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Plática con Carlos “El Chele” Santamaría, camarógrafo de televisión:

“Estoy vivo porque no quise ser héroe ni mártir”

Por Rodrigo Baires y Carlos Dada. Fotos: Luis Tovar
cartas@elfaro.net
Publicada el 03 de diciembre de 2007 - El Faro

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Me contaron que le hiciste tomas al mayor D´Abuisson.
Sí. Cuando él era candidato a la presidencia y Hugo Barrera a la Vice. Le pidieron un equipo a De León para que le hicieran la campaña. No como hoy los monstruos de publicidad que hay. Anduve con él, con Hugo Barrera y un piloto de apellido Paniagua. Por cierto, el que murió en aquel accidente junto a Felix Castillo Mayorga, de Clima. Los cuatro cabíamos en el avión. Yo tenía que hacer las tomas de los mitines.

¿Cómo era trabajar con él?
Por ciertos momentos hostigue, por su trato. Había veces buenas; había veces malas.

¿Por qué?
Era muy ajolotado. Bueno, era un militar. De la línea de cuando antes: un militar, cuidadito. Hoy me decía un chero: no hombre, mi hija se casó con un militar, hoy que no valen nada.

Ja ja ja.
Bueno, entonces andaba con ellos, y en un día sábado tenías que sacar tres lugares diferentes de mitin. Así anduve. Y en un mitin, creo que ya a raíz de los tapirulos, si algún camarógrafo… y me dice D’Aubuisson: “¡Si me tocas otra vez te voy a meter un vergazo!”

¿“Si me tocas otra vez te voy a meter un vergazo”?
Tal vez uno con la cámara… ¡va! Yo a fin de cuentas era de ellos. Pero no, era mero yuca. Es lo que estuve cerca de él porque me mandaron a chambear.

¿Nunca te cayó una bala?
No. Y es por aquello de ni mártir ni héroe. En la vida hay que saber medir las cosas. Cerca sí estuve. En Santiago Nonualco estaba a la par mía Alfredo Villareal, y  a él le cayó un balazo en las pantorrillas. No me iba a meter en medio. Uno tiene que ubicarse donde cree que es la parte que menos puede perder y tratar de protegerse mejor. Para eso está el telefoto. Podés estar a 50, 100 metros y captás buena imagen.

¿Pero vos te ibas a meter a los campamentos guerrilleros?
Sí.

¿Cómo hacías contactos?
Eso fue ya con las cadenas. Había informantes ahí. Estén en tal lugar tal día, tales horas. Suerte si ellos no detectaban enemigos. Ahí entrabas. Si no, llegabas y te venías.  Para entrar a Perquín era difícil. Tenías que pasarte el Torola en una garucha, con equipo y todo. No había puente. Pero cuando trabajás con cadenas no vas solo. Va un equipo de cuatro, cinco gentes, va el productor, ellos se encargan. Ya uno de cámara… No es como acá, que uno de cámara debe platicar con la gente. De repente en el hotel andaban circulando papel: conferencia en tal parte. Nunca conocí un contacto directo.

¿Cómo pasaste del periodista de guerra a Cómo Quedaron, capeando a las bichas del estadio?
Por la amistad con Sergio. Ya habíamos hecho deportes. Cuando estaba en el Cuatro, como todo chapín listo el baboso. Y se da cuenta de que De León tenía la primera camarita de video; y él en Canal Cuatro salía hablando con un recuadro… un slide no sé qué. Habló con Guillermo de León que si le hacíamos deportes y De León le dijo: si el chele quiere en su tiempo libre. Ahí trabajé un tiempo para Sergio. Y ahí nació la amistad. A raíz de que se acaba la guerra y creció el medio, vas  a un lugar y cuántos años tenés… ya no te quieren dar trabajo. Me dediqué entonces con un chero a cubrir eventos sociales y todo esto. Pero no funcionaba mucho. De casualidad me vi con Sergio un día y nos reunimos. En el 95 empecé con Sergio.

En Cómo Quedaron.
Sí. Pues ahí estamos. En el 97 TV Azteca compró el canal y nos llevó como empleados de ellos.

¿No te hacían falta los desmadres?
Cómo no. Todavía en el 91, 92. En esa ciudad, San Pedro Nonualco, se han tomado una ciudad, tres días aguantando verga.

