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Plática con David Rodríguez, ex capellán del ejército, sacerdote ex guerrillero y diputado por el FMLN

“Hubo testigos que dijeron que yo participé vestido de mujer en el ajusticiamiento de Atilio Cañas”

Un día llegó a buscarlo un hombre armado de una pistola. Llegaba a matarlo porque lo creía autor de la muerte de su padre. El cura se refugió en la iglesia y escapó en el baúl de un carro. David Rodríguez, que había sido capellán del ejército, tomó las armas y se hizo capellán de la guerrilla. Desafió casi todo lo que como sacerdote podía desafiar de su Iglesia, hasta que la Iglesia lo excomulgó. Ahora sigue viviendo en un cantón de Zacatecoluca -“Los Marranitos”-, con su esposa, esperando que un día la Iglesia acepte el matrimonio de sus sacerdotes.

Por Sergio Arauz y Jimena Aguilar
Fotos: Frederik Meza y cortesía de Mercedes Henríquez
cartas@elfaro.net
Publicada el 29 de junio de 2009 - El Faro

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Estuvo en el frente de guerra en 1969, acompañando al ejército salvadoreño que participó en la Guerra de las 100 Horas con Honduras. 12 años después, dirigía tres columnas guerrilleras durante la ofensiva contra el ejército salvadoreño cerca de Ciudad Delgado. Para entonces, el sacerdote había empuñado las armas y se había acompañado con la que hoy es su compañera de vida.

Este hombre de 69 años empezó hace 40 años a entrar en conflicto con sus creencias -“yo era anticomunista”-, con los dueños de fincas y haciendas y con la Iglesia Católica. Tomó las armas y mintió a sus superiores del clero, principalmente al ultraconservador obispo de la época en San Vicente, Pedro Arnoldo Aparicio. Por eso en una ocasión, cuando ya había ganado fama de “cura comunista”, las FPL asesinaron al alcalde de Tecoluca y hubo quiénes lo acusaron a él, falsamente, de haber participado en el crimen, vestido de mujer.
 
Ahora David Rodríguez Rivera es diputado del FMLN por tercer período y recuerda como si acabaran de ocurrir algunos de los hechos que predestinaron a El Salvador a sufrir la guerra de los 80s. Los recuerda con tanto detalle quizás porque él fue testigo del nacimiento de movimientos eclesiales, de movimientos guerrilleros y de personajes políticos que en su vida habrían imaginado que al cabo de las décadas iban a convertirse en dirigentes de un partido en el poder.

Le tiembla la mano. “Me descubrieron Parkinson, pero lo tengo controlado. Cuando llevo una vida tranquila no hay problema, pero ahora que es una vida agitada, los debates...” Estudió en el seminario San José de la Montaña, aunque hizo los primeros dos años en el seminario San José Chapalita, en Guadalajara, México. Se ordenó el 29 de diciembre 1963 y salió a España para estudiar un postgrado en la universidad de Comillas. Ahí sacó una licenciatura en derecho canónico, un diplomado en ciencias sociales y estudió guitarra clásica en el conservatorio de Madrid.

Su memoria es ahora un libro de la historia reciente de El Salvador, por el que desfilan nombres como el de un estudiante universitario que iba a cortar café y le hablaba a los campesinos en el Chichontepec -“Medardo González estaba bichito”. Participó en la decisión y organización de la que asegura fue la primera toma por la fuerza de un templo católico en El Salvador -“la toma de Catedral”.

Pero esos conflictos ya quedaraon atrás. El único que sobrevive es el de su litigio con la Iglesia. La Iglesia lo excomulgó y él se sigue considerando sacerdote y sigue con la esperanza de que un día a los curas se les permita casarse. “Ahorita estoy como cura, pero la Iglesia no me va a admitir con una compañera”.

Llega puntual al Café Monet. Baja de un carro todoterreno color negro y dice no conocer muy bien cómo es la relación entre periodistas y políticos, y por eso se hace acompañar de un asistente de prensa. Pide “lo que sea, pero sin azúcar”. Después de explicarle en breve que la entrevista que pretendemos aspira a retratar más a la persona que hablar de coyuntura, no espera ni siquiera la primera pregunta para comenzar a hablar:
Yo soy diocesano, pertenecía a la diócesis de San Vicente. Fui capellán de la orden religiosa que fundó monseñor Aparicio. Tenía cuatro cargos: capellán de las religiosas,  párroco de Santo Domingo, capellán de la Quinta Brigada de Infantería y responsable de cursillos de cristiandad, que es como un movimiento pastoral que había, entre 1966 y 1967.

