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Plática con Aída Luz Santos de Escobar, jueza primera de Ejecución de Medidas al Menor

Al llegar a la casa me pongo el delantal”

Le gusta criticar las políticas de seguridad del Ejecutivo. Lo hizo con las “manos duras”, que querían meter en prisión a cuanto joven con apariencia de marero o similares encontrara la policía en la calle. Le gusta criticar al sistema penitenciario, y también a su propia casa: el Órgano Judicial. De ahí que se atreva a hacer una escueta radiografía de la Corte Suprema de Justicia, a donde según ella los magistrados suelen llegar gracias a “componendas políticas”. “En la Corte Suprema, tres magistrados responden a la izquierda y 12 a la derecha”, es su sentencia. Luego admite que su meta profesional es ser valorada un día como candidata a magistrada de la Corte, pero espera que eso obedezca nada más a su hoja de vida profesional y no a arreglos políticos.

Esta plática se realizó una semana después de que uno de los muchachos bajo responsabilidad de ella fuera asesinado dentro del centro de readaptación de Tonacatepeque, presuntamente porque se quería salir de la pandilla a la cual pertenecía.

Esta mujer, cuya imagen pública está atada a foros y entrevistas y jerga judicial, también desvela en esta entrevista algo de su rol más privado, más personal, más de su verdadera casa. Por eso revela una sorpresiva máxima de vida: “Mi mamá me enseñó que la mujer, para mantener al esposo contento, debe atenderlo”. Luego la matiza, “Pero yo le exijo igualdad”.

Por Daniel Valencia, Rosarlyn Hernández, Mauro Arias / Fotos: Mauro Arias
cartas@elfaro.net
Publicada el 26 de enero de 2009 - El Faro

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Para romper el hielo, es ella misma quien blande el instrumento. “Me gusta hablar de mi vida porque es transparente”, dice. Y así comienza la conversación.

Transparente, ¿a ver? De 100%, ¿cuán transparente es?

100%.

¿Por qué me da la impresión que todas las abogadas dentro del sistema judicial tienen la aspiración de algún día convertirse en magistradas de la Corte Suprema de Justicia?

Creo que todas las personas que estudiamos derecho lo hacemos porque tenemos un sentido de justicia diferente al que puedan tener otras profesiones. En mi caso, desde muy pequeña me gustó ser muy justa o en favor de quienes recibían alguna injusticia.

¿Cómo? ¿En la escuela defendía a quienes golpeaban los matones?

A los que aplazaban ja, ja ja.

¿Usted defendía a los que agarraban de pato?

Sí. Me gustaba estar a favor de los que recibían injusticias. Así era también con mis hermanos. Cuando uno sufría un castigo que a mí me parecía que no lo merecía, yo toda la vida estaba protestando. Lo único que cuando yo cometía algo y eran injustos conmigo, nadie abogaba por mí.

¿Cuántos hermanos tiene?

Cuatro hermanos. Dos mujeres más y dos varones.

¿Y usted es la primera?

Yo soy la segunda. Siempre dicen que los segundos somos como que los marginados porque las preferencias son para el primero.

¿Más de alguna vez le puso el dedo de la justicia a sus hermanos?

No me gusta ser ponededo.

Si su hermano le pagaba a su hermana, ¿usted no le ponía el dedo con su mamá, para que se hiciera justicia?

No. Mis papás eran inteligentes para saber los tipos de hijos que tenían.

Usted es originaria de Sonsonate y estudió en el central de señoritas, ¿verdad?

Sí. Primaria y plan básico los estudié en colegios católicos, y posteriormente en el Instituto Central de Señoritas.

Usted usó el largo manga blanca, pues.

Sí. Y me ponían a usar el uniforme debajo de la rodilla, pero siempre me daba varias vueltas en la cintura.

Ja, ja, ja

Ja, ja, ja

Yo tengo amigas a las que sus mamás les advertían, que sI se portaban mal, las enviarían al Central de Señoritas.

Era una institución exigente, disciplinada, que siempre sacaba a los mejores bachilleres del país. Bueno, a mí me amenazaron así. “Si usted no sale bien irá a parar a una institución pública...”

Y pasó.

Igual no me arrepiento de haber estudiado en una institución pública. Porque inclusive después entré a estudiar derecho a la Universidad nacional, donde vi una serie de problemas. Aquel era el tiempo de las tomas, de la persecución; era el tiempo cuando comenzaban a formar los grupos armados y me dio mucha satisfacción haber egresado de la Universidad nacional.

Me la estoy tratando de imaginar en sus tiempos de bachiller y se me hace que usted fue rebelde.