Y vos ahí metido.
Sí. Sólo salíamos a dejar material y se venía. Porque en la freelanceada se podían haber tomado una colonia, pero si al productor no le interesaba una toma no te la compraba, y te arriesgaste de choto. Para mí fue bueno en la ofensiva. Desde que empieza, chaz, empiezo a trabajar con Manolo Alcalá de TV española, ya murió él. No tenía camarógrafo. Y cuando llego, el mexicano me había dado golpe de estado: le dio la cámara a CNN. Y entonces llamo a Sergio. Aquí está el equipo. Castigué al mexicano porque cuando CNN le regresa el equipo a los cinco días me dice: ahí está la cámara. Hoy te vas a aguantar.

Jajaja
Me salía mejor ganancia con la cámara de Sergio. Pero me daba sólo cámara, grabadora y micrófono. Trípode y luces no. Uno se rebuscaba. Gracias a Dios en CBS trabajé noviembre, diciembre, enero y unos días de febrero, esperando en los juzgados que se llevaran a  los militares de lo de los jesuitas. La ganancia estuvo bien. Pero sí, al acabarse la guerra uno siente el cambio, y hace falta, pero ya no se pudo.

¿Por qué no seguiste con las cadenas?
En el hotel, el poco salvadoreño que era staff conservó eso hasta donde pudo. Mi suerte no estaba para eso. En los días que estaba casi a llegar un arreglo con el productor para Latinoamérica de la ABC, se da la guerra de las Malvinas. Ya no llegamos a nada. Y los pocos salvadoreños que estaban aquí no ahuecaban para nada.

No soltaban el hueso.
No, al contrario. Si te pueden dar en la nuca te dan. Bueno, hay agencias aquí que no le dieron chance a otros paisanos, más que a la familia, para mantenerse.

Jajaja
Pues sí, mantenerse para que nadie más los quiebre.

¿Cómo era trabajar con Sergio?
Sergio Gallardo es un loco. ¡Tiene un modo que a la puta! Un carácter fuerte, raro, si querés prepotente, pero conmigo… nos llevamos bien.

¿Hasta con aquella pasadita de la bomba en el avión?
Nooo… como te digo, yo soy jodión, pero a la hora de entrarle a un negocio ponemos las reglas claras. Cuando empecé con él en el Cuatro, él llegaba y yo me echaba bien galán los tapis. Como el Tic Tac lo tenía lleno en sus cajas, yo llegaba y le decía: dame una media botella para salir a calentar. Me la echaba, agarraba el carro y me iba. De ahí cuando llegamos a esta nueva etapa nos pusimos claros. Él quería que trabajara sólo con él. No le dije yo, vos sos de mal carácter y yo no me voy a dejar joder. Además, ¿qué me ofreces? Al ratito, “negociemos. ¿Cuánto querés?” No, ¿cuánto me das? “No, pedime”. Cuando le pedi… ¡ah la puta! ¿¡Y entonces para que me decís que te pida!? Pero mi relación con él siempre ha sido bien chévere, buen chero.

¿Y eso de la bomba cómo fue?
Veníamos de cubrir el partido de Jamaica, que perdió El Salvador en una eliminatoria. Llegamos sobre el tiempo a Miami. Y nos llevaron corriendo al avión de American. Empieza el avión a buscar pista, no venía lleno, y anuncian por los altoparlantes que nos podíamos ubicar donde quisiéramos. Me fui para atrás y me sigue el baboso. Y viene el sobrecargo y da las indicaciones. Se le queda viendo Sergio y le dice: ¿Y vos de dónde dos? De Puerto Rico Señor. ¡Ah! Sos de los de Ricky Martin. Sí. ¿Y ustedes? Nosotros, se le queda viendo Sergio, de El Salvador, de la guerrilla. Murió la plática. 

Qué año era.
Cómo el 98, no sé. Se quita el tipo y llega otro chavo. Y le digo a Sergio: mirá está mierda va para la misma terminal vos. Ahí va, no vamos a salir… Estaba bien oscuro. Quizá por la lluvia, me dice Sergio. Parqueó el avión otra vez cuando al rato entran dos chelones. ¡Bum, bum, bum! Venía Orestes Membreño con nosotros también. ¡Señor, usted se baja del avión! Hay dos formas: se baja por su cuenta o entra la policía. Y eran FBI. No se consideran cuilios los babosos. Y como aquel es desordenado, yo andaba en un mi maletincito los documentos de Sergio.

Jajaja
Al rato, señor Carlos Santamaría. ¿Cuál es el equipo de Gallardo? Este… como él solo era plante, no andaba nada. Una bolsita. ¿No estás ocultando nada? No señor. A la otra media hora entran unos chuchos… no se preocupen señores, medidas de seguridad.