¡Fue capellán!
Tengo el grado militar de capitán. A todos los capellanes nos dieron ese grado después de la guerra con Honduras. Yo estuve en la guerra contra Honduras, llevándole totopostes y cigarros a los soldados…

¡Ja, ja, ja!
(David Rodríguez observa la cara de incredulidad con que lo vemos, y también se carcajea) ¡Ja, ja, ja!

¿Cómo fue que uno de sus primeros cargos fue ser capellán del ejército?
Me trasladaron de Santo Domingo a la parroquia de El Pilar, en el 68. Seguí siendo capellán del cuartel y luego me trasladaron en el 69 a Tecoluca, donde estaba cuando fue la guerra. Entonces me incorporé. Yo recogía víveres, cigarros, comida para llevarles a los soldados...

¿Y cómo es que lo mandaron a Honduras?
Es que yo era capellán del cuartel, o sea iba acompañando a la Quinta Brigada.

¿Y qué hacía en la guerra?
Animándoles, levantándoles la moral, celebrando la misa.

¿Y qué vio en la famosa Guerra de las 100 Horas?
No lo vi, pero me enteré que había saqueos, que todo el ganado se traían y quienes... yo no lo he visto todo eso, pero después nos lo dijeron. En la Primera Brigada, parece que le decían “El Diablo”, el coronel Vásquez traía ganado, pero eso no lo puedo asegurar.
Yo tenía con ellos  un proyecto de alfabetización en el cuartel, no sólo les daba catequesis. Me logré integrar con ellos. Les decía: “No se preocupen, yo voy a hacer una salida” y así les conseguía totopostes, de veras... en serio, no es broma, o sea, una comidita, tamales pisques, cigarros... ponía la bocina en la parroquia y avisaba: “Miren, necesitamos recoger medicinas para los soldados”, y  la gente llegaba a dar su donación. A veces íbamos con tres o cuatro camiones para allá, para la guerra. Yo tenía los contactos militares para que nos dejaran pasar.Yo iba y venía. No es que estaba yo con el fusil allá, no, yo acompañaba como capellán, aunque claro, también nos arriesgábamos un poquito.

¿No le pasó ni un disparo cerca?
No, no, no. En esta, la guerra con Honduras, no.

¿Y después?
Bueno después, ya cuando se terminó la Guerra de las 100 Horas, eso fue 100 horas nada más, ja, ja, ja. Entonces veníamos todos los capellanes uniformados en el desfile en el estadio Flor Blanca, donde hicimos la ceremonia de agradecimiento, de condecoración. Ahí estaba el padre Cea, de Santa Ana, capellán del cuartel…

¿Y qué piensa de esa guerra usted, ahora?
Estaba bien inocente en ese tiempo. Todo eso lo hacía de corazón con los compañeros, digo, con los soldados. Me había integrado mucho con los soldados y eso que fue una guerra. Nos dijeron en ese momento que era por el fútbol, pero era la guerra del mercado…

¿Y en ese momento usted creía que era por el fútbol?
Claro que sí. Animaba a la gente a apoyar a los soldados, defendiendo a los salvadoreños que estaban en Honduras, decía que los estaban expulsando. También en Honduras se creó la Mancha Brava y venían salvadoreños de allá, sobre todo originarios de la zona de Cabañas... porque mi padre es originario de Sensuntepeque, de un cantón que se llama Santa Cruz, la mamá de mi papá -mi abuelita- era del propio Sensuntepeque y la familia de mi mamá es de Ilobasco, entonces mucha de esa gente de la zona de Cabañas se iba para Honduras. Había un dicho, por ejemplo, cuando alguien cometía un crimen, “me voy para la costa del norte” y se iba para Honduras. En un momento alguna de la gente de Cabañas que estaba en la costa salvadoreña no era muy buena gente... ustedes saben que la zona de Cabañas es muy pobre e iban para la temporada a cortar café y algodón. En medio de eso también se colaba alguna gente que cometía algún crimen en aquella zona y venía a esconderse de la Guardia. Por ejemplo, había una isla… yo no sé si saben el origen del nombre de Tasajera…

No.
Porque “tasajiaban” a cualquiera.

¿En serio?
De veras, era un refugio. Cuando yo llegué a la isla Tasajera a misionar, estuve 15 días. Los primeros días, “chiviaderas” por todos lados. Todos los cipotes llegaban ahí a la clase de catecismo porque les dábamos dulces. A los 15 días nos fuimos metiendo en la gente. La misión era predicar todas las mañanas. Muchos iban cambiando, iban convirtiéndose, ya cuando alguien se acercaba a uno a confesarse es que ya estaba compungido. Había movimientos de Caballeros de Cristo Rey y yo me hacía acompañar de los mejores Caballeros de Cristo Rey.