Sí, pero para lo sano. A mí me gustaba mucho jugar basquetbol. Y mis papás me advertían que si salía mal en las notas no iba a poder jugar. Y si me castigaban diciéndome “hoy no jugás”, me les escapaba. Llegaba al lugar, jugaba, pero sabía que al regresar me esperaba un castigo bien ganado.

¿Y en la Universidad no le dieron ganas de involucrarse en aquella efervescencia del movimiento social?

Nunca nos llamaron ni obligaron a formar parte de los grupos armados. Tenía que ser voluntario. Creo que estaba más empecinada en estudiar que en formar parte. Y yo siempre he sido una persona que ha estado en contra de la violencia. Para mí, las armas no deberían de existir. Me encuentro incapaz de agarrar un arma y dispararla. Lógicamente nunca me llamó la atención formar parte de los grupos armados.

 

Usted, ¿en cuál bando se ubicaba?

Yo era una estudiante y había llegado a la Universidad nacional a estudiar. Y estaba clara en eso. Y la única desviación que tuve en la carrera fue formar parte de un equipo de basquetbol en la Universidad y me pasó lo mismo. Esta vez, claro, de parte de los profesores: “Bachiller, si no me viene a clases, sencillamente no será abogado”. Tuve que escoger.

¿Y porqué le gustaba tanto el basquetbol?

Porque es una de las cosas en que se puede sacar el estrés que uno lleva encima, jugando.

¿Juega todavía?

Hago el intento.

¿Qué hace para desestresarse?

Mi esposo me dice que por qué regreso todos los días enojada, ya sin ganas, ni energías, pero es que ser jueza es un trabajo que demanda mucho mi tiempo, mi atención, porque no soy una jueza de escritorio, me dedico también a estar a la par de los jóvenes, conociendo sus problemas directamente. Si bien he conocido la teoría, la práctica nos hace cambiar muchas veces los esquemas de la teoría. Y en eso estoy.

¿Hasta dónde llega su papel de jueza? Porque su caso es muy peculiar...

El papel específicamente del juez de ejecución es un trabajo más social porque nosotros recibimos a los jóvenes ya condenados. El delito lo vio el juez que lo sancionó, él valoró pruebas, habló con los testigos, vio a las víctimas, el cuerpo del delito, pudo darse cuenta de lo que fue la participación delictiva. Cuando a los jueces de ejecución nos ponen a los jóvenes ya condenados, lógicamente nuestra labor ya no es ver el hecho delictivo, pero sí lo tenemos en cuenta, porque no es lo mismo tratar con un violador que con un homicida o un extorsionista.

¿Quién es más propenso a rehabilitarse?

Muchos podrían decir “esa señora está loca” al ponerse a pensar que la reinserción de un homicida puede ser más fácil que la de un ladrón. Pero el homicida puede en un momento dado haber sido o es un delincuente eventual u ocasional; en cambio, el ladrón es un delincuente consuetudinario.

¿Y el violador?

Es una cosa diferente. Cuando muchos jóvenes se ven involucrados en ese tipo de delitos es por falta de una orientación adecuada de la sexualidad. De allí que yo sea una de las juezas que he estado apoyando que los jóvenes reciban orientación sexual desde las escuelas, y muchos quieren que sea desde la familia, pero en ocasiones ni la familia está educada sexualmente.

Usted ha dicho que al juez también le toca un poco de prevención. ¿Es casi misión imposible?

No es misión imposible porque nosotros nos hemos dado cuenta de que cuando los jóvenes tienen oportunidades, apoyo, se les respeta por su misma calidad de seres humanos y se les exige por haber cometido un delito -y que por ese delito tienen que pagar- el joven logra cambiar.

¿Ya ha readaptado a alguien usted?

Sí, ahorita tengo a 15 jóvenes que estudian en las universidades.

¿Qué eran ellos: asesinos, ladrones...?

De todo.

Cuénteme una historia sin nombre

Tengo 15 jóvenes en la universidad, tengo tres que quieren y no pueden porque no tienen los recursos económicos, algunos de ellos con excelentes notas. Entre ellos hay pandilleros, pero ayuda algo que es bien importante y es el hecho de que no tienen tatuajes, porque si los tuvieran, eso sería un estigma. Creo que se saldrían todos los demás de la universidad y se quedarían solamente ellos estudiando.

¿Cómo controlan que ellos estudien?

A través del sistema electrónico que manejan las universidades, donde los jóvenes nos dan su clave y accedemos a sus notas a través de las claves. Y también porque según los currículos de las universidades, el joven que no va a clases no tiene derecho a examinarse. Entonces cuando un joven no se examina, inmediatamente entra toda la investigación de por qué no se examinó, por qué no fue a clases, por qué no tenía las copias, es otro tipo de control.

 

       
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