Para no hacer largo el cuento, como a la hora y media de estar esperando me sacan del avión. Al entrar al túnel vi que estaba lleno de cuilios y Sergio Gallardo no estaba por ningún lado.

¿Y para qué te bajaron?
Querían interrogarme. Les dije que no hablaba inglés y llamaron a un intérprete. Lo primero que me preguntaron es que si yo había escuchado a Sergio Gallardo decir que era un terrorista. No, le dije… tampoco le dije lo que había manifestado él sólo me quedé con lo de Ricky Martin. Y no me creían, así que les dije que interrogaran a otros pasajeros que estaban enfrente. Bueno, me dijeron y cuando pregunté por Sergio me dijeron: “Eso no te importa, él está ya camino a una delegación para interrogarlo”. Se quedó, ahí lo dejaron.

Ja, ja, ja
Al siguiente día vino a El Salvador y me dijo: “Puta Chele, porque no te quedaste conmigo”. ¿Y cómo me iba a quedar con un material que estaba vendido, que teníamos que sacar al aire, y con cincuenta billetes en la bolsa?

¿O sea que agarraste los vídeos y te veniste?
Sí, al final, ya cuando el avión salió. El mismo fulano nos empieza a ofrecer comida. Orestes venía con sus tapis y decía que le iba a dar duro. Cuando llega el sobrecargo le pregunta si quería comer pollo o carne; y Orestes le responde: “No quiero comer. ¿O por eso me vas a bajar del avión a mi también?”.

Ja, ja, ja
Y le dice el sobrecargo: “Del vuelo bajamos lo que no sirve”. Yo intentaba calmarlo porque ya sentí que nos bajaban a todos del avión y nos zampan en la cárcel. Pero Orestes venía realmente emputado. Pero a pesar de sus cosas, para mi, personal y profesionalmente, Sergio Gallardo es un gran amigo, un gran jefe. Tiene su mundo y cuando andaba él yo prefería no hablarle.

Al revisar tu larga carrera, ¿cuál es tu cobertura más memorable?
Dejame ver… La de Monseñor Romero.

El asesinato de Monseñor Romero…
Sí, porque nadie iba a tener cuando le dispararon al hombre. Pero inmediatamente se supo la noticia, salimos con De León hacia el Hospitalito. En ese momento se lo habían llevado hacia la Policlínica, un hospital que había antes. Hicimos las tomas de la gente, de lo que ahí había y nos fuimos volados al hospital. Y claro, como De León era un hombre de carácter fuerte, no lo detenía nadie. Ahí nos dijeron que no podíamos entrar, don Guillermo se peleó y entramos. A Monseñor lo tenían en una de esas camillas donde lavan los cuerpos. Y ahí empezamos la cobertura.

Agarramos cuando lo estaban preparando y tomas de la gente de la iglesia que empezaban a llegar a la Policlínica. Ese material solo nosotros lo generamos… y luego el sepelio.

¿Vos estuviste en la balacera?
Sí, y el problema ahí fue otro. Te decía que en el momento de cubrir no pensaba en nada más que ello, después el cuerpo me empezaba a temblar. Llegaba a Teleprensa, guardaba todo el material y me empezaba un temblor en el cuerpo que no sabía qué era. Entonces me salía de Teleprensa y como estaba rodeado de bares en la zona me iba a echar un par de tragos, como para nivelar a la mente.

Pero ese día, en el entierro, mi problema fue doble porque mi mamá se fue a meter al sepelio. Cuando vi que muchos de los muertos no eran por balas, sino que habían sido señoras aplastadas por la gente que salió corriendo, me preocupé por mi viejita. Ahí estaban tirados los zapatos, pedazos de cadena de oro y viejitas muertas… pues tenés que ver por tu gente y estar pendiente de lo que pasaba. Para mí fue una de las coberturas más duras porque la mente le trabaja mal a uno. En ese momento intenté llamar a la casa y mamá no aparecía… en la bulla la habían evacuado hacia Mejicanos y ya por otros medios salió para la casa.

¿Y para vos que significó la muerte de Monseñor Romero?
Eso fue el derrumbamiento del militarismo, porque eran ellos los que mandaban acá. Ahí quedó claro que tendrían que ceder un poco, porque ya no era con garrote que iban a mantener callada a la gente. Esa es la verdad. En un principio, De León no se quería meter a la cobertura de Romero pero lo hacíamos en el afán de vender el material a los gringos. Ahí me di cuenta cómo Monseñor se expresaba. Él daba su homilía primero y luego decía los hechos de la semana. Eso era una denuncia y la única forma de callarlo fue el garrote. Por eso, para mí su muerte significó un cambio porque la gente pensó que ya no podían ser lo militares o el PCN los que tenían que mandar en el país. Esto posibilitó ciertos cambios.