¿Los Caballeros de Cristo Rey?
Así se llamaban. Los Caballeros de Cristo Rey los fundó monseñor Aparicio, y los fundó con tres objetivos: primer objetivo era el desarme, o sea, que los campesinos no anduvieran corvo ni pistola sino un garrotillo. Segundo, fuera el guaro. Y el tercero es  contra el comunismo, porque el comunismo es ateo. Esos eran los tres objetivos. Mi papá era jefe de los Caballeros de Cristo Rey.

¿Y usted se hizo Caballero de Cristo Rey?
Claro, estábamos organizados como la legión romana, cada 10 caballeros tenían un responsable que se llamaba decurión. Cada 100 tenían un centurión. Y cada mil se llamaba legionario. Mi papá llegó a ser legionario, jefe de mil hombres. Era sólo de hombres la organización.

Entonces usted trabajó con una organización que fundó monseñor Aparicio.
Pedro Arnoldo Aparicio Quintanilla, de apodo “Tamagaz”. Estudiantes del colegio Santa Cecilia le pusieron ese apodo porque era maestro de disciplina, entonces era bien rígido, bien fuerte… no vaya a decir que lo dije yo.

¿Y cómo empezó a ejercer el sacerdocio? Primero estuvo en  la Iglesia del Pilar…
Sí, o sea, yo seguía siendo párroco y capellán.

(David Rodríguez pide un té de limón y un pastel de limón. “El café me alborota el Parkinson”, dice). Una de las primeras cosas por las que el obispo me llamó la atención fue cuando organizamos un campeonato de fútbol en la parroquia del Pilar, en la cancha del Independiente. Eran como 14 equipos. Todos nos reunimos en la iglesia, todos en calzoneta. Fue la misa y después de la misa salimos en desfile para la cancha. El obispo me llamó la atención por dos razones: primero, porque estábamos en calzoneta en la iglesia todos los jugadores, y en segundo lugar, porque después de la misa yo me quité el hábito, me puse la calzoneta y me fui en el desfile con todos ellos para la cancha de fútbol.

Ja, ja, ja...
El obispo me llamó la atención y me dijo que no era correcto hacer eso. Le dije: “Mire son jóvenes, y la manera de traer jóvenes es estar con ellos”. Yo estaba participando en el campeonato con el equipo del cuartel y a partir del cuartel organizamos ese campeonato relámpago.

¿Y luego?
Después me trasladaron en el 69 a la parroquia de Tecoluca. Que a un sacerdote lo trasladaran a Tecoluca era como un premio porque era una parroquia de mucho dinero. La parroquia de Tecoluca tiene tres zonas: la zona del volcán (Chichontepec), que son fincas de café; la zona de la costa, que estaba dividida en algodoneras y haciendas de ganado; y la zona central, que son pequeños latifundios donde se siembran granos básicos, hortalizas. Los curas anteriores habían organizado la parroquia de tal manera que normalmente las ermitas estaban en el casco de la hacienda o en el casco de la finca de café. Uno llegaba, celebraba la misa y después de la misa estaba la colaboración, que era una buena colaboración: 60 colones, 100 colones, 150. Entonces ya uno programaba que cada mes había que ir. Uno no visitaba el cantón sino el casco de la hacienda. Entonces yo comencé a tener problemas. Cuando entré a Tecoluca fue cuando comenzó a golpearme la realidad, la realidad de Tecoluca…

¿Y qué pasó?
Vaya, yo les contaba que ahí comenzó mi cambio. Primero la realidad en las fincas de café. La comida era una gran olla de frijoles hasta con cucarachas, con ratones; eran unos grandes barrancos donde la gente tenía que cortar el café y no había básculas para pesar lo cortado, sino que había una vara que marcaba supuestamente una arroba, dos o tres o cuatro. La vara se metía en el costal y medía cuántas arrobas. Si el costal era ancho, más le robaban al cortador. No era una pesa justa. Luego le asignaban un surco para cortar café y por cada rama quebrada en el surco le descontaban. A los campesinos no les decían cuánto les iban a pagar. Como habían llegado de Morazán, Cabañas, Chalatenango, era gente que pasaba hasta ocho días esperando que les dieran trabajo. Les decían: “Bueno, ¿cuánto piensa ganar ustedes?” “¡Ah, nosotros 2.50 la arroba”, decían los de Cabañas; “Nosotros por 2”, decían otros, y “Nosotros por la comida”, decían otros. Explotaban a la gente. Esas eran las cosas que afligían a la gente. En las algodoneras, el problema más serio era el veneno que regaban con avión. Esos campesinos ganaban poco, comían poco y se valían del pescado, iban a pescar al río. Pero cuando regaban el veneno…

Se envenenaban.
Se moría el pescado. Esta problemática fue golpeando. Yo me crie en una molienda. Mi cambio comenzó en Tecoluca. Por ejemplo, había una hacienda famosa que le decían la “chenga sola”, porque solo daban la chenga.

