de la situación nacional. Yo le dije que creía que la situación era bien difícil, que creía que se estaba fraguando un golpe; aunque en realidad le dije que eran tres, el de la derecha, más el de la juventud militar... y además estaba la izquierda, que quería derrocarlo. Ya en México él no era la persona dura y tuvimos que ir a buscar un apartamento, un vehículo. En el tiempo que a mí me quedaba libre, salíamos sábado y domingo a buscar el apartamento y un vehículo.