Me imagino que era complicado hacer una cobertura con los militares.
Sí, ellos te daban acceso cuando les era favorable. Cuando no, no. Teníamos que acreditarnos con COPREFA y eso era un arma de doble filo cuando ibas afuera, con la guerrilla, donde creían que éramos orejas. Costó bastante convencer y que la gente entendiera que no éramos del Ejército.

¡Además trabajabas para medios gringos!
Ajá, pero de eso no entendían porque de los dos lados había gente marrullera. Vos les explicabas y era de más. Sólo para entrar a un lugar de control guerrillero, a rebuscarte, tenías que esperar a las 6:00 ó 7:00 p.m. para que quitaran las postas del ejército para entrar. Si te pescaban en eso, decían que eras de la guerrilla aunque tuvieras todas tus acreditaciones. Era el poder que tenían los militares.

¿Y atestiguaste muchos abusos?
Algunos. No sé si te acordás de una masacre que hubo en una casa de retiro en San Antonio Abad. Se llamaba El Despertar y detectaron que era un centro de adiestramiento militar de la guerrilla. Entonces, D’Aubuisson era el jefe de la policía secreta y como a las 10:00 p.m. aporrearon la puerta de la casa de mi mamá y yo pensé que era un rastrillo, en los que te llegaban a traer la guardia y nunca regresabas. Un guardia dijo que buscaban a Carlos Santamaría porque lo mandaba Guillermo De León. Le pregunté qué sucedía y me dijo que De León me ordenaba irme con ellos, que pasara por Teleprensa a sacar cámara y película porque me iba a ir con ellos.

Me fui a Teleprensa y luego a la vieja Casa Presidencial, donde estaban planificando el ataque en la madrugada a esa casa y a una casa de playa en el Majahual. Ahí estaba D’Aubuisson y me dijo: “Todo lo que oigás y veás, nada. ¿Verdad?”. Nada, le dije. Luego me dijeron que me iba a ir con ellos; que tendría a un soldado a la par siempre y que cinta que se acababa cinta que tenía que entregarle a la guardia. Ahí estábamos a las 4:00 a.m. esperando la señal, que iba a ser un cohete de vara, pero el traqueteo empezó antes.

Cuando me metieron a la casa, empecé a ver el pijo de muertos… cipotes que habían intentado huir tirados en los techos… y estaban revisando todos los hoyos porque había algunos que se escondieron ahí. Pero mirá mano, en mi vida jamás había visto cómo a culatazos podés matar a alguien en menos de un minuto. No jodás, les daban con todo y les dejaban la cara deshecha; y yo grabando, y entregando la cinta después. Eso fue de lo más crudo que vi y era algo que no podías andar diciendo que lo habías visto. Al final, ellos le dieron a De León lo que quisieron, sólo lo que les favorecía. Y a mí me tocaba quedarme callado.

¿Cómo lidias con esos recuerdos? ¿Siempre te impactó ver a un muerto?
Al principio. Después como que lo ves normal, te curtís. Por que en ese tiempo los veías seguido calle al aeropuerto… lo primero bien fuerte que vi fue unos descabezados en el puente de Hamaca por la colonia San Antonio, en Apopa. Ahí estaba una cabeza, casi arrancada como si no tuviera filo el corvo o el machete con el que le dieron. Cuando llegó el juez a desguindarla y la agarró del pelo, se abrió como si fuera un acordeón. ¡Puta!, eso sí me impactó.

¿Cómo lidias con ese impacto? ¿No pensaste que te podías quedar loco?
Loco no. En el momento no sentía nada.

Pero todas esas cosas te las ibas tragando y hay que ver cómo se sacan.
Así es, lo he sacado platicando mucho con la gente, con los cipotes con los que trabajo día a día. A este (señala a su compañero de equipo que lo espera en el carro para irse a una cobertura) me lo pusieron para ir a Nicaragua y fuimos y venimos y no terminé de contarle mis historias. Quizás así es cómo me desahogo. Pero, no sé… lo único anormal que sentía después de cada volada era ese temblor.

¿Y te lo quitabas con un par de tapis?
Sí, es que sentía que ya platicando y todo ya me sentía más tranquilo. Entonces, De León preguntaba por mí y le decían que andaba enfrente en El Alcazar o El Chico. Y él decía que me dejaran ahí tranquilo.

       
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