“Creo que el éxito de lograr buenos papeles es ser dócil y obediente”
Dice ser sumisa, pero solo cuando se trata del teatro. En la vida real, Mercy Flores ha sido una rebelde. Siempre ha ido en contra de lo convencional y ha buscado hacer lo que el corazón le ha indicado, aún cuando esto sea dejar de amar a su esposo. O trabajar como actriz de teatro, pese a los mitos de inestabilidad laboral con los que suelen vincular a su profesión. Ahora que conversamos con ella, conocimos a sus personajes, aquellos seres que ella ha encarnado en escenarios de El Salvador. Ella ha jugado a ser hombre, hembrista (o mujer machista), una arrítmica, una enamorada, una divorciada, una excomulgada y vegetariana.
Diego Murcia y Rosarlin Hernández / Fotos por Mauro Arias cartas@elfaro.net Publicada el 18 de agosto de 2008 - El Faro
Mercy Flores habla mucho con las manos. Está llena de vida y no tiene tapujos para demostrarlo. Siempre ve a los ojos cuando habla, se confiesa con su interlocutor, le hace confidencias, como si le conociera de años. Es una mujer de mucha espontaneidad. Sobre su cuerpo se han montado infinidad de personajes gracias a obras como “Divorciadas, evangélicas y vegetarianas”, “Hombres”, “Matando horas”, “Gorditas” y un sinfín más en que ha participado. Esta es su vida, la vida de esta mujer a quien queremos conocer...
Sobre mi vida... eso está yuca. Fijate que antes a los teatristas nos excomulgaban, por lo que éramos. A mí, en la vida real me excomulgaron porque me casé con el papá de mis hijos, que era sacerdote. Y como no había venido el papel de Roma, nosotros decidimos casarnos. ¡Y viene la gran cosa de excomunión! Vaya, digo yo, como teatrista de... que a los teatristas no los enterraban en camposanto, no teníamos derecho a... y éramos excomulgados porque era una profesión demasiado frívola, precaminosa, deshonesta... entonces, además de excomulgados no te enterraban en tierra santa.
¿Y usted se siente así?
¡Jamás! Si ahora que me llegó esa cosa de la excomunión, yo estaba jovencita, tenía 22 años...
Pero, ¿cómo? ¿Era sacerdote su esposo?
Sí, ordenado y todo.
¿Y cómo se conocieron? ¿Cómo se enamoraron?
Pues fijate que, realmente, y que me disculpe, el primero que se enamoró fue él. Porque él a mí me daba claes, pero no fue siquiera en el colegio, yo ya había salido cuando él empezó a pretenderme. Y a mí lo que me da cólera es que, por lo regular -y ustedes no me dejarán mentir- ya lo habrán escuchado: cuando una mujer se casa con un cura, es que ella lo sacó... ¿qué es eso?
Ja, ja, ja.
No hombre, si yo, además de ser simpática, pues era de buen ver, pues, serenateada y todo. ¿Y yo iba a tomarme el trabajo de complicarme la vida? No. Entonces, fijate que cuando yo ya estaba trabajando, en el Banco Hipotecario, me encantaba toda esta labor social, andar alfabetizando, esa energía que tiene uno de querer incorporarse... en Santa Tecla había un grupo que se llamaba “Por un mundo mejor”. Mi sorpresa fue encontrarme al padre ahí y como ya me conocía del colegio, que yo era la encargada de un periódico estudiantil que se llamaba “Ecos Juveniles del Fátima: Al servicio de la verdad y la alegría”. Yo era la directora del periódico. En aquel entonces, yo sabía picar stencil y sentía que la clase de religión no era muy importante, entonces le pedía permiso al padre para no recibir su clase. Y él siempre me daba permiso. Así que me iba para el estudio, sacando eso. Así fue como nos conocimos.
¿Le daba permiso para faltar a clases porque usted le gustaba a él?
Pues yo no sé. Pero la cuestión... a mí me caía bien él por ser buena gente. Pero nada más. Es más, por esos años yo leía sobre Camilo Torres, el cura de Colombia, y cuando yo conocí al Chele (su esposo) la primera vez -porque él es calmado-, es todo lo contrario a lo que soy yo; cuando vi un cura joven que había llegado a Santa Tecla yo decía: ¡qué lástima que sea tan calmado!, porque tenía la idea de que un cura joven era igual a Camilo Torres (quien siendo cura, se metió a la guerra, cargando fusil y biblia en sus batallas).
¿Eran los 60s?
Te imaginás esa efervescencia y vos queriendo descubrir el mundo y vengo yo y tengo un profesor de religión que además era cura, pero calmado.
Ja, ja, ja...
Es como le digo yo a la Carla, mi hija: “Por vos he conocido al único panameño triste”.
Ja, ja, ja.
Sí, los panameños son alegrísimos. No es que el Chele sea triste, sino que muy serio, más bien como conservador. Pero yo creo que el Chele es un ejemplo de que las personas podemos cambiar. Ya llevamos cerca de 16 años divorciados, después de 20 años de matrimonio. Estamos felizmente divorciados, creo que por eso conservamos la amistad.