¿Quién era el dueño?
Era una señora, creo que era Mercedes Rosales. Ella celebraba una misa en honor a San Isidro el 15 de mayo, y les daba de todo: sombreros, cuma, guaro, fiestas, tamales… ¡todo! Ella fue la primera con quien tuve problemas. Porque el segundo año, el 71, que fui a celebrar las fiestas, después de la misa, me dice la señora: “Quisiera que me fuera a bendecir los potreros”. “¿Cómo?”, le digo. “Bueno, manejo yo el yip, usted se monta y va bendiciendo los potreros”.

¿Y usted qué le dijo?
“Voy con gusto, pero si le da el conqué a la gente”. Me dice: “Yo en mi hacienda, usted en su iglesia”. “Bueno, pues no vamos a bendecir los potreros”. “¡Pues no vaya!”, me dice. “Soy bien amiga del padre de Zacatecoluca, y él será el próximo que voy a invitar y no venga más a mi hacienda”. Solo porque le reclamé. No volví a ir a la hacienda.

Fue la primera.
Lo mismo me pasó con el doctor Carballo, dueño de la hacienda Santa Teresa. Con él éramos muy amigos… la iglesia estaba en el casco de la hacienda, como en casi todas las haciendas. Después de misa yo me iba con él a platicar y a tocar guitarra. Mi padre me enseñó a tocar guitarra desde pequeño, pero en España me metí en el conservatorio de música y aprendí un poquito de guitarra clásica. Como estaba cipote aprendí bastante. Y el doctor Carballo tocaba guitarra clásica y tocaba excelente. Entonces nos poníamos a tocar guitarra. Y me dijo después de la misa: “Me gustaría que viniera todos los 15 de cada mes”. Hubo un mes que llegué y en la puerta estaba el montón de campesinos esperándome. Y me dicen: “Fíjese que el doctor Carballo nos ha cerrado el río…” El caserío se llamaba Regadillo, porque regaban ahí sus hortalizas y todo. Entonces les cerró el río para regar sus potreros, y también les cerró el camino donde iban con carretas y con caballo rumbo al pueblo. Entonces tenían que dar una gran vuelta al cantón El Playón para llegar al pueblo. Después de la misa me le acerqué y le dije: “Mire doctor”,  él era ministro de justicia, “fíjese que los campesinos me han dicho esto”… Me voltea a ver y me dice: “Estás joven, aprendé a vivir”. Él siempre me daba un chequecito de 200 colones, y esa vez hizo un chequecito de 500 colones. Sentí que me quería comprar, y le dije: “No doctor, lo que quiero es que resuelva el problema”. Y volvió a decirme: “Estás joven, tenés que aprender a vivir, no te metás en eso”. Cuando llegué el próximo 15 de mes ya estaba cerrada la hacienda. Entonces me dice el administrador: “El doctor dijo que no iba a venir y que no iba a haber misa”. Con la gente, que estaba esperando afuera, en un ratito levantamos una ramada en el caserío y celebramos la misa. Y ahí lo hicimos todos los 15 de cada mes.

¿Ahí perdió su amistad?
Y me empezaron a llamar comunista. La primera que me llamó así fue la señora y de ahí hizo la regazón de que yo era comunista.

¿Y usted qué había leído del comunismo para esa época?
Nada. Yo echaba unos sermones contra Fidel Castro y contra Cuba...

¿En serio?
En serio. Fui formado a la antigua. Me ordené en el 63 y el Concilio Vaticano Segundo fue ese año. Del Vaticano no sabía nada y fui ordenado según el Concilio de Trento: la misa en latín, de espaldas a la gente. Y con toda la ceremonia, conservador. Fui a estudiar a España, un país conservador, a estudiar una materia muy conservadora: derecho canónico. Cuando regresé también tenía el cargo de secretario privado, que solo alguien con derecho canónico podía hacerlo.