¿Son amigos?
Somos. Mirá, yo te digo, para mí el Chele es... no sé cómo decirte... después de tener tres hijos hay una solidaridad, respeto, hay todo... amor conyugal ya no, pero amor de amigos, pues sí existe.
Nos estaba contando cuando recibió la notificación de la excomunión...
Me dio cólera, fijate. Dije: “¿Y estos cómo se atreven a meterse con mi conciencia? El trato que yo tengo con Dios es personal”. Y yo que conociendo de cerca hasta a hijos de curas, que a estos les dicen tíos, ¡haceme el favor! Y que venga una cosa de estas firmada de que yo estoy excomulgada y fuera de la Iglesia. ¡Ni aunque el Papa me lo hubiera venido a decir se lo acepto! Si es mi conciencia. Es como que me dijeran que ahorita que estoy divorciada no puedo comulgar. ¿Por qué no? Los pecados para mí son sociales, no son de tonterías como que si Jesucristo está viendo y dijera: esta ya no me merece. Es una tontería. Entonces, a mí eso ni me asusta ni me quita el sueño. Al fin, nos casamos y no vino la tal cosa de la dispensa... ¿y todo esto lo van a sacar?
Sí.
Ja, ja, ja. Pero lo editás. Pues sí. Fijate que viene... yo ya estaba divorciada y me llaman de la cancillería al Arzobispado. Que para darle al Chele la reducción al estado laical... o sea que los laicos tenemos un estado de reducción respecto a lo otro. Entonces, al Chele, para que le aceptaran por fin las dispensas de que se saliera del... de la cosa del sacerdocio, necesitaba que yo renovara los votos matrimoniales. Eso en buenos términos significa que necesitaban que me volviera casar por la iglesia y yo estaba divorciada por lo civil. Y le digo yo: “Con eso no voy a jugar, esos son los trámites de ustedes, eso yo no lo puedo hacer”. Total que fuimos mis hijas y yo a dercir al arzobispado que el Chele era una buena persona, correcto, que había llevado una vida ejemplar. Lo que pasa es que el amor conyugal se había perdido, pero él no era malo. Entonces, yo como ex esposa, fui a firmar...
Menos mal que estaban divorciados...
Si es que vos no podés estar casada con una persona solo porque es maravillosa. Tenés que amarla. Entonces, Rafael Urrutia, el padre delegado, me dice que si quería agregar algo más, incluso después de haberme preguntado cosas íntimas -era lo que se iba al Vaticano-, “cómo no”, le dije: “Por favor, agregá que la iglesia católica trata a los sacerdotes que se salen como si fueran sus hijos bastardos”. Me acuerdo bien de la palabra porque la niña que la escribió la había puesto con “v” y se lo tuve que corregir. Me dio gusto haber hecho eso. Le vinieron los papeles al Chele y salimos a celebrar.
Ja, ja, ja. ¿Ahora ya no estás excomulgada?
Se supone que no. Pero quizá pasé excomulgada más de 20 años. Si esto que te estoy diciendo ha venido hace como dos años y el matrimonio es de 1972.
¿Y qué te quita la excomunión?
Que no tenés derecho a participar en ningún rito de la iglesia católica, ni misas ni nada y no sos hija de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.
¿O sea que no fuiste nunca a una iglesia después de la excomunión?
Por supuesto que sí. Es que con mi conciencia nadie se tiene por qué meter. Yo te digo, me siento católica practicante, porque todos los días me gano la salvación haciendo el bien a los demás. Si Dios te pone al prójimo enfrente, pues, no tenés que andarle buscando en otras partes. O como en otras partes que te dicen que hagás un negocio con Dios, que le ofrezcás tanto y te dará un carro. Lo único que le pido al Señor es salud y energía. Ya del carrito, de la casa y de todo me encargo yo con mi trabajo. Y decente. Ya para ser indecente me agarró la tarde.
¿Cómo fue que te metiste al teatro?
Yo trabajaba en un banco… pero me tengo que remontar más allá.
Dale.
Fijate que yo crecí rodeada de cuentacuentos. Mi papá, mi bisabuela, Isidra, y mamá Hilda, mi nana (que murió hace dos meses). Cada uno me contaba unos cuentos de unas maneras tan vívidas que me los imaginaba de forma real. Cuando llegué al kinder, las profesoras me llamaban, me enseñaban un poema y me enseñaban a dramatizarlo, ja, ja, ja. Del recuerdo de una de ellas es que saqué el personaje de Criaturas, ja, ja, ja...
Ja, ja, ja.
Me quitan la merienda y me jalan de los pelos. Y a la hora del recreo.
Ja, ja, ja.
Es un sketch con el que me divertí muchísimo. Como todo era vivencias. Y creo que algo le debo a las salesianas (y con eso les perdono el resto). Fui educada con ellas y había unas monjas italianas… sor Manuelita, sor Marina Sáenz, sor Rosa Claros… a estas monjas les gustaba mucho el teatro; y en el colegio Santa Inés había un teatrito precioso que tenía unas escenografías, mangas, preciosas. Y ahí sí participaba de comedias y de dramas. ¿Sabés quién era mi compañera de actuación?
¿Quién?
Janet Samour, que en al guerra fue la comandante Filomena. La sacaban de virgen, como era rubiecita, chelita y, además, piadosa. Antes del recreo siempre se iba a la capilla y cosas así. A mí siempre me daban papeles de hombre, quizá porque tengo la voz grave. Papeles de hombre o de personajes malvados. Quizá así me veían. Entonces, ese gusanito ahí empezó. Y ya después, que llegó don Darío Cossier (un director argentino de teatro que se radicó en El Salvador y que murió en la década pasada) a Santa Tecla, que acordate estaba aislada de San Salvador. Luego, la lectura que mi papá me la inculcó mucho. Cuando iba a México a ver teatro, y que te digo que miraba a la Marga López, Amparo Rivelles, Ignacio López Tarso. Cuando tuve la suerte de conocer a Dorita de Ayala, ya mi espíritu estaba madurito para empezar a aprender a actuar y dejar de ser espectadora. Lo hice en el 83 de la mano de Dorita de Ayala. Cuando trabajaba en el Banco Hipotecario.
¿Y qué hacías ahí?
¡Cosas importantísimas! Es que cuando me gradué del colegio… ni modo, voy a faltar a la modestia pero si no, no hay forma de que quede registrado, porque el telegrama que presenté para entrar al banco me lo perdieron. Esa fue mi carta de presentación: que había sido la primera secretaria de la república en el año -ni modo, que me los calculen- 69. Ja, ja, ja.
Primera secretaria a nivel nacional.
Sí. Mi mamá siempre salía llorando de las clausuras de mi hermana, llorando de emoción, que hasta se le caía la pechera por el montón de medallas. ¿Y de mí? Dejaba cinco materias… yo aprendí a nadar escapándome a Los Chorros. Una vez me estaba ahogando y me salvó el “Águila” Migueleña, un luchador, que era el más guapo de la época. ¡Un gran calambre y me rescata el “Águila” Migueleña! Y mi mamá sin saber que me iba a morir. Ahí venía en el bus esperando que el pelo se me secara.
Para que nadie se diera cuenta.
Dejaba de ir al colegio, pero dije: “No´mbre, si yo puedo”. Y así, medianamente andaba siempre por el cuarto, quinto lugar. “No”, dije, “hoy estudio”. Y estudié, y mirá, no solo del grado, de la república. ¿Qué te parece? Entonces llegué al banco con todos esos honores. Era un cargo no muy elevado pero con un buen sueldo. En aquella época, 300 colones y me miraban con envidia. Porque los sueldos al entrar eran de 175 colones. De ahí, el banco me pagó una carrera para que saliera de técnico en finanzas. Ya con ese técnico, saqué administración bancaria en la universidad. Nada que ver. Pero seguí cultivando aparte la cuestión humanística. En el ínterin de la carrera técnica, fui a la UCA, me matriculé en la licenciatura en letras y no pude seguir. Estaba my chiquito mi último hijo, el que ya tendrá 30 años. Lo tuve que dejar. Pero cuando me dijeron que habría un grupo de teatro en el banco, dije: “aquí me quito el estrés”. Llegamos 60, de 60 quedamos 16, de 16 quedamos 5 y de 5 hasta la fecha creo que sólo yo sobreviví. Así fue como inicié. Y que Dorita me enseñó y me dio responsabilidades grandes.
Fue difícil seguirle el paso.
Sí. Pero sin embargo lo hice y ella fue muy generosa. Me enseñó mucho. En mi carrera he tenido dos maestros: Dorita de Ayala y Santiago Nogales. Santiago Nogales ha significado para mí como abrir un horizonte mucho más grande. No quiero demeritar con esto el trabajo de Dorita, de ninguna manera. Acabo de hacer esta Arritmia con ella, que los finalizamos en mayo, y nos divertimos muchísimo. Ya somos cómplices en un montón de cosas de teatro. Pero indudablemente la dirección de Santiago me ha hecho crecer mucho. Lo siento y lo digo sin ninguna vanidad. Aquí en El Salvador hacer teatro es un privilegio. La persona que se siente como diva o divo, poco favor le hace al teatro. Aquí hay que darlo todo a cambio de nada.
¿Cuál fue la primera obra en la que participaste?
Se llamaba “Los buenos”. Es un texto de Darío Coussier. Era una cosa muy elemental. Pero la primera obra exigente fue Rosa de dos aromas, de Emilio Carballido. Dos personajes nada más. Esa obra no la podíamos sacar del repertorio. Pasamos 18 años haciéndola en todo el territorio nacional, en Guatemala, Panamá. Vino Emilio Carballido y dijo: “Gracias por haber refrescado mi obra”. Nos dijo que si Dorita y yo hubiésemos ido al Festival Cervantino… a estas viejas, dijo, no las sacan en seis meses. Fue una buena puesta en escena.