¿Secretario privado de quién?
Del obispo Aparicio. “Vos eras tan derecho y te fuiste a la izquierda”, me decían. Después sucedieron otros hechos… en el año 70 fui a cortar café 15 días… para comprobar lo que me decían los campesinos. Trabajé y he trabajado con el sector campesino. Eso de que midan la arroba así y empezamos a reclamar. La pareja de guardias que ahí estaban no defendían a los trabajadores, defendían al patrono. Se pusieron enfrente de nosotros a decir que estábamos armando desorden, pero era una demanda de la gente. Yo fui formado con una concepción anticomunista tremenda y  después que yo daba un sermón, unos campesinos, Víctor Hernández, quien ya murió, e Isabel Hernández, se acercaron a mí y me dijeron: “Mirá, eso que dijiste no nos parece porque...” Después ellos fueron los primeros guerrilleros que hubo ahí.

¿Usted qué pensaba cuando le decían comunista?
No le daba mucha importancia, creía que era por resentimiento de ellos. Ellos no estaban reclamando mayor cosa, sino que abrieran el río, que midieran correctamente la arroba de café. Fui perdiendo económicamente porque me fueron cerrando las puertas de las fincas y haciendas. Entonces el obispo me decía: “Arruinaste la parroquia, hijo”, porque la parroquia de Tecoluca aportaba.

¿Más o menos cuánto aportaba a la Iglesia?
Mucho, había una tabla... no recuerdo...

Ajá, así con su memoria debe ser que no quiere decirnos.
Ja, ja, ja. Había una tabla.

Igual que la de su partido hoy, ja, ja, ja...
Ja, ja, ja. Creo que Tecoluca pagaba más porque tenía entradas y entonces esas entradas fueron haciendo falta. Porque yo iba y me daban pisto, pero a los campesinos no les iba a pedir pisto. Entonces los campesinos me decían: “Ya no venga”. Aunque había cantones donde no había hacienda, pero hacían recolecta. El “arancel” le llamaban.  Ponían un cartel que decía: matrimonio tal, bautismo tal, por misa...

¿Los padres le cobraban por sacramentos a los campesinos?
Sí. Ya te voy a contar una historia de un campesino... era así: el arancel, en la mampara principal de la iglesia estaba: matrimonio tanto, misa cantada tanto, misa rezada tanto...

¿Pero la evangelizada sí era gratis?
Esa sí era gratis. Y la misa era en latín. Lo que hacía era decirles: “No se preocupen, yo voy a ir al cantón”. Los hechos fueron así, poco a poco, goteando. En el 72... en las elecciones.

Cuando compitió la UNO (Unión Nacional Opositora).
Yo no me metía en política, no sabía nada, pero sí me daba cuenta de lo que sucedía. Entonces llegó Antonio Navarro a visitar a la hermana.

¿Quién era Antonio Navarro?
Era un sindicalista que vivió en Tecoluca y empezó a crear el Partido Demócrata Cristiano y empezó a ser fuerte y ganó las elecciones del 72. Era de noche y llegó la Guardia. Los agarraron y pusieron a otro, al candidato del PCN. Entonces se alborotó la gente. No estaba participando, pero me estaba dando cuenta de lo que sucedía. Y estaban organizados los Caballeros de Cristo Rey, las hijas de María... era bien chistoso, para estar en Cristo Rey solo hombres y las hijas de María solo mujeres. En las misas se ponían los hombres en un lado y las mujeres en otro. También estaban las Auxiliadoras. Lo que comenzó a quitar la idea de hombres y mujeres separados... pero mejor termino de contar lo del 72, fue un hecho determinante a nivel nacional, cuando comenzaron a surgir las organizaciones.

Ajá.
Tanto a nivel nacional como local, se impuso Molina. Así como en los pueblitos, donde ganó Toño Cañas y pusieron al de Molina. Te voy a contar. Molina tenía familiares en Tecoluca, un primo hermano que tenía una hacienda. Cuando Molina iba a llegar a Tecoluca, el alcalde mandó una carta: “Señor párroco, le informo que tal día va a llegar el presidente, es bueno que usted tenga abierta la parroquia, que diga unas palabras de bienvenida, que repique las campanas, usted sabe que aquí tiene a sus parientes el presidente, y él quiere dejar una buena colaboración a la parroquia”. A los catequistas y a los caballeros de Cristo de Rey les leí la carta, me quedé con los líderes centuriones. Entonces todos acordaron, ahí estaba este Víctor Hernández, que era líder de la famosa comunidad La Cayetana. Era el presidente de la cooperativa. Dijeron: “¡No! Aquí no va a haber repique de campanas, ¿cómo va a haber campanas de bienvenida?” Entonces tomamos la decisión, junto con otra decisión que fue escribir una carta. Una carta al alcalde en donde decíamos que no íbamos a recibir al presidente, que no iba a haber repique de campanas ni palabras de bienvenida, que la iglesia no iba a estar abierta. La carta fue abierta, la mandamos a la comunidad, a los campesinos.

       
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